Una peluquera del barrio de cuatro caminos. una vida respetable, una vida digna, una vida que muchas personas tienen y que no tienen nada de malo, pero no esa vida, porque había algo en Marieta que desde los 3 años no cabía en ningún sitio ordinario. Desde los 3 años su madre la subía a cualquier banqueta para que cantara algo.
No había cumpleaños, boda o reunión familiar sin la correspondiente actuación de María de los Ángeles. Una niña de 3 años subida a una banqueta cantando para los adultos, sinvergüenza, sin miedo, con esa naturalidad de los que nacen, sabiendo que ese es su sitio, el lugar donde la gente los mira y escucha.
Los padres lo veían y sonreían. El abuelo lo veía y algo más. El abuelo paterno de Marieta trabajaba como conserge en la institución sindical de La Paloma. Un trabajo modesto que le daba tiempo para observar, para pensar, para ver lo que había en las personas que quería y lo que veía en su nieta. Era algo que iba más allá de la gracia de una niña pequeña cantando para su familia.

Era talento real. ese que no se aprende, que está dentro desde el principio, que solo necesita que alguien lo vea y lo lleve hacia donde tiene que ir. Y el abuelo lo veía. Pero había un problema. El padre de Marieta no veía con buenos ojos que su hija anduviera por todas partes como cantante. No es que no le gustara la voz de Marieta, le gustaba.
Pero en la España de los años 50, el mundo artístico no era exactamente el sitio donde los padres de familia trabajadora querían que sus hijos pasaran el tiempo. Era un mundo incierto, un mundo donde la mayoría no triunfaba, un mundo que para una familia humilde del barrio de Cuatro Caminos podía parecer más un peligro que una oportunidad.
El padre miraba a su hija cantar en las reuniones familiares y pensaba que era una gracia bonita, no un destino. Y el abuelo pensaba otra cosa, y el abuelo insistía casi en secreto, sinfrentarse directamente al padre de Marieta, con esa paciencia y esa diplomacia silenciosa de los abuelos que saben que no pueden imponer, pero que tampoco van a rendirse cuando están convencidos de algo, porque el abuelo estaba convencido.
Y así fue como Marieta empezó a ir a los concursos de radio de la mano del abuelo recorriendo emisoras, cantando cuando le daban la oportunidad, a veces ganando, a veces no. Ella misma lo recordó en una entrevista muchos años después con esa sencillez que la caracterizaba. Fui creciendo e iba a concursos de radio que me llevaba mi abuelo.
A veces ganaba, otras veces no ganaba. Mis padres nunca se opusieron a que yo fuera a estos concursos. Les gustaba. Y así fue como empezó un poco mi afición por esta profesión. Esa frase, así fue como empezó un poco mi afición por esta profesión. dice todo sobre la manera de ser de Marieta, la modestia de alguien que se convirtió en una de las artistas más grandes de la música en español y que describía su inicio diciendo que fue un poco su afición.
El abuelo no era un poco. El abuelo era el principio de todo y la voz crecía como crecen las cosas que tienen verdad dentro, despacio, sólidamente, sin artificios, hasta que llegó el día. Un día de 1959, cuando Marieta tenía 15 años, sus padres le dieron permiso para participar en un programa de televisión.
El programa se llamaba Primer Aplauso. Era el espacio de TVE donde los cantantes nobeles podían presentarse ante el público. El escaparate de la época, el lugar donde si algo ocurría podía ocurrirte de verdad. Marieta cantó. Cantó La sombra vendo y fue muy aplaudida. Pero lo más importante de esa actuación no fue el aplauso del público.
Lo más importante fue que entre las personas que vieron ese programa había un hombre, un hombre que se ganaba la vida buscando exactamente lo que acababa de ver. Se llamaba Luis Sans, productor, representante, casatalentos, uno de los hombres más influyentes del entretenimiento español de esa época. El mismo representante de Lola Flores, de Carmen Sevilla, de los artistas más grandes del momento, un hombre que sabía exactamente lo que era el talento porque llevaba décadas buscándolo y que cuando lo encontraba no perdía el
tiempo. Luis Sans vio a Marieta en primer aplauso y supo inmediatamente. Ese mismo día se puso en contacto con la emisión del programa para pedir el nombre y la dirección de la joven concursante. Llamó a la familia y fue a hablar con los padres. La conversación con los padres de Marieta fue decisiva.
