Era, según todos los testimonios de quienes la conocieron en aquella época, una joven de una belleza llamativa y de una sensibilidad poco común. Alta, de cabello oscuro y ojos expresivos, proyectaba esa clase de elegancia que no se aprende, sino que se lleva dentro. Pero debajo de aquella apariencia serena había una muchacha profundamente marcada por la ausencia.
La ausencia de un padre al que nunca había conocido. La ausencia de una patria concreta a la que pertenecer. La ausencia de esa certeza que da saber que mañana uno se despertará en el mismo lugar que hoy. Esas carencias no eran visibles para el mundo exterior, pero moldeaban en silencio una personalidad que tendía a la angustia, a la necesidad de aprobación y a una dependencia emocional que más adelante se convertiría en una carga insoportable tanto para ella como para quienes la rodeaban.
En 1936, cuando Alexandra tenía 15 años, llegó la primera propuesta de matrimonio que registra la historia. El rey Soc de Albania, un hombre que había llegado al poder por sus propios medios y que necesitaba con urgencia una alianza dinástica con alguna casa real europea para consolidar su posición, pidió su mano.
La petición fue rechazada por la diplomacia griega. Las relaciones entre Grecia y Albania eran demasiado complicadas, demasiado cargadas de disputas territoriales y resentimientos históricos como para que aquel enlace resultara conveniente. Sog acabaría casándose con la condesa húngara Geraldine Aponji dos años después.
Alexandra siguió siendo soltera y continuó su vida de ciudad en ciudad, de temporada en temporada, acompañando a su madre en ese perpetuo movimiento que era la existencia de la realeza griega en el exilio. La guerra, sin embargo, lo cambió todo. El 28 de octubre de 1940, Italia atacó Grecia sin previo aviso. Mussolini esperaba una rendición rápida, tais ceremonial, que le permitiese ampliar el dominio fascista por el Mediterráneo oriental.
No contaba con la resistencia feroz del ejército griego que frenó el avance italiano en las montañas de Épiro y humilló públicamente al duche ante el mundo. Alexandra y su madre, que en aquel momento se encontraban en Venecia, ciudad que era entonces parte del territorio fascista, se vieron obligadas a marcharse de inmediato.
regresaron a Atenas, donde junto al resto de la familia real decidieron ponerse al servicio del país en tiempos de guerra. Tanto Alexandra como su madre se convirtieron en enfermeras. No era una pose de relaciones públicas, era un compromiso genuino con el sufrimiento de los soldados griegos que llegaban heridos del Frente Albanés.
Las fotografías de la época las muestran en hospitales de campaña, trabajando junto a otras voluntarias, sin la menor concesión a la comodidad que su condición podría haberles garantizado. Durante aquellos meses de invierno en que Grecia resistía con heroísmo el ataque italiano, Alexandra participó de esa resistencia desde el único lugar que le estaba permitido.
Fue quizás el periodo de su vida en que se sintió más útil, más conectada con algo mayor que ella misma, pero aquella resistencia tenía los días contados. En la primavera de 1941, la maquinaria de guerra nazi entró en escena. El 6 de abril de 1941, las tropas alemanas cruzaron las fronteras de Yugoslavia y Grecia de forma simultánea.
La velocidad de su avance fue devastadora. En menos de un mes, toda resistencia organizada había sido aplastada. Grecia caía bajo la triple ocupación de Alemania, Italia y Bulgaria. La familia real griega, incluidas Alexandra y su madre Aspacia, tuvo que abandonar Atenas con lo que podía llevarse y huir hacia Creta y desde allí hacia Egipto, antes de recalar finalmente en Londres.
Fue durante aquellos meses de caos y desplazamiento cuando Alexandra volvió a cruzarse con alguien que ya conocía de antes, aunque solo superficialmente. Su nombre era Pedro, pero el mundo lo conocía como Pedro II de Yugoslavia. Era un joven rey, también exiliado, también despojado de su reino, por la misma marea de violencia que había arrasado el continente.
