PARTE 1: El silencio sospechoso
El sol de mediodía caía a plomo sobre el asfalto de la calle Mayor.
Era ese calor pegajoso que solo se siente en los pueblos del centro de España en pleno agosto.
Un calor que hace que las persianas se bajen hasta el suelo y los gatos busquen la sombra de los maceteros.
En el número catorce, Doña Paquita aguardaba tras el visillo de la cocina.
Tenía el oído entrenado tras cuarenta años de esperar a que su hijo, Carlos, llegara para el arroz de los domingos.
Paquita no necesitaba reloj.
Ella detectaba el rugido del motor del viejo León de Carlos desde que giraba la esquina de la panadería.
Ese ronroneo diésel, algo ronco y reconfortante, era la señal para echar el arroz al caldo.
Pero ese domingo, el silencio era absoluto.
Solo se oía el zumbido de una mosca impertinente contra el cristal.
Paquita frunció el ceño, apartando la cortina con un dedo índice cargado de sospecha.
De repente, una sombra blanca y metalizada se deslizó frente a su puerta.
No hubo estruendo.
No hubo vibración en los cristales.
Solo un leve silbido, casi celestial, como si un ángel estuviera aparcando un electrodoméstico gigante.
El coche se detuvo con una suavidad insultante.
Era blanco, brillante, con líneas que parecían sacadas de una película de naves espaciales.
No tenía rejilla delantera.
No tenía tubo de escape.
Paquita se santiguó mentalmente.
—Madre de Dios —susurró para sí misma—, ya se han comprado el juguete.
Vio bajar a Elena, su nuera, que lucía unas gafas de sol de espejo y una sonrisa de satisfacción tecnológica.
Elena cerró la puerta con un “clack” seco y premium.
Luego bajó Carlos, que caminaba con la cautela del que estrena zapatos nuevos y tiene miedo de que le salgan rozaduras.
Carlos miraba el coche con una mezcla de orgullo y terror financiero.
Paquita no esperó a que llamaran al timbre.
Abrió la puerta de madera maciza antes de que pusieran un pie en el escalón.
—¿Pero qué es esto? —preguntó Paquita, señalando el vehículo con el mentón.
—Hola, mamá, ¿qué tal el viaje? Pues bien, aquí nos tienes —dijo Carlos, intentando sonar natural.
—Yo no he preguntado por el viaje, Carlos Alberto —replicó ella—. He preguntado por esa lavadora con ruedas.
Elena se adelantó, quitándose las gafas con un gesto elegante.
—Es el coche nuevo, suegra. ¿A que es precioso?
Paquita se ajustó el delantal, como quien se pone una armadura antes de la batalla.
—Precioso era el caballo de Santiago —sentenció—. Esto parece un supositorio gigante.
—Es un coche eléctrico, mamá —explicó Carlos, acercándose para darle un beso.
Paquita se dejó besar, pero sus ojos no se apartaban del capó del coche.
—¿Eléctrico? —repitió, paladeando la palabra como si fuera veneno—. ¿De los que van con pilas?
—Lleva baterías de última generación —matizó Elena, con tono de comercial de concesionario.
—¿Y dónde tiene el motor? —preguntó Paquita, rodeando el coche con las manos en jarras.
—Ahí debajo, pero no hace ruido, suegra. Es el futuro.
Paquita se acercó al coche y lo tocó con la punta del dedo, esperando una descarga.
—No hace ruido porque está muerto —concluyó la mujer—. Los coches tienen que sonar a coche.
—Eso es contaminación acústica, mamá. Este es ecológico.
Paquita soltó una carcajada seca que resonó en toda la calle.
—Ecológico dice. El día que te deje tirado en Despeñaperros verás tú qué ecología.
—No nos va a dejar tirados, suegra. Tiene cuatrocientos kilómetros de autonomía.
Elena abrió el maletero pasando el pie por debajo del parachoques.
El portón se elevó lentamente, emitiendo un pitido electrónico.
Paquita dio un salto hacia atrás, asustada.
—¡Virgen de la Fuensanta! ¡Que se abre solo! ¡Esto está poseído!
—Es un sensor, mamá. Es para cuando vienes cargada con las bolsas de la compra.
—Yo las bolsas de la compra las apoyo en el suelo de toda la vida —protestó Paquita—. No necesito que el coche me silbe.
Entraron en la casa, pero la sombra del coche eléctrico se proyectaba sobre el pasillo.
