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Federica de Grecia: La Reina que Perdió su Reino y Murió en el Exilio

Años después, ella misma dejaría escrito en sus memorias que el día que vio por primera vez el rostro sonriente de Pablo, supo que había perdido la cabeza y el corazón para siempre. Pablo de Grecia no era un príncipe cualquiera. Era heredero al trono de un país turbulento, convulsionado, un país donde los reyes llegaban y partían con una frecuencia que hacía girar la cabeza.

Grecia había estado gobernada desde 1863 por una dinastía de origen danés, llamada a reinar en aquel rincón mediterráneo por las grandes potencias europeas. Y esa dinastía había sufrido todo lo que puede sufrirse: asesinatos, guerras, exilios, restauraciones y nuevas caídas. Cuando Federica empezaba a frecuentar Villa Esparta para ver a Pablo, la monarquía griega llevaba ya décadas navegando en aguas tormentosas.

Pablo era hermano del rey Jorge Segund, que en ese momento reinaba por tercera vez sobre los griegos después de haber sido expulsado dos veces del trono y haber regresado sendas veces. La historia de la casa real griega era, en cierta manera, la historia de un amor no correspondido entre una institución y un pueblo que no acababan de entenderse.

Pero Pablo, que había conocido el exilio siendo muy joven, que había vivido entre Londres, París y la incertidumbre perpetua de quien no sabe si volverá algún día a su país, tenía una serenidad admirable y esa serenidad era exactamente lo que Federica necesitaba sin saberlo todavía. El compromiso entre Pablo y Federica no fue un asunto sencillo.

El padre de la joven princesa había impuesto una condición. Federica debía tener al menos 20 años para poder casarse. Pablo había pedido su mano por carta mucho antes, cuando ella era todavía una adolescente y había tenido que esperar con una paciencia que no estaba en la naturaleza de Federica, pero que sí estaba en la suya.

Finalmente, en la primavera de 1937, cuando Federica cumplía sus 20 años, Pablo fue invitado a visitar la residencia familiar en Gmunden. Un día, después de un larguísimo paseo a orillas del lago, Pablo le preguntó si quería casarse con él. Ella dijo que sí, contentísima. Y entonces, ante su sorpresa, Pablo sacó del bolsillo una preciosa pulsera de zafiros y se la dio.

Federica le preguntó por qué llevaba esa alaja en el bolsillo y él respondió con tranquilidad que estaba seguro de que iban a prometerse. Ella le dijo entre risas que estaba muy mal que hubiera estado tan seguro. ese momento aparentemente pequeño y doméstico, revelaba ya todo lo que sería su relación durante las décadas siguientes.

Él pensaba, calculaba, esperaba. Ella actuaba, sentía, se lanzaba. Eran dos fuerzas distintas que se complementaban de manera casi perfecta. Cuando el mundo exterior los golpeaba, como lo haría tantas veces, esa complementariedad sería su principal fortaleza. El 9 de enero de 1938, Federica y Pablo contrajeron matrimonio en Atenas.

Ella tenía 21 años, él tenía 37. La ciudad los recibió con una ceremonia solemne, con el brillo de las iglesias ortodoxas y el murmullo del Mediterráneo cercano. Grecia era entonces un país que salía lentamente del caos político. Jorge II reinaba bajo la sombra de un régimen autoritario que él mismo había tolerado, el del general Johanis Metaas, quien gobernaba con mano dura desde 1936.

Era un ambiente cargado de tensiones, de murmullos y de miedos. Pero para la joven Federica, que había llegado al país en tren, llena de entusiasmo y de una energía que desconcertaba a los más solemnes cortesanos griegos, Atenas era la promesa de una vida nueva, de un papel que había soñado toda su vida. Quería ser útil, quería ser importante, quería ser de alguna manera imprescindible.

El mismo año de la boda nació su primera hija, Sofía, la que décadas después se convertiría en reina de España. Dos años más tarde, en 1940, nació el príncipe heredero Constantino. Federica era madre joven, activa, presente, pero el mundo que rodeaba a esa familia no daba tregua. En septiembre de 1939, Alemania invadía Polonia y Europa entera se precipitaba hacia la segunda gran guerra del siglo.

Grecia intentó mantenerse neutral, pero la historia no deja espacio para la neutralidad cuando los imperios se mueven. Fue en octubre de 1940 cuando Italia, bajo el mando de Mussolini envió un ultimátum a Grecia exigiéndole permitir la ocupación de puntos estratégicos de su territorio. El general Majas respondió con una sola palabra, o eso dice la leyenda, no.

Ese no resonó por toda Europa como un símbolo de resistencia. Grecia entró en guerra contra Italia y de manera sorprendente durante los primeros meses, los griegos resistieron e incluso avanzaron sobre territorio albanés. Federica, que ya entonces demostraba un temple de acero, no se escondió en los palacios, se preparó para lo que viniera.

La guerra no tardó en golpear con toda su fuerza. En la primavera de 1941, la Alemania nazi intervino en apoyo de Italia y sus ejércitos invadieron Grecia desde el norte con una velocidad devastadora. El frente griego, que había aguantado meses contra los italianos, se desmoronó en días ante la maquinaria militar alemana.

Atenas caía y con Atenas caía todo lo que Federica había comenzado a construir en sus apenas tres años de vida griega. En abril de 1941, la familia real griega fue evacuada de urgencia hacia la isla de Creta a bordo de un hidroavión. Feberica viajaba con sus dos hijos pequeños, Sofía, que tenía 2 años, y Constantino, que apenas tenía uno.

El rey Jorge Segund, Pablo y el resto de la familia real abandonaban Atenas en condiciones de extrema urgencia, sabiendo que si las tropas alemanas los capturaban, las consecuencias podían ser muy graves. No era un exilio elegante ni planificado. Era una huida pura y dura, en la que no había espacio para la dignidad real para los protocolos de los palacios.

Creta resistió, pero no por mucho tiempo. Los alemanes lanzaron sobre la isla una operación aerotransportada masiva, la operación Mercurio. En mayo de 1941. Miles de paracaidistas nazis talleron del cielo sobre Creta y convirtieron la isla en un campo de batalla sin cuartel. La familia real tuvo que volver a huir, esta vez hacia el sur de la isla, atravesando a pie y en mula las montañas de la cordillera blanca con los bombardeos de la Luft Buffe sobre sus cabezas.

Fue una travesía agotadora, peligrosa, que dejó una huella imborrable en todos los que la vivieron. Desde la costa sur de Creta los evacuaron en barco hacia Egipto y desde allí viajaron hasta Sudáfrica, donde el gobierno de Hans Mutzogió con generosidad. Fue en Sudáfrica, en el exilio afritano, donde Federica dio a luz a su tercera hija, la princesa Irene, el 11 de mayo de 1942.

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