Empezó por los trajes, trajes de seda, de Casimir, hechos a medida, con iniciales bordadas en el Luego vinieron los coches Cadilac, Mustangs, coches americanos enormes de colores llamativos que él manejaba por insurgentes tocando el claxon, saludando a la gente con una sonrisa de kilómetro y medio.
Luego vinieron las casas, tres, cuatro, cinco casas, una en el centro, una en las afueras, una en Acapulco, una para su madre, una para una amiga, una para otra, una que nunca ocupó nadie y que al final terminó embargada por falta de pago. Pero ese fue no más el principio, la parte inocente, porque después vinieron las noches, las noches del Púas, que eran ya una institución en la ciudad de México de los 70s.
Se cerraban cabarets enteros para él. Se mandaban traer mariachis desde Garibaldi a las 2 de la mañana. Se llamaba por teléfono a los amigos, a los artistas, a las bedets del cine de ficheras, a los toreros, a los luchadores, al elenco completo de cualquier espectáculo que estuviera esa noche en cartelera. Y todos llegaban, todos, porque el Púas invitaba, el Púas pagaba, el Púas ponía tequila para dos ejércitos y a nadie le importaba si amanecía o no.
Hay una anécdota que todavía se cuenta entre los cronistas viejos. Una vez, después de una pelea en Los Ángeles, el puez regresó a México con una bolsa llena de billetes. Le dio una parte a su manager, otra parte a su familia y con el resto agarró un taxi, se fue a la plaza Garibaldi y contrató a cuatro mariachis completos, lo subió en una camioneta y se los llevó a su casa.
Cuando llegaron, sus vecinos se asomaron por las ventanas, creyendo que había una fiesta. Y sí había una, pero solo el púas estaba invitado. Los mariachis le tocaron 8 horas seguidas a él solo, sentado en una silla de mimbre en el jardín con una botella de tequila en una mano y un puro en la otra. 8 horas él se quedó dormido.
Los mariachis siguieron tocando y al final, cuando el sol ya había salido, él despertó, les pagó el doble de lo acordado y les dijo, según cuentan, una frase que resume mejor que nada su filosofía de la vida. Uno nunca sabe cuándo se le acaba la música, muchachos. Mejor que nunca nos falte. Esa frase que en ese momento sonaba chiste de borracho, hoy con los años suena tu advertencia, a oráculo, a algo que el púa sabía desde entonces, aunque no quisiera saberlo.
Hay otra anécdota que los cronistas viejos cuentan con media sonrisa y media tristeza. Dicen que una vez en pleno apogeo el púas iba manejando por reforma en un cadilac rojo descapotable cuando se paró en un semáforo al lado de un limpiaparabrisas. Era un niño, 10, 11 años, trapo en mano, los pies sucios, la mirada triste. El púas lo vio, el niño lo reconoció, se le quedó viendo con los ojos abiertos como naranjas. Susurró, “Púas, nada más púas.
El boxeador le sonrió, metió la mano al bolsillo y le extendió, sin pensarlo, un fajo de billetes, un fajo entero, todo lo que llevaba encima esa noche. El niño, con los ojos llorosos, ni siquiera supo con los billetes. Le temblaban las manos y el púas, antes de arrancar le dijo algo que el niño nunca olvidó.
No vengas a limpiar vidrios mañana, morrito. Mañana vas a la escuela y si no te quieren recibir, diles que vas de parte del Púas, que yo mismo los voy a ir a buscar si no te dejan entrar. El semáforo cambió, el púas arrancó y ese niño, años después se convirtió en un ingeniero y lo contó él mismo en una entrevista radiofónica de los 90, cuando ya era adulto.
Dijo que el púas le había regalado más que un fajo de billetes, que le había regalado la certeza de que alguien poderoso, aunque fuera por un semáforo, lo había visto, lo había mirado, lo había tratado como persona. Cosas así el púas cientos de veces. miles a lo largo de toda su época de gloria. Por eso la gente lo quería de verdad.
Por eso, cuando hoy lo ven en la lagunilla con sus cinturones sobre una mesa plegable, se les quiebra la voz porque saben, saben que ese hombre dio más de lo que recibió y saben que en este país eso casi siempre se paga con olvido. Hay un momento en particular dentro de toda esa época dorada que los cronistas coinciden en señalar como el punto más alto de su carisma popular.
