PARTE 1
INT. HABITACIÓN – TARDE
La persiana está bajada a medias.
Un rayo de luz naranja cruza la habitación y golpea directamente en mi ojo derecho.
Son las siete de la tarde de un viernes cualquiera en Madrid.
El aire pesa.
La semana de trabajo me ha dejado la energía bajo mínimos.
Miro el techo con la mirada perdida.
Las grietas de la pintura parecen formar el mapa de mis malas decisiones vitales.
Mi móvil vibra en la mesilla de noche.
Es el grupo de WhatsApp.
Ese grupo maldito que se llama “Cervezas de tranquis”.
Nunca son de tranquis.
Jamás en la historia de la humanidad una cerveza en España ha sido de tranquis.
Pero mi cerebro, agotado, decide creer en la mentira.
Leo el mensaje de Jorge.
JORGE
(En mi mente, con su voz de eterno fiestero)
“Chavales, ¿una cañita rápida en el bar de abajo y cada mochuelo a su olivo?”
Cada mochuelo a su olivo.
Esa frase ha destruido más hígados que el tequila barato.
Dejo el móvil boca abajo.
No voy a ir.
O bueno, igual sí.
Pero primero, necesito un reseteo del sistema.
Una siesta.
Pero no una siesta de pijama, orinal y padrenuestro.
No.
Una de esas siestas tácticas.
El “power nap” que dicen los modernos de las startups.
Me digo a mí mismo que veinte minutos son suficientes.
Veinte minutos y seré un hombre nuevo.
Empieza el ritual del autoengaño.
Me quito solo los zapatos.
Error de novato, pero necesario para mantener la ficción de que “no me voy a dormir de verdad”.
Me tumbo sobre la colcha, ni siquiera me tapo.
Dejo una pierna colgando fuera de la cama por si necesito escapar rápido del sueño profundo.
Pongo la alarma a las 19:25.
Veinticinco minutos, por si tardo cinco en dormirme.
Cierro los ojos.
La mente empieza a dar vueltas.
Pienso en el correo que no le respondí a mi jefe.
Pienso en si apagué el fuego de la vitrocerámica después de comer.
Pienso en por qué los pingüinos no tienen rodillas.
Abro un ojo.
Miro el reloj.
19:10.
Joder, no me duermo.
Me giro hacia el lado izquierdo.
La almohada está caliente.
Le doy la vuelta buscando el lado frío.
El lado frío de la almohada es uno de los mayores placeres del mundo occidental.
Cierro los ojos otra vez.
Respiro hondo.
Inhalo paz, exhalo estrés.
Empiezo a caer en esa fase donde ya no sabes si estás despierto o soñando con que estás despierto.
De repente, un ruido.
El camión de la basura o un vecino arrastrando un mueble de roble macizo.
Me sobresalto.
Vuelvo a mirar el reloj.
19:22.
Faltan tres minutos para que suene la alarma.
La apago antes de que suene.
Me rindo.
La siesta ha sido un fracaso absoluto.
Me levanto de la cama y me mareo un poco.
Tengo más sueño ahora que hace media hora.
Tengo la boca seca, con sabor a cobre.
Me arrastro hacia el baño como un extra de The Walking Dead.
Me echo agua fría en la cara.
Me miro en el espejo.
Tengo la marca de la costura de la almohada cruzándome la mejilla izquierda.
Parece que me he peleado con una red de tenis.
Decido que una ducha rápida me salvará.
Agua hirviendo, luego agua helada.
El choque térmico me devuelve a la vida.
Me pongo unos vaqueros limpios.
Una camiseta básica.
Nada muy arreglado, porque total, “solo voy a estar una hora”.
Me echo un poco de colonia, pero no la buena, la de diario.
Salgo al pasillo.
Al fondo, la luz de la cocina está encendida.
Escucho el sonido inconfundible de la televisión.
Es el concurso de Pasapalabra.
Y por encima del presentador, la voz de mi madre.
MAMÁ
(Gritando a la tele)
¡Empieza por la P! ¡Paraguas, inútil!
