no iba a dar problemas. Hubo sacerdotes que ese día, al conocer el nombramiento, dijeron que mejor iban a tomar un café, que la ceremonia fue fría, casi privada, con menos de 50 personas. que nadie aplaudió, que el propio Romero llegó a vivir no a la residencia de los barrios ricos que le ofrecieron, sino a un cuarto pequeño detrás del altar de una capilla de monjas, donde atendía a los visitantes sentado en las bancas porque no había otro lugar.
Recuerda ese detalle, lo necesitas para entender lo que viene después, porque lo que nadie dentro de la iglesia calculó es lo que le pasa a un hombre cuando el mundo que creía estar sirviendo empieza a asesinar a sus amigos. El 12 de febrero de 1977, tres semanas después de que Romero tomara posesión como arzobispo, el padre Rutilio Grande fue asesinado.
Rutilio era sacerdote jesuíta. Llevaba años trabajando con comunidades campesinas pobres en el cantón El Paisnal, enseñándoles a leer, organizando cooperativas, hablando de dignidad humana desde los evangelios. Por eso lo mataron. Iba en un jeep con un anciano de 72 años. y un niño de 16, cuando unos hombres armados los detuvieron en el camino y los ejecutaron a los tres.
Romero llegó al lugar esa noche, vio los tres cuerpos, estuvo horas en silencio junto al cadáver de su amigo. Los que estaban con él dicen que algo cambió en él en ese momento, que no habló con nadie, que al día siguiente convocó a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis y tomó una decisión que nadie esperaba. El domingo siguiente habría una sola misa en todo San Salvador, una sola en la catedral, como señal de que la iglesia no iba a seguir actuando como si nada hubiera pasado.
El gobierno le pidió que no lo hiciera. Los sectores conservadores de la iglesia le pidieron que no lo hiciera. Le dijeron que era una provocación, que era político. Romero celebró la misa. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? Porque lo que ocurrió en los tres años siguientes no fue la historia de un santo que siempre fue valiente, fue la historia de un hombre conservador que fue cambiando semana a semana, homilía a homilía, mientras el país se derrumbaba a su alrededor.
Un hombre que tenía miedo, que lo decía, que lo admitía en voz alta y que seguía de todas formas. El Salvador de 1977 no era un país normal. Llevaba décadas bajo gobiernos militares que alternaban elecciones fraudulentas con represión sistemática. Las organizaciones campesinas eran ilegales, los sindicatos eran ilegales, cualquier persona que reclamara derechos podía aparecer muerta en una cuneta con señales de tortura.

Y lo más perturbador es que esto no era un secreto. Ocurría a plena luz del día y nadie en posición de poder lo decía en voz alta. Nadie, excepto Romero. Sus homilías dominicales comenzaron a convertirse en algo sin precedentes en América Latina. Cada domingo, durante casi 2 horas, Romero leía desde el altar un resumen de los crímenes ocurridos durante la semana.
Nombres, fechas, lugares, modalidades. Su equipo del socorro jurídico le entregaba cada sábada un informe de los hechos y él los verificaba, los redactaba, los pronunciaba con una calma que resultaba más perturbadora que el grito. No predicaba, documentaba. Los mercados de San Salvador quedaban en silencio los domingos al mediodía.
Los camioneros detenían sus vehículos en las carreteras para escuchar la radio. Las colonias ricas bajaban el volumen, incómodas. La catedral estaba siempre llena y cuando terminaba, cuentan quienes lo conocieron. La gente salía sintiéndose algo que muy pocas veces habían sentido, que alguien sabía lo que les estaba pasando y no lo callaba.
Pero eso no era lo más fuerte. Lo más fuerte viene después, porque lo que Romero estaba haciendo era exactamente lo que las fuerzas más poderosas del país no podían tolerar. Y mientras él hablaba cada domingo, alguien en algún lugar estaba tomando notas, guardando recortes, construyendo una carpeta y mandando cartas a Roma.
El proceso para frenar a Romero operó en dos frentes al mismo tiempo. En El Salvador, los grupos paramilitares y los sectores militares lo acusaban públicamente de comunista, de subversivo, de enemigo del orden. En Roma, según versiones de personas que participaron en el proceso décadas después, llegaron cientos de cartas de sectores conservadores, empresariales y eclesiásticos salvadoreños, pidiendo que el Vaticano pusiera freno al arzobispo, que sus palabras estaban desestabilizando el país, que confundía la fe con la política. Y el Vaticano
escuchó no abiertamente, no con una declaración, sino con la herramienta más antigua de las instituciones cuando no quieren enfrentar algo directamente. El silencio, la lentitud, la burocracia que no avanza. En 1979, los obispos latinoamericanos se reunieron en Puebla, México. El representante del Salvador no fue Romero, fue un obispo conservador designado por la Conferencia Episcopal.
Romero llegó a Puebla por invitación personal de otros, casi como metido sin credenciales oficiales de su propio país, a pesar de ser el arzobispo de San Salvador, piénsalo, el arzobispo de la capital de El Salvador, asistiendo a la conferencia de obispos de América Latina como invitado, no como representante.