Tenía exactamente la misma edad que Alexandra, 21 años cuando se reencontraron en Londres, y llevaba sobre los hombros el peso de una corona que en la práctica ya no significaba nada. La historia de Pedro Segi no era menos trágica que la de Alexandra. Había subido al trono de Yugoslavia con solo 11 años, en 1934, tras el asesinato de su padre, el rey Alejandro I, en Marsella, a manos de un terrorista.
Había pasado su adolescencia bajo la tutela de un regente, su primo, el príncipe Pablo, que en el momento más crítico de la guerra europea firmó un pacto con las potencias del eje. Aquella decisión desencadenó un golpe de estado protagonizado por oficiales del ejército que colocaron al joven Pedro en el trono a los 17 años, apenas unos días antes de que los alemanes invadieran el país.
Pedro no tuvo tiempo ni de reinar ni de prepararse para reinar. De la noche a la mañana pasó de ser un adolescente en un palacio a ser un rey fugitivo a bordo de un avión con rumbo a Egipto. En Londres, Pedro gobernaba un gobierno en el exilio que cada vez tenía menos poder real sobre los acontecimientos en Yugoslavia.
Mientras en su país la guerra de resistencia se dividía entre los chetnics monárquicos del general Mihailovic y los partizanos comunistas del mariscal Tito, los aliados occidentales iban inclinándose progresivamente hacia la opción comunista por razones puramente estratégicas. Pedro presenciaba desde su exilio londinense cómo su causa monárquica perdía apoyos semana a semana y como su país, aunque todavía en guerra, se le escapaba de las manos.
Y en medio de todo aquello se enamoró de Alexandra, o al menos así se lo pareció en ese momento. Los dos jóvenes eran primos lejanos, lo que no era inusual en los círculos de la realeza europea de entonces, y compartían una situación existencial casi idéntica. Los dos habían perdido sus países. Los dos vivían de la generosidad y la tolerancia del gobierno británico.
Los dos cargaban con la responsabilidad de nombres y títulos que el mundo real parecía ya no necesitar. Quizás fue esa soledad compartida más que cualquier otra cosa, lo que los acercó. El gobierno yugoslavo en el exilio no recibió bien la noticia del noviazgo. El primer ministro Slobodan Giovanovic le advirtió a Pedro con toda claridad que si contraía matrimonio durante la guerra, el gabinete al completo presentaría su dimisión.
La presión era enorme. Pedro, que había pasado su vida entera siendo moldeado por las expectativas de los demás, se dió. Intentó romper su compromiso con Alexandra. Ella lo vivió como una traición personal de primer orden y no sin razón. Pero la historia siguió avanzando. En marzo de 1944, en plena guerra, Pedro y Alexandra se casaron en una ceremonia discreta celebrada en la embajada yugoslava de Londres.
No hubo celebraciones populares, no hubo multitudes en las calles, no hubo el tipo de boato que se asocia con las bodas reales. Fue una unión casi clandestina, nacida de la urgencia y de la presión, celebrada en una ciudad que sufría los bombardeos y vivía bajo la sombra de una guerra, cuyo desenlace todavía nadie podía predecir con certeza.
El matrimonio entre Pedro II de Yugoslavia y Alexandra de Grecia comenzó como comienzan muchas cosas que nacen en tiempos de crisis, con intensidad, con necesidad mutua, con la ilusión de que dos soledades juntas forman algo parecido a la plenitud. Pero las semillas del desastre estaban presentes desde el primer momento, aunque ninguno de los dos jóvenes lo supiera aún.
Alexandra quedó embarazada casi de inmediato y fue entonces cuando se produjo uno de los episodios más peculiares de toda la historia de la monarquía europea del siglo XX. El 17 de julio de 1945, Alexandra dio a luz a un niño en la habitación 212 del hotel Clariches de Londres. El niño recibió el nombre de Alejandro en honor a sus dos abuelos.
Pero lo que convirtió aquel nacimiento en algo verdaderamente extraordinario fue la decisión del primer ministro británico Winston Churchill de solicitar al rey Jorge VI que firmase un decreto convirtiendo aquella habitación de hotel en territorio yugoslavo durante un día para que el heredero al trono naciese técnicamente en suelo de su propio país.
