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Grabaron Esta Canción Juntos… Y Nunca Más Volvieron A Hablar

 9 años de discos y de giras y de éxitos que se acumulaban uno tras otro. 9 años de noches en estudio escuchando canciones nuevas. de ensayos, de actuaciones en estadios y teatros de toda América Latina. 9 años de conocerse de esa manera profunda y complicada que solo existe entre personas que han creado algo. Juntas, amor eterno, costumbres, déjame vivir, me gustas mucho.

 La gata bajo la lluvia. Canciones que habían cambiado la historia de la música en español. Canciones que millones de personas tenían completamente suyas, sin saber que habían nacido de esa colaboración específica entre una española de Madrid  y un mexicano de Ciudad Juárez. Pero para entender de verdad esos 9 años, hay que entender lo que cada uno le daba al otro.

 Juan Gabriel le daba a Rocío las canciones, no cualquier canción. Canciones escritas específicamente para su voz, para su manera de estar, para esa cosa específica que Rocío hacía cuando cantaba, que hacía que el oyente sintiera que era verdad. Trajes a medida, como decía la gente en la industria musical española, canciones que solo podían ser de Rocío, porque solo la voz de Rocío podía darles lo que necesitaban.

Y Rocío le daba a Juan Gabriel algo que él no podía darse a sí mismo, una audiencia que de otra manera no habría tenido. Juan Gabriel era un fenómeno en México, pero su penetración en España y en los mercados de América Latina, más cercanos a España, era diferente con Rocío que sin ella.

 la voz de una española cantando sus canciones con ese acento, con esa presencia, con esa manera de hacer que las rancheras sonaran universales en lugar de específicamente mexicanas. Rocío era el puente, el puente entre las canciones de Juan Gabriel y el público que sin Rocío quizás nunca habría llegado a ella.

 Los dos se necesitaban y durante 9 años los dos supieron que se necesitaban. Y más allá de lo que cada uno le daba al otro, había algo más. La amistad real, los momentos que no aparecen en los discos, las conversaciones en los camerinos antes de salir al escenario, las cenas después de las actuaciones, los momentos en que un artista baja la guardia delante de otro artista porque sabe que el otro entiende desde dentro lo que es esta vida.

La soledad de las giras, la presión de ser siempre lo que el público espera que seas, el precio que pagas cuando tu vida pasa encima de los escenarios. Juan Gabriel y Rocío compartían todo eso  y en ese contexto, con 9 años de canciones y de éxitos y de amistad real, llegaron al décimo álbum, al que se llamaría Siempre.

 El título era una promesa, Siempre. Como si Juan Gabriel hubiera querido decir que lo que tenían entre ellos no iba a terminar, que después de 9 años y 10 discos y todos esos éxitos que habían cambiado la historia de la música en español, lo que existía entre ellos era para siempre. El álbum siempre iba a ser la confirmación de eso.

El décimo disco, El número redondo, la celebración de una década de colaboración que había producido algunas de las canciones más importantes de la música en español. Y la primera canción, la canción que iba a abrir el disco,  la que iba a ser el primer sencillo, la carta de presentación de todo lo que venía después, era una canción diferente a todo lo que habían hecho antes.

 No era una ranchera triste, no era una canción de desamor, no era de esas que te abren por dentro, era algo más suave, más íntimo, más cercano al corazón de las dos personas que la iban a presentar al mundo. Una canción que comparaba el amor con una guirnalda de flores,  con algo bello y delicado que se teje con cuidado, que une, que adorna, que  dura.

 La canción de la continuidad, de lo que permanece. del amor que no se rompe porque se construyó bien desde el principio. Juan Gabriel la había escrito pensando en Rocío y en lo que existía entre ellos y en todo lo que había construido con ella durante 9 años. Y para el videoclip eligió Puerto Vallarta, una de las ciudades más hermosas de las costas del Pacífico Mexicano.

 Una de las ciudades más hermosas de la costa del Pacífico mexicano. Con ese color específico del agua y del cielo que hace que cualquier cosa filmada allí parezca más hermosa de lo que sería en cualquier otro sitio. Rocío llegó a Puerto Vallarta con su equipo. Las cámaras se prepararon. El equipo técnico estaba listo.

 Puerto Vallarta en 1986 era una de las más hermosas de la costa del Pacífico mexicano, con ese color específico del agua y del cielo que hace que cualquier cosa filmada allí parezca más hermosa de lo que sería en cualquier otro sitio. Con esa luz particular que tienen las ciudades costeras del Pacífico a ciertas horas del día, Juan Gabriel había elegido ese lugar.

Con cuidado, no cualquier ciudad. Puerto Vallarta, el lugar que parecía perfecto para la canción que estaban grabando. Una canción sobre el amor que se teje con paciencia, sobre algo bello y delicado, filmada en uno de los lugares más bellos de México. Y todo parecía ir exactamente como debía ir. Hasta que Rocío descubrió algo.

 Había otro equipo de cámaras, un equipo que no era el suyo, un equipo que Juan Gabriel había enviado sin decirle nada para grabar, para filmar, para registrar lo que ella hacía mientras creía que solo la estaban grabando para el videoclip oficial. Lo que Juan Gabriel había enviado era un equipo para grabar escenas de Rocío mientras trabajaba, para capturar momentos privados del rodaje que ella no había autorizado para filmar su vestuario, sus momentos entre tomas, todo aquello que existe en el espacio  entre una escena y la siguiente

y que forma parte, que aparece en el videoclip y no del personaje que aparece en el videoclip. Hay algo en ese gesto que va más allá de lo anecdótico. Juan Gabriel quería verla, todo de ella, incluso las partes que ella no mostraba delante de las cámaras, incluso los momentos que ella guardaba para sí misma.

 Era una obsesión, una manera de querer estar presente en todos los rincones de la vida de Rocío, aunque ella no lo hubiera autorizado. Y Rocío lo interpretó exactamente así, como una invasión, como alguien que había cruzado una línea que no debería. Shila Durcal, la hija menor de Rocío, confirmó años después lo que su madre había sentido en ese momento, que se molestó por la obsesión de Juan Gabriel.

que sintió una invasión de su privacidad,  que Juan Gabriel incluso había copiado uno de sus vestidos y Rocío le reclamó de manera brusca con esa franqueza española que no rodea las cosas cuando algo está mal. le dijo que lo que había hecho estaba mal, que no tenía derecho a filmarla sin su permiso, que eso no se hacía a una amiga y que los 9 años de amistad y de colaboración no le daban derecho a borrar los límites entre ellos.

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