Ocurrió el 19 de octubre de 1970 en el Foro Olímpico. Era la revancha contra Chucho Castillo. La primera pelea la había ganado el Púas, pero con un ojo tan destrozado que a los 4 meses en la revancha Castillo, un hombre endurecido por León, Guanajuato, le cortó de nuevo la ceja y el refervo el combate. Esa noche el Púas perdió el cinturón por primera vez en su vida.
lo perdió de pie sin caer, con las manos arriba, pero con la cara destrozada. Y cuando el locutor anunció el veredicto, cuando la decisión se hizo oficial, cuando el brazo de castillo se levantó frente a 10,000 mexicanos, el púas, según quienes estuvieron ahí, hizo algo que lo dibuja entero, se acercó al rincón de castillo, le dio un abrazo, le levantó el brazo él mismo y le susurró al oído frente a las cámaras de todo el continente una frase que todavía se cita.
Qué bueno que me ganaste, compadre, pero te voy a recuperar mi cinturón, aunque tenga que pedírtelo prestado en un bautizo. El público, a pesar de la derrota de su ídolo, se puso de pie y le aplaudió al púas durante 7 minutos seguidos. 7 minutos aplaudiendo a un hombre que acababa de perder. Ese fue el tipo de campeón que era el que se hacía querer ganando, pero que se hacía amar perdiendo.
3 meses después, en abril del 71, recuperó el cinturón tal como había prometido. Y esa noche ya en el hotel se encerró en el cuarto con una botella de tequila, un micrófono falso hecho con una escoba y se puso a dar conferencias de prensa imaginarias, riéndose solo, hablándoles a periodistas que no estaban, imitando los acentos de los cronistas gringos, bromeando sobre sí mismo durante horas.
Quienes lo escucharon desde el cuarto de al lado dicen que en medio de las carcajadas hubo un momento en que el púa se puso a llorar, a llorar fuerte, sin control durante un par de minutos y después, como si no hubiera pasado nada, siguió contando chistes. Esa escena, esa noche resume mejor que ningún análisis técnico el alma del púas Olivares.
Un hombre que supo reírse de todo, incluso cuando por dentro estaba quebrándose. Y ahora, décadas después, podemos ver que la música sí se le acabó hace mucho. Pero espera que antes de llegar a la parte más triste tengo que contarte algo que pasó en aquellos años de oro, porque sin entender esto no vas a entender del todo cómo terminó el púas, como terminó.
Y no, no se trata solamente del dinero, se trata también de la gente, de la gente que lo rodeaba y de un pacto silencioso que él mismo hizo consigo una noche en un cabaret de la zona rosa que hasta hoy le pesa. Pronto vas a entender a qué me refiero. Pero antes sigamos con la gloria, porque la gloria del Púas en su apoeo es difícil de describir.
En 1970, apenas unos meses después de ganar el título, defendió su cinturón contra Chucho Castillo, un peleador durísimo de León, Guanajuato. La pelea se hizo en el Foro Olímpico en Inglewood. El Púas ganó por decisión, pero Chucho Castillo se le quedó atravesado en el alma. Tan atravesado que meses después, en la segunda pelea, Castillo le bajó el título por corte profundo en la ceja.
Y el púas, que nunca había conocido la derrota, regresó a México con la cara hinchada y el cinturón en manos ajenas, jurando en silencio que iba a recuperarlo. Y lo recuperó. En la tercera pelea en abril del 71, con los codos despellejados y la nariz rota, lo recuperó. Y esa noche, cuando llegó al hotel, se encerró en el cuarto y, según cuenta su entrenador, lloró como un niño durante casi una hora.
Porque en el boxeo las derrotas te marcan, pero el regreso te hace hombre. Y el púas esa noche se hizo un hombre de verdad, pero la misma noche al bajar al bar del hotel pidió una botella de tequila y después otra y después otra y nunca más, según los que estaban cerca de él, dejó de pedir una botella cada noche.
Esa fue la primera semilla y esa semilla creció. Durante los siguientes años, el PUA se convirtió en una estrella completa. Peleaba en México, en Estados Unidos, en Japón. Ganaba títulos en peso pluma, también en peso super pluma. Acumulaba cuatro cinturones mundiales en cuatro divisiones distintas, algo que casi nadie había hecho antes en la historia del boxeo.
Participaba en películas mexicanas al lado del santo, junto a las ficheras con la cucaracha, con Alfonso Sayas. Salía en portadas de revistas, lo buscaban los periódicos, lo entrevistaban en la televisión, lo invitaban a Los Pinos. Fue, sin exagerar, uno de los tres mexicanos más famosos de su tiempo, al lado de Cantinflas y Pedro Infante, aunque el segundo ya hubiera muerto años atrás.
Y él en medio de toda esa fama seguía siendo el mismo muchacho de Bondojito, con la misma risa, con la misma sonrisa ladeada, con la misma forma de hablar rápida, cantadita, llena de modismos del barrio. La gente lo adoraba precisamente por eso, porque no se le subió el éxito a la cabeza, porque cuando llegaba a su colonia saludaba a los de siempre, se sentaba en la banqueta a tomar café con los vecinos, regalaba billetes a los chavos del rumbo.
