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Rechazada Del Rancho Tras La Muerte De Su Madre, Regresó… Y Encontró Al Viejo Contador Esperándola

Habían pasado 7 años sin una llamada, sin un mensaje, sin ninguna señal de que aquella mujer se acordara de que existía. Y de repente una carta de notario, había dos posibilidades, pensó. O la llamaban para darle algo o la llamaban para pedirle que firmara algo, que le quitara cualquier derecho que pudiera tener sobre cualquier cosa.

La segunda opción le parecía más probable, pero fue de todas formas. Rodrigo Castellanos. Estaba parado en la entrada de la casa principal cuando Elena llegó al patio. Tenía 53 años. El mismo bigote oscuro de siempre, aunque ahora con algunas canas, y la misma expresión de hombre que considera que el mundo le debe algo permanente en la cara.

La vio llegar y no dijo nada por un momento. La miró de arriba a abajo como si estuviera calculando cuánto había cambiado y si eso representaba algún problema. “Viniste”, dijo finalmente. “Me mandaron llamar”, dijo Elena. “Mi madre te mandó llamar. Yo no tuve nada que ver. Ya sé.” Rodrigo apretó la mandíbula.

dio un paso a un lado para dejarla pasar y Elena entró a la casa sin mirarlo. El olor era el mismo. Madera vieja, café de olla, algo de tierra húmeda que venía de algún lado que nunca habían logrado identificar. Elena lo respiró despacio y sintió algo que no esperaba sentir, algo parecido a casa.

Lo dejó pasar sin darle más importancia de la que merecía. Doña Remedios estaba en la sala, sentada en su sillón de siempre junto a la ventana que daba al patio. Tenía una cobija sobre las piernas, aunque no hacía frío. Estaba más delgada que la última vez que Elena la había visto. Y había algo en sus ojos, una opacidad suave que sugería que los años habían pesado.

Pero cuando levantó la vista y vio a Elena en el umbral, algo en esa mirada se encendió. “Mía, dío.” Elena sintió que algo en el pecho se le apretaba. No dijo nada. Se acercó despacio, se agachó junto al sillón y dejó que la anciana le tomara la mano entre las suyas. “Ya llegaste”, dijo doña Remedios, “como si hubiera estado esperando eso desde hacía mucho tiempo.

Aquí estoy, doña Remedios, siéntate. Tenemos que hablar.” Rodrigo se había quedado parado en el umbral de la sala. Elena podía sentir su presencia sin necesidad de voltear. Doña Remedio sí volteó a verlo y con un gesto de la mano, seco y sin adorno, le indicó que se fuera. Rodrigo dudó un segundo, luego salió.

La anciana esperó a que sus pasos se alejaran por el corredor antes de hablar. Estoy enferma, dijo sin rodeos. El médico dice que me queda poco tiempo. No sé cuánto, meses, tal vez, quizás menos. Elena no respondió de inmediato. Miró las manos de la mujer, las venas marcadas, los nudillos gruesos del trabajo de toda una vida. Lo siento dijo.

No vengo a que me des el pésame todavía, dijo doña Remedios. Y en su voz había algo de ese humor seco de siempre que a Elena le había parecido siempre más tranquilizador que cualquier palabra amable. Vine a arreglar lo que dejé sin arreglar. Y lo que dejé sin arreglar eres tú. Elena levantó la vista. Yo, cuando Rodrigo te corrió, yo no estaba.

Ya sé lo que pasó. Me tardé en enterarme, pero me enteré. Y para cuando lo supe, ya habías desaparecido. Y él me dijo que habías decidido irte sola, que no querías volver, que ya tenías tu vida en Guadalajara. El silencio que siguió fue de los que tienen peso. ¿Y usted le creyó?, preguntó Elena y su voz salió más quieta de lo que esperaba.

Sí, dijo la anciana. Y eso es lo que no me perdonó. Elena soltó el aire despacio. No dijo nada. Tengo que mostrarte algo. Dijo doña Remedios. Se movió en el sillón con ese esfuerzo visible de quien ya no confía del todo en su propio cuerpo. Y señaló la cómoda que estaba junto a la ventana, el cajón de abajo, el que tiene la llave de cobre.

Elena se levantó, encontró el cajón, encontró la llave pequeña que estaba encima de la Biblia que siempre había estado encima de la cómoda. Abrió. Adentro había una carpeta de cartón amarillo de esas que se atan con un cordón. La sacó y se la llevó a doña Remedios, pero la anciana negó con la cabeza. Ábrela tú.

Elena desató el cordón y abrió la carpeta. Adentro había varios documentos. El primero era una hoja membretada con el nombre del notario. Lo leyó despacio, lo leyó de nuevo. Era un testamento, o más precisamente era una modificación al testamento existente de remedios castellanos, firmada hacía 4 meses, autenticada ante notario, con todos los sellos en orden.

En ese testamento, doña Remedios le dejaba a Elena Reyes la parcela del rancho conocida como el aguacatillo, 12 haáreas. en el lindero oriente de la providencia, con el pozo de agua que las atravesaba y la casita de adobe que su esposo había construido cuando eran jóvenes y que desde hacía 20 años nadie habitaba. Elena leyó el párrafo dos veces, tres veces.

Levantó la vista. Doña Remedios, deja que termine, dijo la anciana. Hay más cosas que tienes que saber. Lo que siguió fue una conversación de casi dos horas que Elena no esperaba y que la fue golpeando por partes, como esas lluvias de Jalisco que empiezan despacio y de repente ya no puedes ver a 3 m de distancia.

Doña Remedios le explicó que cuando Consuelo Reyes, la madre de Elena, murió, no murió sin nada. Había trabajado 20 años en la providencia y doña Remedios, en un acto que nunca había hecho público, le había ido guardando una parte proporcional del valor del rancho en una cuenta separada. No era una deuda, era un reconocimiento.

Consuelo había contribuido a que ese rancho funcionara durante dos décadas y la anciana consideraba que eso tenía un valor, que debía honrarse de alguna manera. Cuando Consuelo murió, ese dinero quedó en suspenso. Doña Remedios había hablado con don Benigno Salcedo sobre cómo transferírselo a Elena cuando fuera mayor de edad, pero los años pasaron y la vida del rancho siguió y ella fue aplazando esa conversación una y otra vez.

Y cuando Rodrigo corrió a Elena, doña Remedios no supo de inmediato que el dinero seguía ahí esperando. ¿Cuánto?, preguntó Elena en voz baja. Doña Remedios le dio un número. Elena no dijo nada por un momento. Fuera, en algún lugar del patio, se escuchó a uno de los caballos moverse. Ese dinero es tuyo dijo doña Remedios. Siempre fue tuyo.

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