Avanzo por el pasillo pisando con cuidado de no hacer crujir la tarima.
Pero el instinto materno es superior a los radares de la OTAN.
MAMÁ
¿Vas a salir con la que está cayendo?
Me asomo por el marco de la puerta de la cocina.
Mi madre está pelando patatas con la precisión de un cirujano.
YO
No está cayendo nada, mamá. Hace buen tiempo.
MAMÁ
Hará buen tiempo ahora, pero luego refresca.
El clásico “luego refresca”.
La banda sonora de las madres españolas.
YO
No me voy a llevar chaqueta, de verdad.
MAMÁ
Tú sabrás. Luego vendrás con los mocos colgando y me pedirás Frenadol.
Suspira.
Deja la patata a medio pelar.
Me mira de arriba abajo, escaneando mi nivel de compromiso con la noche.
MAMÁ
¿A dónde vas tan peinado si se puede saber?
YO
No voy peinado, me acabo de duchar.
MAMÁ
Ya.
Ese “Ya” contiene milenios de escepticismo acumulado.
MAMÁ
¿Vas a venir a cenar? Tengo lomo adobado.
El lomo adobado.
El chantaje emocional en formato embutido.
Trago saliva.
La tentación es fuerte.
Pero el grupo de WhatsApp sigue vibrando en mi bolsillo.
YO
Guárdamelo en un táper.
MAMÁ
¿Entonces no vienes?
Levanto las manos en señal de rendición pacífica.
Preparo mi mejor cara de ciudadano responsable.
YO
Mamá, escúchame bien.
Ella enarca una ceja.
YO
Salgo solo una hora.
Silencio en la cocina.
Solo se escucha al presentador de la tele diciendo que el concursante ha fallado.
Mi madre me mira fijamente a los ojos.
No hay rastro de credulidad en su rostro.
MAMÁ
Una hora.
YO
Una hora, te lo juro.
MAMÁ
¿De reloj?
YO
Sesenta minutos exactos.
MAMÁ
¿Y con quién vas?
YO
Con Jorge y con Marcos. Al bar de la esquina.
MAMÁ
Con el Jorge. Madre mía del amor hermoso.
Mi madre hace la señal de la cruz con el cuchillo de pelar.
MAMÁ
Ese muchacho tiene más peligro que un mono con dos pistolas.
YO
Que no, mamá. Que mañana tengo que madrugar para ir al Ikea.
MAMÁ
Al Ikea.
YO
Sí, a comprar la estantería esa para el salón.
MAMÁ
Bueno. Si tú lo dices.
Vuelve a sus patatas.
La conversación parece haber terminado.
Doy media vuelta para irme hacia la puerta de entrada.
YO
¡Hasta luego!
MAMÁ
(Desde la cocina, sin levantar la voz)
Llévate las llaves, que yo no pienso abrirte la puerta a las cuatro de la mañana.
Me río internamente.
Qué exagerada es a veces.
YO
(Gritando desde el recibidor)
¡Que estoy aquí a las nueve, pesada!
MAMÁ
¡Y cógete una rebeca!
Cierro la puerta de casa.
Me meto las manos en los bolsillos.
Solo llevo veinte euros y las llaves.
El kit básico de la mentira piadosa.
Bajo las escaleras saltando los escalones de dos en dos.
Me siento fresco.
Me siento en control de mi destino.
Una cerveza.
Charlar un rato.
Volver a casa a comer el lomo adobado.
Ver una serie.
Dormir ocho horas.
Un plan perfecto, maduro y sin fisuras.
Qué iluso.
Qué absoluto y tremendo iluso.
PARTE 2
Salgo a la calle y la brisa de la tarde me golpea la cara.
Vale, igual mi madre tenía razón con lo de que refrescaba.
Pero ahora ya no puedo volver a subir a por una chaqueta, sería admitir la derrota.
Camino por el barrio con paso firme.
Paso por delante de la farmacia, la luz verde parpadea.
Paso por delante del chino, que ya está sacando las cajas de cartón.
Llego a la esquina.
Ahí está.
