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PERRO AGUAYO: POR ESTO MATARON A SU HIJO Y LO HUMILLARON HASTA QUE MURIÓ

16 hijos en total bajo el mismo techo de adobe. Pedrito era el más rudo de todos los hermanos, el más callado también. Crecer entre 16 hijos significaba pelear todos los días por el plato, por el catre, por la atención de los padres. Y Pedrito aprendió a usar los puños antes que las palabras. Cuando tenía 8 años, la familia  entera tuvo que emigrar del pueblo natal por carencias económicas extremas.

La tierra rendía cada vez menos, los precios del trigo bajaban cada año y los padres tomaron la decisión más dura del clan rural, abandonar Nochislán para siempre. Cargaron las pocas pertenencias del hogar, subieron a los hijos a un camión de redilas y emprendieron el camino hacia el pueblo de Tala, en la zona azucarera de Jalisco.

Recuerda ese pueblo del occidente mexicano, porque sobre Tala descansa la primera clave brutal del destino del  perro Aguayo. Y porque en ese mismo pueblo de Jalisco terminaría muriendo el ídolo del pancracio. 65 años después. La pobreza obligó a Pedrito a empezar a trabajar a los 12 años  en una panadería local llamada La Puerta del Sol, 15 horas diarias amasando el pan del pueblo, salario miserable que entregaba completo a la madre Gabina.

Después de la panadería, Pedrito trabajó de zapatero. Aprendió a reparar las botas viejas de los campesinos del ingenio Cañero y esa habilidad zapatera marcaría toda su carrera futura en el cuadrilátero. Porque las famosas botas afelpadas del perro aguayo nacieron de la propia mano del muchacho zapatero del pueblo jaliciense.

A los 14 años empezó a boxear en los gimnasios improvisados de la zona azucarera. Sin entrenador profesional, por cada victoria le pagaban 20 pesos. Apolo Romano, exluchador retirado y casatalentos del Consejo Mundial, lo vio una de esas tardes. Le dijo cuatro palabras que cambiaron su vida. Cito literal a Apolo Romano. Muchacho, tú eres luchador.

Cierro la cita. Pedrito tenía 16 años cuando aceptó la invitación. empacó la única maleta del hogar, se despidió de Gabina y los 15 hermanos y emprendió el camino hacia Guadalajara para entrenar con Cuautemok, el  Velasco, el maestro más brutal del pancracio mexicano. Velasco le enseñó tres reglas que marcarían toda su carrera.

Regla uno, en el cuadrilátero nunca se llora, aunque te rompan los huesos. Regla dos, al rival se le da hasta la última gota de sangre, aunque sea tu hermano. Regla tres. La cabellera del luchador es lo único sagrado del oficio. Si te la quitan, empiezas de cero. Esas tres reglas marcarían las cuatro humillaciones públicas más brutales del perro Damián.

Pero esa revelación la conocerás más adelante en el guion. El 10 de mayo del año 1970, Pedro Aguayo debutó en la Arena Olímpico Coliseo de la Ciudad de México, 24 años de edad, 78 kg de peso, botas afelpadas hechas por su propia mano y un nombre artístico que Apolo Romano le había puesto. El perro Aguayo, el can de Nochislán, cobró 200 pesos esa primera noche.

ganó contra un rival de tercera categoría y supo de inmediato que lucharía dentro del cuadrilátero el resto de su vida adulta. La verdadera explosión llegaría exactamente 5 años después, 3 de octubre del año 1975. Arena México del Distrito Federal, función estelar del Consejo Mundial. Pelea de máscara contra cabellera entre el enmascarado de plata y el C de Nochislán.

25,000 aficionados en las gradas de la catedral del Pancracio y el perroayo hizo lo impensable. Paliza  brutal al ídolo nacional. Le destrozó la máscara plateada del santo, le sacó sangre de la frente, lo dejó tirado tres veces en la lona y le propinó una golpiza memorable que pasó a los archivos del Salón de la Fama. Hijo del Santo lo confirmó textualmente décadas después.

Cito literal a Hijo del Santo. El perro está entre los mejores rudos. Tal vez de los mejores que he visto en toda mi vida. Ya no hay de esos rudos. Cierro la cita, pero la victoria brutal tenía un precio macabro porque la apuesta de la noche estelar era máscara contra cabellera. Y aunque el perroayo destrozó la máscara del santo en las tres caídas, el conteo final del referí Grand Davis dio la victoria al enmascarado de plata.

Primera humillación pública. Lo subieron a la silla del centro del cuadrilátero. La barbera oficial encendió la máquina rasuradora. Mechón tras  mechón cayó al piso. Su melena negra de 29 años cayó por completo. 25,000 personas vieron la humillación. El candenoislán quedó calvo en la lona principal.

Recuerda esa primera humillación porque durante el calvario del año 75 apenas empezaba el camino brutal de las cuatro cabelleras perdidas del perro Aguayo Damián. Pero todavía falta para esa segunda humillación. Por ahora hay que volver al año 1979  porque el 23 de julio del año 79 nació en la Ciudad de México el hijo único oficial del perro Aguayo Damián.

Pedro Aguayo Ramírez, hijo de Luz Ramírez,  esposa única del ídolo zacatecano. Recuerda esa fecha  porque el muchacho que nació esa madrugada terminaría muerto en un cuadrilátero de Tijuana 35  años después. El perroayo cargó al recién nacido en sus brazos rudos, lo besó en la frente y le susurró unas palabras textuales que él mismo contaría décadas después.

Cito literal al perro aguayo Damián.  Mi hijo, tú vas a ser luchador, pero por favor no escojas el cuadrilátero como destino.  Es un camino que te puede costar la vida. Cierro la cita. Esas palabras del padre zacatecano durante el bautizo del Hijo resonarían como una premonición. Una premonición que tardaría 36 años exactos en cumplirse.

¿Por qué le pidió al hijo recién nacido no dedicarse al pancracio? Porque el padre sabía la verdad brutal del oficio. Sabía las muertes ocultas del Consejo  Mundial. Sabía los paralíticos olvidados del toreo de Cuatro Caminos, sabía las viudas hambrientas de los gimnasios profesionales y sabía que Pedrito Ramírez tenía toda la sangre rudística del clan campesino zacatecano,  lo que lo convertía en el blanco directo de las desgracias del cuadrilátero.

Pero el destino ya estaba escrito. y el propio Pedro Aguayo Ramírez contra la voluntad expresa del Padre. El toreo de Cuatro Caminos el 18 de junio del año 1995 a los 15 años de edad, sin permiso del padre, sin entrenamiento formal, a escondidas del propio perro Damián. El padre se enteró días después, lo confrontó en la sala familiar, le gritó tres horas seguidas y le exigió retirarse del pancracio de inmediato.

Pero el muchacho ya estaba enamorado del cuadrilátero. Cito literal al hijo del perro Aguayo. Papá, yo nací para el cuadrilátero. Tú no me vas a apartar del oficio, aunque te cueste verme caer en  el ring. Cierro la cita. El perro Damián lloró  esa noche en la sala familiar.

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