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La Dama de Barcelona y el Misterioso Invitado que Conoce cada Cicatriz de su Corazón Oscuro

La Dama de Barcelona y el Misterioso Invitado que Conoce cada Cicatriz de su Corazón Oscuro

Parte 1

En Barcelona hay dos tipos de silencios: el de las bibliotecas caras donde nadie lee y el de los salones de lujo cuando entra alguien que no estaba invitado, pero que claramente se ha vestido mejor que todos los invitados juntos.

Aquella noche, en la zona alta de la ciudad, en una mansión tan blanca, tan pulida y tan perfectamente iluminada que parecía diseñada para que nadie pudiera tener un mal pensamiento sin que se reflejara en el mármol, Valeria Moncada celebraba su compromiso con Ignasi Ferrer.

 

Valeria era una de esas mujeres que saludaban con dos besos sin rozarte la piel, sonreían sin mover demasiado la cara y decían “qué ilusión verte” como quien firma un recibo del dentista. Llevaba un vestido color champán, joyas discretas pero indecentemente caras, y una serenidad ensayada frente al espejo desde los dieciséis años.

—Cariño, estás espectacular —le dijo Ignasi, acercándose con una copa de cava.

—Lo sé —respondió ella sin mirarle—. Pero gracias por confirmarlo.

Ignasi se rio con esa risa de hombre acostumbrado a que todo lo que dice su prometida sea interpretado como sofisticado aunque suene a amenaza administrativa.

—Mi madre pregunta si puede hacer un brindis.

Valeria giró lentamente la cabeza.

—¿Tu madre o tu ego familiar usando a tu madre como portavoz?

—Mi madre.

—Entonces que lo haga corto. La última vez habló diez minutos sobre la importancia de los manteles de lino y una señora del catering envejeció delante de mí.

Ignasi bebió un sorbo.

—Vale, se lo diré con tacto.

—Dile que si pasa de tres minutos, el violinista tocará encima.

Ignasi asintió como quien recibe instrucciones de emergencia nuclear.

El salón estaba lleno de gente bonita, perfumada y ligeramente inútil para cualquier tarea manual. Había políticos jubilados que todavía hablaban como si estuvieran en campaña, empresarios que pronunciaban “startup” como si fuera una enfermedad rara, señoras con collares que pesaban más que un bebé sano y un primo de Ignasi que aseguraba haber inventado una app para “revolucionar el vermut”.

—¿Y qué hace exactamente la app? —le preguntó una invitada.

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