Sus propios compañeros no lo querían ahí, pero ahí estaba y siguió hablando. El 17 de febrero de 1980, a pocas semanas de su muerte, Romero recibió una carta firmada por 220 reclutas y sargentos de la fuerza armada salvadoreña. No era una carta de apoyo, era una súplica. Le pedían que intercediera ante el comandante general para que no los obligaran a matar a sus propios hermanos, a sus propios familiares, que militaban del otro lado del conflicto.
La orden que les daban era explícita. Si tu hermano de sangre está en la guerrilla, mátalo y mátalo primero. Romero habló por teléfono con el comandante general, le informó de la carta. El comandante le dijo que le enviara el documento y que ellos lo resolverían militarmente. Romero no envió la carta. sabía perfectamente qué destino esperaba a esos 220 soldados si lo hacía.
Y entonces tomó la decisión que selló su suerte el domingo 23 de marzo de 1980 desde el altar de la catedral con el país entero escuchando Romero, pronunció las palabras que los que querían matarlo habían estado esperando como justificación. Las pronunció con calma, con la misma calma con que siempre hablaba.
dijo, “Los soldados son hombres de nuestro pueblo. Matan a sus propios hermanos campesinos. Ante una orden de matar que de un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.” Fue como si hubiera firmado una sentencia.
Esa misma noche, según testimonios que saldrían a la luz años después, un grupo vinculado a estructuras paramilitares revisó la agenda de eventos del arzobispo para los días siguientes. Buscaban el momento, el lugar, la oportunidad. La encontraron al día siguiente. En el periódico de la mañana del lunes 24 de marzo, aparecía una invitación pública a una misa privada en la capilla del Hospitalito Divina Providencia, el pequeño hospital de monjas, donde Romero vivía.
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Era una misa de aniversario por el fallecimiento de la señora Sara Meardei de Pinto, madre del fundador de uno de los principales periódicos del país. Pequeña, íntima, sin seguridad, según reconstrucciones posteriores basadas en testimonios de personas que participaron en los hechos. Ese lunes por la mañana temprano, un oficial del ejército llegó a una casa donde dormía el equipo que realizaría el ataque.
Llevaba recortado el aviso del periódico. Dijo, “Hoy es el día. Lo que ocurrió en las horas siguientes es lo que ninguna investigación oficial ha podido reconstruir completamente. Hay una versión, hay testimonios, hay una agenda de comisada, pero nunca hubo un juicio en El Salvador. Romero pasó ese lunes 24 de marzo como si presentiera algo.
Las monjas del hospitalito recibieron llamadas telefónicas desde la mañana, advirtiéndoles que no dejaran al arzobispo ir a celebrar esa misa. Él lo sabía. Un sacerdote cercano le dijo que su homilía del domingo había sido muy fuerte, que seguramente vendrían consecuencias, que él podría encargarse de las responsabilidades del día.
Romero sacó su agenda y respondió, “Esto no puedes hacerlo por mí. Tengo que ir a mi confesor, tengo que ir al dentista, tengo que ir donde mi psicólogo.” Y metió la agenda en el bolsillo. Caminó unos pasos, se detuvo, regresó y dijo, “No, mejor no. No quiero comprometer a nadie en esto. Esas fueron, según quien estaba presente, las últimas palabras que le dijo.
A las 3:30 de la tarde se confesó con un sacerdote jesuita en una iglesia de Santa Tecla. Regresó al hospitalito a las 6 de la tarde estaba en el altar de la pequeña capilla frente a un grupo reducido de personas celebrando la misa. Había terminado la homilía. Estaba en el altar con los elementos para la consagración cuando sonó el disparo, un solo disparo.
Calibre 22. Desde un vehículo estacionado en la entrada de la capilla, con la puerta abierta, un solo tirador. La bala atravesó el pasillo central de la capilla y le entró en el pecho. Los que estaban presentes dicen que escucharon algo parecido a una explosión. Después el caos, las monjas corriendo, la gente tirándose al suelo.
Romero cayó junto al altar. Lo cargaron entre varios hasta un vehículo y lo llevaron a la policlínica nacional. Esa misma noche lo declararon muerto. Eran aproximadamente las 6:30 de la tarde del 24 de marzo de 1980. A las 7:30 todo San Salvador lo sabía. Y en algunos barrios acomodados de la ciudad, según testimonios de la época, hubo disparos al aire y fuegos artificiales. Fiesta.
El funeral fue 5co días después. Más de 100,000 personas en la plaza frente a la catedral. Durante la ceremonia estalló una bomba. La gente corrió en desbandada. Según diferentes fuentes, murieron alrededor de 40 personas en el caos que siguió. Nunca se aclaró quién puso la bomba. Lo que ocurrió después del asesinato de Romero es casi tan perturbador como el asesinato mismo.
No porque nadie supiera quién era el responsable, sino porque saberlo no cambió nada. Días después del crimen, el ejército salvadoreño capturó a un grupo de personas que conspiraban para dar un golpe de estado. Entre los detenidos estaba el equipo vinculado al asesinato. Se decomisó la agenda personal del capitán al mando de la operación.