El olor a sofrito intentó calmar los ánimos, pero Paquita estaba en racha.
Se dirigió a la cocina mientras refunfuñaba en voz baja.
—Un coche que no ruge es como un hombre que no ronca —decía—. No te puedes fiar.
Elena y Carlos se miraron en el salón.
—Te dije que no le iba a gustar —susurró Carlos.
—Dale tiempo —respondió Elena—. Es el choque generacional. En cuanto vea lo que nos ahorramos, cambiará de opinión.
Paquita volvió al salón con una jarra de agua fría y tres vasos de Duralex.
Se plantó frente a ellos, con la mirada fija en su nuera.
—¿Y cuánto tarda eso en cargarse? —preguntó, como quien pregunta cuánto tarda en curarse una enfermedad grave.
—En un cargador rápido, en media hora tienes el ochenta por ciento —dijo Elena con entusiasmo.
—¿Media hora? —Paquita se llevó las manos a la cabeza—. En media hora me he hecho yo un potaje y me he echado la siesta.
—Bueno, mamá, pero mientras se carga puedes tomarte un café.
—¿Un café de gasolinera? —Paquita puso cara de asco—. Esos que saben a plástico quemado.
—No hace falta que sea en una gasolinera, hay cargadores en los centros comerciales.
—¡Peor me lo pones! —exclamó la suegra—. ¡Ir al centro comercial para que el coche coma!
Carlos intentó mediar, sabiendo que el terreno era pantanoso.
—Mira el lado bueno, mamá. Ya no tengo que pasar por la gasolinera de Paco.
—¡Pues Paco se va a disgustar mucho! —sentenció Paquita—. Con lo que a él le gusta charlar contigo de la liga.
—Paco tendrá que reciclarse, suegra —dijo Elena, sentándose a la mesa.
Paquita sirvió el agua con una precisión quirúrgica.
—Reciclarse… —masculló—. Ahora todo es reciclarse, ser sostenible y no comer carne.
Se hizo un silencio tenso, interrumpido solo por el tic-tac del reloj de pared.
Paquita dejó la jarra con un golpe seco sobre el hule de la mesa.
Se volvió hacia su hijo, entrecerrando los ojos con una sabiduría ancestral.
—¿Un coche que se enchufa? —preguntó finalmente, con voz cargada de presagio.
Carlos asintió, temiendo lo peor.
Paquita se cruzó de brazos, sentenciando con la autoridad de una matriarca castellana:
—Como se vaya la luz, os quedáis tirados en mitad de la carretera.
Elena suspiró, preparándose para la disertación que sabía que vendría a continuación.
—Es el futuro, suegra —repitió por décima vez—. Menos contaminación y más ahorro.
Paquita no se inmutó.
—El futuro es el diésel, que sabes que siempre arranca —remató ella, dándose la vuelta para ir a por la paellera.
La batalla no había hecho más que empezar.
PARTE 2: El dilema del kilovatio
La paella presidía la mesa como un sol de azafrán rodeado de judías verdes y trozos de pollo.
Sin embargo, el ambiente estaba más cargado que una batería de litio al cien por cien.
Carlos intentaba concentrarse en el arroz, pero sentía la mirada de su madre clavada en el cogote.
Paquita no comía; ella examinaba la situación.
—¿Y si llueve? —soltó de pronto, sin venir a cuento.
Elena, que estaba a punto de pinchar un garrofó, se detuvo en seco.
—¿Si llueve el qué, suegra?
—Pues el chisme ese —dijo Paquita, señalando hacia la calle con el tenedor—. Si llueve y lo tienes enchufado, ¿no pega un chispazo y sale ardiendo el barrio entero?
Carlos tragó saliva, tratando de no atragantarse con un hueso de pollo.
—Mamá, por Dios, que los ingenieros han pensado en eso.
—Los ingenieros también inventaron el Titanic y mira dónde acabó —replicó ella con una lógica aplastante.
Elena intervino, tratando de usar su tono más pedagógico.
—Suegra, el sistema está totalmente aislado. Es como una lavadora o un lavavajillas.
—¡Exacto! —exclamó Paquita—. ¡Y mi lavavajillas el año pasado se volvió loco y me inundó la cocina!
—Pero un coche es distinto…
—Es lo mismo, Elena. Electricidad y agua no casan bien. Eso es de primero de básica.
Paquita se sirvió un poco más de vino con gaseosa, el combustible tradicional de los domingos.