El Púas era rico, pero nunca dejó de ser pobre de alma, de cariño, de pertenencia. Y esa fue al mismo tiempo su bendición y su condena, porque alrededor de él empezó a formarse una corte, una corte de amigos de ocasión, de primos lejanos que nunca habían aparecido, de mujeres bonitas que se le sentaban al lado en las cantinas, de empresarios que le prometían negocios, de promotores que le ofrecían inversiones, de representantes que le hacían firmar papeles sin que él los leyera.
Y él, que confiaba en todo el mundo porque en el barrio así se vivía. Firmaba, pagaba, invitaba, prestaba sin apuntar cuánto, regalaba coches enteros después de una tercera copa. Los vampiros, así les decían los que lo querían de verdad, los vampiros del púas, le chupaban la sangre y él ni cuenta se daba porque siempre traía más sangre que vender.
Hubo un caso particularmente doloroso que él mismo contó décadas después con una mezcla rara de risa y resignación. Resulta que un supuesto amigo suyo, un hombre al que él llamaba compadre, al que había sacado de apuros económicos varias veces, al que había invitado a todas las fiestas, al que le había prestado coches, le llegó un día con una propuesta de negocio, un restaurante, un restaurante bueno, elegante, en una zona cara de la ciudad.
Compadre, tú no te preocupes de nada. Yo lo administro. Tú no más pones la plata y nos repartimos las ganancias mitad y mitad. En un año estás recuperando el doble. El púas, que nunca había sabido decir que no, sacó la chequera, firmó, entregó una cifra que hoy equivaldría a varios millones de pesos y no volvió a saber del restaurante durante 4 meses.
Cuando por fin apareció a darse la vuelta, se encontró con un local vacío, con un candado en la puerta y con un letrero de se vende pegado al vidrio. El compadre había desaparecido, se había llevado el dinero, la inversión completa, hasta el mobiliario. Lo buscaron, nunca lo encontraron. Años más tarde, alguien le dijo al púas que lo había visto en un pueblo de provincia viviendo bien, con otra familia, con otro nombre.
El púas cuando escuchó eso nada más se encogió de hombros y soltó una frase que es marca de su estilo. Que Dios lo bendiga, hermano. Yo no sé qué hacer con rencores. No tengo lugar donde guardarlos. Eso fue todo. Ni una denuncia, ni una demanda, ni una palabra fuerte, ninguna entrevista. Así era, así es todavía.
Pero ese caso, por doloroso que fuera, no era más que uno entre decenas. Porque la lista de personas que le estafaron al Púas es tan larga que si uno la pusiera en orden llenaría varias páginas. Hubo un contador que se llevó sus declaraciones durante 10 años sin pagarle un peso de impuestos y le dejó un adeudo millonario con Hacienda.
Hubo una representante de imagen que firmó contratos publicitarios a nombre de él sin consultarle y se cobró los adelantos en efectivo. Hubo un sobrino lejano, hijo de una prima a la que el púas ni siquiera recordaba bien que se presentó un día en su casa con una historia triste. se quedó a dormir dos noches y terminó viviendo ahí más de un año, pidiéndole prestado cada semana, hasta que un día se fue con la televisión, con el estéreo y con un reloj de oro que le había regalado a su hijo.
Hubo incluso una mujer con la que el Púas tuvo una aventura corta en los años finales de su carrera, que se presentó poco después con un bebé en brazos diciendo que era de él y que se cobró una pensión mensual durante años hasta que eventualmente se descubrió que el niño era hijo de otro hombre. Hubo esto y hubo mucho más.
Hubo tantas cosas que, según uno de sus amigos viejos, el púas, en un momento dejó de contarlas incluso a sí mismo, porque si las contaba, si las ordenaba, si se sentaba a pensar en todo lo que le habían hecho, probablemente ya no habría podido seguir saliendo a la calle con la sonrisa ladeada.
Entonces eligió no pensarlo, eligió seguir, eligió a su manera salvarse del rencor a cambio de vivir sin memoria, hasta que un día ya no. Para finales de los 70s, su rendimiento en el ring empezó a caer. Las peleas se le hacían más largas. Los rivales, a los que antes tumbaba en tres asaltos, ahora le aguantaban 10, 12, 15. Él decía que era porque ya no había buenos boxeadores, la realidad era otra.
Era porque él llegaba al ring arrastrando noches enteras de tequila y fiestas, porque entrenaba a medias, porque la disciplina, que nunca había sido su fuerte, se la había terminado robando la misma fiesta que le daba de comer el alma. En el 79 le llegó el golpe. Al noviazgo con la gloria le tocó ponerle punto final.
