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MÁGICO GONZÁLEZ: Por Esto Rechazó Al R.Madrid y Barcelona

La verdad salió a la luz el mejor jugador del mundo. Maradona admitiendo que era mejor que él y aplaudiéndolo en el palco. Y un hombre con 37 años tirado en la calle, alcohólico y en depresión, con más de cinco hijos no reconocidos. Una carrera destruida antes de empezar. Un talento desperdiciado, una leyenda que nunca fue.

Lo que nadie te contó es como el futbolista más dotado de la historia terminó siendo solo una promesa rota. Su nombre era Jorge Alberto González Varillas, el mágico González para toda Centroamérica. Y lo que le hicieron en España, en El Salvador, en su propia vida cambió todo. En los próximos 55 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron.

Primera, la oferta del Real Madrid que rechazó por quedarse en su barrio. El contrato que firmó borracho y que arruinó su carrera en Europa antes de empezar. Segunda, la confesión de Maradona, donde admite que Mágico era mejor que él. El partido donde dejó en Miles dice ridículo al mejor jugador de todos los tiempos.

Tercera, los hijos que nunca reconoció, las mujeres que lo buscaron después, el alcoholismo que casi lo mata tres veces y la cuarta, ¿por qué nunca salió del Salvador? El miedo que lo paralizó, la pobreza que eligió por encima de la gloria. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante.

La respuesta a por qué un hombre que pudo ser el mejor del mundo eligió ser nadie. 1958. San Salvador, El Salvador, un barrio que ni siquiera tenía nombre oficial. Le decían la chakra. Casas de lámina, calles sin asfaltar, agua que llegaba dos veces por semana. Allí nació Mágico González, el tercero de nueve hermanos.

Su padre, también llamado Jorge, trabajaba en lo que saliera. Albañil, cargador, vendedor ambulante, ganaba para comer. A veces la madre Rosa lavaba ropa ajena. 12 horas al día, manos agrietadas, espalda doblada por 3 d a la semana. Mágico tenía 4 años cuando agarró su primer balón. No era un balón de verdad, era una pelota hecha con calcetines viejos y cinta adhesiva.

Jugaba descalzo en calles de tierra con niños que tenían 8, 10, 12 años y les ganaba. Ese niño va a ser futbolista”, le dijo un vecino a su padre. O va a terminar muerto en la calle, no hay punto medio. Tenía razón en las dos cosas. Mágico creció en plena guerra civil. Salvadoreña. 1980. El país se estaba destruyendo. Guerrilleros contra militares, bombas, secuestros, masacres.

En su barrio los niños no jugaban en parques, jugaban entre escombros, entre casas quemadas, entre balas. “Yo aprendí a jugar fútbol esquivando la muerte”, dijo Mágico años después. Cuando escuchabas disparos, te tirabas al suelo. Cuando paraban, seguías jugando. A los 12 años Mg era famoso en San Salvador, no en el fútbol profesional, en los campeonatos. De barrio.

Había un torneo que se jugaba todos los domingos en un descampado. Equipos de vecinos, apuestas, cerveza, violencia. Mágico llegaba con su equipo de la chakra. Niños contra adultos, descalzos contra botas prestadas y los destruían. Mágico hacía cosas que nadie había visto. Regates con el balón pegado al pie, tiros de chilena desde media cancha, pases entre las piernas sin mirar.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó alguien después de un partido. “Jorge, no te llamas mágico porque lo que haces es magia.” El nombre se quedó para siempre. A los 14 años, Mágico dejó la escuela. Nunca aprendió a leer bien, nunca entendió matemáticas, no le importó. “¿Para qué necesito estudiar?”, le dijo a su madre. “Yo voy a ser futbolista.

” Su madre lloró. “El fútbol no te va a dar de comer. Estudia.” Mágico no la escuchó. Se fue de la casa, se quedó a dormir con amigos. Jugaba fútbol de día, de noche, todo el tiempo. Los 15 años, un ojeador del FAS, uno de los equipos grandes del Salvador, lo vio jugar. ¿Cuántos años tienes? 15. Mentira, tienes que tener más. 15.

El Ojeador se lo llevó a las pruebas del FAS. Mágico jugó contra jugadores profesionales, hombres de 25, 30 años, con experiencia, con técnica. Mágico los humilló todos. Firma aquí, le dijo el técnico del FAS, que dice que juegas para nosotros. Mágico firmó sin leer porque no sabía leer bien.

Ese fue el primer error, no el último. 1976. Mágico debutó en el FES con 16 años. Primer partido, primer toque, un caño al lateral derecho. Segundo toque, un regate al central que lo dejó sentado. Tercer toque, un gol de bolea desde fuera del área. El estadio estalló. 15,000 personas gritando mágico, mágico, mágico. Los periodistas no sabían qué escribir.

Un niño de 16 años acaba de hacer lo imposible, pero Mágico no sabía qué hacer con la fama, con el dinero, con la atención. Después del partido, sus compañeros lo llevaron a celebrar a un bar del centro. Cerveza, música, mujeres. Mágico tomó su primera cerveza esa noche. Le gustó. Tomó la segunda, y la tercera y la cuarta.

Me olvidé de todo dijo años después. De la pobreza, del hambre, de la guerra. Cuando tomaba era feliz, pero la felicidad tenía un precio. Entre 1976 y 1980, Mágico González se convirtió en el mejor jugador de Centroamérica. 4 años dominando el fútbol salvadoreño, goles imposibles, asistencias de fantasía, partidos donde él solo destruía equipos enteros, pero también 4 años bebiendo, saliendo de fiesta, llegando tarde a entrenamientos, desapareciendo por días.

Los técnicos lo regañaban. Mágico, tienes que ser profesional. Yo soy profesional. Juego bien, ¿no? Sí, pero entonces no hay problema. Pero sí había problema. Un problema que todavía no se veía. En 1979, Mágico conoció a una mujer en un bar. No recuerda su nombre. Tuvieron una relación de tres meses. Ella quedó embarazada.

¿Qué vamos a hacer?, le preguntó ella. No sé. Yo no puedo tener hijos. Tengo 20 años. Ya los tienes. Mágico desapareció. Cambió de barrio. No contestó llamadas. Nunca conoció a ese hijo. Ese fue el primero, no el último. 1980. La selección del Salvador clasificó al Mundial de España, 1982. El Salvador, un país en guerra, un país que nadie conocía, clasificando a un mundial.

Y mágico González era la estrella con 22 años, el mejor jugador del país, quizás de toda Centroamérica. Los ojeadores europeos empezaron a llegar. España, Italia, Francia. Querían ver a ese tal mágico del que hablaban. En 1981, un año antes del mundial, el Cádiz de España le hizo una oferta. $50,000 al año.

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