El Bar El Brillante.
O El Paco, o El Rincón, da igual cómo se llame.
Es el típico bar con servilletas por el suelo y olor a fritanga noble.
Empujo la puerta de cristal, que pesa como si fuera la puerta de una caja fuerte.
El ruido me envuelve al instante.
El murmullo de cincuenta personas hablando a la vez.
El choque de los vasos de caña contra la barra de acero inoxidable.
El sonido traga-monedas de la máquina del fondo.
Busco con la mirada.
Al fondo, en una mesa alta cerca de los baños, están ellos.
Jorge tiene una sonrisa que no presagia nada bueno.
Marcos está apoyado en la mesa, mirando el móvil.
Me acerco.
YO
¡Buenas tardes, caballeros!
Jorge me da una palmada en la espalda que casi me saca un pulmón.
JORGE
¡Hombre! ¡El desaparecido! Pensábamos que te habías quedado pegado a las sábanas.
YO
He estado a punto, no te voy a mentir.
Me apoyo en la mesa.
Miro las cervezas que ya tienen delante.
Están por la mitad.
MARCOS
¿Qué vas a pedir?
Levanto un dedo, el índice, muy tieso.
YO
Una caña pequeña.
Jorge y Marcos se miran.
JORGE
¿Pequeña? ¿Estamos a dieta?
YO
Estamos a que me tomo una, me pongo al día y me voy a cenar a casa.
Marcos suelta una carcajada breve pero intensa.
MARCOS
A cenar a casa, dice. El humorista.
YO
Lo digo en serio, chavales. Mañana madrugo.
JORGE
(Haciendo un gesto despectivo con la mano)
Sí, sí, lo que tú digas. ¡Paco! ¡Ponle una doble aquí al ceniciento!
Intento protestar, pero el camarero ya ha puesto un vaso gigante debajo del grifo.
La espuma dorada rebosa.
Me la plantan delante.
Está helada.
Tiene condensación por fuera.
Miro el reloj.
Son las 20:15.
Tengo cuarenta y cinco minutos de margen.
Doy el primer trago.
Está gloriosa.
El líquido frío baja por la garganta llevándose la sed y el estrés de la semana.
YO
Vale, pero me la bebo y me voy.
JORGE
Que sí, pesado, que nadie te retiene en contra de tu voluntad.
Empezamos a hablar.
Hablamos del trabajo.
De lo inútil que es el jefe de Marcos.
De la última cita desastrosa que tuvo Jorge usando Tinder.
Las risas fluyen.
El ambiente es relajado.
Miro el reloj otra vez.
20:45.
Media hora de risas ha pasado como si fueran dos minutos.
Mi doble de cerveza está vacío.
Solo queda un poco de espuma triste en el fondo.
Hago el ademán de apartarme de la mesa.
YO
Bueno, tíos. Ha sido un placer.
Marcos me agarra del brazo.
MARCOS
¿A dónde vas tú?
YO
A mi casa. A cenar. Como dije.
Jorge niega con la cabeza, decepcionado.
JORGE
Pero vamos a ver, alma de cántaro. ¿No ves que yo ya me he acabado la mía?
Miro el vaso de Jorge.
Efectivamente, está vacío.
JORGE
Ahora me toca invitar a mí. Las reglas son las reglas.
YO
No pasa nada, me debes una para la próxima.
JORGE
Eso es de cobardes. Además, ¿qué vas a cenar? ¿Lomo adobado en tu casa mientras ves la teletienda?
Da en el clavo.
Maldito sea.
JORGE
¡Paco! ¡Tres más! Y ponnos una ración de bravas, que el niño tiene hambre.
Las palabras “ración de bravas” actúan como un hechizo ancestral sobre mi cerebro.
Mi estómago ruge.
La voluntad se debilita.
YO
Vale. Una más. Pero de verdad, es la última.
21:30.
Segunda doble de cerveza terminada.
Las bravas han desaparecido, solo queda el aceite pimentonado manchando el plato.
Mojamos picos de pan en la salsa.
El volumen de nuestra conversación ha subido tres decibelios.