Alexis Argüello, un nicaragüense frío, metódico, calculador como una máquina de coser, lo tumbó en Los Ángeles. Lo tumbó de verdad. Y esa tarde, cuando el púa se levantó del piso con las piernas temblorosas, el boxeo mexicano entendió en colectivo que algo se había terminado, que el ídolo del pueblo estaba mortal, que los años y las noches y las botellas le habían cobrado factura.
Quienes estuvieron con él en el vestidor aquella noche cuentan una escena que nunca se publicó. Dicen que el púas, al volver del ring, se sentó en una banca de madera con las manos en las rodillas y se quedó mirando el piso durante casi 20 minutos sin decir una palabra. Nadie se atrevió a acercarse, ni su manager, ni el médico del equipo, ni su esquinero.
Todos entendieron, sin que nadie lo dijera, que ese silencio era sagrado, que el púas, por primera vez en su vida, estaba procesando la idea de que ya no era invencible. Al cabo de esos 20 minutos se levantó, se quitó él mismo las vendas de las manos, se echó agua fría en la cara, miró a su manager, le sonrió con la sonrisa ladeada de siempre y le soltó una frase que el viejo se llevó a la tumba, cuyo ya me tocó.
Uno no manda en el tiempo, el tiempo manda en uno. Y salió del vestidor sin mirar atrás. Esa noche se emborrachó solo en el bar del hotel. Y al día siguiente, cuando los periodistas le preguntaron si seguía peleando, le respondió con otra frase que define al personaje. Mientras haya ringa habrá púas, aunque el púas ya esté medio oxidado y peleó todavía.
Peleó varios años más contra rivales cada vez menos exigentes, en plazas cada vez más pequeñas, por bolsas cada vez más ridículas. Lo peleó todo en Tijuana, en Nuevo Laredo, en Ciudad Juárez, en plazas de toros, de pueblos que él mismo no podía encontrar en el mapa. Aceptaba porque necesitaba el dinero, porque las fiestas seguían, porque la corte de vampiros, aunque menos lujosa, todavía le pedía de beber.
Y cada vez que subí al ring, por más que los golpes ya no le salieran como antes, el público, el público humilde de los pueblos, el público que nunca lo olvidó, lo recibía con aplausos que duraban varios minutos, porque para ellos el púas oxidado seguía siendo el púas, seguía siendo el ídolo, seguía siendo el muchacho de Bondojito, que sin saberlo les había dicho a todos los pobres de México que sí se podía, que sí se salía, que sí, con un par de puños se podía tocar el cielo aunque fuera con las uñas.
se retiró oficialmente en 1988 con 41 años, 105 peleas, 89 victorias, 79 knockouts, 13 derrotas, 13 empates, un récord que lo puso para siempre entre los mejores 10 pesos gallo de la historia del boxeo, según el consenso de la revista de Ring, pero el récord no le iba a dar de comer. Y aquí empieza la otra historia, la que casi nunca se cuenta, la que la gente prefiere no ver.
Los primeros años del retiro no fueron tan malos. Al púas le quedaban ahorros. tenía una casa grande en la ciudad de México. Seguía apareciendo en programas de televisión, en eventos, en inauguraciones. Le pagaban por firmar autógrafos, le pagaban por dar entrevistas, le pagaban sobre todo por ser el púas, por ser ese personaje carismático, sarcástico, socarrón, que lo mismo te hablaba del boxeo que te cantaba un bolero con voz de madrugada, pero los ahorros, como pasa con todos los que no saben cuidarlos, se fueron
acabando. Primero se vendió una casa, después otra, después los coches, después las joyas, después con vergüenza las ropas elegantes y cuando ya no quedó nada, empezó a salir en entrevistas con una frase que al principio parecía una broma, pero que con los años se fue convirtiendo en una confesión. Ando vendiendo mis cinturones, hermano, uno a uno para comer.
La gente al principio no le creyó. Pensaron que era parte del personaje, que era una más de sus bromas, que el púas, el grande, el ídolo, el dueño de los estadios, no podía estar vendiendo sus cinturones mundiales en un puesto de la lagunilla, pero sí podía, sí estaba y sí los vendía. En el 2017, un reportero lo encontró ahí en un puestecito humilde de ese tianguis famoso del centro de la Ciudad de México, sentado en una silla de plástico con un par de cinturones sobre una mesa plegable, rodeado de chácharas, de fotos viejas, de recortes
de periódico amarillados por el tiempo. Ofertaba sus propios cinturones, los cinturones mundiales que había ganado con las manos deshechas, con los dedos rotos, con las cejas abiertas. los ofertaba al mejor postor por lo que le dieran, por lo que cayera ese día. Aquella mañana, según cuenta el reportero, el púas llevaba puesta una chamarra beige con manchas en las mangas, unos pantalones oscuros que le quedaban grandes y unos tenis blancos que habían sido blancos hace mucho.