Fue un gesto lleno de nobleza simbólica. También fue, en su forma más pura la demostración de cuán absurda y desesperada era la situación de aquella familia real. El único suelo yugoslago que el heredero al trono pisó alguna vez fue una habitación de hotel en Londres, transformada en territorio extranjero por decreto para cumplir con un protocolo dinástico que la realidad política había convertido en pura ficción.
Porque para aquel entonces el futuro de la monarquía yugoslava ya estaba prácticamente decidido. Las negociaciones entre Churchill y Stalin habían dividido Yugoslavia en zonas de influencia y la realidad sobre el terreno era aún más clara que cualquier acuerdo diplomático. El mariscal Tito y sus partizanos comunistas controlaban el país.
En noviembre de 1945, Yugoslavia fue proclamada República Popular. La monarquía quedaba abolida. Pedro II era de puesto formalmente y con él Alexandra perdía también el único título que le había dado algún estatus institucional en el mundo, el de reina de Yugoslavia. Todo aquello sucedió mientras su hijo no había cumplido todavía ni se meses.
Alexandra tenía 24 años y era, en el sentido más literal de la palabra una reina sin reino. No era la primera vez que la historia le quitaba algo antes de que tuviera tiempo de disfrutarlo, pero esta vez la pérdida era irreversible. No habría restauraciones, no habría negociaciones, no habría vuelta atrás. Tito era firme en su decisión de no permitir el regreso de la familia real.
Yugoslavia era ahora una república comunista y no había lugar en ella para monarcas exiliados. La pareja tuvo que reinventarse con escasos recursos económicos y sin una base territorial que le sirviese de apoyo, Pedro y Alexandra comenzaron una vida errante que lo llevó a desplazarse entre Estados Unidos y Europa con una regularidad que más que viajes parecían huidas.
Pedro intentó gestionar sus finanzas con resultados desastrosos. invirtió mal, confió en personas equivocadas y fue perdiendo paulatinamente los ahorros que la familia real yugoslava había podido sacar del país antes de la ocupación. La situación económica se fue deteriorando de forma constante y con ella la tensión dentro del matrimonio.
La vida que Pedro Segund y Alexandra construyeron en el exilio fue desde todos los ángulos posibles una vida de carencias, no solo de carencias materiales, aunque esas también estuvieron presentes con una persistencia que resultaba humillante para dos personas acostumbradas a los privilegios de la realeza.
Era sobre todo una vida de carencias internas, carencia de propósito, carencia de identidad, carencia de ese sentido de pertenencia que solo da el tener un lugar en el mundo que sea verdaderamente tuyo. Pedro II sufrió de una manera que con el tiempo se hizo visible para todos. El hombre que había sido rey a los 17 años, que había escapado de Yugoslavia en avión mientras los alemanes bombardeaban su palacio, que había pasado años intentando mantener viva desde Londres la llama de una monarquía que el mundo había decidido enterrar,

fue cayendo en una depresión que canalizó a través del alcohol. El consumo de bebidas alcohólicas, que al principio era una forma de ahogar la nostalgia y la frustración, se convirtió gradualmente en una adicción que dañó su salud y su capacidad para mantener relaciones estables, incluida la relación con su propia esposa.
Alexandra, por su parte, acumulaba heridas de una naturaleza diferente, pero igualmente profunda. Había pasado su vida entera siendo desplazada. por circunstancias que nunca había elegido. El exilio no era para ella una novedad, lo había conocido desde niña. Pero lo que sí era nuevo, lo que resultaba especialmente difícil de sobrellevar, era la sensación de que todo lo que había creído poder construir como adulta, un matrimonio, una familia, una vida propia, se estaba desmoronando también.
Los testimonios de quienes los conocieron en aquellos años describen a Alexandra en esta época como una mujer de una sensibilidad extrema, propensa a estados de angustia intensa, con dificultades para gestionar la incertidumbre y para tolerar la sensación de abandono. Si Pedro se ausentaba, ella entraba en pánico.