Al cabo de una semana dieron su aprobación y Luis Sans se llevó a Marieta. No literalmente, pero casi, porque lo que vino después fue una transformación completa. Luis Sans decidió que Marieta antes de nada tenía que terminar sus estudios de secundaria, que la educación era lo primero y que una artista sin formación era un edificio sin cimientos, profesores particulares para los estudios de secundaria y al mismo tiempo porque Luis Sans no hacía las cosas a medias, clases de canto, de baile, de actuación para el cante flamenco.
Jarrito, Roque Montoya y Fosforito, del que Marieta acabaría siendo madrina en su boda años después. Para el baile, Regla Ortega, Carmen Rojas y Alberto Lorca, que más tarde sería coreógrafo de algunas de sus películas. Mientras estudiaba y aprendía, Luis Sans la llevaba a eventos sociales, la presentaba a artistas famosos, la iba introduciendo en ese mundo que iba a ser el suyo.
Y fue en esa época cuando Marieta conoció a dos personas que se convertirían en amigas importantes de su vida, Rocío Jurado y Rafael. Los dos vivían en el mismo barrio. Los tres coincidían a veces en los concursos de radio donde todos empezaban. La misma generación, el mismo mundo de origen, el mismo sueño.
Tres jóvenes del sur y del centro de España que habían llegado a Madrid a buscar algo que no podían encontrar donde habían crecido y que se reconocieron entre ellos con esa facilidad específica de los que comparten más cosas de lo que saben todavía. Y entonces llegó el nombre, porque María de los Ángeles de las Ceras Ortiz no era exactamente el nombre que iba a ponerle en luces de neón a ningún teatro.
Luis Sans lo sabía y se lo dijo a Marieta. Necesitaba un nombre artístico. Y así empezó una conversación que acabaría de una manera que nadie que no la conociera podría imaginar. El nombre Rocío vino del abuelo, porque el abuelo siempre la llamaba así, Rocío, diciéndole que su voz le recordaba al rocío de la mañana, fresca, limpia, con esa cualidad específica de las primeras horas del día.
Eso se quedó Rocío, pero hacía falta un apellido, un apellido artístico que sonara bien, que fuera fácil de recordar. que tuviera algo que lo hiciera distinto a los demás. Y la solución que encontraron fue de las más singulares que existen en la historia de la música española. Cogieron un mapa de España y Marieta señaló al azar.
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Su dedo fue a parar a un pueblecito granadino situado en el valle de Lecrin, Durcal, un pueblo pequeño de la provincia de Granada que no tenía ninguna conexión con la familia de Marieta, que no significaba nada especial para nadie, que estaba ahí en el mapa como cualquier otro pueblo y que el dedo de una niña de 15 años eligió sin saber lo que estaba eligiendo.
A todos les pareció fantástico por su sonoridad y así quedó. Rocío Durcal, un nombre puesto por un abuelo que la comparaba con el rocío de la mañana y un apellido elegido al azar en un mapa por una niña que todavía no sabía exactamente en quién se iba a convertir. Antes de continuar, si estas historias te están gustando, en el canal hay muchas más.
Rafael, Julio Iglesias, Nino Bravo, Camilo Sexo, historias que el mundo no contó. Las tienes ahí cuando las necesites. Y esta historia todavía no ha dicho lo más importante. Luis Sans era un hombre que conocía bien el mundo del entretenimiento internacional. No solo el español, había absorbido el ambiente de Broadway y Hollywood de los años 40 y 50.
Conocía el cine de oro mexicano. Sabía lo que era una estrella, no solo en España, sino en el mundo. Y lo que veía en Rocío Durcal era algo que iba más allá del mercado español. No veía a la próxima cantante de los concursos de la radio. Veía a una estrella internacional. Pero antes de que pudiera ser eso, había que construirla.
