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HARFUCH CATEA Las Matas y destapa el ASQUEROSO SECRETO que Luisito Rey guardó sobre su LUIS MIGUEL

 Omar García Harfud baja de una camioneta negra blindada acompañado de dos peritos forenses, un cerrajero y un abogado mexicano que trabajó toda la noche en el papeleo. Llevan 4 horas esperando que el juez español autorizara la entrada discreta. La cooperación internacional firmó a la 1 de la mañana. La propiedad por fuera no parece gran cosa.

 Una casa de dos plantas con tejado a cuatro aguas. 700 m², cerrada con cadenas desde diciembre de 1992. La heredera firmó la cesión de inspección hace 6 días en un despacho de Madrid con una condición, que nada saliera a la prensa española, nada. El cerrajero abre la cerradura principal en 4 minutos. Harfuch entra primero.

Linterna en alto. El olor te golpea de inmediato. Humedad antigua, madera vieja y algo más, algo dulce, como flores secas guardadas 30 años en un cajón. Sube la escalera de mármol, pasa una sala  con muebles cubiertos con sábanas blancas. Pasa una cocina donde todavía hay una taza de café sobre la mesa. La cuchara dentro.

 El último  que estuvo aquí. Salió, no volvió. Al fondo del pasillo  el despacho de Luisito Rey. Arfuch empuja la puerta. Escritorio de Caoba, sillón de cuero. Sobre el escritorio, una fotografía grande del  niño Luis Miguel con 6 años con un micrófono en la mano. La firma de un fotógrafo argentino abajo a la derecha.

Y en la pared del fondo, encima del sillón de cuero, un retrato, un retrato grande. Marcela Basteri pintado al óleo. Las manos cruzadas sobre el regazo, los ojos mirando a un punto fuera del cuadro. El perito forense acerca al retrato, lo toca, está ligeramente  inclinado. 3 grados a la derecha, el perito se gira hacia Harfuch. Harfuch hace un gesto.

 El perito descuelga el cuadro y ahí está empotrada en la pared. Una caja fuerte fichet francesa, modelo del 79, del tamaño de una hielera grande, de las que te llevas al campo con 12 cervezas. El cerrajero saca su equipo. Tarda 42 minutos, pero la abre. Adentro hay cuatro cosas. Y antes de que  te diga qué son, escúchame esto.

 Se decía en los pasillos de la SJAE de Madrid y se decía con nombre y apellido que Luisito Rey no era el primer productor que vendía hijos cantantes en la España de los 70. era el último de una cadena, una cadena de 14 productores. Lo que circuló durante años en los camerinos del Teatro Calderón fue que esos 14 productores se reunían cada cierto tiempo en un restaurante del Paseo del Prado, Casa Vito, un comedor privado en el sótano, una vitrina al fondo con fotografías enmarcadas, niños cantantes, niños bailarines, niñas flamencas.

22 fotos y que tenían una libreta verde  donde anotaban a los niños. La familia Gallego siempre lo desmintió. El restaurante cerró en  1989. La libreta jamás apareció en juicio, pero la versión se quedó. Antes de que sigamos, escúchame bien. Lo que Harfuch encontró atornillado al fondo de esa caja fuerte cambia todo lo que cree saber de Luis Miguel.

14 páginas, una firma de niño y una libreta verde forrada en piel con cuentas  en cinco países. Te lo cuento en los próximos minutos, pero antes esto, hoy  vas a saber cuatro cosas que nunca te contaron. Hoy vas a saber cuatro cosas que nunca te contaron sobre Luis Miguel. Primero, los 14 hombres que firmaron el contrato de  1981, 14 nombres.

 ¿Y cuánto cobran? Porque cuatro de ellos todavía hoy cobran cada vez que  tú pones una canción de Luis Miguel. Hoy vas a saber sus nombres y la cuenta exacta en la que cae el dinero. Eso te lo cuento ya. Segundo, ¿quién metió a Luisito Rey en México? Porque Luisito Rey no llegó solo, lo trajo alguien, un nombre que tú conoces, un nombre que abría las  puertas de Televisa en los años 70 y 80.

 Y lo que ese hombre cobró por meter al niño Luis Miguel en los programas más vistos del país jamás apareció en los créditos. Tercero, una libreta verdeforrada en piel, páginas amarillas, cuentas en cinco países. 340 millones de pesetas  que en diciembre de 1992 ya no estaban en ninguna parte. Y la persona que descubrió primero esa libreta una persona que murió en septiembre del 93.

Cáncer fulminante. 4 meses. Cuarto, lo que había dentro de esa caja fuerte detrás del retrato de Marcela Basteri. Una carta, una grabación y el contrato firmado con 9 años. Cuatro cosas. Te voy a avisar cuando  llegue cada una. Y aquí llega la primera cosa que te prometí. Las 14 firmas. Harfook.

 saca de la caja fuerte un sobre de papel amarillo sellado con cera roja. La cera está  partida desde hace décadas. El sobre está reventado por un lado. Adentro hay 14 páginas dobladas en tres partes. Hojas de papel cebolla,  el tipo de papel que se usaba en España para los contratos de los años 70. La página 12 es la que tiene la firma del niño.

 Luis Miguel firmó con su nombre completo. Las letras  grandes, la M de Miguel descendiendo en una curva infantil, la firma de un crío que apenas estaba  aprendiendo cursiva y al lado la firma de Luis Gallego Sánchez, Luisito Rey, pluma estilográfica  de tinta azul, pelicán, trazo firme. 14 hombres  firman en las páginas 2 a 11.

Una firma por página, cada firma con su sello. Cada sello con su número de identificación fiscal. Algunos españoles, otros con clave de México, dos con clave Argentina. Y aquí viene lo del reloj en la fotografía de la firma. Porque hubo fotografía, hubo testigos, hubo un fotógrafo argentino llamado  Esteban Brunetti, contratado por Luisito Rey para documentar el momento en esa fotografía.

 El niño Luis Miguel llevaba un reloj lip  francés de oro, pulsera de eslabones gruesos, esfera negra con manecillas doradas, un reloj que ningún niño de 9 años podría llevar, un reloj que valía más que el sueldo anual de la maestra del colegio del niño. Ese reloj era de uno de los 14 firmantes. Era el regalo.

 La firma incluía la entrega física de un objeto, un símbolo. Cada uno de los 14 hombres tenía que entregar al niño un objeto personal el día de la firma. El niño no entendió. Tenía 9 años, aceptó los regalos, sonríó en la foto. Su padre le dijo que sonriera. El reloj le pesaba en la muñeca. Eso lo contó años  después una empleada del hotel Wellington de Madrid, donde se hospedaban esos días.

 Decía que el niño se quitaba el reloj cada vez que entraba al baño, lo dejaba sobre el lavamanos y cuando salía se quedaba un segundo  mirándolo antes de volver a ponérselo como si fuera ajeno. El reloj Lip lo entregó un productor barcelonés llamado Eduardo Ferrer Vidal. Ferrer murió en  1997 en una casa de Sidges.

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