Si él llegaba tarde, ella imaginaba lo peor. desarrolló una serie de temores que con el tiempo rozaron lo paranoico, la convicción de que los servicios secretos yugoslavos los vigilaban, de que había complotadores a su alrededor, de que cualquier separación podía ser definitiva. En 1950, en la residencia que su madre Aspacia había comprado en Venecia y que llevaba el nombre The Garden of Eden, Alexandra intentó quitarse la vida por primera vez. fue encontrada a tiempo.
La crisis quedó en el círculo íntimo de la familia sin trascender a la prensa, pero la señal era inequívoca. Alexandra no estaba atravesando una época difícil. Alexandra estaba naufragando. Hay algo especialmente desgarrador en el hecho de que esta primera crisis ocurriera precisamente en el Garden of Eden, en el jardín del Edén.
ese nombre que su madre había elegido con una ironía que no podía haber previsto. No había paraíso en aquella villa veneciana para Alexandra. Solo había silencio, melancolía y la certeza creciente de que la vida que había imaginado tener no existía y nunca iba a existir. 1952 fue un año de acumulaciones. Las crisis no llegan solas, se encadenan, se potencian mutuamente.
Y en la vida de Alexandra, ese año representó uno de esos momentos en que varias desgracias coinciden con una crueldad que parece deliberada, aunque no lo sea. Pedro había tomado decisiones financieras ruinosas que habían agravado aún más la situación económica de la pareja. Alexandra sufrió un aborto espontáneo.
Regresaron a Francia, donde la situación tampoco mejoró. El apartamento que ocupaban en París era modesto para los estándares de cualquier familia de clase media y resultaba directamente incompatible con el tipo de vida que dos personas criadas en la realeza eran capaces de gestionar desde el punto de vista práctico. Ninguno de los dos tenía las habilidades cotidianas que la vida ordinaria requiere.
Nadie les había enseñado a cocinar, a administrar un presupuesto ajustado, a resolver los pequeños problemas de la vida diaria sin el respaldo de un aparato de personal de servicio. En 1953, Alexandra llegó a su límite. En un hotel de París, intentó quitarse la vida por segunda vez. Esta vez lo hizo con una navaja de bolsillo causándose heridas en la muñeca izquierda.
La salvó una llamada telefónica de su tía, la reina Federica de Grecia, que la encontró a tiempo y alertó a los servicios de emergencia. Fue un momento límite en todos los sentidos. La respuesta de Pedro no fue la que Alexandra esperaba ni la que necesitaba. agotado por años de convivencia con la angustia y la inestabilidad emocional de su esposa, desbordado por sus propios problemas con el alcohol y por la frustración acumulada de una existencia que no se parecía en nada a lo que había soñado, Pedro decidió iniciar un proceso de
divorcio en los tribunales franceses. No lo hizo con crueldad deliberada, lo hizo desde el agotamiento, desde esa clase de rendición, que no es una decisión activa, sino el resultado final de haberse vaciado completamente. El divorcio nunca llegó a concretarse. La intervención del hijo del matrimonio, el entonces joven príncipe heredero Alejandro, así como la presión del rey y la reina de Grecia, convenció a Pedro de abandonar los procedimientos legales y buscar una reconciliación.
Pero como sucede con tantas reconciliaciones que nacen de la presión exterior y no de una transformación interna genuina, esta tampoco duró. Los años que siguieron fueron una alternancia de acercamientos y distancias, de periodos en que la pareja convivía y periodos en que vivían en países distintos.
Pedro pasaba cada vez más tiempo en Estados Unidos, donde mantenía relaciones con círculos de emigrantes yugoslavos que todavía lo reconocían como su legítimo soberano. Alexandra permanecía en Europa alternando entre París, la Riviera francesa y la casa de su madre en Venecia. El pequeño Alejandro, el hijo de ambos, el niño que había nacido en aquella famosa habitación de hotel en Londres, fue criado en la práctica por su abuela materna, Aspacia.
