En su época de mayor esplendor, el nombre de Rubén “El Púas” Olivares no solo resonaba en las arenas de boxeo; era un auténtico fenómeno cultural, un ídolo nacional que arrastraba multitudes y paralizaba las calles. Antes de que el mundo conociera la grandeza de Julio César Chávez, existía Olivares, un hombre que parecía invencible. Con los cinturones de campeonato adornando su cintura, una fama que trascendía fronteras y una carrera cimentada en nocauts espectaculares, lo tenía absolutamente todo. Sin embargo, el tiempo es un juez implacable y el destino, a menudo, suele escribir finales que nadie se atrevería a imaginar. Hoy, rozando la frontera de los ochenta años, la vida de esta leyenda del deporte pinta un cuadro muy diferente, marcado por la nostalgia, la precariedad y un silencio ensordecedor que ha reemplazado al rugido de los estadios. ¿Cómo es posible que un titán del cuadrilátero termine vendiendo sus propios trofeos en un mercado callejero de la capital mexicana? La respuesta es un viaje fascinante y doloroso por las sombras de la gloria extrema.
Mucho antes de conocer el lujo, el champán y las luces de neón, la realidad de Rubén era sumamente distinta. Su historia no comenzó en la comodidad de una cuna privilegiada, sino en las entrañas de la pobreza, en las duras calles del barrio de Bondojito, en la alcaldía Gustavo A. Madero de la Ciudad de México. Al igual que muchos titanes del deporte que encontraron en sus puños la única salida de la miseria, crecer para Olivares significaba trabajar a destajo. No había espacio para soñar cuando el hambre apremiaba. Su padre, acorralado por la necesidad de llevar alimento a la mesa, tuvo que sacarlo
de la escuela para enseñarle el oficio de albañil. Con apenas cinco años, un niño que debería haber estado jugando, se levantaba al alba para enfrentar jornadas agotadoras propias de un adulto. Su familia buscaba la supervivencia a través de cualquier medio, ya fuera elaborando combustible artesanal con brea y petróleo, o atendiendo un modesto puesto de tortillas. Fue precisamente en ese entorno de carencias donde Rubén forjó un carácter de acero, una resistencia al dolor que más tarde lo haría imparable frente a sus adversarios.

El romance de Olivares con el boxeo comenzó casi por accidente, como si el destino estuviera empeñado en mostrarle su verdadero camino. En un barrio donde pocos tenían el lujo de poseer un televisor, los niños solían aglomerarse en la casa de un vecino, pagando unas monedas para ver las peleas en blanco y negro. Sentado en aquel suelo frío, absorbido por las imágenes de los gladiadores intercambiando golpes, algo se encendió en su interior. No tardó en llevar lo que veía en la pantalla a las calles de su vecindario. Nunca rechazó un desafío. Aquella naturaleza hiperactiva y conflictiva fue canalizada sabiamente por su padre, quien lo impulsó hacia el deporte. Cuando un amigo lo llevó al mítico gimnasio Jordán, la meca de los grandes boxeadores de la época dorada mexicana, la vida de Rubén cambió para siempre. Bajo la mirada experta del entrenador chileno Carrillo, aquel joven tosco y excedido de peso, que se alimentaba de la comida callejera, se transformó en una máquina letal. La disciplina moldeó su instinto salvaje, dando a luz a un noqueador con una potencia descomunal, algo sumamente inusual y aterrador para la división de peso gallo.
El ascenso de Olivares fue meteórico. Entre 1965 y 1970, construyó una de las rachas más escalofriantes en la historia del pugilismo: sesenta y cuatro peleas sin conocer la derrota. Su estilo no era simplemente ganar; era aplastar, destruir la voluntad de quienes se atrevían a compartir el ring con él. Era implacable, y sus combates solían ser un ejercicio de supervivencia para sus oponentes, que rara vez aguantaban de pie más allá de los primeros asaltos. Uno de los pasajes más épicos de su carrera fue su histórica trilogía contra su compatriota Chucho Castillo, auténticas guerras sin cuartel donde Olivares conoció la lona, el dolor extremo y, por primera vez, el amargo sabor de la derrota. Pero siempre regresaba, se reinventaba y recuperaba lo que le pertenecía. Se convirtió en el primer boxeador mexicano en conquistar títulos mundiales en dos divisiones distintas, desatando la euforia nacional y ganándose el apodo en Los Ángeles de “Mister Knockout”. En torneos clave, llegó a pelear con la mandíbula fracturada y anestesiada, negándose rotundamente a abandonar la batalla. Sin embargo, incluso el acero más duro comienza a mostrar grietas cuando se le somete al fuego constante.
