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Sara Aldrete “La Narcosatánica”: Así Vive Hoy Tras 37 Años En Prisión a los 61 Años

Con ese momento se convirtió en la narcosatánica. Quédate porque lo que pasó en esos dos años entre que Sara conoció a Constan y el momento en que la policía llegó al rancho Santa Elena es la parte que define todo lo demás. Y hay detalles de cómo funcionaba ese grupo que muy pocos conocen. Eso viene ahora. Adolfo de Jesús Constanzo era un ciudadano estadounidense nacido en Miami, hijo de cubanos refugiados.

Desde joven había sido iniciado en el Palo Mayombe, un culto de origen africano que su madre practicaba. Con los años, Constan fue construyendo su propia versión del culto, mezclando elementos de la santería, rituales aztecas y prácticas propias que incluían sacrificios. Para cuando llegó a Matamoros, a mediados de los años 80, ya era el líder de un grupo que combinaba esas prácticas con el narcotráfico.

Era carismático, intimidante y tenía una probabilidad particular para identificar a personas con influencia social y reclutarlas. Sara fue uno de sus reclutamientos más exitosos. El proceso por el que Constan integró a Sara al grupo no fue inmediato, fue gradual, calculado. Primero la atrajo con el misticismo del Palo Mayombe, un culto que Sara desconocía y que le generó curiosidad genuina.

Ella había hecho una tarea universitaria sobre religiones y se había interesado en la santería sin encontrar información fácilmente. Constan abrió esa puerta, luego la fue involucrando en el círculo más cercano. Le dio un rol, un título, un lugar dentro de la estructura. la nombró la madrina, la segunda figura de autoridad del grupo.

Eso significaba que cuando Constan estaba, ella supervisaba a los demás miembros, los llamados aados. Esa posición que sonaba a privilegio sería exactamente lo que la terminaría hundiendo. El grupo que construyó Constanso operaba en dos niveles al mismo tiempo. Por un lado era un culto con rituales, con jerarquías internas, con un lenguaje propio y con la creencia de que las prácticas del Palo Mayombe les daban protección sobrenatural en sus actividades ilegales.

Por el otro era un brazo armado de una organización de narcotráfico en la frontera Tamaulipeca, dedicada principalmente al trasciego de marihuana hacia Estados Unidos. Los miembros creían que los rituales los hacían invisibles para la ley, que nada podía tocarlos mientras siguieran las prácticas que Constan dictaba. Esa mezcla de criminalidad y misticismo fue lo que dio al caso su dimensión más perturbadora.

Cuando salió a la luz, las actividades del grupo se desarrollaban en el rancho Santa Elena, un predio ubicado en las afueras de Matamoros. Ahí Constanaba los rituales en torno a Langanga, un caldero de hierro de gran tamaño que era el elemento central del culto y donde se depositaban elementos usados en las ceremonias. Al mismo tiempo, el rancho funcionaba como bodega de droga y armas.

Las prácticas del grupo fueron adquiriendo un carácter cada vez más extremo. Según las investigaciones, las autoridades establecerían después que en ese rancho fueron asesinadas al menos 13 personas de manera ritualizada con sus restos usados en las ceremonias del grupo. Sara como la madrina era parte de esa estructura de manera constante y activa según la acusación judicial, lo que la justicia mexicana determinó sobre el rol específico de Sara dentro del grupo es uno de los puntos que ella ha disputado toda su vida. Los procesos judiciales la

condenaron por homicidio, inumación, exumación y profanación de cadáveres, entre otros delitos. Sara, en cambio, ha dicho siempre que acepta haber estado vinculada al grupo y a Constano, que acepta haber participado en visitas a cementerios y en algunos rituales, pero que no participó directamente en los homicidios.

La justicia tuvo dos oportunidades distintas de evaluar esa distinción y en ambas ocasiones la condenó. El debate sobre cuánta era su responsabilidad real sigue abierto en la opinión pública. En el sistema legal está cerrado, pero el caso no explotó por los crímenes del rancho directamente, explotó por una persona, un estudiante universitario estadounidense que cruzó la frontera para pasar sus vacaciones y nunca regresó.

Lo que pasó con él es lo que encendió todo, así que sigue viendo. En marzo de 1989, Mark Kilroy, un estudiante de 21 años de la Universidad de Texas, viajó a Matamoros con amigos para pasar las vacaciones de primavera. Era una práctica común entre estudiantes de las universidades de Texas. Cruzar al lado mexicano, salir, divertirse, regresar.

Killroy desapareció esa noche. Sus amigos lo buscaron, su familia lo buscó. Se convirtió en un caso de persona desaparecida que generó atención en medios de Texas. Las autoridades de ese estado presionaron al gobierno mexicano para que investigara. Ese factor, el hecho de que una de las víctimas fuera un joven estadounidense con familia que tenía acceso político y mediático, fue lo que aceleró todo lo que vino después.

El detonante llegó el 9 de abril de 1989. Dos integrantes del grupo, Sergio Martínez Salinas y David Cna Valdés, pasaron a exceso de velocidad por un puesto policial en Matamoros. Al revisar el vehículo, los agentes encontraron marihuana bajo presión, uno de ellos los llevó al rancho Santa Elena. Lo que encontraron ahí fue lo que cambió todo.

Un caldero con evidencias forenses vinculadas al caso, además de droga, armas y una fosa con 14 víctimas. Las pruebas forenses confirmaron que entre los restos estaban los de Mark Kilroy. El gobierno de Estados Unidos exigió resultados inmediatos. México estaba en una posición de la que no podía salir sin hacer detenciones visibles.

La presión fue inmediata y total. Los medios de ambos lados de la frontera cubrieron el halgo con una intensidad que en esa época, sin internet, sin redes sociales, significaba portadas de periódicos, noticieros de televisión y radio durante semanas. Los titulares en México hablaban de diablos mayores, de crímenes satánicos, de una secta que asesinaba personas en rituales.

El caso tenía todos los elementos que convierten una historia criminal en un fenómeno mediático, narcotráfico, ocultismo, una víctima extranjera, una red clandestina con rituales perturbadores. Y en el centro de esa historia junto a Constano, estaba Sara, joven universitaria, rubia, con el apodo de la madrina.

La prensa encontró en ella exactamente lo que necesitaba para personalizar el caso. Constan y Sara huyeron del rancho antes de que la policía llegara. Durante tres semanas, un operativo de búsqueda los persiguió por distintos estados de México. La pista llegó finalmente a un departamento en la colonia Ansures de la Ciudad de México.

Según la versión que Sara ha mantenido durante todos estos años, ella fue retenida por Constan contra su voluntad durante toda la fuga. En un momento de desesperación, arrojó un papel por la ventana pidiendo ayuda. Esa nota fue encontrada. Las autoridades rodearon el departamento. En el enfrentamiento que siguió, Constan ordenó a uno de sus propios seguidores que lo matara a él y a otro hombre antes de ser capturado.

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