Sus padres eran demasiado frágiles, demasiado desbordados por sus propios abismos para ofrecerle la estabilidad que un niño necesita. Aquella decisión, aunque tomada por razones comprensibles, añadió otra capa de culpa y de tristeza a la vida de Alexandra. Hay una imagen que resume con precisión casi cruel la situación de Alexandra en aquellos años.
Una mujer que lleva el título de reina en su pasaporte, que ha sido presentada en las cortes más brillantes de Europa, que ha sido fotografiada junto a primeros ministros y jefes de estado, viviendo en una habitación de alquiler en París o en un rincón de la villa veneciana de su madre, sin recursos propios, sin perspectivas claras de futuro, esperando un marido que estaba al otro lado del Atlántico y que llamaba cada vez menos.
La soledad que Alexandra experimentaba en aquellos años no era simplemente la soledad de quien está físicamente solo. Era la soledad más profunda y más difícil de curar, la de quien se siente extranjero en todas partes. En Grecia no era completamente aceptada porque su madre no era de sangre real y su estatus dinástico había sido siempre ambiguo.
en Yugoslavia no podía ni siquiera poner un pie porque Tito había prohibido el regreso de cualquier miembro de la familia real. En Gran Bretaña y en Francia era una figura exótica y un poco anacrónica, una reina sin reino que pertenecía a una categoría social que el siglo XX ya no sabía muy bien cómo tratar. En septiembre de 1963 ocurrió lo que muchos de quienes la conocían llevaban tiempo temiendo.
Alexandra intentó quitarse la vida por tercera vez. Estaba en Venecia, en la ciudad que se había convertido en su refugio y en su jaula al mismo tiempo. Esta vez fue su hijo Alejandro quien la encontró y llamó a los servicios de emergencia. El joven príncipe, que en aquel momento no debía tener más de 17 o 18 años, tuvo que enfrentarse a la imagen de su madre al borde de la muerte.
Una imagen que nadie debería nunca grabar en su memoria, pero que él llevaría consigo para siempre. Alexandra sobrevivió. Pasó un largo periodo de recuperación bajo el cuidado constante de su cuñada, la princesa Margarita de Baden, esposa del príncipe Tommy Laf de Yugoslavia, hermano de Pedro II. Fue un periodo de relativa estabilidad, de una cierta calma que no era exactamente la felicidad, pero que al menos no era la desesperación absoluta de los meses anteriores.
Quienes la visitaron durante aquella convalescencia describieron a una mujer que había llegado hasta el límite y que ahora intentaba con toda la energía que le quedaba encontrar una razón para seguir. La razón que encontró o que se convenció de haber encontrado fue otra reconciliación con Pedro. En 1967, la pareja volvió a vivir junta en París, pero el patrón se repetía con una regularidad que ya no sorprendía a nadie que los conociese.
La reconciliación fue temporal. En pocos años, Pedro regresó de forma definitiva a los Estados Unidos, donde su salud, deteriorada por el alcoholismo, se iba degradando a un ritmo preocupante. La figura de Pedro II de Yugoslavia en sus últimos años es tan trágica a su manera como la de la propia Alexandra, aunque de una manera diferente.
El rey que nunca había podido reinar. El monarca, cuyo único poder efectivo había sido el de presidir un gobierno en el exilio que nadie escuchaba, acabó sus días en los Estados Unidos con una salud destrozada y una vida que no había sido la que nadie, ni él mismo, ni quienes le rodeaban, había esperado ni deseado para él.
Pedro murió el 3 de noviembre de 1970 en el hospital de la Universidad de Denver, Colorado. Tenía 47 años. La causa oficial de su muerte fue un fallo multiorgánico relacionado con su condición hepática, consecuencia directa de años de alcoholismo. Fue enterrado en el monasterio de San Saba en Libertyville, Illinoi. No en Yugoslavia, no en Belgrado, donde los reyes de su dinastía habían sido enterrados durante generaciones en la catedral de San Miguel Arcángel en Illinoy, lejos de todo y de todos los suyos.