Ya no hablamos del trabajo.
Ahora estamos arreglando el mundo.
Debatiendo apasionadamente sobre por qué las películas de los noventa eran mejores.
Miro el reloj de soslayo.
22:00.
Ya llego tarde a cenar.
Si voy ahora, el lomo estará frío.
Y mi madre me echará la bronca por retrasarme.
La culpa empieza a asomar.
Pero Marcos levanta su vaso vacío.
MARCOS
Me toca.
YO
No, de verdad. Yo me retiro.
MARCOS
Ni de coña. Has tomado dos. Falta la mía. ¿Vas a dejar la mesa coja?
La mesa coja.
El argumento matemático irrefutable de la cultura de bar española.
YO
Solo un corto. Un cuarto de cerveza.
JORGE
¡Paco! ¡Tres dobles más!
23:15.
La cuarta ronda acaba de caer.
El bar se está vaciando porque la gente “normal” se va a cenar.
Pero nosotros no somos normales.
Nosotros hemos cruzado el punto de no retorno.
El lomo adobado ya es un recuerdo lejano en mi memoria.
El hambre se ha ido, sustituida por una euforia extraña.
Jorge me pone la mano en el hombro.
JORGE
Tío, me lo estoy pasando genial. Hacía tiempo que no nos reíamos así.
YO
(Con la voz un poco más alta de lo necesario)
¡Es verdad, tío! ¡Sois los mejores!
Nos damos un abrazo grupal en medio del bar.
Paco el camarero nos mira mientras pasa un trapo por la barra.
PACO
Chavales, yo voy a ir cerrando.
El anuncio del cierre del bar siempre es un momento crítico.
Es el momento de la verdad.
Irse a casa o continuar.
Yo sé lo que debo hacer.
Mi cama me llama.
Mi responsabilidad me llama.
Mi madre, en mi cabeza, está afilando cuchillos.
YO
Bueno, pues nos vamos, ¿no?
Marcos y Jorge se miran.
Esa mirada.
La mirada de dos lobos que acaban de oler sangre.
MARCOS
A ver, irnos a casa a las doce menos cuarto es de perdedores.
JORGE
Totalmente. Además, aquí al lado han abierto un irlandés nuevo. Tienen futbolín.
Futbolín.
La palabra mágica.
Mi cerebro racional intenta mandar una última señal de socorro.
“Dijiste una hora”, susurra mi conciencia.
Pero el alcohol ha silenciado a mi conciencia, la ha amordazado y la ha encerrado en un armario.
YO
Echamos una partida.
JORGE
Una partida.
MARCOS
Una y a casa.
Salimos del bar de Paco.
La noche madrileña nos recibe.
Ya no hace fresco, o al menos yo ya no lo noto.
Caminamos por la acera como si fuéramos los dueños de la ciudad.
El neón verde del pub irlandés brilla al final de la calle.
Es como un faro atrayendo a tres barcos destinados a estrellarse contra las rocas.
Entramos.
PARTE 3
El golpe de sonido al entrar al pub irlandés es físico.
Un muro de guitarras de rock clásico y voces elevadas.
Huele a madera vieja, cerveza derramada y decisiones cuestionables.
No hay futbolín.
Fue una mentira de Jorge para atraerme, o se equivocó de local.
Da igual.
A estas alturas de la película, ya nos hemos dejado llevar por la corriente.
Nos acodamos en una barra pegajosa.
JORGE
¡Tres pintas de Guinness!
La cerveza negra cae lentamente, espesa como petróleo.
Miro mi teléfono.
Tiene un 45% de batería.
Ninguna llamada perdida de mi madre.
Eso significa que ha dado por hecho mi traición y ya está durmiendo.
Paz.
Libertad.
Ausencia total de culpa temporal.
00:30.
La primera pinta desaparece.
La conversación ha degenerado.
Ahora Marcos está explicando, con mucha vehemencia, cómo sobreviviría a un apocalipsis zombi.
MARCOS
El truco es irse a un Mercadona, barricar las puertas y vivir de latas de atún, tío.
