Eso aprendió en esos primeros años. que lo que ocurría dentro de él fuera lo que fuera, no tenía palabras que él conociera, que los adultos lo escuchaban con una mezcla de inquietud y devoción que él no sabía cómo interpretar y que iba a tener que cargarlo solo mucho tiempo. Había en el pueblo un fraile cappuchino que pasaba a menudo pidiendo limosna.
Fra Camilo se llamaba y ese fraile, con su hábito marrón y su barba sin recortar, fue el primero que puso palabras alrededor de lo que el niño sentía. El primero que no lo miró con miedo, el primero que lo miró con reconocimiento. A los 15 años, Francesco Forion supo que quería ser como ese fraile, no como los sacerdotes de la parroquia, que le parecían demasiado lejanos, como ese hombre con el hábito marrón que caminaba descalso por el polvo del sur de Italia.
Si no estás suscrito al canal, hazlo ahora. Aquí contamos la historia completa. Sin la versión maquillada, sin el santoral de manual. Ese niño que peleaba con sombras en Pietrelcina creció, fue ordenado sacerdote y 28 años después de nacer, algo ocurrió en una capilla en el sur de Italia que iba a poner al Vaticano en una posición que no supo cómo resolver durante décadas. Todo vuelve ahí.
Enero de 1903. Francesco Forgione tiene 15 años y acaba de entrar como novicio en el convento de Morcone en la región de Campania. El viaje hasta el convento fue su primera salida real de Pietrelcina, la primera vez que el niño de las sombras y las visiones entraba en contacto con un sistema organizado para encauzar todo eso que llevaba dentro.
El maestro de los aprendices era el padre Tomaso de Monte Santelo. Severo decía el joven Pío en las cartas que enviaba su familia, pero con un corazón de oro. Y eso para un chico de 15 años que llegaba sin dinero, sin contactos y con una salud que ya preocupaba, era suficiente. Lo que encontró dentro del convento no era fácil.
Las jornadas comenzaban antes del amanecer. El ayuno era continuo. Las mortificaciones físicas formaban parte de la rutina, porque así se entendía en ese tiempo y en ese lugar la formación espiritual. El cuerpo debía aprender a obedecer antes de que el alma pudiera crecer. Su carácter no se doblegó, pero su salud sí.
Los problemas físicos que arrastraba desde niño no desaparecieron con la vida conventual. Se intensificaron. Fiebre que duraba semanas, dolores en el pecho que lo dejaban incapaz de levantarse, una debilidad que sus superiores no sabían si atribuir a la enfermedad o algo más. Sus superiores lo enviaron de vuelta a Pietra Elcina en más de una ocasión para que se recuperara en el ambiente de su familia.
Y esas estancias en su ciudad natal, que a veces duraban meses, serían el escenario de algo que nadie en el convento supo cómo gestionar, porque fue en esas estancias cuando el padre Pío comenzó a hablar de dolores que no tenían origen físico visible. Dolores en las manos, en los pies, en el costado, heridas que sentía, decía, pero que no se veían, que nadie podía examinar porque no había nada que examinar.
Era 1911, él tenía 24 años. Escribía a su director espiritual, el padre Benedetto da San Marco y Lamis, cartas que hoy se conservan y que son uno de los documentos más extraños de la historia religiosa del siglo XX. cartas en las que describía dolores físicos que localizaba con precisión manos, pies, costado, sin que hubiera heridas visibles.
Cartas en las que preguntaba qué significaba eso. Cartas en las que el tono oscilaba entre la angustia y algo que se parecía a la rendición. El padre Benedetto no supo qué responder con exactitud. era territorio desconocido. Durante los siguientes 7 años, esos dolores invisibles acompañaron al joven Pío por todos los conventos a los que fue destinado, Montefusco, Serra Capriola, Benafro.
Y finalmente, en 1916, San Giovanni Rotondo, un convento pequeño en un pueblo pequeño de la provincia de Fogia, donde permanecería el resto de su vida. Entrreanto, había ocurrido algo más, algo que pocas biografías del padre Pío mencionan con suficiente atención. Entre 1917 y 1918, Francesco Forgione sirvió en el cuerpo médico del ejército italiano que combatía en la Primera Guerra Mundial.