—Además —continuó—, he oído en la televisión que esas baterías vienen de unas minas de no sé dónde, con unos niños con linternas.
—Bueno, el tema de los materiales es complejo, pero el petróleo tampoco es que sea muy limpio… —intentó explicar Carlos.
—El petróleo es de la tierra —cortó Paquita—. Es como el aceite de oliva, pero negro. Ha estado ahí millones de años. Es natural.
Elena se frotó las sienes.
—Pero el humo que suelta el diésel es cancerígeno, suegra. ¿Usted no quiere un aire limpio para sus nietos?
Paquita arqueó una ceja, lanzando un dardo dialéctico.
—Mis nietos lo que quieren es llegar a tiempo a los sitios.
—Llegamos perfectamente a tiempo —dijo Elena, empezando a perder la paciencia.
—Llegáis porque habéis salido con tiempo —contraatacó la suegra—. Pero ¿y si hay una emergencia?
Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz como si estuviera contando un secreto de estado.
—Imaginad que me da un aire. Un parraque. De esos que te dejan pajarito.
—No diga eso, mamá, que usted está como un roble.
—No me digas lo que tengo que decir, Carlos Alberto. Imaginad que me da el aire.
Hizo una pausa dramática para asegurar que tenía toda la atención.
—Me tenéis que llevar al hospital de la capital a toda mecha.
—Pues te llevamos —dijo Carlos.
—¿Y si el coche está “descargado”? —Paquita hizo las comillas con los dedos—. ¿Qué hacéis? ¿Me ponéis a esperar en el sofá mientras el coche se toma su “cafecito” de electricidad?
Elena respiró hondo, contando hasta diez en binario.
—Suegra, el coche siempre tiene carga suficiente para ir y volver tres veces al hospital.
—Eso dices ahora. Pero luego se te olvida enchufarlo, como se te olvida cargar el móvil.
—No es lo mismo, mamá —insistió Carlos.
—¡Es lo mismo! El otro día te llamé cinco veces y no dabas señal porque tenías el móvil muerto de risa.
—Era porque estaba en una reunión…
—Era porque no tenías batería. Con el coche será igual. Os quedaréis sin pilas en el momento más inoportuno.
Paquita se levantó para traer el postre: flan de huevo casero, el único lujo analógico que permitía en su casa.
Mientras servía el flan, seguía con su monólogo.
—Y luego está el tema del precio. ¿Cuánto os ha costado el capricho?
Carlos y Elena intercambiaron una mirada de pánico. Sabían que la cifra real podría provocarle a Paquita el “parraque” del que tanto hablaba.
—Bueno, con las ayudas del gobierno y el ahorro en combustible… —empezó Elena.
—No me marees la perdiz, Elena. ¿Cuánto?
Carlos susurró una cifra, omitiendo convenientemente unos cuantos miles de euros.
Paquita soltó la cuchara del flan sobre el plato. El sonido metálico resonó como una campana de duelo.
—¡Madre del amor hermoso! —gritó—. ¡Con eso me compro yo tres tractores y me sobra para una parcela en la playa!
—Pero suegra, no paga impuesto de matriculación, ni zona azul en la ciudad…
—¡Ni falta que me hace! —protestó Paquita—. En este pueblo la zona azul es la sombra de los chopos.
—Es una inversión a largo plazo —dijo Carlos, intentando salvar los muebles.
—A largo plazo estaremos todos calvos —sentenció su madre—. Eso es tirar el dinero en un cable de cobre.
Paquita se sentó, mirando su flan con melancolía.
—Lo que os pasa es que os habéis vuelto unos modernos de ciudad.
—No es ser modernos, es ser responsables.
—Responsable es tener un motor que si se rompe, lo arregla Pepe el del taller con una llave inglesa y un par de tacos.
Paquita señaló de nuevo hacia la calle.
—Ese bicho que habéis traído, si se rompe, tienen que venir los de la NASA a verlo.
—Tiene garantía, mamá.
—La garantía se la lleva el viento. Como la luz.
Paquita se cruzó de brazos, triunfante.
—Esa es otra. ¿Habéis visto cómo está el precio del kilovatio?
Elena intentó sonreír.
—Cargamos por la noche, cuando es más barato.
—¡Ah, claro! —exclamó Paquita—. ¡Viviendo como los vampiros para que el coche no os arruine!
—No exageres, suegra.