YO
(Asintiendo gravemente, como si fuera un plan maestro)
Claro, claro. El atún no caduca. Es pura supervivencia.
01:15.
Segunda pinta.
Alguien ha puesto “Mr. Brightside” en la máquina de discos.
Todo el pub la canta a gritos.
Nosotros también.
Saltamos abrazados derramando espuma sobre nuestros zapatos.
La idea de que mañana iba a ir a Ikea me parece ahora un concepto abstracto y ridículo.
¿Ikea? ¿Qué es Ikea frente a la gloria de la amistad y la cerveza en vaso grande?
El tiempo empieza a comportarse de manera extraña.
Se comprime y se estira.
Un minuto parece una hora, y una hora pasa en un parpadeo.
02:00.
Jorge vuelve de la barra, pero no trae pintas.
Trae tres vasos pequeños.
Chupitos.
El líquido interior es de un color azul radiactivo.
YO
¿Qué es eso?
JORGE
No lo sé. El camarero ha dicho que se llama “El Borra-memorias”.
MARCOS
¡Por el apocalipsis zombi!
Chocamos los vasos.
El líquido sabe a enjuague bucal caducado mezclado con fuego.
Tosco.
Me lloran los ojos.
Pero el calor que me sube por el estómago me convence de que ha sido una gran idea.
02:45.
El pub irlandés enciende las luces.
Las luces blancas, fluorescentes, crueles.
Es el equivalente a que te quiten la manta de un tirón en enero.
Todos nos vemos de repente las ojeras, la piel brillante por el sudor y la falta de dignidad.
LOS PORTEROS
¡Vamos despejando, señores! ¡A la calle!
Nos echan.
Estamos en la acera otra vez.
El frío de la madrugada nos azota sin piedad.
Mi cerebro, en un último destello de lucidez, intenta tomar el control.
YO
Chavales, yo ahora sí que me voy. Pido un Uber.
Saco el móvil.
Miro la pantalla brillante que me ciega.
JORGE
¿Un Uber? ¿Ahora? Si la noche es joven.
YO
Tío, son las tres de la mañana.
MARCOS
Justo. La hora en la que los garitos buenos empiezan a llenarse.
YO
No, en serio, no siento las piernas.
JORGE
Conozco un sitio aquí a dos calles. Un sótano. Ponen tecno.
El tecno.
Yo odio el tecno.
Siempre lo he odiado.
Pero en ese momento exacto de la noche, mi cerebro procesa la información de forma equivocada.
Pienso: “Sí, un sótano oscuro con música repetitiva a 140 BPM es exactamente lo que necesito para culminar mi noche de una hora.”
YO
Venga. Pero solo entramos a echar un vistazo.
Caminamos por callejones.
La ciudad está vacía, pero nosotros sentimos que somos parte de una expedición épica.
Llegamos a una puerta negra sin ningún tipo de cartel.
Un tipo del tamaño de un armario ropero nos mira de arriba abajo.
Levanta una cuerda de terciopelo.
Bajamos unas escaleras que huelen a humedad y a humo dulce.
Y entonces, abrimos la segunda puerta.
El caos.
El apocalipsis sónico.
Bajos que te hacen vibrar el esternón.
Luces estroboscópicas que parpadean tan rápido que parece que todos se mueven a cámara lenta.
Humo de máquina densísimo.
No se ve a más de un metro de distancia.
Entramos en la pista.
La música es ensordecedora, imposible pensar.
Imposible hablar.
Para comunicarnos tenemos que gritarnos directamente al oído a un milímetro de distancia.
JORGE
(Gritando a plenos pulmones)
¡VOY A LA BARRA! ¿QUÉ QUERÉIS?
YO
(Gritando aún más fuerte)
¡AGUA! ¡QUIERO AGUA!
JORGE
¡¿UN CUBATA DE RON?! ¡VALE!
Intento agarrarle del brazo para corregirle, pero desaparece entre la masa de cuerpos sudorosos.
Me quedo solo con Marcos en medio de la pista.
Intentamos bailar.