No en el frente porque su salud no lo permitía, pero estuvo en las estructuras de atención militar. Vio de cerca lo que una guerra industrial hace con los cuerpos de los hombres, las heridas de bayoneta, los miembros amputados, los soldados que llegaban con los ojos abiertos sin ver nada. Eso también lo cargó.
Y nadie sabe con exactitud qué hizo con eso. El 27 de enero de 1907 había pronunciado sus votos solemnes. El 10 de agosto de 1910 fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento y el 20 de septiembre de 1918, mientras rezaba ante un crucifijo en la capilla del convento de San Giovanni Rotondo, las heridas dejaron de ser invisibles.
Pero lo que ocurrió esa mañana no fue solo lo que la gente cree que fue. La versión oficial, la que circula en los libros de devoción, en los folletos de los santuarios, en las páginas de las asociaciones de fieles, dice que en ese momento el padre Pío recibió los estigmas, que las llagas de Cristo aparecieron en su cuerpo de forma repentina, milagrosa, en el contexto de una experiencia mística intensa.
La versión que está en los documentos dice algo más complicado. El padre Pío escribió a su director espiritual al día siguiente, “La carta existe, está archivada y en ella describió lo ocurrido con una precisión que no suena a visión mística. Suena relato de alguien que está tratando de entender qué le pasó a su propio cuerpo.
Dijo que mientras rezaba sintió algo que no pudo describir de otra manera que como una presencia, que después de esa presencia se encontró en el suelo, que cuando volvió en sí tenía las manos, los pies y el costado llenos de sangre, que el dolor era físico y real, que no sabía cuánto tiempo había estado así. Sus hermanos capuchinos lo encontraron en ese estado.
No llamaron a la prensa, no convocaron a los fieles, lo llevaron a su celda, lo atendieron y el superior provincial fue notificado. Y del superior provincial la noticia empezó a subir. Para el otoño de 1918 el rumor ya circulaba por la región. Para la primavera de 1919 los peregrinos comenzaban a llegar. Para el verano de ese mismo año, San Giovanni Rotondo había dejado de ser un pueblo desconocido del sur de Italia para convertirse en algo que no tenía precedente claro en la historia reciente de la Iglesia.
Miles de personas, después decenas de miles personas que venían a ver las manos del fraile, a confesarse con él, a pedirle que orara por sus enfermos, por sus muertos, por sus matrimonios rotos, por sus hijos que no volvían. La iglesia, mientras tanto, no sabía qué hacer, porque lo primero que hizo la Santa Sedeclar un milagro, lo primero que hizo fue mandar médicos.
Y aquí es donde la historia da un giro que muy pocos relatos del padre Pío cuentan con honestidad, porque el primer gran examen médico de sus estigmas, el que más peso tuvo en Roma, no terminó con una declaración de fenómeno sobrenatural, terminó con una acusación. El hombre que firmó esa acusación era médico, psicólogo y fraile franciscano.
Se llamaba Agustino Gemeli y lo que dijo sobre el padre Pío convenció al Vaticano de tomar medidas que nadie esperaba. Eso viene ahora. Entre 1919 y 1930, el nombre del padre Pío se convirtió en algo que la Iglesia Católica no había visto desde hacía generaciones. No era solo que la gente lo venerara, era la escala, era la intensidad, era la manera en que personas de mundos completamente distintos, creyentes y escépticos, campesinos y académicos italianos y extranjeros, describían lo que sentían cuando entraban en contacto con él. Las
filas para confesarse con él llegaban a durar semanas, no días, semanas. Personas que habían viajado desde Argentina, desde México, desde los Estados Unidos, esperaban su turno durante días en el pueblo. Se afirmaba, y hay testimonios de la época que lo confirman, que pasaba hasta 15 horas al día en el confesionario.
15 horas sin comer, con las heridas en las manos que resumaban a través de los guantes de cuero que llevaba siempre. Y en ese confesionario ocurrían cosas que los que lo vivieron describieron durante el resto de sus vidas con una precisión que da que pensar. El padre Pío tenía, según todos los testimonios, una capacidad para saber cosas que nadie le había contado.
