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Alexandra Feodorovna: La Ejecutaron con sus 5 Hijos… y Nadie la Salvó

Esa noche, Nicolás escribe, “Me gusta mucho Alix de Hess.” Cinco palabras. Para un joven educado en la contención, en el silencio, en el terror reverencial hacia un padre que mide casi 2 met y puede doblar una herradura con las manos, esas cinco palabras son prácticamente una declaración de amor. Alex, por su parte, no dice nada, pero guarda un pequeño broche que Nicolás le regaló durante la fiesta.

Un detalle insignificante, un gesto que cualquiera olvidaría. Ella lo guardará durante 10 años hasta el día de su boda. Y aquí comienza la historia de amor que va a encender un imperio y luego reducirlo a cenizas. ¿Desde dónde nos estás viendo? Ate, cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Pasan los años. Alex crece entre los salones de la abuela Victoria y la tranquilidad provinciana de Darmstad. Se convierte en una joven alta, elegante, con una belleza que los que la conocen describen como imponente. No es la belleza dulce y accesible de las princesas de cuento. Es una belleza que corta, que intimida, que no sonríe cuando se supone que debe sonreír.

Los pretendientes se presentan. El más importante es el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto mayor de Victoria. Y segundo, en la línea de sucesión al trono británico, Victoria quiere ese matrimonio. La Corte lo quiere. Sería perfecto para la política, para las alianzas, para el equilibrio de poder europeo.

Pero Alex dice que no, sin explicaciones largas, sin drama, simplemente dice que no. Y cuando la abuela Victoria insiste, Alex la mira con esos ojos grises que heredó de su madre muerta y no cambia de opinión porque Alex ya sabe lo que quiere. Lo que quiere está a miles de kilómetros en un palacio helado, al otro lado de un continente que se prepara sin saberlo, para la guerra más sangrienta que la humanidad haya conocido.

Nicolas y Alex se reencuentran varias veces a lo largo de esos años. Siempre en bodas reales, siempre en ceremonias donde la etiqueta impide las conversaciones sinceras, siempre bajo la mirada vigilante de docenas de familiares que tienen planes diferentes para cada uno de ellos. Nicolás está cada vez más enamorado. Le escribe cartas que guardas sin enviar.

Habla de ella con sus hermanas, dibuja su inicial en los márgenes de sus cuadernos, pero hay un obstáculo que parece insuperable. No es político. Dos milito, es religioso. Para casarse con el heredero al trono de Rusia, Alex tiene que convertirse a la fe ortodoxa rusa. Tiene que renunciar a la religión en la que la educaron, la religión de su madre muerta, la religión de su abuela Victoria, la fe anglicana que es parte de su identidad más profunda.

Y Alic se niega. Con la misma terquedad con la que rechazó al príncipe británico, rechaza ahora la idea de cambiar de fe. Le parece una traición, no a una institución, a su madre, a lo que su madre le dejó antes de morir. Nicolás insiste. Sus padres El Sar Alejandro Io, un gigante de casi 2 met con brazos capaces de doblar barras de hierro.

Y la emperatriz María Feodorovna, una danesa pequeña pero feroz que domina la corte con la precisión de un relojero suizo. No quieren ese matrimonio. María piensa que Alex es rígida, demasiado seria, demasiado alemana para un pueblo que necesita calidez. Alejandro prefiere una alianza con la casa real francesa, que tendría más peso geopolítico que un ducado minúsculo del centro de Alemania.

Pero Nicolás, por primera y quizás única vez en toda su vida, desafía la voluntad de su padre. le dice con una firmeza que nadie le conocía, que se casará con Alex o que no se casará con nadie, que está dispuesto a renunciar al trono si hace falta, que sin ella nada tiene sentido. Alejandro cede, no porque las palabras de su hijo lo conmuevan, sino porque su cuerpo se está rindiendo y empieza a sospechar que el tiempo que le queda se mide en meses, no en años.

En abril de 1894, durante una reunión familiar en el castillo de Coburgo, Nicolás le propone matrimonio a Alix. Ella llora durante horas. Llora de alegría, de miedo, de culpa por abandonar la fe de su madre muerta, de vértigo ante el futuro que acaba de aceptar. Pero acepta. Acepta convertirse a la ortodoxia rusa.

Acepta cambiar su nombre para siempre. Deja de ser Alex de Jesut Alexandra Feodorovna y Nicolás le regala un collar de perlas rosas que ella llevará puesto todos los días de su vida, incluyendo el último. Pero lo que debería haber sido el inicio de un cuento de hadas se transforma casi de inmediato en un presagio de destrucción porque el sar Alejandro I se está muriendo en octubre de 1894, apenas 6 meses después del compromiso.

Alejandro Io muere en el palacio de Livia en Crimea. Tiene 49 años. Una nefritis crónica, una enfermedad renal que los doctores no supieron diagnosticar a tiempo, destruye sus órganos en cuestión de semanas. El hombre más poderoso de Europa, el gigante que podía doblar herraduras con las manos desnudas, se apaga como una vela.

y su hijo Nicolás, con 26 años, sin ninguna preparación real para gobernar, se convierte en sar de todas las Rusias, dueño de un territorio que se extiende del Báltico al Pacífico, gobernante de 130 millones de personas que hablan decenas de lenguas diferentes, comandante supremo de un ejército de millones de soldados que esperan sus órdenes y está aterrorizado.

Según testimonios de personas cercanas, Nicolás le confiesa a un primo esa misma noche, no sé nada de gobernar. ¿Qué va a hacer de Rusia? No quería esto. No estaba listo para esto. Son las palabras de un hombre que acaba de recibir el puesto más poderoso y más peligroso del planeta y que sabe con una lucidez desgarradora que muchos confundirán con debilidad, que no está a la altura.

Alexandra llega a Rusia siguiendo un ataúd literalmente. Su primer acto oficial como futura emperatriz es caminar detrás del cortejo fúnebre de Alejandro Io por las calles heladas de San Petersburgo. Millones de rusos la ven por primera vez vestida de negro, el rostro pálido, sin sonreír, con una expresión que parece de hielo, pero que en realidad es de terror absoluto.

Y el pueblo murmura un dicho que va a resultar profético. Ella llega detrás de un ataúd, trae la desgracia. Se casan el 26 de noviembre de 1894, apenas un mes después del funeral. La ceremonia en la catedral es grandiosa. Los muros relucen de oro. Los coros cantan himnos que hacen vibrar los vitrales.

La novia lleva un vestido de brocado de plata que pesa más de 15 kg y una corona de diamantes que le marca la frente durante horas. Pero la alegría está ausente. El luto todavía flota en el aire del palacio como un perfume rancio que nadie puede limpiar. Alexandra escribe en su diario esa noche. Por fin unidos para siempre. Nicki y yo, pero también escribe algo más que tiene miedo.

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