Con la gloria desmedida llegó el dinero a raudales, y con la inmensa riqueza, aparecieron las tentaciones que terminarían por noquear al campeón. A medida que avanzaban los años setenta, la disciplina férrea que lo había llevado a la cúspide comenzó a resquebrajarse. El verdadero rival de Rubén Olivares no llevaba guantes, sino que se servía en vasos de cristal en las cantinas y cabarets de moda. Las historias sobre sus excesos se convirtieron en un secreto a voces. Desaparecía misteriosamente de los campamentos de entrenamiento durante días enteros; su propio representante llegó a encontrarlo en moteles, ahogado en alcohol, horas antes de subirse a pelear. Su fama era tan abrumadora que el mundo del espectáculo lo reclamó. Participó en películas populares como “La pulquería” y “Las glorias del gran Púas”, producciones en las que el boxeador interpretaba una versión exagerada de sí mismo. Paradójicamente, mientras su popularidad en las pantallas de cine aumentaba, su rendimiento deportivo caía en picado. Las piernas perdieron agilidad, la resistencia desapareció y los nocauts que antes propinaba, ahora los recibía.
El declive en los cuadriláteros fue solo el preludio de un desastre financiero y personal de proporciones trágicas. Olivares poseía un corazón tan grande como sus puños; era conocido en toda la ciudad por su generosidad desmedida. Llegaba a los restaurantes y pagaba las cuentas de todos los presentes sin dudarlo. Amigos, familiares y conocidos de su antiguo barrio acudían a él en busca de apoyo económico, y “El Púas” jamás sabía decir que no. Regaló fortunas, confió en quienes solo buscaban exprimirlo y pagó un precio altísimo por su exceso de ingenuidad. Las estafas no se hicieron esperar. Perdió casas por contratos falsos y acuerdos de palabra que jamás tuvieron valor legal, como ocurrió con una hermosa residencia en Lindavista y una flotilla entera de taxis que pagó al contado pero que nunca pasaron a su nombre de forma oficial. Durante un tiempo, cegado por el aplauso constante, pareció no importarle. Creía ingenuamente que los millones jamás se agotarían. Sin embargo, el dinero comenzó a menguar, las puertas de las grandes arenas se fueron cerrando y, poco a poco, la dura realidad del declive tocó a su puerta.

Hoy, el presente del otrora poderoso campeón mundial es una cruda lección sobre la fugacidad de la fama. Si paseas un fin de semana por el icónico mercado de La Lagunilla en la Ciudad de México, podrás encontrarlo sentado detrás de una modesta mesa, vendiendo fragmentos físicos de su glorioso pasado para poder subsistir. El hombre que generaba bolsas millonarias en Las Vegas ahora ofrece su firma por cien pesos a los nostálgicos admiradores que aún lo reconocen. Vende guantes autografiados por miles de pesos, viejos carteles de sus peleas históricas, artesanías curiosas talladas en madera y su posesión material más preciada: un cinturón auténtico de campeón del Consejo Mundial de Boxeo que intenta comercializar por un millón de dólares. Resulta desgarrador contemplar cómo una leyenda viva depende hoy en día del apoyo económico de sus nietos y familiares para sobrellevar el día a día. Olivares sueña con que algún gran productor compre los derechos de su asombrosa biografía, aferrándose a la esperanza de que su ascenso y su estrepitosa caída sirvan para dejarle una última herencia a su familia antes de que suene la campana final.
A pesar de las deudas, de las traiciones y de los errores que él mismo asume con profunda franqueza frente a las cámaras, no hay rencor en la mirada cansada de Rubén. Al reflexionar sobre su intensa vida, no evoca el lujo desmedido ni las noches interminables de parranda. Su mente regresa constantemente a aquel niño de barrio que entró por primera vez a un gimnasio sudoroso, entregó sus veinticinco pesos mensuales con manos temblorosas y le prometió a su entrenador que un día sería campeón del mundo. Aunque el alcohol y la fama descontrolada le arrebataron el imperio económico que construyó a base de golpes, el afecto y el respeto del público siguen intactos en su interior. Su historia trasciende por mucho el ámbito deportivo; es un relato profundamente humano sobre la cruda superación de la pobreza extrema, la conquista del mundo entero y la dolorosa incapacidad de lidiar con los demonios del éxito. Rubén “El Púas” Olivares nos recuerda que, detrás de la imponente figura del ídolo, de las luces cegadoras y del ruido atronador de las multitudes, siempre existió aquel muchacho humilde que nunca supo dar un paso atrás, ni siquiera cuando la vida le propinó el nocaut más devastador de todos.