Una mujer llegaba a confesarse y antes de que abriera la boca él, ya estaba describiendo los pecados que ella llevaba años sin atreverse a decir en voz alta. Un hombre se arrodillaba preparado para mentir y encontraba que el fraile ya sabía exactamente lo que iba a mentir. Hubo casos documentados de personas a las que rechazó en la confesión que les dijo, sin más explicación que no podía darles la absolución, que si buscaban otro sacerdote, ese sacerdote iba a equivocarse y que volvieran cuando estuvieran listos de verdad.
Un sacerdote de San Giovanni Rotondo contó que en una ocasión el padre Pío le dijo a un hombre en el confesionario, “Si te vas a confesar con otro sacerdote, te vas al infierno junto con quien te dé la absolución.” No era el lenguaje suave de un consejero espiritual moderno. Era el lenguaje de alguien que creía que lo que estaba en juego era real y permanente.
Circulaban historias de otro tipo también. que una niña siciliana llamada Gema de Georgie, nacida sin pupilas, sin el elemento físico que hace posible la visión, había comenzado a ver después de que él orara por ella en 1947, que la llevó su abuela al convento llorando, que el padre Pío le dijo a la abuela que la niña ya veía, que la abuela lo sabía y que no hacía falta que ninguna de las dos llorara más.
Los médicos que la examinaron después no encontraron explicación para lo que encontraron en sus ojos, que aparecía en dos lugares al mismo tiempo. La bilocación se llama ese fenómeno en la literatura mística, testimonios de personas que afirmaban haberlo visto en un lugar en el momento exacto en que él estaba físicamente en el convento, a cientos de kilómetros de distancia.
Soldados italianos durante la Segunda Guerra Mundial que dijeron haberlo visto en el campo de batalla. Pilotos que dijeron que algo los desvió de una ruta de bombardeo, que su sangre, según quienes se le habían acercado lo suficiente para saberlo, despedía un aroma que describían como floral, como violetas, decían algunos, como rosas frescas, decían otros, como algo que no tenían palabras para nombrar exactamente, pero que no era el olor normal de un cuerpo humano ni de ningún perfume conocido. La gente le besaba las
manos, le pedía intercesión, le enviaba cartas desde todo el mundo. En 1940 reunió a sus principales discípulos espirituales para proponerles algo que en ese momento parecía imposible. Construir un hospital en San Giovanni Rotondo. No una clínica pequeña, un hospital de verdad, con quirófanos, con capacidad para atender a los pobres del sur de Italia que no tenían acceso a atención médica digna.
Lo llamó su obra más grande aquí en la tierra. una catedral del alivio del sufrimiento. La construcción duró años. La financiación vino de fuentes que nadie esperaba. una economista y periodista británica llamada Barbara Ward, que en esas décadas era una de las voces más influyentes en las Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible.
Consiguió una subvención significativa de la administración de la ONU para el proyecto. Para poder supervisar directamente la obra, el padre Pío tuvo que pedir al Papa Pío XI que lo dispensara de su voto de pobreza. El hospital La Casa alivio del sufrimiento fue inaugurado en mayo de 1956. Hoy es uno de los principales hospitales de Italia.
En 1962 llegó a San Giovanni Rotondo una carta de un joven sacerdote polaco. Se llamaba Carol Buitila. Pedía oraciones por una amiga suya gravemente enferma de cáncer, una mujer polaca llamada Wanda Poltauskaa. La mujer se curó completamente, de manera que los médicos no supieron explicar. Décadas después, ese sacerdote polaco sería el Papa Juan Pablo II y el primero en beatificar y en canonizar al padre Pío.
Pero eso ocurrió mucho tiempo después. Antes de todo eso, ocurrió lo demás. Lo que crecía en silencio dentro de los archivos del Vaticano mientras el mundo veneraba al fraile de San Giovanni Rotondo, era una incomodidad que la institución no sabía cómo resolver, porque por un lado estaban los millones de fieles, las filas que duraban semanas, el hospital que se estaba construyendo, los testimonios de curaciones, los informes de fenómenos que los médicos enviados por Roma no podían explicar de manera satisfactoria. Y por otro lado estaban
los informes, las dudas, las acusaciones y un psicólogo franciscano con mucha influencia en Roma que tenía una opinión muy clara sobre lo que estaba ocurriendo en el convento de San Giovanni Rotondo. Una opinión que no coincidía en absoluto con la de los peregrinos. Lo que estoy a punto de contarte no aparece en los libros de historia eclesiástica habituales.
