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OMAR “GATO” ORTIZ : CONFESÓ POR QUE SECUESTRO AL ESPOSO DE GLORIA TREVI

Agarraba todo en el aire. lo veía atrapar pelotas de trapo que sus hermanos le lanzaban desde el otro lado del patio. Vasos que se caían de la mesa, una taza que un vecino tiró por accidente y que Omar, con 6  años alcanzó a centímetros del suelo. Su primer apodo, antes del felino, llegó por otro lado, más sencillo.

Se lo puso un primo que jugaba fútbol en la cuadra  y lo invitó un domingo a meterse al arco improvisado marcado con dos piedras. Omar atajó tres balones que el primo juraba imparables y al final del partido se acercó a él y le dijo, “Tú eres el gato del barrio.” Omar tenía 9 años.

El apodo se le pegó como una segunda piel. en la escuela, en los partidos,  en la calle, gato, solo gato. Y un día, ya con 12 años, un señor que dirigía un equipo infantil en una liga llanera de Monterrey lo vio atajar en un terreno valdío  y le preguntó si quería entrar a fuerzas básicas, no de cualquier equipo, de Rayados.

Pero lo que ese señor no supo aquella tarde es que estaba reclutando, sin saberlo, al portero que 25 años después iba a aparecer en las primeras planas de todo el país por un crimen que ningún mexicano imaginaba posible. Omar entró a las fuerzas básicas de Rayados de Monterrey a los 12 años. No era el más alto, no era el más técnico, pero era el más rápido de manos.

Los entrenadores lo notaron en la segunda sesión. Mientras los otros porteros intentaban leer la trayectoria del balón con la mirada, Omar ya estaba volando hacia el lado correcto, como si lo supiera antes que el delantero. Subió rápido, subcategorías, juveniles, reserva. A los 20 años ya entrenaba con el primer equipo.

Era el suplente del suplente, pero estaba ahí, adentro del vestidor de rayados, compartiendo cancha con jugadores que veía por  la tele cuando era niño, comiendo en la concentración el mismo desayuno que ellos, aprendiendo cómo se hablaba un futbolista profesional, cómo se vestía, cómo se movía en la calle, cómo se cobraban los primeros sueldos en serio.

Su primer contrato profesional lo firmó en 1997. Tenía 21 años. Le pagaron una cantidad que su familia, su mada entera, nunca había visto junta. Omar compró ese mes lo primero que le compra un muchacho pobre del norte cuando le entra dinero. Ropa, un par de tenis caros,  una cadena de oro para él y otra para su madre.

No fue exagerado, no la tiró, la  guardó. Pero la prueba del dinero, esa prueba muda, ya había entrado a su vida. Lo que nadie le advirtió a Omar Ortiz aquel año 1997 es que un futbolista profesional de la Liga Mexicana en aquella época  sostenía en promedio un séquito de 12 personas con su sueldo, 12 personas que dependían directa o indirectamente de él y que cuando ese sueldo se acabara, esas mismas 12 personas se iban a quedar mirando para otro lado.

Pero eso vendría después. En aquellos primeros años, Omar era todavía un proyecto. Lo prestaron al club Celaya en 1999. Lo enviaron como suplente, pero el portero titular se lesionó en la pretemporada y el gato tuvo que ponerse el guante de manera inesperada. Ese semestre atajó como si llevara 10 años haciéndolo.

La afición de Celaya, que es una afición que sabe  de fútbol, empezó a corear su apodo cada que volaba a un poste. Regresó a Monterrey en el 2002, esta vez como una opción real. El técnico de aquel torneo,  viendo lo que había mostrado en Celaya, lo subió a la titularidad en algunos partidos. Omar respondió, “No falló cuando lo necesitaron y en mayo de ese mismo año pasó algo que ningún portero de su generación había logrado a su edad.

Lo llamaron a la selección mexicana. Existe una fotografía de aquel primer llamado a la selección que Omar Ortiz guardó por años en el cajón de su mesa de noche,  dentro de una caja de madera donde tenía sus cosas más importantes.  La foto lo muestra entrando al campo del Estadio Azteca con la camiseta verde puesta, los guantes nuevos todavía sin estrenar, sonriendo de una manera que él mismo años después ya no iba a poder repetir.

la foto y esos guantes, los primeros guantes de selección que usó, iban a aparecer otra vez en esta  historia, pero no en el momento que tú esperarías. Los guantes que Omar Ortiz se puso esa tarde frente a Guatemala  fueron los mismos guantes que 14 años después. La policía de Nuevo León encontró dentro de una bolsa, en un cateo, en una casa de seguridad de las afueras de Monterrey.

Pero esos guantes los vamos a guardar por ahora. El 9 de mayo de 2002,  el técnico de aquella selección, Javier Vasco Aguirre, lo convocó para la Copa Oro que se jugaría en Estados Unidos.  Omar entró en un solo partido. Fue el segundo tiempo del juego contra Guatemala. México ganó 3 a 1 y el Gato Ortiz atajó lo que tuvo que atajar.

No fue una participación estelar, fue un debut, pero fue suficiente.  Para un muchacho moreno del norte que 10 años antes dormía encimado con sus hermanos para  no tener frío, eso era suficiente. Lo que vino después fueron 6 años de carrera estable. Lo vendieron al Necaxa en una transferencia polémica de la que se habló mucho en su  momento.

Después a los Jaguares de Chiapas, donde vivió su mejor etapa como profesional. Cinco temporadas, más de 100 partidos disputados, una posición de titular que nadie le movía. En el Clausura 2004 fue el segundo mejor portero del torneo. Solo lo superó Sergio Bernal de Pumas por una pelota. Aquí es donde la historia se parte en dos.

Porque mientras el Gato Ortiz se consolidaba en la cancha como uno de los porteros más confiables de su generación, afuera de la cancha estaba construyendo, sin darse cuenta la vida que iba a destruirlo. La gente que lo conoció en aquellos años de Chiapas y de Necaxa coincide en una cosa. Omar Ortiz era el más  fiestero del vestidor, no el más escandaloso, no el más vulgar, el más fiestero, el que organizaba las salidas, el que invitaba la primera ronda, el que prestaba dinero cuando un compañero andaba corto, vivía bien,  manejaba camionetas

grandes, vestía caro y empezó a rodearse de manera lenta y  silenciosa de gente que no era del medio del fútbol. Esa gente no era criminal. Todavía no. Eran amigos del norte, conocidos de cantinas,  primos de primos, vecinos del rumbo donde el gato había crecido, gente que lo trataba con el cariño viejo del barrio.

Gente que no le decía gato,  le decía Omar. Le recordaba quién era antes de la selección.  Y a Omar, sin saber por qué, le gustaba estar con ellos más que con los compañeros del vestidor, porque los compañeros lo medían por sus atajadas. Los del barrio lo medían por su persona. Una de esas noches, en Monterrey, hacia 2005, un viejo conocido del barrio se le acercó al gato en una cantina y le entregó un sobre.

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