—No exagero. Estaréis pendientes del reloj para poder poner la lavadora y el coche a la vez sin que salten los plomos.
Paquita se imaginó la escena y soltó una risita burlona.
—Os veo ahí, a las tres de la mañana, en pijama, enchufando el coche como quien pone a cargar un cepillo de dientes eléctrico.
—Es mucho más sencillo que eso…
—Es una esclavitud —cortó ella—. Antes eras libre. Ibas a la gasolinera, echabas veinte euros y a correr.
—Ahora soy más libre porque no dependo del precio del petróleo —dijo Carlos con convicción.
—No, ahora dependes de que no haya un apagón —remató Paquita—. Como se vaya la luz en el barrio, os veo yendo a trabajar en patinete.
Elena suspiró, dándose cuenta de que la lógica no tenía jurisdicción en esa mesa.
—Bueno, suegra, ¿qué le parece si luego la damos una vuelta? Para que vea lo suave que va.
Paquita miró a Elena como si le hubiera propuesto un viaje de ida a Marte.
—¿Yo? ¿Subirme en ese aparato silencioso?
—Sí, verá que no vibra nada. Es como ir flotando.
—¡Las nubes flotan y mira las tormentas que arman! —dijo Paquita—. No sé yo si mis cervicales están preparadas para tanta modernidad.
—Venga, mamá, solo una vuelta a la manzana.
Paquita se lo pensó, mirando el resto de su flan.
—Bueno —dijo finalmente—, pero solo si me dejas llevar mi rosario en la mano. Por si las moscas.
PARTE 3: El bautismo del silencio
La expedición hacia el coche eléctrico parecía una procesión de Semana Santa, pero con menos incienso y más desconfianza.
Paquita caminaba a paso lento, observando el vehículo desde todos los ángulos posibles antes de decidirse a entrar.
—¿Seguro que no da calambre si toco la manilla? —preguntó, con la mano suspendida en el aire.
—Totalmente seguro, suegra —respondió Elena, abriéndole la puerta del copiloto con un gesto ceremonioso.
Paquita se hundió en el asiento de cuero sintético con un gemido de sospecha.
—Esto está demasiado blando —murmuró—. Parece que me va a comer el asiento.
—Es ergonómico, mamá. Se adapta a tu espalda.
—A mi espalda lo que le gusta es una silla de enea, que es lo que me mantiene tiesa —replicó ella, buscando desesperadamente el cinturón.
Carlos se sentó al volante y pulsó el botón de encendido.
La pantalla gigante del salpicadero se iluminó con una animación de bienvenida y un sonido etéreo, como de arpa digital.
Paquita dio un respingo, agarrándose al salpicadero.
—¡Ya ha hablado! ¡El coche me ha saludado!
—Es solo el sonido de inicio, mamá.
—¿Y por qué tiene una televisión en medio? —preguntó, señalando la pantalla táctil de quince pulgadas—. ¿Es para ver las noticias mientras conduces?
—No, suegra, ahí está el mapa, el aire acondicionado y la música —explicó Elena desde el asiento trasero.
—¿Y los botones? —Paquita palpó el salpicadero con desesperación—. ¿Dónde están las ruedas de toda la vida? ¿Cómo se pone la radio?
—Todo es táctil, mamá. Mira.
Carlos deslizó un dedo por la pantalla y el climatizador empezó a soplar aire frío de forma silenciosa.
Paquita se encogió de hombros, asustada por la corriente de aire que parecía salir de la nada.
—Esto no es un coche, esto es una nave de Star Trek —sentenció—. A mí me pones los botones de mi radio de transistores y me quitas estas modernidades.
Carlos puso la marcha atrás. La pantalla mostró inmediatamente la imagen de la cámara trasera con una nitidez asombrosa.
Paquita pegó un grito sordo.
—¡Carlos Alberto! ¡Que hay un gato en la televisión!
—No es un gato, mamá, es el bordillo de la acera. Es la cámara para no chocar.
—¿Pero es que ya no sabes mirar por el espejo retrovisor? —preguntó ella, genuinamente preocupada—. ¿Te has vuelto inválido de la vista?
—Es por seguridad, suegra —intervino Elena—. Ayuda a aparcar sin dar golpes.
—En mis tiempos se aparcaba “al toque” —dijo Paquita con orgullo—. Un toquecito delante, un toquecito detrás, y ya sabías que estabas en el sitio.
El coche empezó a moverse.
