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Marie Louise: La Princesa que No Tenía País ni Marido

Nadie en aquel momento habría podido predecir que esa niña, a quien la reina consideraba fea, se convertiría décadas después en una de las figuras más queridas y respetadas de la familia real británica. Mientras crecía, el mundo que rodeaba a la familia de Marie Luis era un mapa viviente de la Europa dinástica, la reina Victoria, emparentada con casi todas las casas reales del continente, sus hijos e hijas diseminados por Alemania, Dinamarca, Rusia y el Reino Unido como piezas estratégicas de un tablero geopolítico que se jugaba con

títulos y matrimonios. Mary Luis observaba todo eso con una mezcla de fascinación y una especie de intuición prematura de que ese mundo, tan vasto y tan aparentemente sólido, tenía grietas que el tiempo acabaría por ensanchar. En noviembre de 1890, cuando Mary Luis tenía 18 años, todo cambió con una invitación.

Su prima Carlota de Prusia se casaba y la familia fue convocada a los festejos. Fue allí entre los brindis y las cortesías de la corte prusiana, donde Mary Luis conoció al hombre que durante una breve y confusa temporada ocuparía el centro de su vida. Su nombre era el príncipe Aribert de Anhalt y desde el primer momento desplegó ante ella el tipo de encanto calculado que las crónicas de la época describirían como irresistible.

El príncipe Aribert de Anhalt era un oficial militar de aspecto distinguido, modales europeos refinados y una habilidad notable para hacer sentir a quienes lo rodeaban que él era exactamente la persona que habían estado esperando encontrar. Tenía varios años más que Marilis. Había crecido en la corte alemana y conocía a la perfección los códigos de conducta de ese mundo en el que la apariencia era todo y la sinceridad, un lujo que casi nadie podía permitirse.

Maruis, que había pasado su adolescencia en la relativa intimidad de Camberland Lodge, se encontró de pronto frente a un hombre que la miraba como si fuera importante, que la escuchaba, que coqueteaba abiertamente y que parecía genuinamente interesado en ella. Para una joven que había crecido escuchando incluso de forma indirecta, que no era la más brillante ni la más hermosa entre sus primas reales, esa atención debió sentirse como una revelación.

El primo más poderoso de Europa no tardó en involucrarse. El Kaiser Guillermo Segund, que conocía bien a Aribert y que veía en ese matrimonio una alianza conveniente, decidió tomar cartas en el asunto. Fue en un almuerzo familiar en el Noyes Palé de Potdam, donde la situación cristalizó y el 6 de diciembre de 1890, apenas semanas después de haberse conocido, Marie Luis y Aribert anunciaron formalmente su compromiso.

Quienes los conocían expresaron sus reservas en voz baja. El compromiso había sido demasiado rápido, el príncipe demasiado calculador, la situación demasiado conveniente para todos, excepto quizás para la propia Maruis. La reina Victoria, sin embargo, dio su aprobación. En una carta a su hija Elena escribió que estaba muy aliviada de saber que las perspectivas de la pobre Luis Holstein mejorarían.

La frase elegida por la reina, la pobre Luis, habla por sí sola. Incluso en el momento de anunciar un compromiso que debería haber sido una celebración, la abuela no podía evitar enmarcar a la joven princesa dentro de una narrativa de lástima y alivio, como si el matrimonio fuera menos un logro que una solución a un problema que nadie nombraba directamente.

La boda se celebró el 6 de julio de 1891 en la capilla de San Jorge del Castillo de Winsor, con la reina victoria entre los invitados y toda la solemnidad que el rango de ambos contrayentes exigía. Después de la ceremonia, los recién casados firmaron el registro nupsial en el propio castillo y tomaron el té con los invitados antes de partir hacia su luna de miel en Clion.

Era el comienzo oficial de una vida en común que para cuando se mirara en retrospectiva habría sido mejor no haber comenzado jamás. Tras una luna de miel de dos meses que recorrió varios puntos de Europa, Marieis y Aribert se instalaron en Alemania, primero en Desao, capital del ducado de Anhalt, para cumplir con las obligaciones formales de la corte ducal.

y luego en Berlín, donde Aribert ejercía como oficial militar. La joven princesa británica, acostumbrada a la relativa informalidad de la vida en Camberland, Lodge, se encontró de pronto inmersa en uno de los sistemas de etiqueta más rígidos y sofocantes de la Europa de su tiempo.

La Corte alemana funcionaba según código de jerarquías tan minucioso que hasta los saludos más simples requerían una serie de intermediarios y autorizaciones previas. Mariluis descubrió con una mezcla de incredulidad y creciente angustia que antes de poder decirle buenos días a su cuñada, debía enviar a su lacayo a encontrarse con el lacayo de ella para preguntar si en ese momento era conveniente que se produjera un saludo personal.

En una ocasión llegó a ser reprendida por saludar directamente a una amiga que almorzaba. Las reglas no eran sugerencias, eran muros. Pero la rigidez protocolaria no era el único problema. Con el paso de los meses quedó claro que Aribert y Marie Luis no construían una vida juntos. simplemente coexistían bajo el mismo techo sin apenas cruzarse.

El príncipe priorizaba su carrera militar y sus compromisos sociales de manera excluyente, mientras que los días de Marí Luis se vaciaban de presencia y de sentido. Las fuentes de la época y sus propias memorias posteriores dan cuenta de una soledad que no era accidental, sino sistemática, una pareja que nunca había sido verdaderamente tal.

No hubo hijos, no hubo proyectos compartidos, no hubo al parecer ninguno de los elementos que hacen que dos personas elijan seguir juntas más allá de la obligación. Y mientras ese matrimonio se deshacía en silencio dentro de los salones alemanis, en el corazón de Marí Luis, comenzaba a tomar forma una pregunta que las princesas de su época no tenían permitido hacerse en voz alta.

si una vida entera podía vivirse sola y si esa soledad elegida era preferible a la que le imponían desde afuera. Lo que vino después fue tan inesperado y humillante que la propia familia real tardó años en hablar de ello con claridad. En el verano de 1898, Marie Luis recibía un telegrama mientras se encontraba de visita en Canadá con el gobernador general Lord Minto y su esposa.

El remitente era su suegro, el duque de Anh. El mensaje era breve y cambiaba todo. El telegrama que Marie Luis recibió en Canadá contenía pocas palabras, pero un peso devastador. El duque de Anhalt, actuando por instrucción de su hijo Aribert, le comunicaba que el matrimonio había sido anulado. No había aviso previo, no había conversación, no había explicación que Marí Luis hubiera podido prever o prepararse para recibir.

De un día para el otro y desde el otro lado del Atlántico se le informaba que dejaba de ser esposa. La anulación del matrimonio era en ese tiempo un asunto de gravedad extrema, social y moralmente hablando. El divorcio y la separación estaban profundamente estigmatizados en la Europa aristocrática de finales del siglo XIX y quienes lo sufrían rara vez salían de ese proceso sin perder algo que no se recupera.

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