Posted in

Así Vive Juan Román Riquelme en Buenos Aires — La tranquilidad de un ídolo que nunca cambió

Juan Román Rielme, el ídolo más indomable de Buenos Aires. ¿Cómo vive un dios del fútbol que decidió desaparecer? Sin mansiones blindadas, sin flashes, sin el circo de Europa. Mientras todos compraban super deportivos, él volvió a su barrio de siempre. Millones en el banco, pero sentado en una silla de plástico tomando mate.

La prensa se desespera porque no lo puede rastrear. ¿Qué esconde realmente detrás de esa calma tan fría? Pasá con nosotros directo a su búnker privado para descubrir cómo es su verdadero refugio. Para entender la paz que rodea a Juan Román Riquelme, basta con escuchar sus propias palabras. Nací acá y elegí seguir en Don Torcuato porque estoy con mis amigos de siempre.

Tanto a ellos como a mi familia, a mis hijos y a mi barrio, yo no los cambio por nada. Esa promesa se siente en la piel Apenas se pisa Don Torcuato, un rincón en la zona norte de Buenos Aires, donde los árboles y los pequeños lagos imponen un ritmo ajeno al de la gran ciudad. Aquí, lejos del ruido mediático, Román camina entre vecinos de toda la vida y respira un anonimato que para otras estrellas es imposible.

Su casa es el reflejo fiel de esa filosofía, un lugar construido para vivir, no para impresionar. Al cruzar la puerta, la primera sensación es de una calma profunda. No hay trofeos a la vista ni lujos estridentes. El protagonismo absoluto lo tienen los enormes ventanales  que van del piso al techo, inundando cada rincón con una luz natural que borra los límites con el exterior.

En el living principal, amplios sillones claros invitan a quedarse durante horas. Las bibliotecas y los portarretratos con las miradas de sus tres grandes amores, Florencia, Agustín y Lola, ocupan los lugares más importantes. Cuando Román busca silencio, se refugia en su biblioteca privada. Desde el sillón de este cuarto, las hileras de libros lo envuelven mientras la ventana transforma la vista del lago en un cuadro vivo que cambia de color con las horas, ofreciendo uno de los pocos momentos de desconexión. absoluta de su rutina.

Al otro lado, conectado por esa misma calidez de la madera y los tonos suaves,  la cocina se presenta espaciosa y funcional. Con su gran isla central no  es un espacio de catálogo, sino el escenario real donde se comparten las charlas,  los desayunos improvisados y las tardes de merienda con sus hijos, lejos de las cámaras y de la presión cotidiana de Boca.

En la planta alta, las habitaciones mantienen la misma sencillez que domina el resto de la casa. Son espacios amplios, despojados de cualquier ostentación, con aberturas que miran a las copas de los árboles y un walk-ing closet muy práctico, diseñado para el descanso y la desconexión total. Pero el hilo invisible que une la rutina de Román está afuera.

Cada mañana cuando la casa todavía duerme, él sale descalso a la galería cubierta con el termo bajo el brazo y el mate amargo en la mano. Se sienta a ver amanecer frente al jardín y la piscina alargada, saboreando un silencio puro  mientras Frida, la perra labradora de la familia, corre libremente por el césped impecable. Es su cable a tierra, uno de los pocos momentos del día en los que puede desconectarse  por completo.

Es ahí mismo, bajo el techo de la galería, donde se encuentra la gran parrilla moderna de ladrillo, el verdadero punto de encuentro de la casa. Cuando llega el fin de semana, la  rutina cede ante la más pura espontaneidad. Sin llamadas previas, agendas ni protocolos, alguien enciende la primera chispa y el fuego une a los amigos de siempre en minutos, tal como él mismo lo describe en casa  podemos estar tomando mate y se dice, “Vamos a comer asado.” Y comemos un asado.

No es cuestión de andar planeando uno o dos días antes. Sale en el momento. Es estar juntos y pasarla bien entre todos. Pero esa tranquilidad adquiere un significado diferente cuando se recuerda todo lo que Román dejó atrás para conservarla. Entre 2005 y 2007 vivió los años más brillantes de su carrera en Europa.

Tras llegar al Villarreal procedente del Barcelona por 8 millones de euros, se convirtió en el eje absoluto del equipo y llevó al modesto club español a competir de igual a igual contra las mayores potencias del continente. Bajo su conducción, el Villarreal alcanzó las semifinales de la UEFA Champions League en la temporada 2005/06 y peleó los primeros puestos de la liga.

En aquellos años, Rielme fue nominado repetidamente al FIFA World Player y muchos analistas lo consideraban el mejor número 10 clásico del mundo. Pero mientras Europa seguía admirando su talento, Roman  ya pensaba en volver a casa. En 2007 regresó a Boca Juniors en una de las operaciones más importantes del fútbol argentino.

El club pagó 15 millones de dólares por su incorporación, una cifra récord para la época, mientras que Villarreal continuó asumiendo gran parte de su salario. Para ponerlo en perspectiva, su valor de mercado alcanzaba entonces los 17,5 millones de euros. Lejos de representar un paso atrás, el regreso consolidó definitivamente su leyenda.

Ese mismo año lideró a Boca hacia la conquista de la Copa Libertadores y más tarde sumó nuevos títulos locales,  convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la historia moderna del club. Con semejante prestigio, las ofertas de los clubes más poderosos del mundo siguieron llegando. Sin embargo, Riquelme siempre tomó decisiones distintas a las que el fútbol moderno suele premiar.

Uno de los casos más recordados ocurrió en 2006, cuando Sir Alex Ferguson intentó llevarlo al Manchester United  después de su extraordinaria temporada con el Villarreal. Román rechazó la posibilidad.  Años después reconocería públicamente que fue una de las pocas decisiones de su carrera de las que llegó a arrepentirse.

También existieron versiones persistentes sobre el interés del Real Madrid y otros gigantes europeos, pero ninguna de esas propuestas logró apartarlo de Argentina. Para muchos futbolistas, aquellas ofertas representaban la oportunidad de ganar más dinero y alcanzar una fama todavía mayor.

Para Riquelme, en cambio, había algo más importante,  estar cerca de su familia, de sus amigos y de los lugares que sentía propios. Y esa forma de pensar no nació cuando era una estrella. Se había formado mucho antes, durante una infancia marcada por dificultades que terminaron moldeando el carácter que lo acompañaría toda la vida.

Nacido el 24 de junio de 1978 en un hospital de San Fernando, apenas un día antes de que la selección argentina ganara su primera Copa del Mundo. El destino de Román estuvo ligado desde siempre al potrero de Villa San Jorge, una zona muy humilde de Don Torcuato. Siendo el mayor de 11 hermanos en el seno de una familia trabajadora, el dinero no alcanzaba para lujos y las vacaciones eran algo inexistente.

Read More