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EL CASO QUE CONGELÓ A MÉXICO: un vecino escuchó algo esa noche y nunca lo contó todo

EL CASO QUE CONGELÓ A MÉXICO: un vecino escuchó algo esa noche y nunca lo contó todo

Un vecino escuchó todo esa noche, los golpes, las voces, el silencio que vino después y durante 4 años no dijo ni una sola palabra. Lo que cayó y por qué lo cayó es lo que hace este caso el más perturbador que vas a escuchar en mucho tiempo. Hay colonias en la Ciudad de México que guardan sus secretos como los muros viejos guardan la humedad.

Absortos, silenciosos. imposibles de limpiar. La colonia Agrícola Oriental en Istapalapa es una de esas colonias. Calles angostas, banquetas rotas, negocios que abren sin permiso y cierran sin explicación, perros que ladran de noche sin que nadie les pregunte por qué, vecinos que se saludan en la mañana y se ignoran en la tarde.

Una convivencia extraña, tensa, llena de silencios que dicen más que cualquier palabra. Es ahí donde vivió Lucía Barrera, 34 años, madre de una niña de nueve. Trabajaba en una farmacia de la calzada Ignacio Zaragoza. 12 horas al día, 6 días a la semana. Era de esas mujeres que cargan el mundo en la espalda y aún así sonríen cuando les preguntas, “¿Cómo estás?” El 15 de octubre de 2018, Lucía no llegó a trabajar.

Su jefa esperó una hora, después dos. Le marcó cuatro veces. Nada. Mandó mensaje. Nada. Le pareció raro porque Lucía era de las empleadas que siempre llegaban antes que nadie. Siempre. Pero la jefa no llamó a la policía ese día. Pensó que algo había pasado en casa, que quizás la niña estaba enferma, que ya explicaría. Esa decisión de esperar, esa pequeña omisión que parece inocente le costaría carísima a la investigación, porque cada hora que pasa en un caso de desaparición es una hora que el rastro se enfría.

Y este rastro se enfrió durante tres días, tres días completos antes de que alguien levantara una denuncia formal. Tres días en los que Rodrigo Fuentes, esposo de Lucía, siguió con su vida como si nada. Antes de entrar a esa noche, necesitas entender quiénes eran estas personas. Rodrigo Fuentes tenía 38 años cuando Lucía desapareció, albañil de oficio, aunque en los últimos años había conseguido trabajo como supervisor de obra en una constructora del Estado de México.

Ganaba más que antes, no mucho más, pero suficiente para sentirse por encima de su propia historia. Era de Puebla. llegó al Distrito Federal a los 19 años, como tantos, con una mochila, una dirección apuntada en un papel arrugado y la certeza de que la capital le debía algo. No era malo, tampoco era bueno. Era de esas personas que se construyeron solas y que esa soledad les dejó cicatrices que nunca aprendieron a nombrar.

Tomaba, no todos los días, pero cuando tomaba algo en él cambiaba, no de manera violenta al principio. Primero era el tono, luego las palabras, luego el silencio pesado, ese silencio que ocupa todo el cuarto y no deja respirar. Lucía lo sabía. Lo había sabido desde el año 3 de su matrimonio, pero tenía a Sofía y Sofía lo era todo.

Sofía Fuentes Barrera tenía 9 años en octubre de 2018, ojos grandes, trenzas apretadas que su mamá le hacía cada mañana antes de ir a la escuela. una niña callada, observadora, de esas que escuchan todo sin que los adultos lo noten. Una niña que ya cargaba demasiado para su edad, aunque nadie en ese momento lo quería admitir. La tarde del 14 de octubre, un domingo, Sofía estaba en casa de su abuela materna en la colonia Moctezuma.

Lucía la había llevado ahí en la mañana. dijo que iba a regresar en la noche, que tenía cosas que arreglar en casa. Esas cosas que arreglar nunca quedaron claras. No del todo, hasta años después. El edificio donde vivían Lucía y Rodrigo era un inmueble de tres pisos, fachada color mostaza, deslavada, con una reja de herrería negra que chirriaría cada vez que alguien la abría.

Ocho departamentos en total, escaleras de concreto sin barandal. en el segundo tramo. Pasillos estrechos que olían a guiso y a humedad por igual. El departamento 4atro en el segundo piso era el de ellos. Al lado, en el departamento 5co vivía Aurelio Nágera, don Aurelio, como todos le llamaban en el edificio, 62 años en aquel entonces, jubilado del metro, línea dos.

Vivía solo desde que su esposa murió en 2014. Pasaba sus días entre el noticiero de la mañana, los partidos del América los fines de semana y una telenovela que veía todas las noches sin admitirlo frente a nadie. Era el tipo de vecino que todo lo notaba, pero que rara vez decía algo. Ese tipo de silencio también tiene un nombre.

se llama complicidad pasiva. Y aunque don Aurelio nunca lo reconoció así, eso es exactamente lo que fue. Pero vamos por partes. El domingo 14 de octubre de 2018, a las 9:47 de la noche, don Aurelio apagó su televisión. Lo sabe con precisión porque declaró que justo estaba terminando el partido que el América había jugado esa tarde.

Perdieron 2 a 1 contra el Cruz Azul. lo dijo con amargura, como si ese detalle importara, como si ese resultado tuviera algo que ver con lo que escuchó después lo que escuchó fue una discusión, no fue la primera vez. En ese edificio las paredes eran tan delgadas que uno podía escuchar al vecino de enfrente carraspear.

Así que don Aurelio conocía los sonidos del departamento 4 como si fueran los de su propio hogar. Los pasos de Rodrigo pesados, cargados, los tacones de Lucía en las mañanas, la caricatura que ponía Sofía los sábados y las peleas las había escuchado antes. Voces alzadas, objetos que caían una o dos veces, algo que sonaba como un golpe contra la pared.

Pero esa noche fue diferente. Don Aurelio lo dijo en su primera declaración ante la fiscalía de Itapalapa. Se escuchaba muy feo, muy intenso, pero no quise meterme y entonces se fue a dormir. Eso fue todo lo que dijo por ese momento. Si estás viendo este video, te pido un favor antes de continuar. Suscríbete al canal si aún no lo has hecho.

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Rodrigo Fuentes salió del edificio a las 7:15 de la mañana. Don Aurelio lo vio desde su ventana que daba al pequeño estacionamiento interno del edificio. Lo vio cargar una bolsa de plástico grande, negra, de esas que usan para la basura. la tiró al contenedor que estaba pegado a la barda del fondo. Después sacó su camioneta, una Chevrolet Silverado blanca del 2009 con una abolladura en la defensa trasera y se fue.

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