Tenía al lado sobre la mesita una botellita de agua, un rosario de madera que se le había regalado una vecina y una libreta vieja donde apuntaba a lápiz los nombres de los curiosos que se acercaban a preguntarle por los cinturones. Apuntaba para no olvidarlos. Porque cada persona que pasaba por ahí, según él, era un recuerdo más que uno se llevaba a casa, aunque no comprara nada.
Durante las 4 horas que el reportero estuvo con él, pasaron de todo tipo. Una maestra de secundaria que le pidió permiso para tomarse una foto y que terminó llorando con el cinturón entre las manos. un señor canoso que se presentó diciendo que en el 74 había llevado a su hijo a una de sus peleas y que quería que el púas firmara un pedazo de periódico que había guardado todos esos años.
Dos muchachos jóvenes, veañeros, que al principio se reían, que hablaban en voz alta, que pensaban que ese viejito era un extra cualquiera del tianguis y que cuando el reportero les dijo quién era, se quedaron mudos, se quitaron las gorras y le pidieron una foto con vergüenza. Llegó también un boxeador amater, joven de unos 22 años que cargaba guantes usados colgados al hombro y que al ver al púas se puso a temblar como si hubiera visto a un santo.
El muchacho se acercó, le extendió la mano y el púas, con esa sencillez suya se la apretó fuerte, le dio unos consejos en voz baja que nadie más alcanzó a escuchar y le regaló una de sus fotos viejas firmada con una frase: “Corta, pega duro, duerme poco, reza mucho, púas”. Al muchacho le cayó una lágrima cuando leyó la dedicatoria. El reportero se sentó frente a él sin saber qué decir y el púas, que como siempre tenía más sentido del humor que dinero, lo miró con su sonrisa ladeada y le soltó una frase que se hizo famosa en todo México. Aquí estamos, hermano, con
los cinturones a la venta. Uno nunca sabe cuándo le llega el apuro. Y a mí me llegó hace rato y aquí sigo con la frente en alto porque un hombre sin frente tampoco sirve para nada. Esa entrevista recorrió el país, la gente se empezó a indignar. Las redes sociales que apenas se estaban formando se llenaron de mensajes de apoyo, de denuncias, de exigencias al gobierno, que cómo era posible que uno de los grandes ídolos del deporte mexicano estuviera así, que cómo podía haberse permitido esto, que alguien tendría que
hacer algo, pero nadie hizo nada o casi nadie. Y el púas, con la dignidad que siempre tuvo, con la boca cerrada, con la sonrisa intacta, siguió vendiendo sus recuerdos uno a uno, porque los recuerdos, dijo alguna vez en una entrevista a la radio, son lo único que se puede vender dos veces. Primero como experiencia y luego como objeto.
Esa frase cuando la escuchas hoy duele. Duele mucho porque lo que estaba haciendo el púas en ese puesto de la lagunilla no era un negocio, era un entierro. Estaba enterrando en vida al boxeador que había sido. Estaba rematando pieza por pieza el museo de su propia gloria para pagar las cuentas de la luz, del gas, de los medicamentos.
Hubo quienes quisieron ayudarlo. De veras. Algunos boxeadores actuales cuando supieron de su situación le ofrecieron plata, hicieron eventos benéficos, organizaron cenas en su honor. Canelo Álvarez en alguna declaración pública, dijo que el PAS tendría que tener una pensión vitalicia del gobierno mexicano, que era de locos que un ídolo así estuviera pasando por eso.

Hubo funcionarios que le prometieron apoyos, hubo empresarios que le mandaron despensas, hubo casas productoras que le hablaron de una bioserie que lo sacaría de la crisis. Y sí, algunas de esas cosas llegaron y sí, algunas ayudas fueron reales. Pero el problema con el Púas, dicen quienes lo conocen bien, es que el dinero que le entraba se le volvía a ir porque seguía fiel a lo que había sido toda su vida.
Porque si le daban 10,000 pes, los primeros 5,000 se los repartía a los vecinos, a un cuate del barrio que estaba peor, a un boxeador retirado que pedía limosna afuera de una tienda, a la señora del caldo que se lo mandaba los martes y los otros 5,000 entre la luz, el gas, las medicinas y un taxi que necesitaba para ir al doctor, se les fumaban en una semana y volvía otra vez al punto cero, al toper de las vecinas al billete doblado, al carrito del supermercado empujando cinturones por la banqueta y mientras tanto, en su casa
las cosas iban de mal en peor. Aquí viene la parte que me pediste que te contara, esa escena que dejó helada a la persona que entró a su casa esa tarde. escena que no se ha publicado en ningún periódico grande porque al Púas le da vergüenza y porque a quienes lo rodean les da respeto, pero que se sabe, se sabe en el barrio, se sabe entre los boxeadores viejos, se sabe entre los cronistas que lo vieron pelear y que hoy lo siguen llamando de vez en cuando para ver cómo anda.
cuenta uno de esos cronistas que fue a visitarlo hace poco a la casa donde vive actualmente en una colonia modesta del norte de la ciudad de México, que cuando entró se le cayó el alma al piso. Antes de llegar a la casa, el cronista pasó por el tianguis del barrio a comprar algo de fruta y aprovechó para preguntarle al marchante si sabía dónde vivía el púas.
