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SILVIA PINAL: El PACTO SUCIO con TULIO HERNÁNDEZ… y la HIJA que DESTRUYÓ en VIDA.

28 de noviembre de 2024, Hospital Médica Sur, Ciudad de México.  No hay cámaras dentro de la habitación. No hay aplausos. No hay vestido de lentejuelas. Solo una cama, un respirador y una mujer de 93 años, cuyo corazón se detiene mientras dos de sus hijas se encuentran del otro lado de la puerta sin atreverse a hablarse,  afuera las cadenas de noticias preparan los homenajes.

Los productores de Televisa repiten frases ensayadas y el país entero se prepara para llorar a la última gran diva del cine de oro mexicano. Pero lo verdaderamente inquietante no ocurre esa noche. Ocurre en los días siguientes, cuando los abogados abren los testamentos, cuando los notarios revisan los documentos,  cuando empiezan a aparecer nombres que llevaban 40 años escondidos en cajones cerrados con llave.

Y entre todos esos nombres hay uno que aparece una y otra vez. Un nombre que la propia Silvia se negó a pronunciar durante décadas. Un nombre que cambió todo. Tulio Hernández. 52 años antes,  en 1972, esa misma mujer caminaba sobre la alfombra roja del festival  de canes con un vestido de seda blanco diseñado especialmente para ella.

Tenía 40 años. Era la única actriz mexicana viva con tres películas en la lista oficial de obras maestras del cine universal. Luis Buunuel, el genio español  al que le tenían miedo hasta los directores europeos, la había convertido en su musa absoluta, viridiana en 1961, El ángel Exterminador en 1962, Simón del Desierto en 1965.

Tres  películas, tres premios internacionales, tres consagraciones definitivas. Cuando Silvia Pinal entraba a un cuarto en aquella época, los hombres más poderosos del cine, de la política y de los negocios se ponían de pie. Cuando hablaba, el silencio  caía como un manto. Era reina, era diva, era intocable.

Pero detrás de esa imagen perfecta había algo que ella misma nunca quiso mirar de frente. Una  decisión tomada en silencio, una alianza pactada lejos de los reflectores, una herida abierta que terminaría destruyendo a la persona que más decía amar. Su hija menor, Alejandra. Hoy vas a descubrir  cuatro cosas que cambian por completo lo que muchos creían saber sobre Silvia Pinal.

Primero, como una mujer nacida en Guaimas, sonora en 1931, criada por una madre soltera que limpiaba  casas ajenas, terminó construyendo el imperio más sólido de la televisión mexicana y convirtiéndose en la única actriz capaz de sentarse en la silla del Senado de  la República. Segundo, ¿qué ocurrió realmente entre 1982  y 1995 cuando un gobernador acusado de uno de los casos de corrupción más escandalos del estado de Talaxcala  se convirtió primero en su amante secreto, después en su esposo público y finalmente en el padre de su última hija

mientras la prensa nacional miraba para otro lado por orden expresa del poder. Tercero, ¿quién es realmente Alejandra Guzmán?  ¿Qué pasó dentro de esa casa de la colonia Tlacopac? cuando era niña, por qué su relación con su madre nunca volvió a sanar y qué papel jugó Tulio Hernández en la fractura que ninguna terapia pudo cerrar.

Y cuarto, cómo el dinero, los contactos políticos, los favores cobrados y los silencios comprados permitieron que esta historia se mantuviera enterrada durante cuatro décadas, mientras Silvia Pinal recibía homenajes, presidía premios y hablaba en cámara de los valores de la familia mexicana.

En este video verás documentos del Senado de la República, declaraciones judiciales del caso Traxcala,  entrevistas que la propia Alejandra dio entre lágrimas, registros notariales de propiedades que cambiaron de nombre demasiado rápido y  los testimonios de personas que estuvieron cerca cuando todo se rompió. Pero para entender cómo nació este pacto, primero hay que volver al principio.

Porque para entender por qué una madre puede enterrar a su hija en  vida sin levantar un solo dedo, primero hay que entender de qué estaba hecha esa madre. Todo comenzó el 12 de septiembre de 1931 en Guaimas, Sonora, en una casa modesta a pocas cuadras del puerto, donde el calor seco entraba por las ventanas sin cortinas y los olores del mar se mezclaban con los del aceite  barato.

Aquella niña que nació esa mañana llegó al mundo con un nombre que sonaba a  sentencia, María Silvia Pinal Hidalgo. Su padre era un periodista veracruzano llamado Moisés Pasquel,  un hombre que apenas alcanzó a sostenerla en brazos antes de desaparecer de su  vida para siempre. Su madre, María Luisa Hidalgo, una joven sonorense con apenas 22 años, quedó sola, embarazada y sin un  peso.

Lo que vino después fue una sucesión de mudanzas, de techos prestados, de tías que recibían a la madre y a la niña por unas semanas hasta que la incomodidad se volvía insostenible.  Cuando Silvia tenía 4 años, su madre se casó con un hombre llamado Luis Pinal Sánchez.  Ese matrimonio le dio a la niña el apellido que el mundo aprendería a venerar, pero también  marcó el inicio de algo más profundo, porque desde ese momento Silvia entendió algo que muy pocas niñas entienden a esa edad.

El amor no se da, se gana,  el cariño no se hereda, se conquista. Y si quería pertenecer, si quería existir, si quería que alguien la mirara, tendría que aprender a actuar. La familia se mudó a la Ciudad de México  cuando Silvia tenía 9 años. La capital de 1940 era una bestia llena de luces, de trambías, de teatros, de pulquerías, de cabarets de iglesias coloniales que convivían con anuncios de neón.

Para una niña sonorense acostumbrada  al silencio del puerto, ese ruido fue revelador. Ahí, entre las calles de la colonia Roma y los cafés de la avenida Madero, Silvia descubrió algo que cambiaría todo. Existía un lugar donde una persona podía dejar de ser quién era  y convertirse en otra. Existía un escenario y ese escenario podía salvarla.

A los 12 años empezó a tomar clases de declamación. A los 14 ya había debutado en la radio leyendo cuentos infantiles.  A los 17 entró al teatro estudiantil bajo la dirección de Salvador Novo. Y a los 19, una noche cualquiera de 1950, un productor  llamado Fernando de Fuentes la vio recitando un poema en una función amateur y decidió que esa muchacha de ojos enormes y voz cristalina iba a ser estrella de cine.

Su primera película fue Bamba en 1949. Apenas un papel secundario, pero bastó.  Bastó porque cuando una niña que creció sintiendo que tenía que ganarse el derecho de existir descubre que la cámara la mira sin pedirle nada a cambio, esa niña no vuelve a salir nunca de frente de una cámara.

Entre 1950 y 1955,  Silvia hizo más de 20 películas. La industria del cine mexicano estaba en su punto más alto. Pedro Infante todavía vivía. Jorge Negrete acababa de morir. María Félix reinaba con la mirada altiva. Y entre todas esas estrellas  consagradas, una jovencita de Guaimas empezó a abrirse espacio no por su talento dramático,  sino por algo más raro, por su disciplina, por una ambición que escondía detrás de una sonrisa coqueta y que solo veían los hombres que firmaban los cheques.

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