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Asi Fue La Lujosa vida de LOS POLIVOCES, Rancho de 10,000 m2 – Una vida más allá del humor

Hoy vas a descubrir cómo vivieron los poliboses, el dúo más querido de la televisión mexicana, los dos hombres que hicieron reír a tres generaciones enteras de familias en México y en toda América Latina. Los que grabaron 12 discos, rodaron 18 películas, realizaron más de 60 giras internacionales y que en sus mejores años llenaban el auditorio nacional y cobraban cachés que sus contemporáneos en la televisión mexicana no podían ni imaginar.

¿Cuánto dinero generaron realmente Eduardo Manzano y Enrique Cuenca durante los años dorados de los polivoces? ¿Cómo eran las casas donde vivieron, las propiedades que compraron con el dinero de tanto hacer reír? ¿Cuánto valía el nombre Polyoses en su mejor momento? ¿Y por qué la separación que destruyó ese nombre fue, según los propios involucrados, el negocio más caro que hicieron en su vida? Y lo más importante, es verdad que no fue el agotamiento creativo ni las diferencias artísticas, lo que terminó con uno de los dúos más exitosos de la

historia del entretenimiento mexicano, sino algo mucho más humano, mucho más doloroso y mucho más difícil de contar, porque la historia de los polivoces tiene dos mitades. La primera es la historia de cómo dos desconocidos empataron en un concurso de televisión y construyeron juntos un imperio del humor que nadie podía explicar del todo, pero que todos querían ver.

La segunda es la historia de cómo ese imperio se desmoronó por la misma razón que se desmoronan la mayoría de los imperios, no por los enemigos de afuera, sino por las fisuras de adentro. Hoy vamos a contar las dos. Para entender a Eduardo Manzano, hay que ir hasta la estación de bomberos donde su padre trabajaba. El 18 de julio de 1938 nació Eduardo Eugenio Manzano Valderas en la Ciudad de México, en una familia donde no había artistas ni contactos en la industria del entretenimiento, pero donde había algo que a la larga resultó más valioso que cualquier contacto. Un

padre que no se avergonzaba de su hijo. Eso que parece obvio no lo es cuando el hijo tiene 10 años y lo único que quiere es pararse en el centro del patio de la estación de bomberos a hacer imitaciones de los actores que ha visto en el cine y a sacar voces de personajes que nadie más puede reproducir con esa precisión.

Otros padres hubieran dicho, “Ya basta, ponte a estudiar, eso no es trabajo.” El padre de Eduardo lo dejaba, lo escuchaba. Y cuando los compañeros de la estación se reían a carcajadas con las imitaciones del chamaco, el papá bombero sonreía con esa satisfacción particular de los padres, que reconocen antes que nadie, que su hijo tiene un don, que el mundo todavía no sabe que necesita.

Eduardo creció con esa certeza instalada en el cuerpo. Era para el escenario, no porque alguien se lo hubiera dicho de manera formal, porque la risa de los bomberos del cuartel era la primera forma de aplauso que había conocido y ese sonido se había grabado en algún lugar de su sistema nervioso con la permanencia de las cosas que definen una vida.

La historia de Enrique Cuenca empieza en otro barrio de la misma ciudad, pero con una energía parecida. El 2 de octubre de 1940 nació Enrique Cuenca en el barrio de Santa Julia en la Ciudad de México. Era el mayor de dos hermanos en una familia donde la madre, doña Silas, tenía una voz con la que podía hacer cosas que las voces ordinarias no pueden hacer, cambiarla.

Lo heredé de ella, diría Enrique años después. Puedo cantar con voz completa, media voz, falsete, puedo sonar como hombre, como mujer, como anciano, como niño. Esa versatilidad vocal que su madre le había transmitido sin ningún método pedagógico formal, simplemente cantando en la casa de Santa Julia mientras hacía las tareas cotidianas, sería el activo más valioso de la carrera de Enrique Cuenca.

Pero antes de que esa voz llegara a los estudios de Televisa, tenía que atravesar el Instituto Politécnico Nacional, donde Enrique estudió ingeniería electrónica por la misma razón por la que muchos hijos de clase media mexicana de esa época estudiaron carreras que no los apasionaban, porque era lo que las familias esperaban de los hijos que querían un futuro seguro.

Enrique terminó la carrera y entonces se fue al teatro. El día que cambió todo para los dos, fue el mismo día para los dos. Y eso es un detalle que define perfectamente la naturaleza de lo que iban a construir juntos. Desde el principio sus historias eran una sola. El programa se llamaba La hora del imitador, transmitido por el canal 4 de la Ciudad de México, el canal que décadas después se convertiría en lo que hoy conocemos como Telefórmula.

Eduardo Manzano llegó a ese concurso con sus voces y sus personajes y su historia de las estaciones de bomberos. Enrique Cuenca llegó con su versatilidad vocal heredada de doña Silas y con la precisión técnica de alguien que también había estudiado para entender cómo funciona lo que hace. El jurado los escuchó, los evaluó y tomó una decisión que en la historia de los concursos de televisión mexicana no tiene precedente conocido, declaró un empate.

No hubo ganador. Los dos eran igual de buenos y el jurado no tuvo el valor ni la necesidad de elegir entre ellos. Lo que siguió fue instintivo. En lugar de verse como rivales que habían empatado en la pelea por el mismo premio, Eduardo y Enrique se vieron uno al otro y pensaron lo mismo al mismo tiempo.

¿Por qué elegir entre dos cosas buenas cuando puedes tener las dos? Se fueron juntos de ese concurso y dos años después eran los polibceses. El nombre lo explica todo. Poli del griego que significa muchas voces. que significa voces, muchas voces. Así de simple, así de preciso, así de perfecto para describir dos hombres que juntos podían sonar como 20 personas distintas en el mismo sketch sin que el público perdiera el hilo de nada.

Los primeros años no fueron fáciles. La televisión mexicana de los años 60 estaba dominada por dúos establecidos que habían construido su territorio con años de trabajo y no tenían ninguna intención de cederle espacio a dos desconocidos que llegaban con una propuesta que nadie había visto antes. Tintán y su hermano Marcelo Viruta y Capulina.

Los cómicos que llenaban los teatros y los programas de televisión de la época eran figuras con bases de fanáticos consolidadas y con relaciones en la industria que tardaban décadas en construirse. Eduardo y Enrique tocaban puertas que no se abrían, las disqueras los rechazaban, los productores de televisión los escuchaban y luego decían que el mercado estaba saturado.

Los empresarios del teatro los veían como imitadores, no como creadores. Un día, en uno de esos rechazos, que se repitieron suficientes veces como para que un hombre de menos convicción hubiera desistido, alguien les preguntó con sarcasmo si de verdad creían que iban a lograrlo. Su respuesta fue dejar el demo sobre el escritorio y salir de la oficina.

Aquí está nuestro demo. Si les gusta, llámenos. La llamada llegó desde el Teatro Ideal, un recinto histórico de la Ciudad de México que los recibió no con alfombra roja, sino con la condición más difícil que podía imponerles. Actuar en vivo frente a un público real que no sabía nada de ellos y que no tenía ninguna razón particular para reírse.

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