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Haya de Jordania: la princesa que escapó del lujo de Dubái

Rascacielos que desafiaban la física, islas artificiales visibles desde el espacio, aeropuertos que recibían a 100 millones de pasajeros al año. Todo eso era en gran medida, obra de su voluntad y su visión. Pero antes de ser el arquitecto de Dubai, Mohamed era conocido en otro mundo completamente diferente. Era el dueño de Godolphin, la cuadra de carreras más famosa y exitosa del planeta.

Caballos suyos habían ganado el derby de Epson, el PRI del Ark de Triomph, las carreras más prestigiosas de Europa, América y Asia. Su pasión por los caballos no era un hobby de hombre rico. Era una obsesión meticulosa, casi científica, que lo llevaba a involucrarse personalmente en cada detalle de la cría, el entrenamiento y la competición de sus animales.

Y fue en ese mundo, el mundo de las pistas de hierba inglesa y los padocs irlandeses, donde los caminos de Mohamed y Haya comenzaron a cruzarse. Ella, joven princesa Jordana con medalla olímpica y una reputación de seriedad y disciplina. Él, 28 años mayor, con tres esposas anteriores, gobernante de un emirato y patriarca de una dinastía.

La diferencia de edad, la diferencia de estatus, la diferencia de todo era evidente para cualquiera que mirara desde afuera. Pero Jaya no miraba desde afuera. Ella veía en Mohamed algo que pocos se permitían ver. Detrás de la imagen del gobernante todopoderoso había un hombre que escribía poesía en árabe clásico, que amaba los caballos con una ternura casi contradictoria con su reputación de hombre de hierro y que tenía una capacidad para fascinar a las personas que iban mucho más allá del poder que ostentaba.

Era carismático, de una manera que no se aprende ni se compra. Era de esa clase de hombres que cuando entran a una habitación, la habitación cambia. Se casaron en 2004. Aya tenía 29 años. Mohamed tenía 55. La boda no fue un evento privado, fue un acontecimiento de estado celebrado con la pompa y la solemnidad que correspondía a la unión entre dos de las familias reales más influyentes del mundo árabe, Jordania y Dubai.

Los jachemitas y los Almattum. Historia y futuro en una sola ceremonia. Al principio, la vida en Dubai parecía cumplir todas las promesas. Aya se instaló en el palacio de Savil, una residencia que por sus dimensiones y su lujo era difícil de describir sin recurrir a los superlativos. tenía a su disposición aviones privados, un equipo de centenares de personas y una agenda diplomática que la llevaba a reunirse con presidentes, primeras damas y directores de organismos internacionales.

El mundo la recibía como lo que era, una mujer inteligente, culta, comprometida con causas humanitarias y ella no desperdició ese acceso. se convirtió en embajadora de buena voluntad del programa mundial de alimentos de las Naciones Unidas. Viajó a zonas de conflicto, a campos de refugiados, a regiones donde la palabra princesa sonaba a algo de otro planeta.

Pero ella iba, escuchaba, se fotografiaba no en galas de gala, sino junto a niños con los ojos grandes por el hambre. Eso le ganó un respeto que ningún protocolo podía fabricar. Tuvieron dos hijos. En 2007 nació Jalila, una niña. En 2012 llegó Sayed, un niño. Para el mundo exterior, la familia parecía completa, equilibrada, casi perfecta dentro de los parámetros de lo que se considera perfecto en ese universo de poder absoluto.

Pero dentro de los muros del palacio la realidad era muy distinta. Mohamed tenía otras esposas. Eso no era un secreto ni una sorpresa dentro del marco legal y cultural de los Emiratos. La ley islámica permite hasta cuatro esposas y Mohamed las tenía. Hay la más joven, la más occidental en su formación y, en muchos sentidos, la más visible internacionalmente.

Pero no era la única. Y con el tiempo la dinámica de ese universo polígamo comenzó a pesar de maneras que nadie que no lo haya vivido puede comprender del todo. Lo que Haya no esperaba, lo que ninguna preparación diplomática ni ninguna educación en Oxford podía haberla preparado para afrontar, era lo que comenzó a suceder con las hijas de Mohamed de otros matrimonios.

Hijas que intentaron escapar, hijas que fueron devueltas bajo circunstancias muy controvertidas, hijas, cuyo paradero se convirtió en un misterio que el palacio se negaba a explicar. Y cuando comenzó a hacer preguntas, descubrió que en ese palacio hacer preguntas era el acto más peligroso del mundo. Hay nombres que en ciertos palacios no se pronuncian, no porque estén olvidados, sino precisamente porque no se puede permitir que sean recordados.

En el palacio de Sabel en Dubai, dos de esos nombres eran Shamsa y Latifa, hijas de Mohamed bin Rashid con su esposa Auria Ahed al Shamsi. Dos jóvenes que en momentos distintos y por caminos distintos intentaron hacer lo mismo, escapar. Shamsa fue la primera. En el verano del año 2000, cuando tenía 19 años, desapareció en Inglaterra.

Estaba en la finca familiar de Long Cross en Sarrey y simplemente un día no estaba. Durante semanas nadie dijo nada públicamente. Luego se supo, a través de fuentes indirectas y testimonios que tardaron años en salir a la luz, que Shamsa había intentado pedir asilo en el Reino Unido, que había contactado con personas que pudieran ayudarla, que había planeado su fuga con una determinación que hablaba de meses de preparación silenciosa.

Pero la fuga no funcionó. Según testimonios posteriores presentados ante tribunales británicos, Shamsa fue capturada en las calles de Cambridge. Agentes enviados desde Dubai la localizaron, la interceptaron y la llevaron de regreso a los Emiratos. Desde entonces no ha tenido apariciones públicas verificables, ninguna entrevista, ninguna fotografía, ningún comunicado oficial.

Su existencia quedó suspendida en un silencio que era en sí mismo una declaración. El caso de Latifa fue aún más dramático y llegó mucho más lejos en términos de visibilidad internacional. Latifa Almactum había intentado escapar por primera vez en 2002 cuando tenía 16 años. Cruzó a pie la frontera con Omán. Fue de vuelta.

Pasó los años siguientes en condiciones que ella misma describió en un video grabado antes de su segundo intento de fuga como un confinamiento severo, sin libertad de movimiento, sin acceso al mundo exterior, en una villa que era una prisión sin barrotes visibles. En febrero de 2018, Latifa lo intentó de nuevo, esta vez con un plan mucho más elaborado.

Con la ayuda de Tina Yainen, una instructora de artes marciales finlandesa que era su amiga, y de Herb Jobert, un exagente de inteligencia francés especialista en operaciones encubiertas, Latifa llegó nadando a aguas internacionales frente a la costa de Dubai, literalmente nadando. recorrió varios kilómetros en el mar antes de ser recogida por una embarcación que la esperaba.

El plan era llegar a la India y desde allí solicitar asilo en los Estados Unidos. Ese video que grabó antes de partir era demoledor. Miraba a la cámara con una calma que costaba mantener y decía con palabras sencillas y directas que si alguien estaba viendo ese video era porque ella había muerto o porque estaba en una situación en la que no podía hablar libremente.

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