Presta atención porque lo que viene cambia como se lee todo lo anterior. El padre Agostino Gemeli no era un crítico cualquiera, era médico titulado, era psicólogo, era fraile franciscano. Había fundado la Universidad Católica del Sacro Cuore en Milán, que en esa época era uno de los centros académicos católicos más prestigiosos de Italia.
Cuando hablaba, Roma escuchaba. Cuando el Vaticano quiso entender qué estaba pasando con el padre Pío, Gemeli, fue la voz que consultaron y lo que Gemeli dijo sobre Francesco Forgione no dejaba lugar a la ambigüedad. dijo que era un psicópata ignorante, que automilaba sus propias manos para manipular la credulidad de la gente, que lo que se presentaba como estigmas era el resultado de una persona que se producía heridas a sí misma y las mantenía abiertas de manera deliberada para sostener una ilusión ante sus seguidores. No lo llamó fraude piadoso.
No dijo que quizás se lo creía él mismo. No dejó espacio para la duda ni para la complejidad. dijo que era una automilación calculada con fines de engaño. Y aquí está lo que más cuesta procesar, lo que genera una incomodidad que no desaparece fácilmente. Según las fuentes de la época que se han podido verificar, Agostino Gemeli nunca examinó directamente las heridas del padre Pío.
Nunca estuvo con él en la misma habitación, cara a cara, estudiando sus manos. Nunca realizó el examen clínico directo que su diagnóstico habría requerido. Emitió su juicio sin el examen directo y ese juicio de uno de los médicos católicos más respetados de Italia fue suficiente para que el tribunal del Santo oficio emitiera un decreto formal declarando que no constaba que los estigmas del padre Pío tuvieran carácter sobrenatural.
En los años siguientes vinieron más decretos, cuatro en total. El padre Pío fue prohibido de celebrar misa en público, prohibido de administrar el sacramento de la confesión, prohibido [carraspeo] de mostrar sus estigmas o de hablar de ellos con nadie, prohibido de que sus seguidores se los besaran. Se le permitió seguir celebrando la misa, pero en privado, sin fieles, en la oscuridad de madrugada, en la capilla del convento, sin que nadie pudiera verlo.
El hombre al que centenares de miles de personas consideraban ya un santo viviente fue apartado de la vista pública por la propia institución a la que había entregado su vida. Y aún así, el Vaticano no se atrevió a excomulgarlo. ¿Por qué? La respuesta está en documentos internos de la época que los investigadores han podido consultar.
Cuando se planteó trasladarlo a un convento más apartado donde el acceso de los peregrinos fuera más difícil o imposible, el plan fue descartado porque los asesores advirtieron del riesgo de motines, no de protestas, de motines. La diferencia no es menor. Cuando se acercó el momento de ejecutar ese traslado, fue abortado a última hora porque la situación sobre el terreno en San Giovanni Rotondo hacía imposible mover al fraile sin consecuencias que la iglesia no estaba en posición de gestionar.
Francesco Forgione era demasiado popular para tocarlo y demasiado incómodo para dejarlo estar. En ese clima llegaron las acusaciones sobre los químicos. Una mujer llamada María de Vito, pariente de un farmacéutico de Fogia, declaró ante los investigadores que en 1919 un joven padre Pío había comprado en el establecimiento una pequeña botella de ácido carbónico y algunos gramos de veratrina, un alcaloide que se usaba en la preparación de unüentos medicinales.
La implicación era directa. El ácido carbónico aplicado sobre la piel con la concentración adecuada produce quemaduras crónicas similares en apariencia a las heridas que el fraile exhibía. Y la veratrina podía usarse, según la hipótesis, para mantener las lesiones en un estado de irritación que impidiera la cicatrización natural.
