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Sara Aldrete “La Narcosatánica”: Así Vive Hoy Tras 37 Años En Prisión a los 61 Años

Lo que parecía ser una extraña ceremonia religiosa terminó en una masacre que conmovió al mundo. Entre los acusados apareció una joven sencilla y de aspecto amigable. Su nombre es Sara Aldrete y por su relación con el líder del culto la llaman la bruja de Matamoros. Había una joven en Matamoros, Tamaulipas, que lo tenía todo calculado.

Era alta, casi 1,85 m, rubia con una beca, dos idiomas y un futuro que parecía imposible de torcer. Daba clases de tenis dentro del campus, practicaba danza, cruzaba la frontera como quien cruza la calle. Sus profesores la admiraban, sus compañeros la buscaban. A los 23 años, Sara María Aldrete Villarreal era exactamente el tipo de persona que los demás señalan como ejemplo.

Hoy en 2026 tiene 61 años y lleva 37 encerrada en un penal femenil de la Ciudad de México. Algo pasó entre esos dos momentos y eso es lo que vamos a contarte hoy. Hoy te vamos a contar el caso de Sara Aldrete, quién era antes de convertirse en la narcosatánica. ¿Cómo fue capturada? ¿Qué ocurrió durante sus primeras horas detenida? ¿Cómo ha sobrevivido 37 años en prisión? ¿Y cómo vive hoy dentro del penal de Tepepan? ¿Qué hace? ¿Quién la visita? ¿Cuál es su estado de salud? ¿Y si existe alguna posibilidad real de que algún día recupere la libertad? Quédate hasta el

final porque vamos a mostrarte la realidad actual de Sara Aldrete, las enfermedades que enfrenta, la polémica que rodeó su traslado lejos de sus médicos y el escenario que podría esperarle si algún día vuelve a cruzar la puerta de una prisión. Una historia mucho más compleja de lo que parece. Suscríbete al canal si quieres conocer la vida real dentro de prisión de famosos, narcos, políticos y personajes que alguna vez estuvieron bajo los reflectores y que hoy enfrentan el paso del tiempo entre rejas. Para entender

cómo una persona termina cumpliendo 50 años de condena, primero hay que entender de dónde venía. Sara María Aldrete Villarreal nació el 6 de septiembre de 1964 en Matamoros, Tamaulipas. Matamoros es una ciudad fronteriza pegada a Brownsville, Texas, dividida por el río Bravo. Crecer ahí significa vivir entre dos mundos desde el primer día.

La cultura mexicana del lado sur y la presencia constante del lado americano a pocos minutos de distancia. Sara creció con esa dualidad como parte normal de su vida y la aprovechó mejor que la mayoría. Desde joven, Sara destacó en todo lo que hacía. Fue a la preparatoria en Brownsville, Texas, cruzando la frontera todos los días. Luego consiguió el estatus de residente extranjera que le permitió inscribirse en la Universidad de Texas Southmost.

También en Brownsville estudiaba educación física con miras a certificarse como maestra y en paralelo cursó antropología social. No era una estudiante promedio. Era conocida entre sus compañeros como alguien brillante, con liderazgo natural, capaz de hacer que las personas a su alrededor la siguieran sin que ella lo pidiera.

Tenía una beca, daba clases de tenis dentro del campus, practicaba danza, era en todos los sentidos visibles una persona con futuro. A los 23 años, en 1987, Sara seguía siendo esa persona. Vivía entre Matamoros y Brownsville. Tenía amigos en ambos lados de la frontera. Sus profesores hablaban bien de ella y su plan era terminar la carrera y dedicarse a la educación.

Ese año, según la versión que ella misma ha contado en entrevistas y en su libro, tuvo un incidente de tránsito en Matamoros con un hombre que no conocía. Ese hombre era Adolfo de Jesús Constanzo, un encuentro de segundos en una calle de Tamaulipas. Si en ese momento Sara Aldrete, probablemente hoy sería una maestra de educación física que nadie conoce.

Con ese momento se convirtió en la narcosatánica. Quédate porque lo que pasó en esos dos años entre que Sara conoció a Constan y el momento en que la policía llegó al rancho Santa Elena es la parte que define todo lo demás. Y hay detalles de cómo funcionaba ese grupo que muy pocos conocen. Eso viene ahora. Adolfo de Jesús Constanzo era un ciudadano estadounidense nacido en Miami, hijo de cubanos refugiados.

Desde joven había sido iniciado en el Palo Mayombe, un culto de origen africano que su madre practicaba. Con los años, Constan fue construyendo su propia versión del culto, mezclando elementos de la santería, rituales aztecas y prácticas propias que incluían sacrificios. Para cuando llegó a Matamoros, a mediados de los años 80, ya era el líder de un grupo que combinaba esas prácticas con el narcotráfico.

Era carismático, intimidante y tenía una probabilidad particular para identificar a personas con influencia social y reclutarlas. Sara fue uno de sus reclutamientos más exitosos. El proceso por el que Constan integró a Sara al grupo no fue inmediato, fue gradual, calculado. Primero la atrajo con el misticismo del Palo Mayombe, un culto que Sara desconocía y que le generó curiosidad genuina.

Ella había hecho una tarea universitaria sobre religiones y se había interesado en la santería sin encontrar información fácilmente. Constan abrió esa puerta, luego la fue involucrando en el círculo más cercano. Le dio un rol, un título, un lugar dentro de la estructura. la nombró la madrina, la segunda figura de autoridad del grupo.

Eso significaba que cuando Constan estaba, ella supervisaba a los demás miembros, los llamados aados. Esa posición que sonaba a privilegio sería exactamente lo que la terminaría hundiendo. El grupo que construyó Constanso operaba en dos niveles al mismo tiempo. Por un lado era un culto con rituales, con jerarquías internas, con un lenguaje propio y con la creencia de que las prácticas del Palo Mayombe les daban protección sobrenatural en sus actividades ilegales.

Por el otro era un brazo armado de una organización de narcotráfico en la frontera Tamaulipeca, dedicada principalmente al trasciego de marihuana hacia Estados Unidos. Los miembros creían que los rituales los hacían invisibles para la ley, que nada podía tocarlos mientras siguieran las prácticas que Constan dictaba. Esa mezcla de criminalidad y misticismo fue lo que dio al caso su dimensión más perturbadora.

Cuando salió a la luz, las actividades del grupo se desarrollaban en el rancho Santa Elena, un predio ubicado en las afueras de Matamoros. Ahí Constanaba los rituales en torno a Langanga, un caldero de hierro de gran tamaño que era el elemento central del culto y donde se depositaban elementos usados en las ceremonias. Al mismo tiempo, el rancho funcionaba como bodega de droga y armas.

Las prácticas del grupo fueron adquiriendo un carácter cada vez más extremo. Según las investigaciones, las autoridades establecerían después que en ese rancho fueron asesinadas al menos 13 personas de manera ritualizada con sus restos usados en las ceremonias del grupo. Sara como la madrina era parte de esa estructura de manera constante y activa según la acusación judicial, lo que la justicia mexicana determinó sobre el rol específico de Sara dentro del grupo es uno de los puntos que ella ha disputado toda su vida. Los procesos judiciales la

condenaron por homicidio, inumación, exumación y profanación de cadáveres, entre otros delitos. Sara, en cambio, ha dicho siempre que acepta haber estado vinculada al grupo y a Constano, que acepta haber participado en visitas a cementerios y en algunos rituales, pero que no participó directamente en los homicidios.

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