Posted in

HÉCTOR HERRERA: CUMPLIÓ 35 AÑOS Y COMO ESTÁ VIVIENDO ES MUY TRISTE

En Rosarito crecemos comiendo langosta, dijo Herrera años después en una entrevista. un platillo carísimo en cualquier restaurante. Pero en Rosario, tu papá salía a pescar, ponía trampas y llenaba la mesa. No había lujos, pero había amor y había mar. No había lujos, pero había amor y había mar. Su padre era albañil.

Su madre, doña María López, vendía dulces en la escuelita donde Héctor iba. Tres hijos. Héctor el menor. Y el menor en una familia sin mucho dinero tiene que aprender desde chico que lo que quiere no siempre llega solo, que hay que ganárselo. Su padre trabajaba con las manos construyendo casas para otros, levantando paredes en las que iba a vivir gente que él nunca iba a conocer.

Y en las temporadas en que el trabajo no alcanzaba en Rosarito, cruzaba la frontera a buscar el trabajo en Estados Unidos, sin papeles, como tantos en esa zona de Baja California, como tantos padres que hacen lo que tienen que hacer para que sus hijos tengan más de lo que ellos tuvieron. Héctor creció viendo eso, viendo a un padre que se iba y regresaba, que trabajaba lejos para que la familia estuviera bien aquí.

Y entendió desde chico algo que muchos hombres tardan décadas en aprender, que el sacrificio no se explica, se hace. Doña María también lo hacía. Vendía dulces en la escuelita donde iban sus hijos. los dulcecitos de Rosarito, lo que fuera para poner un poco más sobre la mesa. Y entre esos dos ejemplos, entre el padre que cruzaba fronteras y la madre que vendía dulces en la escuela, creció Héctor Herrera, el menor de tres hermanos, en una familia que no tenía lujos, pero que tenía algo más difícil de encontrar.

El modelo de lo que es hacer lo que hay que hacer. sin quejarse de que es difícil. Y en ese ambiente, en el campo de tierra que llamaban Emiliano Zapata, a pocas cuadras de donde vivía, Héctor Herrera jugaba al fútbol. El campo era de tierra, no de pasto, no tenía porterías de metal, pero tenía chavos que jugaban con todo lo que tenían y que en ese espacio polvoriento soñaban con canchas que todavía no podían imaginar.

Héctor era el más pequeño de los que jugaban, pero no era el que menos corría ni el que menos pensaba. Pero no jugaba como cualquier niño del barrio. Había algo diferente en como ese niño se movía dentro del campo. No la velocidad, no era el más rápido, no el físico. Era normal para su edad, era la cabeza. Mientras los demás niños corrían hacia el balón, Héctor corría hacia donde iba a estar el balón.

Eso no se enseña. Eso o lo tienes o no lo tienes. Y a los 11 años, en un torneo estatal en Tijuana, alguien que sabía reconocerlo lo vio. Su nombre era Ángel González, al que en el fútbol mexicano llamaban coca. González era un visor con historia. Había descubierto a Cuautemoc Blanco. Había mandado jugadores a ligas de primer nivel durante décadas.

Sabía exactamente lo que era un niño con futuro y lo que era un niño que simplemente jugaba bien en su barrio. Dos cosas completamente distintas. Y cuando vio a ese niño de Rosario en ese torneo, supo de inmediato a cuál categoría pertenecía. Ese fin de semana fue a Rosarito, tocó la puerta de la casa de doña María, le dijo que su hijo menor tenía algo especial, que había que llevarlo a entrenar en un ambiente profesional, que si lo dejaba crecer sin ese entorno, el talento se iba a perder.