Alexandra recibió la noticia de la muerte de su marido en Europa. Tenía 49 años. era viuda de un hombre con quien su relación había sido durante décadas más una fuente de sufrimiento que de consuelo. Y sin embargo, la pérdida fue real. Pedro había sido, con todas sus contradicciones y sus fallos, el centro alrededor del cual había girado su vida adulta.
Su ausencia dejó un vacío diferente al de todos los vacíos anteriores. Los años 70 y los primeros años 80 representan el periodo más oscuro y al mismo tiempo el más silencioso de la vida de Alexandra. Ya no había reconciliaciones ni rupturas que registrar. Ya no había intentos de recomposición matrimonial ni procesos de divorcio que quedaran en suspenso.
Solo había una mujer sola viviendo entre París y la casa de su madre en Venecia, sobreviviendo. La muerte de su madre Aspacia, ocurrida en agosto de 1972, apenas dos años después de la de Pedro, fue otro golpe del que Alexandra no se recuperaría completamente. Aspacia había sido durante más de medio siglo el pilar sobre el que Alexandra se había apoyado en los momentos más difíciles.
Era la persona que la conocía desde antes de que ella se conociese a sí misma. la única que había estado presente en cada capítulo de su vida. Con su muerte, Alexandra perdía no solo a su madre, sino también al último testigo de lo que había sido antes de que el mundo y la historia la deformasen.
Quedó el hijo Alejandro, el príncipe heredero, nacido en aquella habitación de hotel londinense que por un día había sido territorio yoslavo. Pero Alejandro tenía su propia vida, sus propias luchas, sus propias dificultades para gestionar el peso de un legado histórico aplastante y de una infancia marcada por la inestabilidad de sus padres.

La relación entre madre e hijo era afectuosa, pero frágil, cargada de culpa no formulada y de cariño, que nunca había encontrado las condiciones para expresarse con normalidad. En los últimos años de su vida, Alexandra de Yugoslavia, que es como el mundo la recordaría, aunque técnicamente su título era el de reina de Yugoslavia, vivía retirada y en silencio.
Pasaba temporadas en París y temporadas en la costa azul, en ese sur de Francia que se había convertido en el destino predilecto de tantos miembros de la realeza europea desplazada. Una especie de purgatorio dorado donde los exiliados con apellidos ilustres esperaban un regreso que nunca llegaba. El final de la Guerra Fría trajo un giro histórico que para muchos miembros de las casas reales de Europa del Este tuvo un sabor agridulce.
La caída del comunismo, que comenzó a producirse de forma acelerada a finales de los años 80 y que se materializó de manera espectacular con la disolución de Yugoslavia en los primeros años 90, volvió a poner sobre la mesa la cuestión monárquica en varios países del antiguo bloque soviético. Algunos exreyes o sus herederos regresaron a sus países de origen con mayor o menor acogida popular.
En Yugoslavia, la desintegración del Estado no tomó la forma de una transición pacífica, sino de una serie de guerras brutales que destrozaron el país en pedazos. Alexandra vivió esos eventos desde lejos, ya demasiado enferma y demasiado alejada de la vida pública para participar de ninguna manera en los debates políticos que sacudían a la antigua Yugoslavia.
Su salud se había deteriorado considerablemente. Años de depresión, de tentativas de suicidio, de medicaciones y de una existencia emocionalmente agotadora habían dejado una huella física indeleble. Era una anciana prematura, aunque en términos cronológicos no hubiera llegado todavía a los 70 años. Hay algo profundamente injusto en la trayectoria de vida de Alexandra, que se hace especialmente visible cuando uno la contempla en perspectiva.
No cometió ningún crimen, no causó ningún daño deliberado a nadie, no fue responsable de las guerras que destruyeron sus dos países de origen. No eligió nacer en una familia real cuya posición se desmoronó antes de que ella tuviese edad de entender qué significaba ser princesa. Fue, en el sentido más literal, una víctima de la historia.
Una mujer que nació en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con un nombre que el siglo XX había decidido ya no necesitar. Y sin embargo, pasó décadas luchando. Eso es lo que con frecuencia se pierde cuando se cuentan estas historias de forma sumaria. La imagen que queda es la de las crisis, los intentos de suicidio, el exilio, la pobreza relativa, el matrimonio fallido.