Lo hizo con una fluidez inquietante, sin la más mínima vibración.
Paquita se quedó rígida, mirando por la ventanilla como si esperara que el coche saliera volando en cualquier momento.
—No oigo nada —susurró—. ¿Estamos encendidos de verdad o nos estamos cayendo por la cuesta?
—Estamos circulando, mamá. El motor eléctrico no necesita combustión.
—Esto es brujería —afirmó Paquita—. Un coche que se mueve sin explotar nada por dentro no es de fiar.
Salieron a la carretera principal del pueblo. La gente se quedaba mirando el coche silencioso que pasaba a su lado.
—Mira, ahí está la mujer del boticario —dijo Paquita—. Se está quedando muerta de la envidia porque cree que vamos en un coche de lujo.
—Es que es un coche de lujo, suegra.
—No, Elena, es un coche de silencios. Y el silencio me pone nerviosa.
Carlos aceleró un poco para incorporarse a la travesía. El par motor instantáneo pegó a Paquita contra el respaldo.
—¡Ay, mi madre! —gritó, llevándose la mano al pecho—. ¡Que me ha dado un latigazo el pescuezo!
—Perdona, mamá, es que tiene mucha fuerza.
—¿Fuerza? ¡Esto tiene el demonio dentro! —exclamó ella—. ¡Parece que nos ha lanzado una honda!
Pasaron por delante de la gasolinera de Paco. Paquita vio a su amigo apoyado en un surtidor, con la manguera en la mano y cara de aburrimiento.
—Pobre Paco —suspiró—. Miradle. Ahí está, esperando a que alguien con un coche normal le dé un poco de trabajo.
—Paco tiene que poner un poste de carga si quiere seguir en el negocio —dijo Elena.
—¡Un poste de carga dice! —se burló Paquita—. Paco lo que tiene es una cafetera que hace el mejor cortado de la comarca. ¿Vuestro poste de carga hace café? ¿Eh?
Carlos no respondió. Sabía que era una batalla perdida.
De repente, Paquita fijó su vista en la pantalla central. Vio un icono de una batería pequeña que marcaba un 62%.
—¡Carlos! ¡Emergencia! —gritó, señalando la pantalla.
—¿Qué pasa, mamá?
—¡Que se os está gastando la pila! ¡Mirad! ¡Solo queda un trocito verde!
—Mamá, queda un sesenta y dos por ciento. Tenemos para más de doscientos cincuenta kilómetros.
—¿Doscientos cincuenta? —Paquita no se lo creía—. Eso es lo que dice el chisme ese. Pero seguro que miente para no asustarte.
—No miente, es un cálculo preciso.
—¡Preciso era el reloj de cuco de tu abuelo y siempre daba las horas cuando le daba la gana! —replicó ella—. ¡Gira el coche ahora mismo y volvamos a casa!
—Pero si solo llevamos cinco minutos…
—¡He dicho que volvamos! No quiero quedarme tirada en la curva de los olivos y tener que volver andando con mi reúma.
Carlos suspiró y dio la vuelta en la rotonda.
—Ves —dijo Paquita, vigilando la batería como si fuera una bomba de relojería—, ya ha bajado al sesenta y uno. ¡Se nos escapa la luz, Carlos! ¡Dale más deprisa!
—Si le doy más deprisa, gasta más, suegra —explicó Elena con una sonrisa maliciosa.
Paquita se quedó pálida.
—¿O sea, que si vamos rápido para llegar antes, nos quedamos sin pilas más pronto?
—Básicamente.
—¡Esto es el timo de la estampita en versión digital! —exclamó Paquita—. Es un coche que te obliga a ir como una tortuga para no dejarte en la estacada.
Llegaron de nuevo a la puerta de la casa. Carlos aparcó con la misma suavidad con la que se había ido.
Paquita salió del coche casi antes de que se detuviera por completo, como si estuviera escapando de un edificio en llamas.
Una vez en la acera, se sacudió la falda y miró el coche con una mezcla de desprecio y alivio.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Lo vas a poner a “dormir” con su chupete?
—Voy a enchufarlo un rato en el garaje, sí —dijo Carlos, abriendo el portón del coche.
Paquita se acercó al cable grueso que Carlos sacó del maletero.
Lo miró como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Y esto no hará que me suba el recibo de la luz a mí? —preguntó, con la sospecha brillando en sus ojos.
—No, mamá, tengo un contador aparte para esto.