Bueno, bailar.
Básicamente damos saltitos fuera de ritmo mientras asentimos con la cabeza como si entendiéramos la complejidad musical del tecno industrial.
Pasa el tiempo.
O no.
Aquí abajo no hay relojes.
No hay ventanas.
No hay luz del sol ni ciclos lunares.
Es un agujero negro donde la juventud y los billetes de veinte euros van a morir.
Jorge vuelve.
Trae tres vasos de tubo de plástico con algo oscuro dentro y dos hielos flotando tristemente.
Me da uno.
Bebo.
Sabe a colonia con azúcar.
Me lo bebo entero.
Empiezo a sudar a mares.
Me quito mentalmente la camiseta, aunque físicamente me la dejo puesta porque aún me queda algo de decoro.
La música sigue subiendo.
El DJ parece estar enfadado con los altavoces.
Siento que estoy en el interior del motor de un avión a reacción.
Miro hacia arriba, buscando aire.
Y de repente, siento algo en la pierna.
Una vibración constante.
Al principio pienso que es el bajo de la canción resonando en mi fémur.
Pero no.
Es rítmico.
Pausado.
Insistente.
Meto la mano en el bolsillo derecho del pantalón.
Saco el móvil.
La pantalla me ciega.
Entorno los ojos para poder enfocar las letras a través del humo y los láseres verdes.
El reloj en la pantalla marca las 3:47 AM.
Y debajo de los números, una foto.
Una foto de mi madre sonriendo en la playa hace cinco años.
Y unas letras grandes, rojas y parpadeantes.
“MAMÁ (VIDEOLLAMADA ENTRANTE)”.
PARTE 4
El corazón se me detiene.
Literalmente.
Siento cómo el músculo cardíaco hace una pausa dramática dentro de mi pecho.
El tecno sigue martilleando a 140 BPM, pero mi sangre se ha congelado.
¿Videollamada?
¿Por qué videollamada?
Mi madre nunca hace videollamadas.
Solo aprendió a usarlas en la pandemia y desde entonces las reserva para emergencias nucleares o para enseñarme qué ha comprado en el mercado.
A las 3:47 de la mañana, no está en el mercado.
Miro a Marcos.
Le doy un codazo frenético.
Le enseño la pantalla del móvil.
Marcos abre los ojos como platos.
Hace el gesto universal de cortarse el cuello con el dedo índice.
Significa: “Estás muerto, amigo”.
La vibración del móvil es como el tic-tac de una bomba.
Si no lo cojo, pensará que estoy muerto.
O peor, que estoy secuestrado en una cuneta.
Llamará a los hospitales.
Llamará a la Guardia Civil.
Si lo cojo…
Miro a mi alrededor.
Humo. Láseres atravesando la niebla.
Tipos sin camiseta sudando profusamente.
La música taladrando el cráneo.
No, no puedo cogerlo aquí.
Tengo que buscar refugio.
Empiezo a abrirme paso entre la multitud a codazos.
YO
¡Perdón! ¡Urgencia médica! ¡Cuidado!
Piso zapatos, derramo el cubata de un desconocido, me resbalo con algo pegajoso en el suelo.
Veo la señal luminosa de los baños.
Corro hacia allí.
Entro como un huracán.
El baño es un antro con azulejos rotos, pintadas en las puertas y olor a desinfectante industrial.
Pero la música suena un poco más apagada.
Solo un poco.
Me meto en uno de los cubículos.
Cierro el pestillo.
Respiro hondo.
Intento arreglarme el pelo con una mano.
Me limpio el sudor de la frente con la manga.
Me pongo el móvil a la altura de los ojos.
La luz de la pantalla ilumina mi cara demacrada, pálida y brillante.
Aprieto el botón verde de aceptar.
La pantalla parpadea.
Y ahí está ella.
Aparece la cara de mi madre.
Está enmarcada por la oscuridad de su habitación.
Se ve el cabecero de la cama detrás de ella.
Lleva su camisón de franela azul, el de los ositos.
Tiene las gafas de ver de cerca puestas en la punta de la nariz.
