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EL VATICANO NO PUDO EXPLICARLO | LOS ESTIGMAS DEL PADRE PÍO

Eso aprendió en esos primeros años. que lo que ocurría dentro de él fuera lo que fuera, no tenía palabras que él conociera, que los adultos lo escuchaban con una mezcla de inquietud y devoción que él no sabía cómo interpretar y que iba a tener que cargarlo solo mucho tiempo. Había en el pueblo un fraile cappuchino que pasaba a menudo pidiendo limosna.

Fra Camilo se llamaba y ese fraile, con su hábito marrón y su barba sin recortar, fue el primero que puso palabras alrededor de lo que el niño sentía. El primero que no lo miró con miedo, el primero que lo miró con reconocimiento. A los 15 años, Francesco Forion supo que quería ser como ese fraile, no como los sacerdotes de la parroquia, que le parecían demasiado lejanos, como ese hombre con el hábito marrón que caminaba descalso por el polvo del sur de Italia.

Si no estás suscrito al canal, hazlo ahora. Aquí contamos la historia completa. Sin la versión maquillada, sin el santoral de manual. Ese niño que peleaba con sombras en Pietrelcina creció, fue ordenado sacerdote y 28 años después de nacer, algo ocurrió en una capilla en el sur de Italia que iba a poner al Vaticano en una posición que no supo cómo resolver durante décadas. Todo vuelve ahí.

Enero de 1903. Francesco Forgione tiene 15 años y acaba de entrar como novicio en el convento de Morcone en la región de Campania. El viaje hasta el convento fue su primera salida real de Pietrelcina, la primera vez que el niño de las sombras y las visiones entraba en contacto con un sistema organizado para encauzar todo eso que llevaba dentro.

El maestro de los aprendices era el padre Tomaso de Monte Santelo. Severo decía el joven Pío en las cartas que enviaba su familia, pero con un corazón de oro. Y eso para un chico de 15 años que llegaba sin dinero, sin contactos y con una salud que ya preocupaba, era suficiente. Lo que encontró dentro del convento no era fácil.

Las jornadas comenzaban antes del amanecer. El ayuno era continuo. Las mortificaciones físicas formaban parte de la rutina, porque así se entendía en ese tiempo y en ese lugar la formación espiritual. El cuerpo debía aprender a obedecer antes de que el alma pudiera crecer. Su carácter no se doblegó, pero su salud sí.

Los problemas físicos que arrastraba desde niño no desaparecieron con la vida conventual. Se intensificaron. Fiebre que duraba semanas, dolores en el pecho que lo dejaban incapaz de levantarse, una debilidad que sus superiores no sabían si atribuir a la enfermedad o algo más. Sus superiores lo enviaron de vuelta a Pietra Elcina en más de una ocasión para que se recuperara en el ambiente de su familia.

Y esas estancias en su ciudad natal, que a veces duraban meses, serían el escenario de algo que nadie en el convento supo cómo gestionar, porque fue en esas estancias cuando el padre Pío comenzó a hablar de dolores que no tenían origen físico visible. Dolores en las manos, en los pies, en el costado, heridas que sentía, decía, pero que no se veían, que nadie podía examinar porque no había nada que examinar.

Era 1911, él tenía 24 años. Escribía a su director espiritual, el padre Benedetto da San Marco y Lamis, cartas que hoy se conservan y que son uno de los documentos más extraños de la historia religiosa del siglo XX. cartas en las que describía dolores físicos que localizaba con precisión manos, pies, costado, sin que hubiera heridas visibles.

Cartas en las que preguntaba qué significaba eso. Cartas en las que el tono oscilaba entre la angustia y algo que se parecía a la rendición. El padre Benedetto no supo qué responder con exactitud. era territorio desconocido. Durante los siguientes 7 años, esos dolores invisibles acompañaron al joven Pío por todos los conventos a los que fue destinado, Montefusco, Serra Capriola, Benafro.

Y finalmente, en 1916, San Giovanni Rotondo, un convento pequeño en un pueblo pequeño de la provincia de Fogia, donde permanecería el resto de su vida. Entrreanto, había ocurrido algo más, algo que pocas biografías del padre Pío mencionan con suficiente atención. Entre 1917 y 1918, Francesco Forgione sirvió en el cuerpo médico del ejército italiano que combatía en la Primera Guerra Mundial.

No en el frente porque su salud no lo permitía, pero estuvo en las estructuras de atención militar. Vio de cerca lo que una guerra industrial hace con los cuerpos de los hombres, las heridas de bayoneta, los miembros amputados, los soldados que llegaban con los ojos abiertos sin ver nada. Eso también lo cargó.

Y nadie sabe con exactitud qué hizo con eso. El 27 de enero de 1907 había pronunciado sus votos solemnes. El 10 de agosto de 1910 fue ordenado sacerdote en la catedral de Benevento y el 20 de septiembre de 1918, mientras rezaba ante un crucifijo en la capilla del convento de San Giovanni Rotondo, las heridas dejaron de ser invisibles.

Pero lo que ocurrió esa mañana no fue solo lo que la gente cree que fue. La versión oficial, la que circula en los libros de devoción, en los folletos de los santuarios, en las páginas de las asociaciones de fieles, dice que en ese momento el padre Pío recibió los estigmas, que las llagas de Cristo aparecieron en su cuerpo de forma repentina, milagrosa, en el contexto de una experiencia mística intensa.

La versión que está en los documentos dice algo más complicado. El padre Pío escribió a su director espiritual al día siguiente, “La carta existe, está archivada y en ella describió lo ocurrido con una precisión que no suena a visión mística. Suena relato de alguien que está tratando de entender qué le pasó a su propio cuerpo.

Dijo que mientras rezaba sintió algo que no pudo describir de otra manera que como una presencia, que después de esa presencia se encontró en el suelo, que cuando volvió en sí tenía las manos, los pies y el costado llenos de sangre, que el dolor era físico y real, que no sabía cuánto tiempo había estado así. Sus hermanos capuchinos lo encontraron en ese estado.

No llamaron a la prensa, no convocaron a los fieles, lo llevaron a su celda, lo atendieron y el superior provincial fue notificado. Y del superior provincial la noticia empezó a subir. Para el otoño de 1918 el rumor ya circulaba por la región. Para la primavera de 1919 los peregrinos comenzaban a llegar. Para el verano de ese mismo año, San Giovanni Rotondo había dejado de ser un pueblo desconocido del sur de Italia para convertirse en algo que no tenía precedente claro en la historia reciente de la Iglesia.

Miles de personas, después decenas de miles personas que venían a ver las manos del fraile, a confesarse con él, a pedirle que orara por sus enfermos, por sus muertos, por sus matrimonios rotos, por sus hijos que no volvían. La iglesia, mientras tanto, no sabía qué hacer, porque lo primero que hizo la Santa Sedeclar un milagro, lo primero que hizo fue mandar médicos.

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