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Alicia de Albany: Enterró a su Hijo… y su Hermano Sirvió a Hitler

Victoria había amado profundamente a su hijo Leopoldo, precisamente porque era el más vulnerable, el que más había necesitado su protección. Y en Alicia veía algo de él, algo que le hacía mirarla con esa mezcla de afecto y melancolía, que solo conocen quienes han perdido a alguien demasiado joven. Alicia creció rodeada de primos que eran también príncipes y princesas de media Europa.

Sus juegos de infancia tenían como compañeros a personas que un día se sentarían en tronos o que morirían en campos de batalla. Entre sus primas estaba Alejandra de Gese, la futura Sarina de Rusia, la esposa del Sar Nicolás II. Entre sus primos estaba el futuro rey Jorge V de Inglaterra. Estaba también el Kaiser Guillermo II de Alemania, ese personaje arrogante y contradictorio que décadas después llevaría Europa al borde del abismo.

Alicia los conoció a todos de niña, jugó con ellos, compartió mesas y celebraciones y sin saber que estaba haciéndolo, fue tejiendo los hilos de una historia que la conectaría para siempre con los momentos más dramáticos del siglo XX. La educación de Alicia fue la que correspondía a una princesa de su tiempo y su rango.

Lenguas extranjeras, música, historia, geografía, etiqueta. Pero Alicia tenía algo que no se aprende en ningún libro de texto ni en ninguna clase magistral. Tenía una curiosidad genuina por el mundo que la rodeaba, una inteligencia viva que no se conformaba con las respuestas oficiales y una valentía personal. que con los años se convertiría en uno de los rasgos más admirados de su carácter.

Desde muy joven demostró que no tenía miedo de decir lo que pensaba, incluso cuando lo que pensaba iba a contracorriente de lo que se esperaba de ella. Fue, por ejemplo, la primera miembro de la familia real en pronunciarse públicamente a favor del control de la natalidad, en una época en que ese solo tema era considerado escandaloso en los círculos que ella frecuentaba.

Su hermano Carlos Eduardo, nacido dos años después que ella en 1884 fue durante la infancia su compañero más cercano. Entre los dos existía ese vínculo especial que se forma cuando dos niños crecen juntos bajo la misma sombra de una ausencia, la de su padre muerto demasiado joven. Carlos Eduardo era el heredero del ducado de Alban y por parte paterna, pero también por los enredos dinásticos que caracterizaban a la realeza europea de entonces estaba destinado a heredar el ducado alemán de Sajonia Coburgo y Gota. Ese destino

europeo de su hermano sería, con el paso de los años uno de los dolores más profundos y más complejos de la vida de Alicia. Pero eso pertenece a otra parte de esta historia, una parte que todavía estaba por escribirse. Por ahora, en esos años de finales del siglo XIX, Alicia era simplemente una joven princesa inteligente y de carácter fuerte, que observaba el mundo con ojos atentos y que aguardaba, sin saberlo aún, el momento en que ese mundo le exigiría mucho más que presencia ceremonial o sonrisas en los salones de

la corte. El año 1904 llegó cargado de promesas. Alicia tenía 21 años, la edad en que las princesas de su época pasaban del estado de soltera prometedora al de mujer que ha encontrado su destino oficial. Y su destino tenía nombre y apellido, el príncipe Alejandro de Tec, su segundo primo lejano, un hombre de buen porte, carácter afable y origen impecable.

La ceremonia se celebró el 10 de febrero en la capilla de San Jorge, en el castillo de Winsor, ese mismo recinto de piedra medieval que había sido testigo de tantos momentos fundacionales de la historia británica. Fue una boda de corte con todas las solemnidades que correspondían al rango de la novia y del novio.

Las damas de honor eran primas de Alicia, entre ellas la princesa María de Gales, que años después sería reina consorte de Gran Bretaña. Era una boda que reflejaba a la perfección el mundo en que había nacido Alicia, un mundo de parentescos cuidadosamente calculados, de alianzas dinásticas bordadas con hilo de oro, de ceremonias diseñadas para proyectar al exterior la solidez y la permanencia de un orden que, aunque nadie lo supiera todavía, estaba a menos de una década de derrumbarse.

El príncipe Alejandro de Tec era el hermano de la princesa María, la mujer del heredero al trono británico, lo que convertía el matrimonio en un fortalecimiento más de los lazos que unían a Alicia con el núcleo más cercano al poder de la corona. Pero más allá de las consideraciones dinásticas, el matrimonio de Alicia y Alejandro fue, por todos los testimonios que han llegado hasta nosotros, una unión genuinamente afectuosa.

Alejandro era un hombre leal y comprometido que compartiría con Alicia más de cinco décadas de vida en común a través de guerras, exilios y pérdidas que habrían quebrado a cualquier pareja menos sólida. Los primeros años de matrimonio transcurrieron en la relativa tranquilidad de la vida aristocrática. El reinado de Eduardo VI, que había sucedido a la reina Victoria en 1901, tenía un carácter muy diferente al de su madre.

Si Victoria había marcado su era con la solemnidad y el luto permanente por su esposo Alberto, Eduardo VI imprimió a su corte un tono más festivo, más cosmopolita, más abierto al placer y a la conversación inteligente. Era una época en que todavía era posible creer que el progreso era imparable, que la civilización avanzaba hacia algo mejor y que los imperios europeos, con toda su complejidad y sus contradicciones, eran la forma más refinada que la humanidad había alcanzado hasta entonces.

Alicia y Alejandro tuvieron tres hijos. El mayor fue Ruperto, el visconde de Trematón, nacido en 1907. Después llegó una niña, Mayena, nacida en 1906, que moriría trágicamente joven. Y finalmente Moris, nacido en 1910. La familia parecía completa, sólida, instalada en esa clase de felicidad doméstica que era el telón de fondo habitual de las grandes historias, justo antes de que el destino decida intervenir sin aviso.

Pero debajo de esa superficie de estabilidad, el mundo estaba cambiando a una velocidad que ningún aristócrata europeo, por muy bien informado que estuviera, estaba preparado para asimilar. Las tensiones entre las grandes potencias se acumulaban como presión debajo de una caldera. Los imperios rivalizaban por colonias, por mercados, por influencia naval.

Los movimientos nacionalistas hervían en los Balcanes y en los despachos de los ministerios de guerra de toda Europa, los Estados Mayores elaboraban planes de movilización que presuponían con una frialdad aterradora, que la guerra era no solo posible, sino inevitable. Alicia observaba todo esto desde una posición única.

Era británica de corazón y de lealtad, pero su familia cruzaba las fronteras de casi todos los países que estaban a punto de convertirse en enemigos. Su prima Alejandra era la emperatriz de Rusia. Su primo, el Kaiser Guillermo era el soberano de Alemania. Su propio hermano, Carlos Eduardo, gobernaba un ducado alemán. Si la guerra llegaba y todo indicaba que llegaría, Alicia estaría dividida de maneras que ningún manual de protocolo real había pensado jamás en contemplar.

El 28 de junio de 1914 en Sarajebo, un estudiante bosnio llamado Gabrilo Princip disparó dos tiros que cambiaron el curso de la historia. El archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono del Imperio Austrohúngngaro, cayó muerto junto a su esposa Sofía en el asiento de un automóvil descapotable. En las semanas que siguieron, las alianzas que los diplomáticos habían construido durante décadas como supuesto sistema de paz funcionaron exactamente al revés, como un mecanismo que multiplicaba el conflicto en lugar de

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