No era una prueba, era un testimonio sin corroboración directa, sin documentos de la compra, sin ningún elemento adicional que lo verificara, pero circuló y se sumó al expediente. Otros señalaban el ácido nítrico como el agente posible, otros el agua de colonia como el origen de ese aroma floral que se le atribuía, que podría haberse confundido por la emoción de los fieles con algo sobrenatural.
En 1954, un médico llamado Alberto Casera radiografió las manos del padre Pío. El examen era para responder a una pregunta específica. ¿Había en la estructura ósea de las manos alguna anomalía que pudiera explicar las heridas desde adentro? ¿Alguna malformación? ¿Alguna lesión ósea? ¿Algún origen interno de lo que se veía en la superficie? Casera no encontró nada.
La estructura ósea era normal. No había nada que explicara las heridas desde adentro y tampoco había nada que las explicara desde afuera, porque eso era lo que varios de los médicos que sí examinaron directamente las heridas encontraban más difícil de encajar en cualquier hipótesis. Las heridas abiertas del padre Pío nunca se infectaron.
en 50 años, con el nivel de higiene disponible en el sur de Italia de principios del siglo XX, con el contacto continuo de miles de peregrinos que le besaban las manos, con los guantes de cuero que las cubrían durante horas cada día, las heridas nunca se infectaron. Cualquier médico que haya trabajado con heridas crónicas sabe lo que eso significa.
Las heridas abiertas que se mantienen durante tiempo se infectan. Es biología, no teología. Es lo que hace el cuerpo humano cuando tiene una lesión sostenida en contacto con el ambiente exterior. En el Padre Pío eso no ocurrió y los médicos que intentaron explicarlo con las hipótesis del ácido carbónico o el ácido nítrico se encontraron con que esas sustancias producen heridas que se infectan, que se deterioran, que se complican.
No heridas que se mantienen estables durante décadas sin infección. Coincidencia, dijeron algunos, aunque no todos lo creyeron. Y entonces llegó junio de 1960. El Papa Juan X1 era en ese momento el Papa más querido del siglo, el Papa bueno, el hombre que convocó el Concilio Vaticano Segundo, el hombre que redactó encíclicas sobre la paz en un mundo que acababa de sobrevivir dos guerras mundiales, un hombre de una bondad que era visible incluso para los que no compartían su fe.
El 25 de junio de 1960, Juan Vigero escribió en su diario personal, no en un documento oficial, no en una declaración para los archivos, en su diario personal, que se sabía que existía y que no fue publicado en su totalidad, sino décadas después. Lo que escribió ese día no se parece a ningún otro texto de Juan 23 o que se conozca.
anotó, “Esta mañana recibí de monseñor parente informaciones gravísimas sobre el padre Pío y cuanto se relaciona con San Giovanni Rotondo. El informador tenía el rostro y el corazón destruidos y continuó. Sus relaciones íntimas e incorrectas con las mujeres que forman su guardia pretoriana hasta ahora infranqueable en torno a su persona, me hacen pensar en un vastísimo desastre de almas diabólicamente preparado para desacreditar a la santa Iglesia en el mundo.

Un vastísimo desastre de almas, diabólicamente preparado. Eso escribió el Papa Bueno sobre el hombre que 40 años después estaría en los altares. Y nada más. Ese diario existió. Esas palabras están escritas con la caligrafía de Juan 23 y la historia no las aclaró del todo. Poco después, el Papa encargó a Monseñor Carlos Macari una investigación formal sobre el padre Pío.
Macari un prelado de confianza de la Santa Sede. El encargo era claro, ir a San Giovanni Rotondo, examinar lo que ocurría allí, hablar con quienes fuera necesario y redactar un informe completo. Macari pasó tiempo en San Giovanni Rotondo. habló con personas del entorno del padre Pío, recogió testimonios, tomó notas y redactó un informe que, según las fuentes que pudieron acceder a partes de él tenía aproximadamente 200 páginas.