Y me está mirando.
La conexión es sorprendentemente buena para estar en un sótano clandestino.
Yo intento sonreír.
Una sonrisa que parece más bien una mueca de dolor de muelas.
YO
¡Hola, mamá!
Mi voz suena aguda.
Demasiado alegre.
Demasiado artificial.
Y justo en ese momento, el DJ decide soltar el bajo más potente de la historia de la música electrónica.
Las paredes del baño tiemblan.
El sonido se cuela por el micrófono del móvil como un terremoto.
MAMÁ
¿Javier?
Su voz suena clara a través del altavoz, cortando el caos.
YO
(Gritando para que me oiga)
¡DIME, MAMÁ! ¡QUÉ PASA! ¡SI ES TEMPRANÍSIMO!
Mamá se quita las gafas lentamente.
Mueve el móvil para enfocar mejor.
Me escruta.
Observa mis pupilas dilatadas.
Observa el azulejo desconchado detrás de mi cabeza con un grafiti que dice “Viva el Betis”.
Escucha el “BUM, BUM, BUM” infernal que hace vibrar la cámara de mi teléfono.
MAMÁ
¿Dónde estás?
Intento mantener la compostura.
YO
Eh… sigo… sigo en el bar de Paco.
MAMÁ
¿En el bar de Paco?
YO
Sí. Es que hoy había… eh… un evento especial de degustación.
Mentir borracho es un deporte de riesgo.
Y yo no llevaba casco.
MAMÁ
Un evento de degustación.
YO
Sí. De tapas regionales.
MAMÁ
Con esa música.
YO
Es que Paco ha contratado a un grupo folk. Moderno.
Silencio en la videollamada.
Solo el tecno taladrando nuestros tímpanos.
Mi madre suspira.
Es un suspiro profundo, cargado de una mezcla de decepción y absoluta comprensión de la estupidez de su hijo.
Me mira fijamente a través de la pantalla.
La iluminación dramática de la pantalla de su móvil resalta las sombras de su rostro.
MAMÁ
Javier.
YO
Dime.
MAMÁ
Dijiste que salías una hora.
YO
Y lo he intentado, mamá, te juro que he ido con toda la buena intención…
Ella levanta una mano.
El gesto definitivo de autoridad materna que cruza las barreras digitales y se clava en mi alma.
Me callo al instante.
MAMÁ
Solo tengo una pregunta para ti.
Trago saliva.
El nudo en la garganta no me deja respirar.
YO
¿Cuál?
MAMÁ
(Con la calma más absoluta y aterradora del mundo)
¿En qué zona horaria vives tú?
La pregunta queda suspendida en el aire, flotando entre el humo del baño y el olor a desinfectante.
¿En qué zona horaria vives tú?
La respuesta es obvia.
Vivo en la zona horaria del autoengaño español.
En la zona horaria del “la última y nos vamos”.
En la zona horaria del “yo controlo”.
Miro la pantalla.
No puedo articular palabra.
La dignidad me ha abandonado definitivamente.
MAMÁ
Mañana. A las ocho de la mañana. Te quiero en pie. Para ir a comprar tu maldita estantería.
YO
Pero…
MAMÁ
Y no traigas ruido al abrir la puerta.
Pulsó el botón rojo.
La pantalla se quedó en negro.
Me quedé a oscuras en el cubículo del baño, viendo mi propio reflejo pringoso en la pantalla apagada del teléfono.
El bajo del tecno volvió a golpear con fuerza.
Guardé el móvil en el bolsillo.
Abrí la puerta del baño.
Marcos estaba apoyado en la pared, con los ojos cerrados.
MARCOS
¿Estás vivo?
YO
Tengo que ir a Ikea en cuatro horas.
Marcos abrió un ojo y se echó a reír.
MARCOS
Bueno, todavía tenemos tiempo para la última, ¿no?
Suspiré, cerré los ojos y, maldiciendo mi falta de voluntad, caminé hacia la barra.
El lomo adobado tendría que esperar.
Todos hemos hecho esto alguna vez, ¿no?