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El Jefe De La Mafia Fingió Amnesia Para Probar A Su Secretaria… Su Reacción Lo Rompió

El Jefe De La Mafia Fingió Amnesia Para Probar A Su Secretaria… Su Reacción Lo Rompió

Lo primero que escuchó Víctor Salvatierra fue un sonido seco, constante, insoportable. VIP, bip, bip. El monitor cardíaco marcaba cada latido como si alguien estuviera golpeando una puerta desde muy lejos, llamándolo de vuelta al mundo de los vivos. Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban como si le hubieran puesto piedras encima. La cabeza le ardía.

No era un dolor normal. Era una presión profunda, brutal, como si el cráneo todavía recordara el impacto antes que él. Cuando por fin logró entreabrir los ojos, la luz blanca del hospital le atravesó la mirada. Todo olía desinfectante, a sábanas limpias, a pasillos donde la gente susurraba para no despertar malas noticias.

Víctor no se movió enseguida. Primero escuchó, luego observó. Eso era lo que lo había mantenido vivo durante tantos años en Madrid. No confiar en la primera cara, no creer en la primera lágrima, no aceptar ningún silencio como inocente. Giró apenas la mirada. Estaba en una habitación privada. Paredes claras, una ventana grande, lluvia fina golpeando el cristal.

Al otro lado, las luces de la ciudad se veían borrosas, como si Madrid también estuviera despertando de una pesadilla. Intentó levantar la mano derecha, pero una vía tiró de su brazo. Entonces llevó la izquierda hacia la cabeza. vendajes gruesos, apretados y de pronto los recuerdos llegaron rotos. Un restaurante reservado cerca del paseo de la Castellana, una mesa larga, copas intactas, una reunión discreta con hombres de otra familia, un acuerdo de territorio que en teoría no debía terminar en sangre.

Marcos había revisado el lugar. Marcos había elegido el acceso. Marcos había dicho que todo estaba controlado. Después la puerta se abrió de golpe. No eran los hombres esperados, eran otros. Rostros cubiertos, armas. El primer disparo pasó tan cerca de su cara que sintió el aire cortarse junto a su 100. Luego vinieron los gritos, la madera astillándose, el olor metálico de la pólvora, el cuerpo cayendo detrás de una silla.

Víctor recordaba haberse lanzado al suelo. Recordaba la voz de alguien gritando su nombre y luego un golpe caliente en la cabeza. Después, nada, solo oscuridad. Señor salvatierra. La voz era tranquila, profesional. Víctor enfocó la vista. A su lado había un médico de unos 60 años, pelo canoso, ojos cansados y una bata blanca impecable.

¿Puede oírme? Víctor tragó saliva. La garganta le raspaba como papel de lija. Sí, bien, muy bien. Soy el doctor Herrera. No mueva la cabeza, por favor. Siga la luz con los ojos. El médico acercó una pequeña linterna. Víctor obedeció, aunque cada movimiento de sus ojos le hacía sentir una punzada detrás de la frente. “Ha tenido mucha suerte”, dijo el doctor bajando la linterna.

La bala rozó la 100. Hubo fractura leve y una conmoción fuerte, pero no penetró. Un centímetro más y no estaríamos hablando. Suerte. Víctor casi sonró. En su mundo, la suerte era una palabra que usaban los que no sabían cuántos enemigos tenían. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? 36 horas. Lo mantuvimos sedado para controlar la inflamación.

Ahora está estable, pero necesito hacerle algunas preguntas. Antes de que Víctor respondiera, la puerta se abrió. Un hombre grande, ancho de hombros, traje oscuro y rostro endurecido por años de violencia contenida, apareció en la entrada Marcos Benítez, su mano derecha, su sombra, el hombre que llevaba 8 años a su lado. “Jefe,”, dijo Marcos y por primera vez su voz sonó rota.

“Gracias a Dios pensamos que se detuvo. Apretó la mandíbula. El médico dijo que tal vez no despertaría.” Víctor lo miró sin pestañear. El alivio parecía real, los ojos enrojecidos, la barba mal afeitada, las manos tensas, pero Víctor Salvatierra no había sobrevivido en el lado oscuro de Madrid, creyendo en lo que parecía real.

“Necesito terminar la revisión”, intervino el Dr. Herrera. “Espere fuera, por favor.” Marcos asintió, pero antes de salir miró a Víctor. Fue solo un segundo. Preocupación, sí, pero también algo más. Ansiedad, cálculo, miedo. Víctor guardó ese gesto en silencio. El médico volvió a hacer preguntas. Su nombre, Víctor Salvatierra.

¿Sabe dónde está? En un hospital. ¿Qué año es? Víctor contestó de forma automática, pero su mente ya estaba en otra parte. Alguien había intentado matarlo. Y no en cualquier sitio, en una reunión privada que solo conocían unos pocos. El lugar se había cambiado a última hora. La seguridad la había organizado Marcos. La hora la conocía su círculo más cercano.

Eso significaba una sola cosa. El traidor no estaba fuera, estaba dentro. “Señor Salvatierra”, dijo el médico. Le pregunté si recuerda lo que ocurrió antes de perder el conocimiento. Víctor lo miró. Y en ese instante, mientras la lluvia golpeaba el cristal y Marcos esperaba al otro lado de la puerta, una idea apareció en su mente peligrosa, arriesgada, pero perfecta.

Y si no recordaba? ¿Y si el golpe había hecho más daño del que todos creían? Y si Víctor Salvatierra, uno de los hombres más temidos de Madrid, despertaba sin saber quién era, que controlaban y quien había intentado borrarlo del mapa. Todos bajarían la guardia. El traidor cometería un error. Los leales actuarían sin fingir.

Y por primera vez en muchos años, Víctor sabría quién lo quería vivo por la persona que era y quien solo lo necesitaba por el poder que representaba. Dejó que la confusión entrara en su rostro. Respiró más lento. Miró al médico como si buscara recuerdos que no podía alcanzar. No, no estoy seguro murmuró. Había una sala, gente hablando, luego ruido, gritos, después todo se apagó.

El doctor Herrera frunció el ceño. Es normal con un traumatismo craneal puede haber pérdida parcial de memoria. Dígame, ¿qué recuerda de su vida? Víctor dejó pasar unos segundos, lo suficiente para que pareciera real. Mi nombre es Víctor Salvatierra. Vivo en Madrid. Tengo negocios, restaurantes, propiedades, importación, pero los detalles están borrosos. Hizo una pausa.

Recuerdo a Marcos. Sé que trabaja conmigo, pero no sé exactamente. No terminó la frase. El médico intercambió una mirada con la enfermera. Voy a pedir una valoración neurológica. La amnesia postraumática puede ser temporal. Necesitará reposo y observación al menos 48 horas más. ¿Puedo hablar con Marcos? Brevemente. Nada de estrés.

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