Ese informe nunca fue publicado en su totalidad. Lo que trascendió de él a través de periodistas y de fuentes dentro de la curia romana fue que era devastadoramente crítico, que confirmaba las acusaciones sobre relaciones inapropiadas, que profundizaba en las dudas sobre la autenticidad de los estigmas.
desde un ángulo diferente al de Gemeli, más centrado en el comportamiento del entorno del fraile que en el análisis médico de las heridas. Y aquí ocurre algo que hace que esta historia sea más difícil de cerrar de lo que parece. Makari, según las versiones que circularon después de su muerte, se retractó de ese informe. No en público, no en un documento oficial, pero se dijo, y esta versión fue recogida por varias fuentes, que en los últimos años de su vida visitó el cuerpo del padre Pío y rezó ante él, que dijo haber estado equivocado. Makari murió en
un accidente de tráfico en abril de 1997. La retractación fue real o es una historia construida por los defensores del padre Pío para neutralizar el peso del informe y si fue real, ¿qué cambió en la mente de Macari entre la redacción de ese informe y el momento de su muerte? Esas preguntas no tienen respuesta oficial y probablemente no la tendrán nunca.
Durante años el debate dentro de la iglesia habló de una sola cosa y el padre Pío, que era el centro de ese debate, no habló. No se quejó de las restricciones cuando vinieron. No buscó defensores públicos dentro de la jerarquía. No escribió cartas abiertas, ni dio declaraciones a la prensa. No huyó a otro convento ni pidió un traslado.
Se quedó en San Giovanni Rotondo. Obedeció. Esperó. Cuando le prohibieron celebrar misa en público, celebró misa en privado. Cuando le retiraron el confesionario, se quedó en su celda. Cuando le prohibieron hablar de sus estigmas, no habló de ellos. esa obediencia, esa capacidad de someterse a decisiones que para él debían ser incomprensibles, decisiones de una institución que decía que lo que llevaba en las manos no tenía carácter sobrenatural.
Es quizás el elemento más desconcertante de toda su historia. ¿Por qué guardó silencio durante tanto tiempo? La respuesta está en algo que el público no veía todavía. En 1933, el Papa Pío OS hizo algo que nadie en Roma esperaba. El mismo Papa que había autorizado las restricciones contra el padre Pío ordenó repentinamente a la congregación del santo oficio que le restituyera el derecho de celebrar misa en público.
Sin explicación pública detallada, con una frase que sus colaboradores anotaron y que ha permanecido en los registros, “No he estado mal dispuesto hacia el padre Pío, sino que me habían informado mal.” Informado mal. ¿Por quién? ¿De qué manera? ¿Qué cambió en la información que llegó al pontíficie entre el decreto que restringía al Fraile y el decreto que lo liberaba? Eso nunca se explicó con precisión.
En 1934 le devolvieron también el sacramento de la confesión. Las restricciones que habían durado años desaparecieron casi tan abruptamente como habían llegado. El Papa Pío XI, que gobernó la Iglesia de 1939 a 1958, no solo eliminó las restricciones que quedaban, sino que animó públicamente a los fieles a visitar al Padre Pío.
Los peregrinos volvieron en números que superaban todo lo anterior. El hospital se construyó, las colas en el confesionario volvieron a durar semanas. Y entonces llegó Juan 2038. Y después de Juan 2038 llegó Pablo VI, Giovanni Batista Montini, que había conocido al padre Pío siendo joven sacerdote y que tenía su propia opinión sobre él.
El 30 de julio de 1964, Pablo VI anunció algo que muchos en la curia no esperaban. restauró el ministerio sacerdotal completo del padre Pío. Confirmó su derecho de celebrar la Santa Misa en público, de confesar, de ejercer todo su ministerio sin restricciones. Ningún documento oficial de la Iglesia publicado en ese momento explicó el cambio entre la posición de Juan 23 y la posición de Pablo VI.
Nadie explicó en qué había cambiado la valoración sobre lo que ocurría en San Giovanni Rotondo entre las anotaciones del diario del Papa Bueno y el decreto del Papa Montini. La iglesia guardó silencio y ese silencio duró décadas. Lo que sí quedó en los archivos fue el patrón, un hombre vigilado durante medio siglo por cuatro papas distintos, investigado formalmente al menos cuatro veces, restringido por uno, liberado por el siguiente, investigado de nuevo por el tercero, liberado definitivamente por el cuarto y nunca excomulgado, nunca
declarado hereje, nunca sometido a la sanción más grave que la Iglesia tiene a su disposición. ¿Por qué? La pregunta no tiene una respuesta sencilla. Las razones de prudencia institucional, el miedo a los motines, el peso de la popularidad del fraile, pueden explicar la ausencia de la excomunión, pero no explican los movimientos de los papas entre sí.