Y Luis Sans construía sus artistas con la precisión de un arquitecto, con los mismos cimientos, con los mismos materiales, con la misma atención al detalle que separaba a los que duraban de los que se agotaban en un par de años. Lo primero era la formación. Rocío tenía que terminar sus estudios de secundaria. Eso no era negociable.
Luis Sans creía que una artista sin formación era un edificio sin cimientos, que podías tener el talento más extraordinario del mundo, pero que si no tenías la solidez de una educación completa, el primer viento te tumbaba. profesores particulares para los estudios y al mismo tiempo, porque Luis Sans no desperdiciaba el tiempo, clases de canto, de baile y de actuación.
Para el cante flamenco buscó a los mejores. Jarrito, Roque Montoya, uno de los cantadores más respetados de su generación y fosforito. Antonio Fernández Díaz. fosforito, que llegaría a ser uno de los mayores intérpretes del flamenco del siglo XX, el mismo del que Rocío sería madrina en su boda años después. Una relación que empezó como la de profesora y alumna y que se convirtió en algo mucho más cercano.
Para el baile, Regla Ortega, Carmen Rojas y Alberto Lorca, que más tarde sería coreógrafo de algunas de sus películas. profesionales que le enseñaron no solo los pasos, sino la manera de estar en el escenario, de ocupar el espacio, de hacer que el público siguiera cada movimiento. Y mientras estudiaba y aprendía, Luis Sans la llevaba a eventos sociales, la presentaba a artistas famosos, la iba introduciendo en ese mundo que iba a ser el suyo, porque el talento no funciona en el vacío.
El talento necesita contexto, necesita conocer a las personas que llevan tiempo en ese mundo, necesita aprender cómo se mueven, cómo hablan, cómo se comportan los que ya están donde tú quieres llegar. Y así fue como Marieta, en esa época de formación conoció a dos personas que se convertirían en amigas importantes de su vida, Rocío Jurado y Rafael.
Los dos vivían en el mismo barrio. Los tres coincidían a veces en los concursos de radio donde todos empezaban. La misma generación, el mismo mundo de origen, el mismo sueño. Tres jóvenes que habían llegado a Madrid desde distintos puntos de España a buscar algo que no podían encontrar donde habían crecido. Tres personas que se reconocieron entre ellas con esa facilidad específica.
de los que comparten más cosas de lo que saben todavía. Tres artistas que años después se convertirían en tres de los nombres más grandes de la música española. Pero en aquella época eran tres jóvenes del barrio que iban a los mismos concursos. Y Luis Sans, mientras formaba a Rocío, mientras la preparaba, mientras construía los cimientos de lo que iba a hacer su carrera, observaba cómo crecía, cómo la voz se asentaba, cómo la presencia se desarrollaba, cómo la niña que había visto en primer aplauso se iba convirtiendo en la artista que él había
imaginado que podía ser. Y cuando consideró que estaba lista, fue a hablar con Luis Lucía, el director, el hombre que en aquella época era el rey del cine musical español, que había descubierto a Marisol, que sabía exactamente qué tipo de película necesitaba España en ese momento.

Y Luis Sans le habló de Rocío y Luis Lucia escuchó. Y cuando conoció a Rocío, entendió inmediatamente lo que Luis Sans había visto en primer aplauso. Aunque la encajaron bajo la etiqueta de niña prodigio, lo cierto es que Rocío era mayor que sus competidoras, Marisol, Ana Belén y sus películas eran más de adolescente que de niña.
Había algo en ella que era más maduro, más complejo, una presencia que iba más allá de la gracia infantil y que prometía algo que las otras no prometían de la misma manera. Y Luis Lucia escribió o supervisó que se escribiera un guion específicamente para ella, un guion con un papel escrito pensando en Rocío, en su voz, en su manera de estar, en esa mezcla de inocencia y de chispa que tenía.