—Más vale —dijo ella—. Porque como por culpa del cochecito no pueda yo poner la manta eléctrica este invierno, lo llevamos claro.
Elena cerró el coche con el mando. Las luces parpadearon y los espejos retrovisores se plegaron automáticamente.
Paquita dio un paso atrás.
—¡Hasta se despide el condenado! —murmuró—. Solo le falta darme las buenas noches.
Entraron de nuevo en la casa. El aroma de la paella aún flotaba en el ambiente, pero la conversación seguía centrada en el intruso de la calle.
—Suegra, reconozca que es cómodo —dijo Elena, tratando de buscar un punto de encuentro.
—Es cómodo porque no hacéis nada —replicó Paquita—. Pero a mí me gusta sentir que domino la máquina. Con ese coche, la máquina os domina a vosotros.
Se sentó en su sillón de orejas, el centro de mando de su pequeño universo.
—Es el futuro, mamá —insistió Carlos, sentándose a su lado.
Paquita le miró con una ternura infinita, la que se le tiene a un hijo que ha sido engañado por un vendedor de crecepelo.
—Hijo mío —dijo, poniéndole una mano en la rodilla—, el futuro es un sitio muy raro si no se puede oler a gasolina.
PARTE 4: La tormenta perfecta
El café se servía en tazas de porcelana fina, las que Paquita solo sacaba para las visitas o para cuando sentía que necesitaba reforzar su autoridad moral.
Fuera, el cielo de agosto había decidido cambiar de humor.
Las nubes negras se habían acumulado sobre el pueblo con una velocidad alarmante, propias de esas tormentas de verano que descargan toda su furia en diez minutos.
Un trueno lejano hizo vibrar los cristales del salón.
Paquita dio un respingo y miró hacia la ventana con ojos de profetisa.
—¿Lo veis? —dijo, señalando al cielo—. La naturaleza está protestando.
—Es solo una tormenta, suegra —dijo Elena, dando un sorbo a su café.
—No es “solo” una tormenta —replicó Paquita—. Es el fin de vuestra autonomía.
En ese preciso instante, un relámpago iluminó el salón, seguido casi inmediatamente por un estruendo ensordecedor que pareció sacudir los cimientos de la casa.
Y entonces, ocurrió.
La bombilla del salón parpadeó dos veces, emitió un zumbido agónico y se apagó.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el golpeteo de las primeras gotas de lluvia contra las persianas.
Paquita se quedó inmóvil en la oscuridad, con la taza de café en la mano.
—Se ha ido —susurró con una voz que mezclaba el pánico con la victoria.
—Se han ido los plomos de la calle —dijo Carlos, sacando su móvil para usar la linterna.
—¡Os lo dije! —exclamó Paquita, cuya voz parecía emerger de las tinieblas como la de un oráculo—. ¡Os lo dije! ¡Como se vaya la luz, os quedáis tirados!
—Mamá, no estamos tirados, estamos en tu salón tomando café.
—¡Pero el coche está enchufado! —gritó ella—. ¡Ahora mismo se está bebiendo los últimos restos de energía de la casa y nos ha dejado a oscuras!
—El coche no tiene la culpa, suegra —explicó Elena, encendiendo también la luz de su móvil—. Es un apagón general por la tormenta.
Paquita se levantó, guiada por el instinto de quien conoce su casa a ciegas.
—¡General o no, ahora vuestro coche es un mueble caro! —sentenció—. Si ahora mismo tuviéramos que salir huyendo de una inundación, ¿qué haríais? ¿Empujar?
—El coche tiene carga suficiente, mamá. No necesita estar enchufado para funcionar.
—¡Pero no se está cargando! —Paquita triunfaba en su lógica—. Está ahí fuera, bajo la lluvia, recibiendo rayos y sin comer. ¡Es un desastre!
La lluvia arreciaba. Se oía el granizo golpear el techo con una violencia inusitada.
—¡Los cristales! —gritó Paquita—. ¡El granizo va a romper la pantalla esa de televisión que lleva el coche!
Carlos miró por la rendija de la persiana.
—Está bien, mamá. Los cristales son resistentes.
—Resistentes hasta que dejan de serlo —replicó ella—. Si fuera un coche de los de antes, de chapa buena, no pasaría nada. Pero esa cáscara de huevo eléctrica…
Pasaron diez minutos de oscuridad total. Paquita se dedicó a enumerar todas las catástrofes que podían ocurrir cuando el mundo se quedaba sin corriente eléctrica.