No explican por qué Pío Ose dijo que lo habían informado mal. No explican qué cambió entre Juan X3 y Pablo VI. Y mientras eso ocurría en los despachos de Roma, la fila para confesarse con él en San Giovanni y Rotondo seguía creciendo. El 20 de septiembre de 1968 se cumplieron exactamente 50 años del día en que los estigmas del padre Pío se habían vuelto visibles.
Era un aniversario y se celebró como un aniversario con la solemnidad y el fervor que 50 años de historia habían cargado en ese día. La feligresía de San Giovanni Rotondo colocó 50 macetas de rosas rojas alrededor del altar, 50 macetas, una por cada año de sangre, como lo describieron los que organizaron el acto. La misa fue multitudinaria.
El padre Pío ofició y ese mismo día, en algún momento de esa jornada que empezaba a aparecerse al cierre de algo, algo ocurrió que nadie esperaba. Las llagas comenzaron a cerrarse, no de golpe, despacio, sin el tipo de dolor que habría acompañado cualquier proceso de cicatrización de heridas de esa profundidad y esa antigüedad, sin tratamiento, sin cirugía, sin ninguna intervención médica documentada, sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que comenzó.
Las heridas que habían permanecido abiertas durante 50 años, que habían resistido infecciones en circunstancias en que cualquier herida abierta habría sucumbido a ellas, que habían desconcertado a médicos de media Europa y generado decretos del santo oficio y anotaciones en el diario personal de un papa, comenzaron a cicatrizar.
Para cuando le quitaron los guantes unos días después, las marcas prácticamente habían desaparecido. Quedaron cicatrices, leves, como las que deja una herida que curó bien hace tiempo. Como si las llagas llevaran años curadas y no días, como si algo hubiera terminado y nada más. Eso fue lo que ocurrió. sin explicación documentada, sin pronunciamiento oficial de ningún tipo, sin que ningún médico pudiera señalar el mecanismo por el que 50 años de heridas se cerraron en cuestión de días dejando cicatrices mínimas.
El 22 de septiembre de 1968, el padre Pío celebró su última misa. Los que estaban presentes ese día dijeron cosas similares en los testimonios que dieron después. Dijeron que el fraile tenía un aspecto de agotamiento que iba más allá del físico, que sus movimientos eran más lentos, pero que no era la lentitud de alguien enfermo, era algo diferente.
Dijeron que durante la celebración había momentos en que parecía no estar del todo presente, como si una parte de su atención estuviera en otro lugar, que su rostro mostraba algo que describían con dificultad, que el ambiente en la capilla ese día tenía algo que no supieron nombrar, pero que ninguno de los presentes olvidó.
Muchos de los que estaban allí supieron en el momento que era la última vez. En la madrugada del 23 de septiembre de 1968, Francesco Forgione murió en San Giovanni Rotondo. Tenía 81 años. 81 años de los cuales había pasado más de 60 dentro de conventos y 50 con las heridas en las manos.
Sus últimas palabras, según los que estaban con él, fueron Jesús y María. No fue una muerte dramática. No hubo convulsiones ni signos extraordinarios. Fue la muerte de un hombre muy anciano y muy cansado que se apagó en la madrugada mientras los que lo cuidaban rezaban a su lado. 4 días duró el velatorio. 4 días porque era la única manera de que la gente que quería despedirse pudiera hacerlo.
100,000 personas pasaron por San Giovanni Rotondo en esos 4 días. 100,000 personas por un fraile de un convento pequeño en un pueblo del sur de Italia que había vivido siempre dentro de las mismas paredes y que en 50 años nunca había salido de ese rincón del mundo. No todo el mundo que llegó era creyente practicante.
No todos los que estuvieron en esa cola habían ido alguna vez a confesarse con él. Algunos habían ido solo a ver, a estar, a entender por qué ese hombre con las manos vendadas había conseguido que el mundo entero supiera su nombre. y no lo entendieron, o al menos no de una manera que pudieran explicar con palabras, pero fueron y eso dice algo que las palabras no terminan de alcanzar.

