El mundo de la música tropical posee historias de éxito deslumbrante, pero pocas están tan marcadas por el drama, la redención y la pura supervivencia como la de Raúl Martínez, conocido universalmente en las páginas doradas de la salsa como Raulín Rosendo. Nacido en el humilde y rítmico sector de Villa Duarte, en Santo Domingo, este extraordinario artista dominicano ha transitado por un camino lleno de luces intensas y sombras profundas. Desde sus primeros pasos en la música hasta sus recientes batallas en salas de cuidados intensivos, la vida de Raulín es el testimonio vivo de un hombre que se dobló bajo el peso de sus propios excesos, pero cuyo espíritu inquebrantable se negó rotundamente a quebrarse. Hoy, a sus 68 años, es considerado un auténtico milagro de la medicina y un símbolo de perseverancia para millones de personas que corean sus canciones.
Los primeros acordes en la vida de Raulín Rosendo resonaron cuando apenas era un niño de 12 años, inmerso en la rica tradición de los ritmos afroantillanos que inundaban las calles de su natal Santo Domingo. Su debut profesional se produjo de la mano de la agrupación de merengue El Chivo y su Banda, una experiencia fundacional que le permitió comprender los códigos de la tarima y el calor del público dominicano. Sin embargo, su verdadero trampolín hacia la masividad ocurrió durante la década de 1970, cuando pasó a formar parte de Los Hijos
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del Rey, una legendaria orquesta creada bajo el cobijo del maestro Wilfrido Vargas. Aquella agrupación era vista en su momento como el estándar de oro del merengue, un espacio de alta exigencia donde Raulín empezó a brillar con luz propia, dejando grabados éxitos imborrables en la memoria colectiva.
A pesar de encontrarse en la cima del género más popular de su patria, el joven e inquieto artista sentía un llamado interno diferente. Su corazón no latía al compás del galope del merengue, sino al ritmo sincopado de la clave, el bongo y la campana. Impulsado por esa incontrolable pasión caribeña, Raulín tomó la audaz decisión de mudarse a la ciudad de Nueva York a finales de los años 70, un epicentro migratorio donde la salsa callejera y urbana estaba redefiniendo la identidad latina en el mundo. En la Gran Manzana, el dominicano perfeccionó su estilo como sonero, colaborando con agrupaciones de gran prestigio como el Conjunto Clásico y Los Vecinos. Su arrolladora energía en el escenario, sumada a una voz áspera pero cargada de una profunda emotividad, le valieron el respeto de los melómanos y cimentaron las bases de una carrera en solitario que estallaría con fuerza descomunal en la década de los 90.
La consagración internacional definitiva llegó con el lanzamiento de álbumes icónicos como Salsa solamente salsa (1991) y, de manera muy especial, Amor en secreto (1993) y Santo Domingo, producciones realizadas en Nueva York bajo la batuta del productor Ricky González. A partir de ese instante, la carrera de Raulín se convirtió en una máquina imparable de éxitos radiales. Himnos del despecho y la cotidianidad como “Uno se cura”, “La cartera”, “Lady Laura”, “Deseo” y “Llegó la ley” lo consagraron como el “Sonero del Pueblo”. El público lo adoraba no solo por la calidad de sus interpretaciones, sino porque Raulín representaba la esencia de la calle: la combinación perfecta entre el romanticismo más tierno y la fuerza del sonero tradicional que improvisa con gracia y sabor en cada presentación.
No obstante, detrás de la rutilante fachada del éxito y los aplausos multitudinarios, se gestaba una tormenta personal que amenazaba con destruirlo todo. Con una honestidad brutal que pocas figuras públicas se atreven a mostrar, Raulín Rosendo ha confesado en múltiples ocasiones su larga y desgarradora batalla contra la adicción a las sustancias estupefacientes. El cantante admitió que, llevado por la inmadurez y la curiosidad de la juventud, ingresó a ese oscuro laberinto cuando apenas tenía 20 años. Lo que comenzó como un juego en los ambientes festivos de la época se transformó rápidamente en un remolino destructivo que se prolongó durante décadas. El propio artista reconoció el impacto de ese periodo al afirmar que abusó de su cuerpo de forma desmedida y que, inevitablemente, la vida terminaría pasándole una factura sumamente costosa. A pesar de haber logrado mantenerse limpio y en rehabilitación desde finales de la década de los 90 gracias al apoyo incondicional de su familia, los daños internos ya estaban hechos y esperando el momento para manifestarse.
Esa factura médica cobró su precio más alto entre los años 2021 y 2022, un periodo en el que el legendario sonero estuvo literalmente con un pie en el más allá. Su salud colapsó de forma dramática tras sufrir graves afecciones cardíacas que incluyeron dos infartos consecutivos, una compleja e invasiva cirugía a corazón abierto y un posterior derrame cerebral. Los días en la unidad de cuidados intensivos de un hospital en el Bronx se tornaron angustiantes para sus seres queridos y fanáticos alrededor del mundo. La gravedad de la situación fue tal que en las redes sociales comenzó a circular con fuerza el falso rumor de su fallecimiento, obligando a su hijo, Raúl San Miguel, a salir públicamente a desmentir las noticias falsas y a pedir cadenas de oración por la vida de su padre. Contra todos los pronósticos médicos y demostrando una resistencia física digna de leyenda, Raulín Rosendo superó la crisis y despertó para reclamar su lugar en la tierra.
El regreso de Raulín Rosendo a los escenarios en el año 2024 se ha convertido en uno de los acontecimientos más conmovedores de la música latina reciente. Con su gira mundial titulada Uno Se Cura Tour 2024, el artista volvió a sentir el calor de los micrófonos y los aplausos. Aunque las secuelas físicas de sus padecimientos son evidentes y ahora se ve en la necesidad de realizar gran parte de sus conciertos sentado en una silla, su potente y característica voz permanece intacta, capaz de erizar la piel de los asistentes. El lanzamiento de su producción discográfica titulada con picardía e ironía No estaba muerto, andaba de parranda es una bofetada alegre a la adversidad y una declaración jurada de que piensa cantar hasta el último aliento de su vida.
En el plano personal y familiar, el presente encuentra a un Raulín Rosendo maduro, reflexivo y profundamente agradecido con el destino. Alejado por completo de los antiguos excesos de su juventud, donde incluso llegó a admitir con humor y asombro haber convivido con tres parejas de forma simultánea, hoy lleva una existencia pacífica y ordenada. Su núcleo familiar, encabezado por su esposa y sus hijos, funciona como el escudo protector que vigila estrictamente su alimentación, sus horarios de medicamentos y sus controles médicos regulares. A pesar de los inevitables escándalos del pasado mediático que a veces salpicaron a su entorno, el Sonero del Pueblo afronta el año 2026 con una tranquilidad inquebrantable y un gran sentido del humor. Su trayectoria no es solo una enciclopedia de la mejor salsa caribeña, sino una hermosa y valiosa lección humana sobre la resiliencia, demostrando de manera contundente que las leyendas de la música también pueden escribir finales felices mientras se encuentran plenamente vivas.