El marchante, un señor de bigote canoso, soltó una carcajada y le contestó, “Aquí todos sabemos dónde vive don Rubén, muchacho. Él es de los nuestros.” Le dio indicaciones, pero antes de dejarlo ir, le agarró el brazo, le miró fijo y le dijo bajando la voz una cosa que el cronista no olvidó.
“Si vas a escribir algo sobre él, no lo hagas llorar. Ya ha llorado suficiente y cuando te invite café, acéptalo. Aunque no tomes café porque a don Rubén le dan pena las vistas vacías. El cronista prometió y siguió su camino. En la cuadra donde vive el Púas, la gente lo saluda como se saluda al abuelo de todo el barrio. Los niños le dicen don Púas, los adultos, don Rubén, los viejos de su edad lo llaman simplemente compa.
Pasa un señor con un carrito de tamales, pasa otro con una yate de verduras, pasa una chamaca con una bolsa del súper. Todos lo saludan, todos le preguntan cómo amaneció y él desde su puerta responde con una mano levantada, con una sonrisa ladeada, con alguna broma que le saca la risa. Porque en esa colonia el Púas no es un excampeón olvidado, es un vecino, es el vecino más querido.
Es alguien que cuando pasa endulza la mañana, aunque él mismo ya no tenga casi nada que endulce la suya. La casa tiene dos cuartos, una sala chiquita y una cocina. No hay adornos, no hay cuadros, las paredes están despintadas, el piso de cemento pulido está manchado en la sala. Solo hay un sillón viejo de color café oscuro con los brazos desgastados y una mesita de madera con un vaso y un control remoto.
No hay tele, la vendió hace años. En la pared hay un solo clavo del que cuelga una fotografía vieja a blanco y negro, donde se ve al púas joven con el pelo parado abrazando a su manager Arturo Cuyo Hernández con un cinturón mundial alrededor de la cintura. Es la única cosa linda que hay en toda la sala. El cronista se sentó en el sillón.
El púas estaba en la cocina calentando un café en una parrilla eléctrica. Se tardó. Cuando por fin regresó, con dos tazas desportilladas, se sentó frente a él en una silla de plástico y sonrió. Pero sonrió distinto, con la sonrisa cansada, con la sonrisa de fin de fiesta, cuando ya se fueron todos y solo quedan las sillas al revés y el eco de la música que se apagó, hablaron un rato de boxeo, de peleas viejas, de los compadres que ya no están, de los promotores que ya murieron.
El púas hablaba poco, el cronista hacía las preguntas. En un momento, como quien no quiere la cosa, el cronista le preguntó cómo estaba viviendo, de qué estaba comiendo, si le alcanzaba. El púa se tomó un trago de café, miró al techo y le contestó con voz baja una cosa que se le quedó grabada. Recibo 2,000 pes al mes por las regalías de las películas viejas, a veces menos, a veces no llegan.
Y la gente del barrio, los vecinos me traen de comer. Una doña me manda caldo, otra me manda arroz. El señor de la esquina, el que tiene la tiendita, me fía cuando no tengo y ya con eso vivo. Y cuando no alcanza saco un cinturón y lo vendo. Ya no me quedan muchos, pero los que me quedan los voy vendiendo de a poquito.
Hubo un silencio largo, un silencio pesado. El cronista no supo qué decir y ahí fue cuando pasó lo que pasó. El púa se levantó de la silla despacio con trabajo. Apoyándose en la mesita, caminó hasta un rincón de la sala donde había un ropero viejo de madera con las puertas medio abiertas. Metió la mano adentro, sacó una caja de cartón, la llevó hasta la mesita y la puso enfente del cronista.
Te voy a enseñar algo, muchacho, algo que nadie ha visto en muchos años, algo que guardo con cariño para mí solo. Abrió la caja. Dentro había cartas, cartas viejas, amarillas, con las orillas despintadas, cartas dobladas con cuidado, cartas con sobres abiertos. Hace décadas había también recortes de periódico, fotografías en blanco y negro, un par de medallas, un mechón de cabello envuelto en un papel y al fondo de todo un sobre más grande color café que el púa sacó con un cuidado que no había tenido con nada más. Del sobre café salió una hoja
de papel doblada en cuatro. Era una carta escrita a mano con letra infantil, grande, torpe. El púa se la extendió al cronista sin decir nada. El cronista la tomó, la abrió y empezó a leer. Era una carta de una niña, de una niña de 11 años que vivía en Tijuana, que le contaba al púas que su papá había sido boxeador también, un boxeador pobre, uno de los miles que nunca llegaron a nada y que su papá había muerto hacía 2 años en un accidente de albañilería y que antes de morir le había contado a la niña la vida del púas. le había dicho quién era.