—Y la comida de la nevera se va a echar a perder —decía—. Y todo por culpa de tanta modernidad. Si tuviéramos una fresquera como la de mi abuela…
De repente, la luz volvió.
Las bombillas parpadearon y recuperaron su brillo amarillento. El televisor del salón se encendió solo, emitiendo el final de un anuncio de detergente.
Paquita suspiró, pero no parecía aliviada.
—Ha vuelto —dijo con recelo—. Pero ¿por cuánto tiempo?
Carlos se asomó a la ventana. La tormenta estaba amainando con la misma rapidez con la que había llegado.
—Mira, mamá, el coche sigue ahí. Ni ha explotado, ni se ha derretido, ni ha atraído a todos los rayos del sistema central.
—Eso es suerte —dijo ella, recogiendo las tazas de café—. Pura suerte.
Se acercó a la ventana y miró el coche blanco, que ahora brillaba bajo el agua de la lluvia.
—¿Y de verdad dice que no gasta gasolina? —preguntó, esta vez con una curiosidad menos agresiva.
—Ni una gota, suegra —dijo Elena, acercándose a ella—. Cero emisiones.
Paquita se quedó un momento en silencio, observando el vehículo.
—Bueno —concedió finalmente—, hay que reconocer que para ir a por el pan sin hacer ruido y no despertar a los vecinos de la siesta, tiene su aquel.
Carlos y Elena intercambiaron una mirada de asombro. ¿Era eso un cumplido?
—Pero —añadió Paquita rápidamente, señalando a su hijo con el dedo—, no pienses que me has convencido.
—No, mamá, claro que no.
—El día que inventen uno que funcione con el hueso de las aceitunas, que aquí en el pueblo tenemos de sobra, entonces me avisas.
Paquita volvió a la cocina a fregar los platos, tarareando una copla vieja.
Carlos y Elena salieron a la calle para desenchufar el coche y prepararse para el viaje de vuelta a la ciudad.
El aire olía a tierra mojada y a ozono.
—¿Sabes qué es lo mejor? —susurró Carlos mientras guardaba el cable en el maletero.
—¿Qué? —preguntó Elena.
—Que aunque no lo admita, mañana le va a contar a todas sus amigas del centro de mayores que su hijo tiene un coche que “se saluda solo” y que corre más que un cohete.
Elena se rió y se subió al asiento del pasajero.
—Es el futuro, Carlos. Aunque el futuro de tu madre siempre tenga un poco de olor a diésel y mucho de “te lo dije”.
Arrancaron el coche. El suave zumbido electrónico se mezcló con el sonido del agua que quedaba en los charcos.
Paquita salió a la puerta a despedirlos, con un trapo de cocina en la mano.
—¡Id con cuidado! —les gritó—. ¡Y no le piséis mucho, que no quiero que os quedéis sin pilas en la autovía!
—¡Descuida, mamá!
—¡Y si veis que parpadea la lucecita, parad en un bar y comed algo mientras el coche “desayuna”!
El coche se alejó por la calle Mayor, deslizándose como un fantasma tecnológico entre las casas de piedra.
Paquita se quedó allí un rato, mirando el espacio vacío donde había estado el vehículo.
—Un coche que se enchufa… —susurró para sí misma, negando con la cabeza—. Qué cosas tienen estos jóvenes.
Entró en su casa y cerró la puerta con llave, asegurándose de que el cerrojo de hierro hiciera su ruido de siempre.
Un ruido sólido. Un ruido de antes.
Un ruido que, a diferencia de los coches eléctricos, no necesitaba baterías para hacerse respetar.
Se sentó en su sillón, cogió el mando de la tele y, antes de encenderla, miró el enchufe de la pared con una sospecha renovada.
—Al final —murmuró—, todo en esta vida depende de un cable.
Y con esa reflexión final, Doña Paquita se dispuso a echar la siesta, soñando con un mundo donde los coches rugían como leones y la luz nunca se iba.
Porque para ella, el futuro podía esperar, pero el café y la siesta eran asuntos de extrema necesidad.
El coche eléctrico ya era historia en el pueblo, al menos hasta el domingo que viene.
O hasta que la gasolina subiera otros diez céntimos.
Entonces, y solo entonces, Paquita se plantearía si el “supositorio blanco” no era, después de todo, una idea medianamente aceptable.
Pero eso, por supuesto, jamás lo admitiría en voz alta.