En 1997, la Iglesia inició formalmente el proceso de beatificación. En 1999, el Papa Juan Pablo Segi, el mismo Carol Boitila, que había enviado aquella carta en 1962 pidiendo oraciones por Wanda Poltauska. El mismo joven sacerdote polaco que había visitado San Giovanni Rotondo y que llevaba décadas como una devoción privada por el fraile, presidió la ceremonia de beatificación en Roma y en 2002, en la plaza de San Pedro, Juan Pablo II canonizó al padre Pío de Pietrelcina.
250,000 personas en la plaza. El mismo hombre sobre el que el Papa bueno había escrito en su diario personal las palabras más duras que se conocen de ningún papa sobre ningún beato del siglo XX. El mismo hombre que había sido prohibido de celebrar misa en público. El mismo hombre cuyas heridas, el santo oficio, había declarado que no constaban de carácter sobrenatural en los altares.
Quienes lo conocieron de cerca decían que nunca buscó eso, que cuando las multitudes se agolpaban afuera del convento, él se quedaba en el confesionario, que cuando llegaban los fotógrafos, él miraba al suelo o al costado, nunca a la cámara, que lo que más le pesaba en los años de las restricciones no era el silencio en sí mismo, sino lo que el silencio significaba, que la institución a la que había entregado su vida no sabía qué hacer con él, no se quejó, o si lo hizo, no fue en voz alta y no quedó registrado.
Hay en eso algo que es difícil de encajar con cualquier hipótesis simple sobre su vida, porque si era un fraude, la obediencia a las restricciones no tenía sentido. Un fraude que obedece a los que lo descubren es un fraude que se entrega. Y el padre Pío no se entregó. Siguió ahí, siguió orando, siguió esperando.
Y si era auténtico la obediencia, tampoco resulta fácil de entender del todo. Obedecer a una institución que te dice que lo que llevas en las manos no es de origen sobrenatural. Cuando tú sabes desde dentro lo que es, exige un tipo de fe que va más allá de la devoción ordinaria. Es una búsqueda de completud que empezó en Pietra Elcina, en ese niño que peleaba con sombras y no tenía palabras para explicar lo que le ocurría, que entró en el convento a los 15 años, que fue ordenado sacerdote, que pasó 50 años con las heridas en las manos y otros tantos años siendo
investigado, restringido, observado, liberado y vuelto a investigar, y que al final de esos 50 años, cuando las heridas desaparecieron tres días antes de morir, no dijo nada, solo siguió orando. como si nada hubiera pasado, porque si paraba, el silencio era insoportable. Y en ese silencio viven todas las preguntas que no tienen respuesta definitiva.
Las que hicieron los médicos y no pudieron cerrar. Las que hicieron los papas y tampoco pudieron cerrar. Las que hicieron los fieles que esperaban semanas en la cola del confesionario y que salieron de allí con la sensación de que algo había ocurrido que no sabían cómo nombrar. Lo dieron todo por aclarar lo que ocurría en esas manos.
cuatro papas, decenas de médicos, investigadores con cientos de páginas de informes que nunca se publicaron del todo, un psicólogo que emitió un diagnóstico sin examen directo, una mujer que recordó una compra de ácido carbónico, un prelado que redactó un informe devastador y que, según cuentan, rezó arrodillado ante el cuerpo del hombre al que había investigado.
Y lo que quedó al final no fue una respuesta, fue una pregunta. ¿Qué es una herida que dura 50 años sin infectarse? que aparece un día sin explicación física clara y desaparece tres días antes de morir sin explicación física clara y que la ciencia examinó repetidamente sin poder cerrar el caso en ninguna dirección.
¿Y qué dice eso de nosotros? Que a veces necesitamos que algo no tenga explicación para creerle. Si este documental te hizo ver al Padre Pío de otra manera, no como una estampa, no como un nombre en el calendario, sino como un hombre con 50 años de heridas y 50 años de preguntas sin respuesta, que aceptó ambas cosas con la misma obediencia.
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