Doña María lo escuchó y luego se quedó en silencio un momento porque lo que ese hombre le estaba pidiendo no era algo pequeño. Le estaba pidiendo que dejara ir a su hijo menor con 11 años a la Ciudad de México con gente que ella apenas conocía. Ninguna madre hace eso fácil, pero doña María vendía dulces en la escuelita y conocía lo que era el esfuerzo y lo que costaba.

y reconocía cuando alguien le decía la verdad sobre algo que valía la pena. Dijo que sí. Esa decisión, esa decisión de una madre que vendía dulces en Rosarito diciéndole que sí a un visor de fútbol en la puerta de su casa. Es la primera decisión de la cadena que llevó a Héctor Herrera a la Champions League. No la más famosa, no la que los analistas mencionan, la primera, la que hizo posibles todas las demás, pero lo que vino después no fue rápido ni fácil. Para nada.

Pachuca rechazó a Héctor Herrera cinco veces. Cinco veces. El visor González lo presentaba. Los directivos del Pachuca lo miraban entrenar y la respuesta era la misma. No, no encaja en nuestro perfil, no tiene el nivel que buscamos, no es lo que necesitamos. Cinco veces el mismo muchacho, cinco veces la misma respuesta.

Ese dato es uno de los más reveladores de toda la historia del fútbol mexicano, porque Pachuca es el club que tiene uno de los mejores sistemas de formación del país, el que más jugadores ha exportado a Europa, el que más ha invertido en detectar talento joven y rechazó cinco veces al jugador que después vendería Europa por 8 millones de euros.

¿Por qué? Porque Héctor Herrera no era el tipo de jugador que te convence de inmediato. No tenía la explosividad que llama la atención en el primer entrenamiento. No era el más alto ni el más rápido. No hacía los regates espectaculares que hacen que los visores llamen a sus superiores. Hacía algo mucho más difícil de ver.

pensaba en un campo de fútbol juvenil donde todos corren y chocan y gritan, Héctor era el que llegaba al lugar correcto 3 segundos antes que el balón. Eso no lo ves si miras un entrenamiento. Lo ves y lo miras durante semanas y te das cuenta de que nunca toma una decisión equivocada. Ese tipo de talento es el más valioso en el fútbol y es el más difícil de detectar a primera vista.

González lo vio porque llevaba décadas mirando jugadores. Pachuca tardó cinco rechazos en verlo y mientras tanto, Héctor seguía entrenando en casas prestadas en la Ciudad de México, en Guadalajara, en donde lo mandaban, sin sueldo en muchos periodos. sin su familia, sin el mar de Rosarito que había visto desde que tenía memoria, solo la convicción de que si seguía, si resistía, si no se regresaba a su casa, el momento iba a llegar.

Hay algo que vale la pena imaginar aquí. Héctor Herrera tenía 12, 13, 14 años viviendo lejos de Rosarito, lejos de doña María, que vendía dulces, lejos del padre que pescaba langosta. Lejos del campo de tierra Emiliano Zapata, donde aprendió a llegar antes que el balón. Un niño en la ciudad de México entrenando con equipos de categorías inferiores, durmiendo en casas que no eran la suya, comiendo lo que hubiera.

Y cada vez que el visor González lo llevaba a Pachuca y Pachuca decía que no, ese niño tenía dos opciones, regresarse a Rosarito o volver a entrenar. Cinco veces eligió lo mismo. Volver a entrenar. No se sabe exactamente qué pasaba por la cabeza de Héctor Herrera a los 13 años cuando Pachuca le decía que no por tercera vez, pero se puede imaginar, porque cualquiera que haya sido rechazado en algo que le importa mucho sabe ese momento específico, el que viene justo después del no, donde tienes que decidir si el no significa todavía

no o si el no significa nunca. Héctor Herrera eligió cinco veces que el no de Pachuca significaba todavía no. Y esa elección repetida cinco veces en cinco momentos distintos de su adolescencia construyó algo que ningún entrenamiento puede construir. La certeza interna de que el rechazo no define el destino. Eso es lo que tiene Héctor Herrera, que muchos jugadores con más talento físico que él no tienen.

Read More