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Una silla de ruedas oxidada se rompía cada vez que movían al pequeño, pero él seguía llegando a clases con una sonrisa; la maestra prometió “encontraremos una solución”, aunque ni siquiera imaginaba quién terminaría leyendo su súplica.

Su nombre era María Elena Vargas. Durante 23 años había sido la única maestra de la escuela rural La Esperanza, en un pequeño pueblo de Boyacá que ni siquiera aparecía en los mapas oficiales de Colombia. Había visto pasar tres generaciones de niños por su aula de madera y tejas de barro. Había enseñado a leer a hijos de campesinos que nunca habían pisado una biblioteca. Había sido enfermera, psicóloga, madre y guía para cientos de pequeños olvidados por el Estado.

Pero el 15 de marzo de 2023, cuando Santiago Martínez llegó a su escuela en una silla de ruedas hecha con tubos oxidados y llantas de bicicleta, María Elena decidió hacer algo que nunca había hecho en su vida: escribirle una carta al presidente de la República. Esa carta de 3 páginas, escrita a mano con bolígrafo azul, desataría la movilización social más emotiva en la historia reciente de Colombia.

La escuela rural La Esperanza quedaba a 4 horas en mula desde el pueblo más cercano. Era un salón de 6 por 8 m, con piso de cemento agrietado, paredes de ladrillos sin pintar y un techo de tejas que goteaba cuando llovía. No había baños dignos. El agua llegaba una vez por semana en un camión cisterna y la luz eléctrica funcionaba solo 4 horas al día gracias a un generador comunitario.

En esa aula, María Elena atendía simultáneamente a 32 niños de seis veredas diferentes, desde primero hasta quinto de primaria. Algunos caminaban 2 horas cada mañana para llegar a clase.

Era marzo de 2023 cuando don Rigoberto Martínez, un campesino de 45 años con las manos curtidas por el trabajo de la tierra, llegó a la escuela cargando en brazos a su hijo Santiago.

—Profesora —le dijo con voz quebrada—, mi niño quiere estudiar. Tiene 8 años y nunca ha pisado un salón de clases. No puede caminar, pero es muy inteligente.

Santiago tenía parálisis cerebral desde el nacimiento. En 8 años de vida, nunca había salido de su vereda. Su única silla de ruedas era una construcción artesanal que su padre había hecho con tubos de hierro oxidado, llantas pinchadas de bicicleta y una tabla de madera como asiento.

El primer día de Santiago en la escuela fue un momento que María Elena recordaría toda su vida. Don Rigoberto lo trajo cargado porque la silla no podía rodar sobre la tierra irregular del patio. Lo sentó en uno de los pupitres de madera, improvisado para su tamaño.

Santiago tenía los ojos más brillantes que María Elena había visto jamás. A pesar de no poder hablar claramente debido a su condición, se las ingeniaba para comunicarse con gestos, sonidos y una sonrisa que iluminaba todo el salón.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la maestra.

—Santia —logró articular con un esfuerzo enorme.

—¿Te gusta estar aquí, Santiago?

El niño asintió con una emoción tan pura que varios de sus compañeros comenzaron a llorar sin entender por qué.

María Elena se dio cuenta inmediatamente de 2 cosas: Santiago era extraordinariamente inteligente y la escuela no tenía ni una sola condición para atender a un niño con discapacidad. El baño estaba fuera del salón y no había rampas de acceso. Los libros estaban en un estante alto que Santiago nunca podría alcanzar. Su silla artesanal se desarmaba cada vez que alguien intentaba moverla.

Pero lo que más le partió el corazón a María Elena fue ver cómo Santiago luchaba cada día contra las limitaciones físicas del entorno, sin perder jamás su sonrisa ni sus ganas de aprender.

Durante las primeras 3 semanas, María Elena se las ingenió para adaptar la enseñanza a Santiago. Le bajaba los libros del estante, lo cargaba para llevarlo al baño y modificó su metodología para que él pudiera participar desde su pupitre.

Santiago demostró rápidamente que su discapacidad física no afectaba en nada su capacidad intelectual. En 2 semanas había aprendido todas las vocales. En 1 mes estaba leyendo palabras completas.

Pero la silla de ruedas artesanal se deterioraba día a día. Los tubos oxidados comenzaban a quebrarse, las llantas pinchadas ya no rodaban y el asiento de madera se había partido por la mitad. Don Rigoberto venía cada mañana a cargar a Santiago hasta el pupitre y cada tarde a cargarlo de vuelta a la casa. Pero María Elena sabía que esa situación no era sostenible.

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