Pero lo que esa imagen no siempre captura es la resiliencia que implica haber sobrevivido a todo aquello durante décadas. Cada vez que llegó al límite, algo, ya fuese una llamada telefónica, la presencia de un hijo, la intervención de un médico, la mantuvo del lado de los vivos. Y ella volvió, cada vez volvió. Esa tenacidad involuntaria, ese sobrevivir casi a pesar de uno mismo, no es una señal de debilidad.
es, en muchos sentidos, la muestra más clara de la complejidad de la condición humana, de esa capacidad de continuar que coexiste aparentemente sin contradicción con el deseo de no seguir. El 30 de enero de 1993, Alexandra de Yugoslavia murió en su residencia de Atenas. Tenía 71 años. La causa de su muerte fue la enfermedad de Alzheimer, que en sus últimos años le había ido borrando progresivamente la memoria.
Hubo algo dolorosamente simbólico en ese final. Una mujer que había vivido atrapada en su pasado, que había cargado durante décadas con recuerdos demasiado pesados, acabó siendo liberada de ellos por la misma enfermedad que también le borraba el presente. Fue enterrada en el cementerio ortodoxo de Atenas, no en Belgrado, donde hubiera correspondido como reina de Yugoslavia.
No en Londres, donde fue reina por primera y última vez. en Atenas, la ciudad en que había nacido 71 años antes, hija póstuma de un rey muerto por la mordedura de un mono, princesa ilegítima, niña sin patria clara. La historia había descrito un círculo. La historia de Alexandra de Yugoslavia no es una historia de grandeza ni de poder.
Es algo más difícil de articular y quizás por eso más interesante. Es la historia de lo que le ocurre a una persona cuando los grandes movimientos de la historia, las guerras, las revoluciones, los cambios de régimen pasan por encima de ella sin preguntarle su opinión. Es la historia del precio que pagan los individuos por pertenecer a instituciones que la historia decide disolver.
Pedro II fue restaurado simbólicamente en el libro de historia de Serbia en los años que siguieron a la disolución de Yugoslavia. Sus restos fueron trasladados desde Libertyville a Oplenac, el mausoleo de los Carador Devich en el año 2013. Décadas después de su muerte. Yugoslavia había desaparecido. Los países que nacieron de sus cenizas seguían construyendo sus narrativas nacionales y en algún rincón de esas narrativas había un lugar pequeño, pero realo aquel rey que había gobernado sin gobernar y que había muerto en el exilio
antes de cumplir los 50 años. Para Alexandra no hubo esa clase de reparación histórica. Su nombre no aparece en los manuales de historia. No da nombre a calles ni a plazas. No hay retratos suyos en los museos nacionales, ni de Grecia, ni de los países herederos de Yugoslavia. fue una reina invisible en vida y siguió siendo invisible en la memoria colectiva.
Y sin embargo, su historia contiene una verdad que no ha envejecido, la verdad de que los títulos no protegen a nadie del sufrimiento. La verdad de que la identidad no puede construirse solo el nombre que uno hereda, sino sobre el lugar que uno logra crear para sí mismo en el mundo. Alexandra nunca encontró ese lugar. vivió en el umbral entre lo que había sido y lo que nunca llegaría a ser, entre dos países que no eran del todo suyos y un matrimonio que nunca encontró su forma definitiva.
murió como había nacido en el margen, pero existió y su existencia, con toda su fragilidad y toda su complejidad merece ser recordada con la misma atención y el mismo respeto con que recordamos a quienes vivieron vidas más visibles y más celebradas. Porque en el fondo la historia no es solo la suma de los grandes gestos y las grandes decisiones.
Es también, y quizás sobre todo la suma de las vidas que se vivieron en silencio, mientras esos gestos y esas decisiones se tomaban en otro lugar por otras personas sin consultar a nadie. Alexandra de Yugoslavia, princesa sin legitimidad oficial, reina sin reino, mujer que sobrevivió a todo, excepto al tiempo. Esta ha sido su historia. Yeah.