Le había dicho que aunque ellos no tuvieran nada, el púas también había empezado sin nada y que los humildes cuando creen en sí mismos pueden llegar hasta las estrellas. Y la niña después de enterrar a su padre había guardado ese recuerdo y le escribía al púas años después para darle las gracias, solo para darle las gracias, porque aunque él no lo supiera, había sido, sin conocerlo, el consuelo de un hombre que murió joven y pobre en el norte del país.
La carta terminaba con una frase que, según el cronista, lo dejó sin aire. La niña decía, “Gracias, Murio, señor Púas, por ser el héroe de mi papá. Gracias por hacer que cuando él se acordaba de usted sonriera. Aunque usted nunca lo haya sabido, usted lo hizo feliz muchas veces y eso, según mi mamá, vale más que cualquier cinturón.” El cronista terminó de leer, levantó la vista y vio que el púas, sentado frente a él, con las manos cruzadas sobre las rodillas estaba llorando en silencio, con las lágrimas cayéndole por la cara arrugada, por las cicatrices viejas de
las cejas, por el cuello flaco, hasta mojarle la camisa. Esa carta la tengo desde hace 5 años, muchacho, y no he podido contestarla. No sé escribir, nunca aprendí bien y me da vergüenza pedirle a alguien que escriba por mí. Así que ahí la tengo y la leo de cuando en cuando me acuerdo que aunque vendí las casas, aunque vendí los coches, aunque estoy vendiendo los cinturones, hay cosas que no se pueden vender.
Hay cosas que uno, aunque no quiera, ya las regaló hace mucho y esta carta me lo recuerda. El cronista dobló la carta con cuidado, la metió en el sobre y se la regresó. Don Rubén, yo le escribo esa carta de respuesta. Si usted me dicta, yo escribo. El púa se lo quedó mirando. Después asintió. Me gustaría.
Sí, me gustaría porque esa niña o esa señorita que ya debe ser se merece una respuesta. El cronista sacó una libreta y el púas con la voz ronca empezó a dictarle una carta para una niña que ya no era niña, para una hija de un boxeador frustrado al que él nunca conoció, para una familia que nunca le había pedido nada.
le dictó una carta que duró casi una hora y cuando terminó se recostó en el sillón con los ojos cerrados y se quedó dormido ahí mismo en ese sillón viejo con los zapatos puestos, con las manos sobre el pecho y el cronista, según cuenta, se quedó un rato largo mirándolo dormir, mirando las canas, mirando las cicatrices, mirando esa cara de ídolo caído que una vez había sido la cara más famosa del boxeo mexicano.
y pensando que en el fondo eso era lo que nadie quería ver, que todo lo que sube baja, que todos los aplausos se apagan, que hasta los héroes cuando se les acaba la cuerda terminan durmiendo en sillones viejos, en colonias humildes, con cartas sin contestar dentro de cajas de cartón. Esa tarde fue, según el cronista, una de las más tristes de su vida.
Pero hay algo más, algo que el cronista descubrió después, cuando se fue. Y esto es lo que realmente cierra la historia del púas de la manera más dolorosa. Cuando se despidió, el púas, lo acompañó hasta la puerta, le dio la mano, le dio un abrazo torpe, flaco, de gallo viejo que todavía sabía abrazar.
Le dijo, “Vuelve cuando quieras, muchacho. Aquí el café no falta.” El cronista salió a la calle, caminó hasta la esquina. sacó las llaves de su coche y justo antes de subirse volteó. No supo por qué, algo le pidió voltear y lo que vio desde lejos lo dejó clavado en la banqueta. El púas había salido de la casa, tenía una bolsa de plástico en la mano, caminaba despacio, arrastrando un poco la pierna derecha hacia una casa al final de la cuadra tocó la puerta, le abrió una señora mayor con un delantal.
Hablaron un momento. La señora le entregó al púas un toper de plástico envuelto en una servilleta. Luego le puso una mano en el hombro. Le dijo algo. El púas asintió. La señora entró otra vez a la casa. Cuando volvió, le dio al púas un billete doblado discretamente, como quien da limosna sin que nadie se dé cuenta. El púas agarró el billete, lo miró por un segundo y se lo metió al bolsillo con la cabeza baja.
