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RUBÉN ‘EL PÚAS’ OLIVARES: COMO VIVE hoy es MUY TRISTE | La Caída del Campeón

Empezó por los trajes, trajes de seda, de Casimir, hechos a medida, con iniciales bordadas en el Luego vinieron los coches Cadilac, Mustangs, coches americanos enormes de colores llamativos que él manejaba por insurgentes tocando el claxon, saludando a la gente con una sonrisa de kilómetro y medio.

Luego vinieron las casas, tres, cuatro, cinco casas, una en el centro, una en las afueras, una en Acapulco, una para su madre, una para una amiga, una para otra, una que nunca ocupó nadie y que al final terminó embargada por falta de pago. Pero ese fue no más el principio, la parte inocente, porque después vinieron las noches, las noches del Púas, que eran ya una institución en la ciudad de México de los 70s.

Se cerraban cabarets enteros para él. Se mandaban traer mariachis desde Garibaldi a las 2 de la mañana. Se llamaba por teléfono a los amigos, a los artistas, a las bedets del cine de ficheras, a los toreros, a los luchadores, al elenco completo de cualquier espectáculo que estuviera esa noche en cartelera. Y todos llegaban, todos, porque el Púas invitaba, el Púas pagaba, el Púas ponía tequila para dos ejércitos y a nadie le importaba si amanecía o no.

Hay una anécdota que todavía se cuenta entre los cronistas viejos. Una vez, después de una pelea en Los Ángeles, el puez regresó a México con una bolsa llena de billetes. Le dio una parte a su manager, otra parte a su familia y con el resto agarró un taxi, se fue a la plaza Garibaldi y contrató a cuatro mariachis completos, lo subió en una camioneta y se los llevó a su casa.

Cuando llegaron, sus vecinos se asomaron por las ventanas, creyendo que había una fiesta. Y sí había una, pero solo el púas estaba invitado. Los mariachis le tocaron 8 horas seguidas a él solo, sentado en una silla de mimbre en el jardín con una botella de tequila en una mano y un puro en la otra. 8 horas él se quedó dormido.

Los mariachis siguieron tocando y al final, cuando el sol ya había salido, él despertó, les pagó el doble de lo acordado y les dijo, según cuentan, una frase que resume mejor que nada su filosofía de la vida. Uno nunca sabe cuándo se le acaba la música, muchachos. Mejor que nunca nos falte. Esa frase que en ese momento sonaba chiste de borracho, hoy con los años suena tu advertencia, a oráculo, a algo que el púa sabía desde entonces, aunque no quisiera saberlo.

Hay otra anécdota que los cronistas viejos cuentan con media sonrisa y media tristeza. Dicen que una vez en pleno apogeo el púas iba manejando por reforma en un cadilac rojo descapotable cuando se paró en un semáforo al lado de un limpiaparabrisas. Era un niño, 10, 11 años, trapo en mano, los pies sucios, la mirada triste. El púas lo vio, el niño lo reconoció, se le quedó viendo con los ojos abiertos como naranjas. Susurró, “Púas, nada más púas.

El boxeador le sonrió, metió la mano al bolsillo y le extendió, sin pensarlo, un fajo de billetes, un fajo entero, todo lo que llevaba encima esa noche. El niño, con los ojos llorosos, ni siquiera supo con los billetes. Le temblaban las manos y el púas, antes de arrancar le dijo algo que el niño nunca olvidó.

No vengas a limpiar vidrios mañana, morrito. Mañana vas a la escuela y si no te quieren recibir, diles que vas de parte del Púas, que yo mismo los voy a ir a buscar si no te dejan entrar. El semáforo cambió, el púas arrancó y ese niño, años después se convirtió en un ingeniero y lo contó él mismo en una entrevista radiofónica de los 90, cuando ya era adulto.

Dijo que el púas le había regalado más que un fajo de billetes, que le había regalado la certeza de que alguien poderoso, aunque fuera por un semáforo, lo había visto, lo había mirado, lo había tratado como persona. Cosas así el púas cientos de veces. miles a lo largo de toda su época de gloria. Por eso la gente lo quería de verdad.

Por eso, cuando hoy lo ven en la lagunilla con sus cinturones sobre una mesa plegable, se les quiebra la voz porque saben, saben que ese hombre dio más de lo que recibió y saben que en este país eso casi siempre se paga con olvido. Hay un momento en particular dentro de toda esa época dorada que los cronistas coinciden en señalar como el punto más alto de su carisma popular.

Ocurrió el 19 de octubre de 1970 en el Foro Olímpico. Era la revancha contra Chucho Castillo. La primera pelea la había ganado el Púas, pero con un ojo tan destrozado que a los 4 meses en la revancha Castillo, un hombre endurecido por León, Guanajuato, le cortó de nuevo la ceja y el refervo el combate. Esa noche el Púas perdió el cinturón por primera vez en su vida.

lo perdió de pie sin caer, con las manos arriba, pero con la cara destrozada. Y cuando el locutor anunció el veredicto, cuando la decisión se hizo oficial, cuando el brazo de castillo se levantó frente a 10,000 mexicanos, el púas, según quienes estuvieron ahí, hizo algo que lo dibuja entero, se acercó al rincón de castillo, le dio un abrazo, le levantó el brazo él mismo y le susurró al oído frente a las cámaras de todo el continente una frase que todavía se cita.

Qué bueno que me ganaste, compadre, pero te voy a recuperar mi cinturón, aunque tenga que pedírtelo prestado en un bautizo. El público, a pesar de la derrota de su ídolo, se puso de pie y le aplaudió al púas durante 7 minutos seguidos. 7 minutos aplaudiendo a un hombre que acababa de perder. Ese fue el tipo de campeón que era el que se hacía querer ganando, pero que se hacía amar perdiendo.

3 meses después, en abril del 71, recuperó el cinturón tal como había prometido. Y esa noche ya en el hotel se encerró en el cuarto con una botella de tequila, un micrófono falso hecho con una escoba y se puso a dar conferencias de prensa imaginarias, riéndose solo, hablándoles a periodistas que no estaban, imitando los acentos de los cronistas gringos, bromeando sobre sí mismo durante horas.

Quienes lo escucharon desde el cuarto de al lado dicen que en medio de las carcajadas hubo un momento en que el púa se puso a llorar, a llorar fuerte, sin control durante un par de minutos y después, como si no hubiera pasado nada, siguió contando chistes. Esa escena, esa noche resume mejor que ningún análisis técnico el alma del púas Olivares.

Un hombre que supo reírse de todo, incluso cuando por dentro estaba quebrándose. Y ahora, décadas después, podemos ver que la música sí se le acabó hace mucho. Pero espera que antes de llegar a la parte más triste tengo que contarte algo que pasó en aquellos años de oro, porque sin entender esto no vas a entender del todo cómo terminó el púas, como terminó.

Y no, no se trata solamente del dinero, se trata también de la gente, de la gente que lo rodeaba y de un pacto silencioso que él mismo hizo consigo una noche en un cabaret de la zona rosa que hasta hoy le pesa. Pronto vas a entender a qué me refiero. Pero antes sigamos con la gloria, porque la gloria del Púas en su apoeo es difícil de describir.

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