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A sus 40 años, Vivian Cepeda Finalmente admite lo que todos sospechábamos de ELISEO ROBLES JR

Muy distinta es la humillación que vivió cuando la muerte le tocó la puerta. Eliseo confiesa que se quedó ahí pasado, viendo como el corazón de su hijo se apagaba lentamente hasta quedar en nada. Lo vio morir frente a sus ojos mientras le apretaba un dedo, pero lo peor vino después. Es increíble.

El tipo no tenía ni para comer ni una mugre tarjeta de crédito para pagar la cremación. Imagínense la escena. Tienes el cadáver de tu hijo ahí y el sistema te escupe la cara porque no tienes lana. Una miseria total que nadie se esperaba de una leyenda. Pero agárrense porque aquí es donde la cosa se pone verdaderamente morbosa y retorcida.

Entre deudas y traiciones con su compadre Manolo, Eliseo destapa una intimidad que raya en lo macabro, quien en su sano juicio lleva a su esposa a tomarse fotos con el cuerpo presente. Sí, fotos con el muerto, porque según él ella lo quería ver. Es una confesión cruda, enferma, de esas que te hacen cuestionar qué pasaba por sus cabezas en ese momento.

Eliseo hoy decidió soltar toda la sopa, quizás por culpa o porque ya no puede con el peso de semejante historia. Esto no es un cuento de superación, es el retrato de la desesperación absoluta. Y aquí te lo cuento todo, sin filtros. Prepárate porque esto se va a poner muy fuerte.

Imagínense que antes de encender las cámaras ya llevábamos 3 horas de plática intensa sacando trapitos al sol. Me acompaña Eliseo Robles Junior, pero olvídense del nombre formal, aquí en confianza y como dice la raza de Monterrey, le decimos Cheo. Me confesó entre risas que de niño su mamá lo gritaba desde la puerta como chein para que dejara de jugar en la calle a las 11 de la noche.

Un apodo que hoy le daría terror que se hiciera viral por puro bullying. Aunque muchos pensarían que lo suyo era el fútbol por andar pateando el balón en la cuadra, la realidad es que su verdadera pasión era el diamante. se aventó más de 12 temporadas dándole duro al softball y al béisbol, cubriendo la segunda base y según él no lo hacía nada mal.

Es increíble cóo, a pesar de venir de una dinastía tan pesada y con un apellido que lo dice todo en el mundo del espectáculo, tiene esos recuerdos de infancia tan normales de cuando no existían los celulares y la vida se pasaba entre el juego y los gritos de su madre. Hoy nos olvidamos del artista para entender al hombre que se formó en esas calles antes de que la fama y la polémica lo pusieran bajo los reflectores.

Muchos piensan que la dinastía Robles nació en cuna de oro aquí en Monterrey, pero la realidad es mucho más cruda y amarga. Cheo me soltó que su padre, el gran Eliseo Robles, no se metió a la música por amor al arte o por fama, sino por pura y física hambre. Fue la necesidad de sacar adelante a su familia lo que lo empujó a los escenarios desde que era un niño.

Todo empezó en Valle Hermoso, Tamaulipas. Y si no fuera por el desastre del huracán Beéula en los años 60, que los obligó a huir hacia Reyosa, quizás nunca se habría cruzado con Ramón Ayala para cambiar la historia de la música norteña. Crecer como el hijo de una leyenda no fue el cuento de hadas que todos imaginan, porque mientras el público disfrutaba de sus canciones, en casa había un vacío enorme.

Eliseo era un padre ausente, un fantasma que se iba de gira por meses y al que solo podían escuchar unos segundos a través de llamadas de larga distancia que costaban una fortuna. En esos tiempos no había videollamadas ni mensajes instantáneos, solo quedaba el recuerdo de una voz lejana y la esperanza de que al volver de esos viajes eternos trajera algo más que solo el sustento, porque el precio de la fama fue no estar presente para ver crecer a los suyos.

Aquellas giras eternas por todo California no daban tregua. Su viejo se perdía meses enteros recorriendo el estado de punta a punta y si acaso aparecía un par de días por la casa, era solo para tomar aire antes de volver a desaparecer en la carretera. De niño, a Cheo le valía madre la fama o el peso del nombre porque no estaba en el radar, pero la cosa se puso color de hormiga cuando decidió agarrar el micrófono.

Ahí fue cuando sintió el verdadero ácido. La gente no perdona y las comparaciones son una basura. Todos estaban al acecho esperando a ver si este cabrón de verdad cantaba o si solo era la sombra del padre, analizando si la voz le llegaba a los talones o si el talento se había saltado una generación. Ese apellido, que para muchos es una bendición, para él fue un arma de doble filo que a veces lo hundía por la mala leche de los críticos.

Pero ojo, que Cheo nunca se escondió ni renegó de su sangre como otros artistas que prefieren ocultar de donde vienen. Al contrario, cargó con el orgullo por delante. De hecho, bautizar a su grupo como la leyenda fue el golpe maestro para honrar a su padre sin quedar enterrado por su nombre. un proyecto que levantó desde cero junto a su compadre Manolo.

Es hermano que la vida le puso desde que apenas tenían 8 años y con quien ha aguantado todas las tempestades de este negocio tan sucio. La conexión con Manolo fue una de esas jugadas raras del destino, porque siendo vecinos, el tipo también se apellidaba robles. Mi suegro se sacaba de onda y hasta bromeaba con que si algún día armaban un conjunto tenían que llamarse la leyenda de los robles por pura coincidencia genética.

Al final el nombre mutó, pasó por ser la leyenda del norte y terminó simplemente como la leyenda. Pero lo que quiero que noten es la humildad de Cheo. Él jamás quiso colgarse del nombre de su padre para figurar. Nunca pidió que el grupo fuera Eliseo Robles y su banda. Se mantuvo en su lugar como la voz y la imagen, dejando que el proyecto brillara por sí mismo, sin usar el apellido como muleta.

Y es que este mundo lo trae las venas. Imagínense que su casa era prácticamente el cuartel general donde los músicos ensayaban y tiraban las maletas antes de las giras. Ahí, entre baterías desarmadas y el ruido de los ensayos, Cheo aprendió a darle a los tambores por pura curiosidad. Estaba tan metido en el ambiente que, siendo apenas un morro de secundaria, su papá se lo llevaba a foguearse en las giras de verdad.

Pero ojo, que no todo era glamour. El pobre se llevaba unas chingas de aquellas con desveladas tan pesadas que terminaba harto, dándose cuenta desde pleve que la vida del músico es mucho más perra de lo que se ve desde afuera. Su viejo era de armas tomar y no aceptaba debilidades. Lo traía cortito a punta de no se raje cabrón, queriendo incluso sacarlo de la escuela para que se pusiera a trabajar en la música de tiempo completo.

Fue su madre quien tuvo que sacar las garras y plantarse firme para que el muchacho terminara sus estudios antes de lanzarse al ruedo, salvándolo de dejar los libros por la batería. Pero detrás de esa fachada de artista, Cheo cargaba con una inseguridad tremenda que nadie se imagina. Esa timidez extrema y lo introvertido que era no eran gratis.

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