El cronista, viendo eso desde la esquina, tuvo que sostenerse del coche para no caerse, porque acababa de entender de golpe algo que no cabía en la crónica, algo que no cabía en ningún libro de boxeo, algo que el puas jamás había dicho en voz alta. La realidad es que ya no le alcanzaba ni para comer todos los días, que dependía de las vecinas, que aceptaba en silencio billetes, que las señoras del barrio le daban como si fueran vueltos, que su vida, la vida del ídolo del pueblo, del campeón en cuatro categorías, del hombre que un día llenó el Olímpico
Universitario con 30,000 personas gritando su apodo, se había reducido a eso, a un toper envuelto en servilleta, a un billete doblado que cabía en la palma de una mano y sin embargo, él seguía siendo el púas porque cuando volvió caminando a su casa levantó la cabeza, respiró hondo y le silvó a un perro callejero que estaba echado en la banqueta.
El perro se levantó, movió la cola y se acercó. El púa se agachó, le acarició la cabeza, sacó de la bolsa un pedazo de tortilla del topper y se lo dio. Al perro se le iluminaron los ojos, se lo tragó de un mordisco. El púas le sonrió, le dijo algo que el cronista desde lejos no alcanzó a escuchar y siguió caminando hacia su casa despacito, con la pierna derecha arrastrándose, con el topper de comida en la mano, con el billete doblado en el bolsillo y con esa dignidad intacta, callada, humilde, que lo había acompañado desde el primer día en los
gimnasios de Bondojito. Algunos dicen que el púas es un ejemplo de lo que hay que evitar en la vida, de no derrochar, de no confiar en cualquiera, de no perderse en los excesos. Y eso dicho así suena a sermón, suena a cita del libro, suena a lo que todos repetimos cuando vemos caer a un famoso y nos sentimos superiores.
Pero el Púas es algo más complicado que eso. El púas es también la historia de un hombre que lo dio todo, que no se quedó con nada, que compartió lo que tuvo con quienes llegaron, que no supo decir que no, que nunca aprendió a administrar porque nadie se lo enseñó, que vivió con la intensidad de quien sabe que los pobres nunca creyeron en ahorrar, porque los pobres nunca tuvieron que ahorrar y que cuando se le acabó todo, no le echó la culpa a nadie más que a sí mismo.
Y eso en un país donde todos tienen un culpable es raro. Es muy raro. Su casa está vacía de muebles, sí, pero no está vacía de dignidad. Su cuenta bancaria tiene 0 pesos, sí, pero su reputación en el barrio donde vive, en la memoria de los mexicanos que lo vieron pelear, en el corazón de aquella niña de Tijuana que un día le escribió, sigue siendo la misma de siempre, inmensa, intocable, pura y quizá por eso lastima tanto verlo así, porque uno siente que este país, este país nuestro, tendría que encontrar la manera de cuidar a sus ídolos cuando
les empieza a faltar todo, de no dejarlos rematar sus cinturones en la lagunilla, de no dejarlos vivir de caldos de vecina, de no dejarlos morir despacito, en silencio, en colonias olvidadas, mientras sus hazañas se proyectan una y otra vez en documentales y homenajes que ellos mismos ya no pueden ver porque vendieron la televisión.
Hoy Rubén el Púas Olivares tiene 79 años, camina con dificultad, le cuesta respirar, toma medicinas que no siempre puede comprar, vive solo en esa casa chiquita del norte de la ciudad cuando alguien toca la paz a la puerta se tarda un rato en abrir porque le cuesta levantarse del sillón y cuando abre todavía sonríe con esa sonrisa ladeada, con los pocos dientes que le quedan, con los ojos cansados.
ados con las cejas cicatrizadas de 1000 peleas. Todavía es el púas y probablemente lo será hasta el último día porque hay hombres que pueden perderlo todo. La fortuna, las casas, los coches, los cinturones, la televisión, el mobiliario, los amigos, la salud. Pero hay una sola cosa que no pueden perder aunque quieran, la sonrisa.
Esa sonrisa de muchacho de bondojito que nunca se fue. Esa sonrisa que todavía se les escapa cuando alguien los llama por su apodo en la calle. Esa sonrisa que cuando la ves te hace recordar por qué fueron ídolos, por qué medio país los adoraba, por qué aunque se les haya acabado la música, alguien todavía se acuerda de ellos con cariño.
Esa sonrisa es lo último que le queda al púas. Y curiosamente es también lo único que nunca quiso vender. Si esta historia te gustó, quédate conmigo un segundo más porque en pantalla te está apareciendo otro video del canal, la historia de otro gran ídolo mexicano que cayó todavía más abajo que el púas y cuya escena final te va a dejar pensando durante toda la semana.
Dale click, no te lo puedes perder. M.