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Cruzó el río sola para llegar a su padre… lo que encontró al otro lado nadie lo esperaba

Así que fue por partes, un camión hasta Linares, otro hasta Hidalgo, después un colectivo que la dejó en un crucero de terracería, donde le dijeron que había otro transporte los martes y los jueves. Era lunes. Caminó. No lo pensó como una decisión dramática, lo pensó como la única opción disponible. Y cuando algo es la única opción disponible, el cerebro deja de procesarlo como una elección y empieza a procesarlo como una instrucción.

Sus pies sabían lo que tenían que hacer. El camino iba al sur. Ella también durmió la primera noche bajo un mezquite enorme, enrollada en la chamarra de mezclilla que había metido a última hora porque algo le dijo que la iba a necesitar. durmió la segunda noche en el portal de una tienda cerrada con el letrero de Coca-Cola como único techo y los coyotes ladrando a lo lejos con esa indiferencia que tienen los animales nocturnos hacia los problemas humanos.

Al mediodía del tercer día llegó al río, cruzó el agua le llegó a la cintura en el punto más profundo y la corriente empujaba, pero no tumbaba. Y ella avanzó paso a paso con los pies, buscando las piedras más firmes del fondo, con la mochila en alto y los dientes apretados contra el frío.

Cuando llegó al otro lado, se sentó en la orilla y esperó a que las manos dejaran de temblar. Tardó 10 minutos, luego se puso de pie, se acomodó la mochila y siguió. Media hora después vio el rancho. Estaba en la falda de un cerro bajo, cercado de nopaleras y con un portón de madera vieja que estaba abierto. La casa era grande y de adobe, con el reboque descascarado en algunas partes y las ventanas cubiertas con tela de mosquito, que el viento movía desde adentro.

Había un hombre trabajando junto a una pila de leña. Tenía el cabello oscuro con algunas canas en las cienes, la espalda ancha de quien ha cargado cosas toda la vida y no la había visto llegar todavía. Elena se detuvo en el portón. Llevaba el pelo pegado a la cara por el agua del río, los zapatos chorreando, la ropa empapada hasta las rodillas.

Debía verse exactamente como lo que era, alguien que venía de lejos y que no había tenido la suerte de encontrar un camino fácil. El hombre levantó la vista cuando la oyó entrar por el portón. La miró sin moverse, con el hacha todavía en la mano, con esa expresión de los hombres que viven solos y han aprendido a evaluar antes de hablar.

Se llamaba Santiago Reyes. Tenía 39 años y había heredado ese rancho de su abuelo 6 años atrás, junto con las deudas y las tierras de agostadero, y el silencio enorme de una casa que su abuelo llenaba con su sola presencia y que desde su muerte estaba llena nada más de cosas. Criaba ganado, cultivaba un poco, vendía leche a las familias de elegido más cercano.

Era una vida autosuficiente en el sentido exacto del término. Suficiente para uno, calculada para uno, sin excedente para nadie más. Elena explicó su situación sin preámbulo, porque no tenía energía para preámbulos. Venía de Monterrey, iba a Loma del Viento, al sur de Tamaulipas. Le habían dicho que por aquí había un camino. Llevaba tres días caminando.

Necesitaba agua, si era posible y si él podía indicarle la ruta. Santiago la escuchó hasta el final. Luego miró sus zapatos empapados. Luego miró el cielo, donde las nubes del norte empezaban a acumularse con esa densidad que en esa región anunciaba lluvia para la noche. Dijo que pasara, no dijo más, solo eso. Y entró a la casa sin esperar respuesta, como si la invitación fuera un hecho y la conversación sobre si ella aceptaba o no fuera un trámite innecesario.

Elena tardó un segundo, luego cruzó el patio. La cocina olía a café recién hecho y a madera quemada. Había una mesa larga con cuatro sillas, cazuelas colgadas en orden de mayor a menor, un radio de pilas sobre el refri que estaba encendido en una estación de noticias con el volumen bajo. Santiago puso una olla al fuego sin decir nada, sacó tortillas de un trapo de cocina y las puso directamente sobre el comal.

No preguntó si tenía hambre porque era evidente. Elena se sentó en la silla que quedaba más cerca de la estufa porque necesitaba el calor. Santiago sirvió frijoles negros con queso desmoronado encima y un vaso de agua fresca que a Elena le supo a lo mejor que había tomado en años. comió despacio, aunque el hambre le exigía lo contrario.

Él bebió café de pie, apoyado en el fregadero, mirando hacia el patio donde el viento ya empezaba a mover las ramas del juizche no hablaron durante esa primera comida. Y eso extrañamente no fue incómodo. Fue como el silencio de dos personas que reconocen que no se deben nada todavía y que eso está bien. Cuando terminó, Elena le preguntó dónde podía tender la ropa a secar.

Santiago señaló hacia el patio con el mentón. Afuera había una cuerda entre dos postes. Elena extendió su ropa sin hacer más preguntas y cuando volvió a la cocina encontró que Santiago le había dejado una cobija doblada sobre la silla y una playera vieja de su talla aproximada, de esas que uno guarda sin saber bien por qué, se la puso.

Era demasiado grande, pero estaba seca, que era lo único que importaba. Por la tarde llovió exactamente como el cielo había prometido, una lluvia tupida y directa que convirtió el patio en un espejo y el sonido del rancho en un tamborileo constante sobre el techo de lámina. Elena se quedó en el corredor mirando llover con la cobija sobre los hombros, pensando en su padre, pensando en cómo estaba, si podía hablar, si la reconocería cuando llegara.

Santiago apareció con dos tazas de té de canela y se sentó en la silla a su lado sin pedirle permiso para estar ahí, de la misma manera que uno se sienta en su propia casa, porque es su propia casa. Le ofreció la taza. Elena la tomó con las dos manos. Él fue el primero en hablar esa vez. le preguntó de elegido al que iba.

Cuando ella dijo el nombre, él frunció el seño levemente, como buscando una referencia. Dijo que conocía la región, que una vez había llevado ganado hasta por ahí, que el camino no era imposible, pero tampoco era sencillo, que había un tramo después de la sierra que se ponía complicado cuando llovía, porque la terracería se convertía en pura arcilla.

Elena lo miró y le preguntó cuánto tiempo le tomaría a pie. Santiago estudió el horizonte gris unos segundos antes de responder. Le dijo que a pie con ese tiempo, probablemente tres días más, que había una parte del camino que era fácil perderse si no se conocían los cerros, que en la zona había arrieros que cruzaban cada semana, que si ella podía esperar uno o dos días, él podía averiguar si alguien iba en esa dirección y podía llevarla.

Elena pensó en su padre en cama, en su madre sola, en los días que ya llevaba fuera y los que todavía le faltaban. Santiago debió ver algo en su expresión, porque agregó, sin que ella preguntara, que el cuarto del fondo estaba libre, que la lluvia no iba a parar esa noche y que era más sensato salir con buen tiempo que perderse en la sierra de madrugada.

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