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El espía más peligroso del Mossad: la historia real de Eli Cohen

El 18 de mayo de 1965, en la plaza Marget de Damasco, capital de Siria, un hombre fue llevado en un carromato ante una multitud que lo insultaba y le escupía. Era de madrugada, el cielo todavía oscuro. Le ofrecieron una capucha negra para cubrirse la cara antes de morir. La rechazó.

Ese hombre tenía 40 años, tenía esposa, tenía tres hijos que jamás entendieron del todo por qué su padre no volvió a casa y tenía un secreto que Siria todavía no puede perdonarle, porque ese hombre en 4 años  había penetrado tan profundo en el corazón del poder sirio que el propio presidente del país lo consideraba su amigo personal, que generales y ministros le contaban sus secretos más  clasificados en en las fiestas de su apartamento, que estuvo tan cerca de la cima del poder sirio que un paso más lo habría convertido en el viceministro de defensa

del país que había ido a destruir. Y todo ese tiempo cada secreto que le susurraban, cada mapa que le mostraban, cada plan militar  que le confiaban, llegaba encriptado a Telvivib horas después. Porque ese hombre no era sirio, era israelí y su nombre real era El Cohen. Esta es su historia. Capítulo 1. El niño de Alejandría.

Para entender quién fue El Cohen, tienes que entender de dónde vino. Nació el  26 de diciembre de 1924 en Alejandría, Egipto, una ciudad cosmopolita y mediterránea donde convivían griegos, italianos, árabes, judíos y europeos de toda condición, donde el árabe se mezclaba con el francés en los cafés y el mar siempre olía a sal y a distancia.

Su familia era de judíos Mizrají, judíos de Oriente. Su padre había emigrado de Alepo en el Imperio Otomano en 1914, huyendo de la violencia y buscando una vida mejor en el Egipto cosmopolita de principios de siglo. Eli creció en ese mundo de fronteras difusas entre culturas. Habló árabe desde niño con el acento y la cadencia de alguien que lo aprende en la calle y no en un aula. Aprendió francés.

estudió en la Universidad de El Cairo. Desde joven mostró una capacidad extraordinaria para adaptarse a los entornos que lo rodeaban, para observar, para escuchar, para recordar. Había planeado ser rabino en su juventud. La yeshiva de Alejandría cerró y ese camino quedó bloqueado. Pero la devoción que habría dedicado a los textos sagrados la volcó en otra dirección.

Israel era usionista convencido y en el Egipto de los años 50 esa convicción se volvía cada vez más peligrosa. En 1952, el golpe militar de Naser llegó al poder y con él la hostilidad hacia la comunidad judía egipcia creció de manera dramática. En 1954, el joven Eli Cohen ya colaboraba con la inteligencia  israelí en Egipto, participando en redes de ayuda para evacuar a judíos que querían emigrar a Israel, pero encontraban obstáculos del gobierno.

Era su primera misión, no oficial, no pagada, solo un joven que creía en algo y estaba dispuesto a arriesgarse por ello. En 1956, la crisis del canal de Suez y la  posterior expulsión masiva de judíos de Egipto lo dejaron sin país. El Coco con 32 años llegó a Israel como uno de los miles de refugiados de la diáspora judía.

Llegó sin dinero, sin trabajo, sin conocidos, solo con ese árabe perfecto, esa memoria extraordinaria, esa capacidad de convertirse en quien necesitara ser. Durante los primeros años en Israel trabajó como contable, como traductor, como empleado de banco. Llevaba una vida ordinaria. Se casó con Nadia Mahalt, una joven de origen iraquí de la que se enamoró perdidamente.

Tuvieron tres hijos, Sofí, Iritai, el pequeño, que nació cuando su padre ya había comenzado la doble vida que lo haría famoso y que lo mataría. intentó entrar al Mosad en 1958. Le dijeron  que no, que sus habilidades eran valiosas, pero que en ese momento no había una misión adecuada para él. Intentó de nuevo, otra vez no.

Volvió a su vida de empleado de banco, a su apartamento modesto, a sus noches con Nadia y sus hijos. Pero en 1960 alguien en el Mossad revisó los archivos de los candidatos rechazados y encontró el expediente de un hombre que hablaba árabe como si hubiera nacido en Damasco, que conocía la cultura árabe desde dentro, que tenía la inteligencia, la memoria y la compostura  de alguien capaz de vivir una mentira durante años.

El Mossad lo llamó. Esta vez dijo que sí. Capítulo 2. El nacimiento de Camelamin Tabet. El entrenamiento de IChen duró más de un año. Era una transformación total, no solo de apariencia, no solo de nombre, una transformación completa de identidad,  de psicología, de manera de moverse por el mundo. Porque la misión que el Mosad tenía planeada para él no era pequeña, era la más ambiciosa que Israel había intentado  jamás.

El objetivo infiltrar a la gente más profundamente posible en el corazón del poder sirio, no en la periferia, no entre los funcionarios de bajo rango, en el núcleo mismo del gobierno, el ejército y el partido Baz que gobernaba Siria. Para conseguirlo, necesitaban una historia que fuera perfecta. La construyeron con una meticulosidad que roza lo novelesco.

Elicoen se convertiría en camelamín Tabet, un hombre nacido en Siria de familia acomodada que había emigrado a Argentina en la adolescencia siguiendo a un tío y que ahora, después de años de exilio y de éxito empresarial en Buenos Aires, sentía el llamado de su patria y quería volver. El entrenamiento fue brutal en su profundidad.

árabe con acento sirio, aunque Cohen ya lo hablaba casi a la perfección, perfeccionado hasta que cada inflexión, cada expresión coloquial, cada refrán fuera el que usaría un sirio de clase alta criado entre dos culturas. El Corán, memorizado en las partes que un musulmán devoto de clase media alta conocería. No más,  no menos.

Porque un hombre que sabe demasiado parece un estudiante. Un hombre que sabe lo adecuado parece alguien que simplemente creció con su  religión. El código Morse, 45 palabras por minuto, sin errores, porque cada mensaje que enviara a Israel desde territorio enemigo dependería de esa velocidad. Un segundo de más frente al transmisor podía significar ser detectado.

Le enseñaron a fotografiar de manera discreta, a memorizar  estructuras militares con una sola mirada, a comportarse como un hombre rico, sin la torpeza de quien finge serlo, a beber alcohol en cantidad sin que le afectara visiblemente, porque las fiestas donde recogería información serían regadas de whisky  escocés y coñac francés.

Le enseñaron a hacer trampa en el póker y en el Bgamon, porque los juegos de cartas y de mesa eran el corazón de la vida social de la élite árabe y ganar con elegancia es la mejor manera de hacer amigos. Y le enseñaron algo que ningún manual puede enseñar del todo,  a vivir la mentira, a no pensar en ella como una mentira, a habitarla, a despertarse cada mañana siendo camelaminet, a pensar como él, a sentir como él, a amar Siria como él la amaría, porque el mayor peligro para un espía no es la inteligencia enemiga, es él mismo. un

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