Según quienes tuvieron acceso a ese documento, la agenda contenía listas de financiadores, números de teléfono, contactos dentro y fuera del ejército y un papel que describía la logística del operativo que terminó con la vida de Romero. El militar que ordenó la captura fue el coronel Majano, miembro de la junta de gobierno. Días después, la cúpula militar lo expulsó del país.
Los detenidos fueron liberados. La agenda desapareció de los registros oficiales. Roberto Dobison, señalado por la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas como el autor intelectual del asesinato, fundó el partido Arena, que gobernó El Salvador durante 20 años. Nunca fue procesado. Murió en 1992. El único juicio que tuvo lugar ocurrió en Fresno, California.

Un juicio civil, no penal, contra uno de los participantes directos en el operativo ya radicado en Estados Unidos. fue declarado culpable de crímenes contra la humanidad. El juicio se realizó en su ausencia. Cuando las autoridades quisieron localizarlo, ya había desaparecido. En El Salvador, la Ley de Amnistía de 1993 cerró cualquier posibilidad de proceso penal por los crímenes de la guerra civil, incluyendo el asesinato de Romero.
Esa ley fue derogada en 2016 por la Corte Suprema Salvadoreña, pero hasta hoy no se ha iniciado un proceso judicial por el magnicidio en el propio país, donde ocurrió y mientras todo eso pasaba, dentro de la Iglesia, el proceso de beatificación de Romero avanzaba con una lentitud que para muchos no era accidental. El proceso comenzó formalmente en 1990, pero durante años fue frenado desde dentro de la misma institución.
Según testimonios de personas que participaron en él, llegaron al Vaticano cientos de cartas acusando a Romero de haber sido comunista, de haberse metido en política, de no ser un verdadero mártir de la fe, sino un mártir político. Las cartas venían de sectores empresariales, militares y eclesiásticos conservadores del Salvador y de América Latina.
Y dentro del Vaticano había alguien que las escuchaba. Se trató del cardenal Alfonso López Trujillo, un prelado colombiano que durante años fue el responsable de los asuntos de la Iglesia en América Latina, una figura de enorme poder dentro de la curia romana. Según versiones de personas cercanas al proceso, López Trujillo fue el principal obstáculo interno para que la causa de Romero avanzara.
Mientras él vivió y mantuvo su posición, el expediente se movió con una lentitud que muchos describieron como deliberada. López Trujillo murió en 2008. Un año después, el proceso de beatificación fue desbloqueado. El Papa Francisco, elegido en 2013, lo aceleró definitivamente. Conocía América Latina, conocía El Salvador, conocía la historia real de Romero.
Y en mayo de 2015,35 años después del asesinato, Óscar Romero fue beatificado en San Salvador. 250,000 personas llenaron el paseo El Carmen. 3 años después en Roma fue canonizado, pero hay una versión que circuló durante el proceso, sostenida por sectores que se opusieron a la beatificación hasta el final y que algunos dentro de la propia izquierda salvadoreña recogieron con incomodidad.
La versión dice que el asesinato de Romero fue orquestado no por la derecha, sino por sectores radicales de la izquierda, precisamente para crear un mártir que encendiera el conflicto armado que comenzó meses después, que eliminar a Romero les servía más a ellos que a los escuadrones de la muerte. Esta versión nunca fue probada, tampoco fue descartada oficialmente.
No hay consenso entre los historiadores que estudiaron el caso. Y esa ausencia de consenso es en sí misma parte de la historia, porque lo que quedó después de Romero no fue solo un mártir canonizado ni un proceso judicial inconcluso. Quedó un país que aprendió a convivir con la impunidad. Quedó una iglesia que tardó 35 años en reconocer a uno de sus propios.
Quedó una agenda con nombres que nunca se hicieron públicos completamente y quedó una pregunta sin respuesta oficial que sigue flotando sobre todo lo demás. La última vez que alguien cercano a Romero habló con él, le dijo que su homilía del domingo había sido muy fuerte, que se cuidara, que quizás era mejor que no fuera a esa misa del lunes.
Romero respondió que tenía miedo. Lo dijo así directamente, que como hombre tenía miedo, pero que el miedo no era a la muerte, que lo que le daba miedo era que lo desaparecieran, que lo torturaran, que su cuerpo nunca apareciera como había pasado con tantos otros. Y aún así fue. Fue a confesar sus pecados a las 3:30 de la tarde.
Fue a celebrar una misa de aniversario por una señora que no conocía. Fue a pararse frente a un altar en una capilla pequeña, rodeado de monjas y feligres, sabiendo, según los testimonios de quienes lo conocían bien, que el final podía llegar en cualquier momento. ¿Por qué lo hizo? No hay respuesta definitiva en ningún documento.
No hay carta donde lo explique. No hay homilía donde lo diga con esas palabras. Solo está lo que hizo y lo que hizo esta pregunta que todavía nadie ha podido cerrar. ¿Puede un hombre que tiene miedo ser más valiente que uno que no lo tiene? Si este documental te hizo ver a Romero de otra manera, dale like ahora mismo y suscríbete. la próxima semana.