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¡REACCIÓN ÉPICA! Guerrero Comanche ve a prisionera blanca en PELIGRO y estalla en rabia

La cinta era de Emily.

Clara tenía dieciséis años, aunque esa noche sintió que volvía a ser una niña de seis, escondida detrás de las faldas de su madre mientras los adultos susurraban palabras que no querían que ella escuchara. “Rastro.” “Comanche.” “Prisioneros.” “Mercaderes.” “No queda tiempo.”

En la mesa, Ruth Whitmore dejó caer la masa dentro del cuenco. No lloraba. Eso era peor. Los ojos de su madre estaban secos, brillantes, como si el llanto se hubiera congelado dentro de ella.

—Tu padre no está cavando para Caleb —dijo al fin, sin mirar a Clara—. Está cavando para lo que quede de nosotros si sale a buscarla.

Clara sintió que el aire se le iba de los pulmones.

Emily, su hermana mayor, no podía estar muerta. Emily era la que cantaba himnos mientras colgaba sábanas al viento. Emily era la que se reía de los pretendientes torpes en el pueblo de Redemption Creek. Emily era la que prometió que algún día ambas viajarían en tren hasta San Luis, comprarían sombreros de verdad y se sentarían en un teatro iluminado por lámparas de gas como damas importantes.

Emily no podía ser una cinta azul atada al estribo de un caballo ensangrentado.

—Mamá —susurró Clara—, tenemos que ir por ella.

Ruth golpeó la mesa con ambas manos.

—¡No digas eso!

El pan tembló dentro del cuenco. También tembló Clara.

Afuera, el viento empujó una rama seca contra la pared de la casa. Sonó como uñas rascando la madera.

Ruth se cubrió la boca con una mano, arrepentida de su grito, y cruzó la cocina para abrazar a su hija. Clara sintió el olor a harina, humo y miedo. Un olor que nunca olvidaría.

—Escúchame —dijo Ruth, con la voz rota—. Hay hombres peores que cualquier guerra. Hombres que compran y venden dolor. Si Emily sigue viva, puede que no esté en un campamento. Puede que la lleven hacia el oeste. Puede que…

No terminó la frase.

No hizo falta.

En ese momento, la puerta principal se abrió con violencia. Silas entró cubierto de barro hasta las rodillas. Traía la pala en una mano y el rifle en la otra.

Pero lo que hizo que Clara se quedara helada no fue el rifle.

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