Posted in

SALVADOR CABAÑAS: Lo Que Realmente Pasó la Noche que Recibió el Disparo

 Su papá era panadero, su mamá ama de casa y ese niño desde los 6 años ya pateaba una pelota de trapo descalzo en las calles del barrio. Salvador era diferente. Cuando los otros niños jugaban 15 minutos y se cansaban, él jugaba 2 horas. Cuando los otros fallaban un tiro, él lo repetía 40 veces hasta meterlo.

 Cuando los demás se iban a comer, él se quedaba pateando contra la pared de la casa hasta que anochecía. Su mamá tenía que salir a buscarlo y siempre lo encontraba en el mismo lugar con la pelota de trapo sudando, sin agua, sin zapatos. Esa obsesión, esa hambre temprana, esa forma de no soltar jamás la pelota fue lo que lo sacó del barrio.

 A los 14 años se marchó a Asunción al club 12 de octubre. Vivía en una pensión con otros chicos del interior. Estudiaba poco, entrenaba todo el día y a los 17 años ya estaba en primera división. A los 20 ya jugaba en Argentina, luego en Audax italiano de Chile, después en Jaguares de Chiapas en México y a finales de 2006 llegó al lugar donde se hizo grande, al club que lo convirtió en ídolo, al club América.

Y aquí es donde la historia se vuelve más grande de lo que el barrio de Itahuá podía imaginar, porque Cabañas en el América no fue una contratación más, fue una explosión. Llegó a Coapa en el invierno de 2006. No hablaba con casi nadie tímido, serio, con un acento guaraní cerrado que en los vestidores costaba entender, pero cuando se ponía a las botas era otra cosa.

En su primer torneo metió siete goles, en el segundo 12, en el tercero 14. La afición del América, que llevaba años buscando un goleador de verdad, lo adoptó como propio. Le pusieron el mariscal, empezaron a corear su nombre en el azteca, le pedían autógrafos a la salida de los entrenamientos. Las cámaras lo seguían a todos lados y Cabañas respondió, “Si este tipo de historias que no salen en los periódicos te interesan, suscríbete al canal.

 Aquí contamos lo que otros callan. Para finales de 2009 era el capitán del equipo. Había marcado 56 goles oficiales con las Águilas. era el máximo artillero de Paraguay en activo. Había sido tres veces consecutivas el mejor goleador de Sudamérica entre 2007 y 2009, compitiendo con Riquelme, con Forlá, con los mejores del continente.

 Su nombre resonaba en clubes de Europa. El Manchester United mandó observadores. Un agente le ofreció un preacuerdo. La salida a Inglaterra estaba a meses de concretarse. El mundial de Sudáfrica, donde Paraguay lo veía como su gran esperanza, estaba a la vuelta de la esquina. A los 29 años, Salvador Cabañas tenía todo lo que un futbolista latinoamericano puede soñar.

 Dinero, fama, una mujer con la que se había casado, un hijo pequeño, una casa en coapa, coches, patrocinios y un destino europeo a meses de cumplirse. Y entonces arrancó el torneo bicentenario 2010. Y aquí entra el primer detalle que casi nadie menciona cuando hablan de esa noche, porque el bar no era un bar cualquiera y los clientes que se reunían ahí no eran clientes cualquiera.

El barbar era un club nocturno en la colonia Nápoles, sobre la avenida Insurgentes, cerca del parque hundido, había abierto el 15 de noviembre de 1984. Su propietario era un empresario llamado Simón Sharaf, conocido en el ambiente del espectáculo mexicano por haber estado vinculado a la modelo Lupita Jones. El bar no era un bar de barrio, era un club de membresía.

 Para entrar había que pagar una cuota. Tenía pantallas con videos musicales, luces de neón, mesas exclusivas y un perfil de clientela que iba más allá de la farándula. Ahí entraban actrices de televisión, cantantes, jugadores de fútbol después de los partidos del fin de semana. Pero también, y esto es lo que durante años nadie quiso decir en voz alta, ahí entraban hombres del crimen organizado, hombres con nombres que aparecían en expedientes federales, hombres que pagaban cuentas en efectivo de 50,000 pesos por noche. Hombres con escoltas,

con vehículos blindados, con armas escondidas a pesar de los cateos en la puerta. Uno de esos hombres era cliente habitual del bar. Pagaba bien. Se hacía pasar por empresario transportista. Decía que manejaba tráileres. El gerente del lugar, un hombre llamado Carlos Cázares, conocido en el medio como Charlie, lo había recibido decenas de veces. Lo revisaban a la entrada.

 Nunca le encontraron arma. Pero su nombre real, el que nadie en el bar conocía esa noche, era José Jorge Valderas Garza, alias el J Tajó, operador del cártel de los Beltrán Leiva, brazo derecho de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie. Y la noche del 24 de enero de 2010, ese hombre llegó al barbar y salvador Cabañas también casi al mismo tiempo.

 Lo que ocurrió en las siguientes 4 horas todavía hoy se cuenta a medias. Ese domingo 24 de enero, el América había caído 2 a0 contra Monarcas Morelia en el estadio Morelos, jornada 2 del torneo bicentenario. Cabañas no había notado, había salido cansado, frustrado, en silencio. Regresó a la Ciudad de México en el avión del equipo esa misma tarde.

 Llegó a su casa de Coapa, cenó con su esposa María Lorgia y con su cuñado. Y a eso de la medianoche, los tres salieron del departament. Querían tomar algo después del mal partido. Querían distraerse. Querían cerrar la noche fuera de casa. Antes de salir, Cabañas hizo dos llamadas, una al teléfono de su hermano en Paraguay.

 Le dijo que estaba bien, que habían perdido, pero que la próxima ganaban. le dijo que tenía ganas de regresar a Itahá unos días en el receso de febrero. Y antes de colgar le dijo algo que el hermano recordó años después con escalofríos. Le dijo, “Hermano, cuídense ustedes allá que aquí está la cosa medio rara.” El hermano no le preguntó a qué se refería.

 Pensó que hablaba de México en general, de la violencia, de las noticias. Cabañas colgó y 20 minutos después salió de su casa rumbo al barbar. Lo que Cabañas no le contó al hermano esa noche, lo que llevaba guardado desde hacía días, era que algo lo inquietaba desde el partido del San Luis, algo que había comenzado ocho noches antes.

 El sábado 16 de enero, una semana antes de esa madrugada en el bar, el América había inaugurado el torneo bicentenario con un partido en el estadio Azteca contra el San Luis. Y esa noche fue la gran noche de Cabañas. Anotó dos goles, el primero al minuto 23, el segundo al minuto 62. El América ganó 5 a 1 y Cabañas salió ovacionado del Azteca por más de 40,000 personas.

Esa misma noche, en una mesa de un palco privado del estadio Azteca, había un hombre que también había visto los dos goles, pero no los había aplaudido. los había observado con el rostro tenso en silencio, mientras tres acompañantes a su lado entendían, sin que él tuviera que decirlo, que esa noche habían perdido dinero, mucho dinero, y que la culpa era de uno solo, del paraguayo, que estaba abajo sobre el césped al brazos.

Read More