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JORGE CANTU : CUMPLIO 44 años y Como esta Viviendo es Muy TRISTE

El teléfono que todos los jugadores de ligas menores esperan. El teléfono que la mayoría nunca recibe. Jorge Cantú lo recibió a los 22 años, 5 años después de ese torneo junior en Ciudad de México. 5 años en autobuses y ciudades pequeñas y habitaciones compartidas. 5 años construyendo algo desde cero. El 6 de abril de 2004, Jorge Luis Cantú Guzmán debutó en las Grandes Ligas de Béisbol.

contra los Baltimor Orioles, el niño de Reyosa en el campo, el número que el sistema acababa de activar. En 2004 bateó coma 301 con dos jonrones y 17 carreras impulsadas en 50 partidos. Números sólidos para un debutante. Números que decían, “Este muchacho puede estar aquí.” Pero 2004 fue solo la introducción.

Lo que vino en 2005 fue otra cosa. En 2005, Roberto Alomar se retiró durante el entrenamiento de primavera. Roberto Alomar, el segunda base que está en el salón de la fama, el mejor en su posición de su generación. Se fue en marzo antes de que empezara la temporada y Tampa Bay necesitaba a alguien que lo reemplazara de tiempo completo.

Miraron al roster y vieron a Cantú. Tenía 23 años. Nunca había jugado una temporada completa en Grandes Ligas y le pusieron el hueco más difícil de llenar en toda la alineación. llenar el lugar de un futuro Hall of Famer. Hay jugadores que se quiebran con ese tipo de presión. Hay jugadores que se encogen, que empiezan a pensar demasiado, que dejan que el nombre del antecesor les pese más de lo que pesa el bate.

Cantuno bateó 0,289, 28 cuadrangulares, 117 carreras impulsadas. 40 dobles, 171 hits en 150 partidos. Fue nombrado el jugador más valioso de Tampa Bayi. Detente un momento en esos números. 28 cuadrangulares y 117 carreras impulsadas. En 2005, en la Liga Americana, esos números te ponían en conversación con los mejores bateadores del béisbol.

No de México, del mundo. David Ortiz remolcó 148 ese año. Fue el mejor del béisbol. Cantú remolcó 117. Era el cuarto mejor de toda la liga americana. Un mexicano de Reynosa, 23 años, en su primera temporada completa, entre los cuatro mejores bateadores de la liga más competitiva del mundo. El sistema se frotó las manos.

Tenían un activo, tenían un número que funcionaba, tenían a Jorge Cantú y lo que hicieron con él a partir de ese momento es lo que este documental existe para contar. Porque lo que debió pasar después de esa temporada es obvio. Debió venir el contrato largo, la extensión, la seguridad, el reconocimiento de que habías encontrado algo que no se consigue todos los días.

Un mexicano con 28 jonrones y 117 carreras impulsadas en su primera temporada completa. Un jugador de 23 años con esa producción tiene en el mercado de béisbol de 2005 un valor de entre 8 y 12 millones de dólar por temporada. Ese contrato nunca llegó. ¿Por qué? Eso es lo que nadie explicó. Pero la respuesta está en lo que pasó en 2006.

Y lo que pasó en 2006 es donde empieza la historia real. La temporada 2006 empezó con expectativas, las de siempre cuando alguien tiene un año así. La prensa de Tampa preguntaba si Cantú podía repetir. Los aficionados esperaban más jonrones. El sistema esperaba que el número siguiera funcionando, pero el béisbol no funciona así.

El béisbol tiene una crueldad específica que ningún otro deporte tiene de la misma manera. En el béisbol el cuerpo es todo. Una muñeca mal puesta, un hombro que empieza a protestar, un tobillo que no termina de sanar y los números caen no un poco. En picada. Cantú llegó al entrenamiento de primavera con algo que no estaba bien.

No era una lesión dramática, no era el tipo de cosa que se anuncia en conferencia de prensa, era algo más silencioso, una muñeca que dolía en ciertos ángulos, un dolor que en temporada regular, con juegos todos los días no da tiempo de sanar. Y en el béisbol, cuando el dolor no da tiempo de sanar, los números lo reflejan antes que el diagnóstico médico.

Bateó 0,249, 14 cuadrangulares, 62 carreras impulsadas, de 117 RBI a 62, de 28 jonrones a 14, casi exactamente a la mitad en todo. Y Tamp reaccionó como reaccionan todas las organizaciones cuando un número deja de funcionar, sin compasión, sin contexto, sin preguntarle al hombre qué estaba pasando con esa muñeca, solo con la frialdad de una hoja de cálculo que dice que el activo ya no produce lo que producía y los activos que no producen no permanecen en el roster principal.

Para 2007, la organización de Tampa Bay tomó una decisión. Cantú iba a empezar la temporada en Dorham, en las ligas menores, en el mismo lugar donde había estado 5 años antes de llegar. Regresalo a donde vino. Así sin más, eso fue lo que el sistema dijo. Pero hay algo que el sistema no calculó. Jorge Cantú no era el mismo chico de 16 años que firmó ese primer contrato sin leer la letra chica.

Ya tenía 25 años, ya había pasado 5 años en ligas menores, ya había vivido una temporada que lo ponía entre los cuatro mejores bateadores de la Liga Americana y ya sabía exactamente lo que valía. En abril de 2007, Jorge Cantú entró a las oficinas de Tampa Bay solo, sin agente al lado, sin intermediarios, solo él y los directivos de una de las organizaciones más frías del béisbol americano.

y les dijo algo que ningún pelotero mexicano había dicho en ese cubículo, que no se iba a reportar a Durham, que él valía más que las ligas menores, que el año anterior había sido una temporada difícil por lesiones, que dos años antes había sido el cuarto mejor remolcador de toda la liga, que merecía seguir en el roster de las grandes ligas, que si Tampa Bi no lo quería en el primer equipo, que lo cambiaran.

que tenían 48 horas. Las oficinas se quedaron en silencio, los directivos se miraron entre ellos y Jorge Cantú salió de ese cubículo sin saber si acababa de salvar su carrera o de destruirla. Pero lo había dicho. Lo había dicho porque era verdad y porque si no lo decía él, nadie lo iba a decir por él. Eso es lo que el sistema nunca perdona, no que un jugador falle.

El sistema perdona las lesiones, el sistema perdona las temporadas malas. Lo que el sistema nunca perdona es que un jugador se pare frente a él y le diga en la cara que está equivocado, que lo sabe, que lo dice, que lo exige. Eso no se perdona, eso se castiga. Y la organización tiene una manera de castigar que no necesita gritos ni escándalos.

castiga con papeles, con silencio, con la frialdad de una franquicia que tiene 29 jugadores más y no necesita que el triésimo sea incómodo. Castiga enviando un mensaje que todos los demás jugadores en la organización reciben, aunque nadie lo diga en voz alta. El mensaje dice, “Esto es lo que le pasa al que se para frente al sistema.

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