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Rocío Dúrcal: Guardó Lo Que Juan Gabriel Le Hizo y Calló Hasta el Día Que Murió

A los 15 años, animada por su familia, ahí participó en varios concursos radiofónicos de canto. Primero se hacía llamar Rocío Benamejí. Después Rocío Fiestas. Estaba buscando su nombre, estaba buscando su camino. Y en 1959 esa niña de barrio obrero se plantó en el programa de televisión Primer Aplauso de Televisión Española, conducido por José Luis Uribarri y cantó La sombra vendo, con una seguridad y una potencia vocal que dejó helado a todo el plato.

Entre los que la estaban viendo desde su casa había un hombre llamado Luis Sanz, un cazatalentos, un productor de cine, un hombre que sabía reconocer una estrella cuando la veía y que había construido carreras desde cero. Sanz vio a esa niña de 15 años y supo inmediatamente lo que tenía delante. Al día siguiente estaba tocando la puerta de la casa de los padres de Rocío en cuatro caminos.

Les propuso un contrato en exclusiva con su productora, Época Films. Los padres, que eran gente humilde, pero no tonta, aceptaron. Sanz la sacó de la peluquería y la metió en un colegio. Le puso profesores de canto, de baile, de actuación, de dicción, de idiomas. La preparó durante 3 años con una disciplina casi militar.

le enseñó cómo moverse frente a una cámara, cómo sonreír para una foto, cómo agarrar un micrófono, cómo ser una estrella antes de serlo. Y entre los dos eligieron el nombre que la haría famosa, Rocío, como la llamaba su abuelo. Y Durcal, un apellido que ella señaló con el dedo al azar sobre un mapa de España. El dedo cayó sobre un pueblo de la provincia de Granada llamado Durcal.

Así de simple, así de azaroso. Así nació un nombre que iba a recorrer el mundo entero. En 1962 o cuando Rocío tenía 17 años recién cumplidos, Luis Sanz la lanzó al cine con Canción de Juventud, dirigida por Luis Lucía. La película contaba la historia de una adolescente en un colegio de chicas que resolvía los problemas del mundo adulto con su sonrisa y con su voz.

El papel estaba escrito pensando en ella. Era Rocío interpretando a Rocío. Y la película fue un éxito rotundo. Recaudó fortunas en España y en toda Latinoamérica. Rocío cobraba 75,000 pesetas por la película. Una cifra astronómica para la época, sobre todo para una niña que hacía unos meses estaba barriendo pelos en una peluquería.

España entera se enamoró de esa chica morena con ojos enormes, con una voz que podía pasar de la alegría al llanto en una sola nota, que cantaba, bailaba y hacía reír y llorar a partes iguales. Tú la recuerdas. O si creciste en los 60 o en los 70 en España o en Latinoamérica, tú la viste en el cine de tu pueblo, en la televisión de tu sala, en las revistas que tu mamá compraba, en las fotos que tu hermana mayor tenía pegadas en la pared.

Era la novia de España, era la chica que todas las madres querían que su hija fuera. limpia, simpática, talentosa, trabajadora, con una voz que te hacía sentir que el mundo era un lugar bonito. Siguieron más películas. Rocío de la Mancha en 1963. La chica del trébol ese mismo año. Tengo 17 años en 1964. Más bonita que ninguna, en 1965.

La película más taquillera de toda su primera etapa. Acompáñame en 1966. Buenos días, condesita. en 1967 o 15 películas en 15 años, todas con canciones, todas con ella como protagonista absoluta. Rocío era imparable, era la estrella juvenil más grande que España había tenido en décadas, pero había algo más esperándola, algo que iba a cambiar su vida para siempre.

Y no era una película en el rodaje de Más Bonita que ninguna. Conoció a un grupo de músicos españoles llamados Los Brincos. Eran los Beatles españoles, les decían. Jóvenes, guapos, talentosos. Estaban de moda. Se encargaron de componer algunas canciones para la película y uno de ellos se llamaba Antonio Morales Barreto. Le decían Junior. Era de origen filipino.

Nacido en 1943, criado en España, guapo como un actor de cine, con una sonrisa que podía iluminar un salón entero. Después dejó los brincos y formó el dúo Juan y Junior con su compañero Juan Pardo. No se enamoraron de inmediato Rocío y él fueron amigos primero. Se conocieron en 1965. Pasaron 4 años.

4 años de amistad, de verse en rodajes, de coincidir en eventos, de hablar por teléfono. Hasta que en 1969, después de 9 meses de noviazgo oficial, Rocío y Junior se casaron en el monasterio del Escorial. La boda fue un acontecimiento nacional. Asistieron Lola Flores, Carmen Sevilla, Vicente Parra, Marisol, medio mundo del espectáculo español.

Los periódicos le dedicaron portadas. Las revistas del corazón se pelearon por las fotos exclusivas. Fue la boda del año y fue el comienzo de una de las historias de amor más largas y más complicadas del espectáculo. Tuvieron tres hijos. Carmen María Guadalupe, la mayor, nacida poco después de la boda. Antonio el del medio.

Y Shila, la pequeña, nacida el 28 de agosto de 1979. Junior tomó una decisión que pocos hombres de la industria habrían tomado en esa época. Dejó su carrera musical para quedarse en casa y criar a los hijos mientras Rocío seguía brillando en los escenarios. Eso era inaudito en los años 70. Un hombre que renuncia a su fama, a sus contratos, a su nombre artístico para que su mujer brille.

Pero Junior lo hizo. Lo hizo sin quejarse. Lo hizo con orgullo. Y eso dice mucho de la clase de relación que tenían. También dice mucho de lo que estaba a punto de romperse. Recuerda ese nombre, Junior, Antonio Morales, porque va a aparecer otra vez en esta historia y cuando aparezca todo va a cambiar.

Amo porque mientras Junior se dedicaba a ser padre en casa, la carrera de Rocío en España empezó a estancarse. El cine español cambió en los años 70. Las películas musicales de niña prodigio dejaron de funcionar. Franco había muerto. España se estaba abriendo. El público quería otra cosa. Rocío intentó adaptarse, hizo teatro, hizo televisión y en 1977 hizo una película llamada Me siento extraña, una cinta de cine adulto dirigida a un público completamente diferente al que la había seguido durante 15 años.

Según su coestrella, Bárbara Rey, fue la única película de la que Rocío se arrepintió. La aceptó porque estaba pasando por problemas económicos. Fue un fracaso comercial y un golpe a su imagen. La novia de España ya no era una niña. Tenía 33 años, tres hijos o un marido que había dejado su carrera por ella y una carrera que se estaba apagando.

Y entonces tomó la decisión que definiría el resto de su vida. Se fue a México, no como turista, no como visitante. Se fue a reinventarse, a empezar de cero en un país que la conocía por sus películas, pero que todavía no sabía lo que Rocío Durcal podía hacer con una canción ranchera. Y ahí, en México, la estaba esperando alguien, un joven compositor que ya empezaba a revolucionar la música latina.

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