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JORGE KAHWAGI: THE DISGUSTING TRUTH HE HID FOR MORE THAN 25 YEARS

Una historia que solamente saldría a la luz 25 años después, cuando ya fuera demasiado tarde. Pero eso lo vamos a entender al [música] final. El 10 de octubre de 2001, en la gran carpa de la Ciudad de México, Jorge Kawagi Makari subió por primera vez a un ring profesional. Vestía short blanco con franja dorada. Llevaba una bata con su apellido bordado.

Del otro lado lo esperaba un hombre llamado Perry Williams, un peso crucero estadounidense con récord modesto, traído desde un gimnasio de segunda en Texas. La pelea duró menos de 3 minutos. Jorge lanzó tres golpes. El tercero conectó en la mandíbula. Williams cayó. El referó. [música] Jorge ganó por knockout técnico. La gente aplaudió.

Su padre desde primera fila no se movió, no sonró. Solamente asintió una vez con la cabeza como quien aprueba [música] un trámite. Esa noche Jorge regresó al vestidor con la mano hinchada y los ojos rojos. No de emoción, de algo más difícil de nombrar. Un miembro del equipo de aquella primera pelea años después contaría [música] que cuando todos salieron a celebrar, Jorge se quedó solo en el vestidor, sentado en [música] una banca mirando los guantes en el suelo.

No habló durante 20 minutos. Cuando alguien volvió a buscarlo, nada más dijo, “Ya está, ya empezó.” Esas tres palabras ya [música] está, ya empezó, tienen un peso que vas a entender más adelante. Porque para Jorge esa primera pelea no fue el inicio de una carrera, fue el inicio [música] de una condena.

Existe una grabación de esa noche del 10 de octubre. No es la transmisión oficial de televisión, es una grabación amater capturada desde una cámara de mano que estaba en el rincón opuesto del ring, propiedad [música] del equipo de Williams. Esa grabación nunca se hizo pública, pero existe. Y en los segundos [música] finales, cuando Williams cae a la lona, la cámara por accidente gira hacia el rincón de Jorge y se ve algo que en la transmisión oficial no se ve.

Vamos a volver a esto. Después de aquella noche vino la segunda pelea y la tercera y la cuarta. Entre 2001 y 2005, Jorge subió al ring 11 veces. Ganó las 11. Por knockout todas, ninguno de sus rivales pasó del segundo asalto. Nueve cayeron en menos de 3 [música] minutos. Y eso en el boxeo profesional es algo que no se ve.

Ni Julio César Chávez en sus mejores años tuvo un récord así, ni Salvador [música] Sánchez, nadie. El medio del boxeo mexicano, que es un medio duro, viejo, lleno de gente que lleva décadas viendo peleas en Arenas de Pueblo, empezó a hablar. Primero bajito en los pasillos, en las cantinas, [música] después fuerte, en la televisión, en los periódicos.

La acusación era una sola, [música] repetida hasta el cansancio. Las peleas de Jorge Kawagi estaban compradas. Sus rivales eran boxeadores de cuarta, [música] traídos de quién sabe dónde, pagados para caerse antes del segundo asalto. Y el dinero, claro, salía del bolsillo del padre. David Fightelson lo dijo en televisión nacional.

Otros comentaristas lo repitieron. Un boxeador retirado en un programa en vivo le gritó a Jorge en la cara que era una vergüenza para el deporte. Se agarraron a golpes en el set. Jorge lo noqueó también, pero el daño ya estaba hecho. La etiqueta ya se había pegado. Jorge Kawagi era oficialmente el fraude más conocido del boxeo mexicano y todo el país se tragó esa versión durante más de 20 años.

Pero esa versión, aunque parecía evidente, tenía un agujero. Un agujero que nadie quiso ver en su momento. Un agujero que solamente empezó a tener sentido después. Si las peleas estaban compradas y Jorge era el cómplice principal del fraude, ¿por qué Jorge se veía tan mal cada vez que ganaba? ¿Por qué después de cada knockout se encerraba en el vestidor sin querer hablar con nadie? ¿Por qué un hombre que supuestamente estaba comprando su propia gloria parecía en cada victoria un poco más roto que antes? Hay una imagen que circuló en su

momento, una fotografía tomada al final de la quinta pelea. En la fotografía, Jorge está de pie en el centro del ring. Acaban de levantarle el brazo y mientras todos a su alrededor celebran, él está mirando hacia abajo, hacia el rival caído. Y tiene una cara que no es de campeón. Es la cara de alguien que acaba de hacer algo que no quería hacer.

Esa cara la malinterpretó todo el mundo. Pensaron que era cinismo, pensaron que era arrogancia. Pensaron que era el hartazgo del hombre rico que ya no disfruta lo que tiene. Nadie pensó en lo más obvio, que era miedo. Aquí es donde la historia que te contaron deja de coincidir con la historia real, porque las peleas de Jorge Kawagi sí estaban arregladas.

En eso los críticos tenían razón, pero estaban arregladas por un motivo distinto del que todos creían. Y la persona que las arreglaba no era Jorge, ni siquiera era exactamente su padre. Para entender quién las arreglaba, hay que viajar al año 1987, 14 años antes del debut, cuando Jorge tenía 19 años, cuando estaba terminando la preparatoria, cuando todavía soñaba con ser abogado y con tener una casa de campo con caballos.

Y cuando su padre, sin que nadie lo supiera, estaba al borde de perderlo todo. A finales de los 80, el imperio de Jorge Kahuagi [música] Gastine pasaba por su peor momento. Una serie de inversiones fallidas, un crédito vencido, un socio que se había ido del país con dinero ajeno y dos pagos pendientes a una institución bancaria que estaba a punto de embargar las propiedades principales de la familia.

El padre estaba quebrado, pero no podía permitirse aparecer quebrado. Su negocio, su nombre, sus contactos políticos, todo dependía de la apariencia de solidez. Si la noticia se filtraba, perdía mucho más que dinero, [música] perdía la red entera. Entonces, una tarde de 1987, alguien le presentó a un grupo de hombres.

Hombres con dinero líquido, mucho dinero líquido. Hombres que podían sacarlo del problema en una semana, que no pedían intereses bancarios, que no exigían garantías inmobiliarias, que solamente pedían una cosa, querían un canal, un canal limpio, un canal con cara respetable, un canal por el que pudieran mover dinero sin que el dinero pareciera lo que era.

Y para eso necesitaban un negocio que se viera honesto, un negocio que la gente reconociera, un negocio con luces, cámaras y aplausos. Pero ese acuerdo en 1987 no se cerró del todo. El padre les dio un primer favor, una propiedad puesta a nombre de un tercero, algo menor. El gran favor, el que iba a saldar la deuda completa, [música] lo guardaron para más adelante, cuando lo necesitaran, cuando tuvieran el plan listo.

Y ese plan 14 años después llegó con un nombre, un nombre con apellido reconocible, un hombre con cuerpo de atleta, un nombre que la gente iba a aplaudir en la televisión nacional, Jorge Kawagi Makari. Por eso lo metieron al ring. No fue capricho del padre, no fue ego, no fue construirle una marca al [música] hijo, fue saldar la deuda. 12 peleas, 12 operaciones de lavado.

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