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Este es El secreto que Pepe Aguilar desenterró sobre su madre y Javier Solís.

Hay un vínculo que fue más que artístico entre dos figuras que marcaron para siempre el sonido de México. Hay una familia entera que vivió bajo la sombra de ese vínculo sin atreverse a nombrarlo del todo. Y hay un momento en que Pepe Aguilar, ya adulto, ya heredero consciente de todo ese peso, decidió que era tiempo de sacar esa canción del cajón.

 ¿Por qué ahora? ¿Por qué ese corrido específicamente? ¿Qué sabía Pepe que el público no sabía? ¿Y por qué Flor Silvestre, mujer de hierro que sobrevivió décadas, nunca habló de esta canción de la misma manera en que habló de tantas otras? Esas son las preguntas que vamos a responder hoy. Pero antes de llegar a las respuestas, necesitamos regresar al principio.

Necesitamos entender quién era Javier Solís, qué representaba en el México de los años 50 y 60 y por qué su muerte, prematura, brutal, extraña en su timing, dejó una serie de cabos sueltos que ni la prensa ni la industria musical quisieron jalar con demasiada fuerza. Imagínate el México de 1958. No el México de las estadísticas, no el México de los libros de texto, el México de verdad, el México de las fondas con manteles de plástico y café de olla.

 El México de los hombres que se ponían el sombrero antes de salir, aunque no hubiera sol. El México donde el honor era moneda más fuerte que el peso y donde las palabras que no se decían valían más que las que sí se pronunciaban. En ese México la música popular no era entretenimiento, era reportaje, era periodismo.

 Era la única forma que tenían las personas sin acceso a los periódicos, sin escuela suficiente para descifrar los editoriales, de entender el mundo que los rodeaba. Los corridos especialmente cumplían esa función. Eran el noticiero de los que no tenían televisión, el archivo de los que no tenían biblioteca.

 Y en ese mundo, Javier Solís era algo más que un cantante. Gabriel Siria Levario, ese era su nombre real, ese nombre que muy pocos recuerdan porque el escenario lo tragó y lo escupió. Convertido en otra persona, llegó al mundo en un barrio sin glamur de Ciudad de México, hijo de padre que lo abandonó temprano, criado entre la escasez y la dignidad obligatoria de quien no tiene más que su voz y su orgullo.

 Javier Solis aprendió que para sobrevivir en este mundo, primero hay que convencer a la gente de que vales algo y que para convencerlos a veces tienes que seducirlos. Porque Javier Solís no solo cantaba, seducía. Había algo en esa voz grave, cálida, con esa textura particular que los músicos llaman terciopelo rasposo, esa contradicción perfecta que describe exactamente lo que sentías cuando lo escuchabas, que hacía que la gente creyera que le estaba cantando a ellos y solo a ellos.

 a la señora que planchaba escuchando la radio, al camionero que cruzaba el desierto en la madrugada, al hombre sentado en el último banco de la cantina frente a un vaso que ya no tenía nada, pero que seguía  sosteniendo como si sostenerlo fuera el único sentido que le quedaba a la noche. Solís cantaba con esa honestidad brutal que solo tienen los que han pasado hambre de verdad.

No la pose del artista que finge vulnerabilidad, la vulnerabilidad real, la que duele, la que no pide permiso. Y fue esa voz, ese don particular para hacer que cada palabra sonara como si la  estuviera inventando en el momento. La que llegó a los oídos de la industria discográfica cuando Solís tenía poco más de 20 años. Columbia Records lo firmó.

El mundo de la música mexicana se abrió de golpe y Javier Solí se convirtió en el nombre que toda la industria quería pronunciar. Pero para entender lo que pasó después, para entender por qué escribió ese corrido y para quién lo escribió, necesitamos hablar de otra figura que en ese mismo México de los 50 estaba construyendo su propia leyenda, una figura que era exactamente lo que Javier Solís necesitaba y lo que al mismo tiempo nunca podría tener.

 Hay personas en la vida que no están destinadas a estar contigo, pero que tampoco están destinadas a no estarlo. flotan en ese espacio imposible entre el amor que puede nombrarse y el amor que debe callarse. Y cuando dos personas así se encuentran, lo que producen en arte, en vida, en consecuencias, tiene una  intensidad que ninguna relación convencional puede igualar.

 Javier Solis conoció a Flor Silvestre en ese México en ebullición, en ese ambiente donde la industria del espectáculo era un mundo pequeño y todos se conocían de todo. Flor Silvestre Guillermina Jiménez Chabolla en el registro civil. Aunque ese nombre suene extraño para quien la conoció siempre como la dama de hierro de la canción ranchera, ya era una figura en construcción.

 Ya tenía esa presencia que los actores llaman la cámara te ama, esa cualidad inexplicable que hace que alguien ocupe el espacio de una manera que los demás simplemente no pueden. Era hermosa, así. Pero la hermosura de flor silvestre no era del tipo que se consume pronto, era la hermosura de las cosas que duran porque están hechas de algo más sólido que la superficie. y Javier Solís la vio.

 Lo que sucedió después es exactamente el tipo de historia que la industria de la música mexicana prefería no contar en los titulares. No porque fuera un escándalo, aunque lo era, sino porque complicaba narrativas que a mucha gente le convenía mantener simples. Para entender la complejidad, hay que saber lo que ambos cargaban en ese momento  de sus vidas.

Y hay que saber que en México de los 50 las complicaciones del corazón no se resolvían hablando, se resolvían silenciando, se resolvían cantando a veces y a veces se resolvían escribiendo una canción que dijera todo lo que la boca no podía decir. Hubo un tiempo en que los corridos eran el territorio de los valientes y los desesperados.

 No el valiente que blande el arma sin miedo, el valiente que se sienta frente a un papel en blanco y escribe lo que siente, aunque sabe que lo que siente puede destruirlo. El corrido mexicano tiene raíces que van más allá de la revolución, aunque fue la revolución la que lo convirtió en el género que todos conocemos.

 Sus antecedentes están en el romance español, en las formas de la poesía oral que cruzaron el Atlántico y se mezclaron con la tradición indígena de guardar la historia en la canción. El corrido no nació en una sala de grabación. Nació en los campos, en los caminos de tierra, en las noches sin electricidad, donde la única luz era la del fogón y la única compañía la de las palabras que alguien se sabía de memoria.

 Y lo que hacía el corrido especial, lo que lo distinguía de cualquier otra forma musical, era su compromiso brutal con la verdad narrativa. Los corridistas no escribían fantasías, escribían  hechos, nombres reales, fechas reales, lugares reales. El corrido era un contrato tácito entre el compositor y el oyente. Esto que te cuento pasó o podría haber pasado y merece ser recordado porque si lo olvidamos algo importante de nosotros se pierde también.

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