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El silencio sospechoso

PARTE 1: El silencio sospechoso

El sol de mediodía caía a plomo sobre el asfalto de la calle Mayor.

Era ese calor pegajoso que solo se siente en los pueblos del centro de España en pleno agosto.

Un calor que hace que las persianas se bajen hasta el suelo y los gatos busquen la sombra de los maceteros.

En el número catorce, Doña Paquita aguardaba tras el visillo de la cocina.

Tenía el oído entrenado tras cuarenta años de esperar a que su hijo, Carlos, llegara para el arroz de los domingos.

Paquita no necesitaba reloj.

Ella detectaba el rugido del motor del viejo León de Carlos desde que giraba la esquina de la panadería.

Ese ronroneo diésel, algo ronco y reconfortante, era la señal para echar el arroz al caldo.

Pero ese domingo, el silencio era absoluto.

Solo se oía el zumbido de una mosca impertinente contra el cristal.

Paquita frunció el ceño, apartando la cortina con un dedo índice cargado de sospecha.

De repente, una sombra blanca y metalizada se deslizó frente a su puerta.

No hubo estruendo.

No hubo vibración en los cristales.

Solo un leve silbido, casi celestial, como si un ángel estuviera aparcando un electrodoméstico gigante.

El coche se detuvo con una suavidad insultante.

Era blanco, brillante, con líneas que parecían sacadas de una película de naves espaciales.

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