La película era una comedia musical. Dos internados que están al lado, uno de chicas y otro de chicos que se juntan para hacer una excursión en la costa dorada española, que encuentran una ermita en ruinas que deciden restaurar, que para conseguir los fondos deciden hacer un festival musical. En ese festival Rocío cantaba y el mundo entero podía ver lo que el abuelo había visto desde siempre.
El rodaje empezó a finales de septiembre de 1961, algo más de dos meses, entre interiores en los estudios SEA de Ciudad Lineal y exteriores en la Pineda, Salou y Roda de Bará, municipios de Tarragona que todavía no habían recibido el turismo masivo de los años siguientes. Una España diferente a la de hoy. La España de 1962 era un país que salía despacio de los años más duros de la posguerra, que empezaba a ver cierta recuperación económica, que tenía hambre, no literalmente o no tanto como antes, sino hambre de otras cosas, de entretenimiento, de alegría, de
historias que terminaran bien, de caras jóvenes que prometieran que el futuro podía ser mejor de lo que había sido. el pasado. El cine era el gran escaparate. Las salas de cine de toda España se llenaban los fines de semana con familias que pagaban su entrada y que pasaban dos horas en otro mundo. Un mundo donde los problemas se resolvían, donde los buenos ganaban, donde había canciones y risas y un final que dejaba contento.
Y canción de juventud era exactamente eso. Pero antes del estreno, Luis Sans había organizado algo que en aquella época era bastante inusual, una campaña publicitaria antes de que nadie hubiera visto la película, antes de que nadie supiera exactamente quién era Rocío Durcal. Rocío aparecía en portadas de revistas, en anuncios, en espacios de radio.
Luis Sans construyendo la expectativa antes de que la película llegara. creando el deseo antes de que hubiera algo que desear. Así era Luis San Hans. No esperaba a que las cosas pasaran. Las organizaba para que pasaran. El estreno llegó a finales de junio de 1962. Rocío tenía 17 años recién cumplidos y la reacción del público fue exactamente lo que Luis Sans había predicho cuando llamó a la familia de Marieta 3 años antes. Éxito fulminante.
El público salía de los cines hablando de esa chica, de esa voz, de esa manera de estar en la pantalla que hacía que todo pareciera natural y real, aunque fuera una película. Había algo en Rocío que era diferente a todo lo que España había visto antes. No era la niña prodigio en el sentido más puro, la que actúa con una madurez imposible para su edad, que hace que el público sienta una mezcla de admiración y de inquietud.
Eso era Marisol. Rocío era otra cosa. Era una adolescente real con la simpatía y el desparpajo de alguien de su edad. con esa mezcla de inocencia y de chispa que hacía que cuando la veías en pantalla sintieras que la conocías, que podría ser tu hija, tu hermana, tu amiga. Y esa sensación de familiaridad, de cercanía, de reconocimiento, es una de las cosas más difíciles de construir en el mundo del espectáculo y que las pocas personas que la tienen de manera natural son irresistibles para el público. Rocío la
tenía y la industria cinematográfica española lo supo inmediatamente. De inmediato se grabaron otras tres películas cuyo éxito se repetiría Rocío de la Mancha, La Chica del Trébol y otras que vendrían. 14 películas en una década, cada una con la misma Rocío, fresca, natural, con esa voz que crecía y se asentaba con cada actuación y con historias que el público de toda España iba a ver los fines de semana, como quien va a visitar a una amiga, la novia de toda España.
Ese título no se lo pusieron los críticos, se lo pusieron los espectadores, las personas que iban al cine y que salían sintiendo que habían pasado un rato con alguien que les gustaba de verdad. Eso era lo que Rocío Durcal le daba a España en los años 60. Y todo había empezado con un abuelo y un secreto y una niña que desde los 3 años ya sabía que ese era su sitio.
La que Luis Lucia escribió específicamente para ella, la que se rodó en la Costa Dorada con una niña de 16 años que el abuelo había llevado en secreto a los concursos de radio. Se llamaba Canción de Juventud. Ese título lo dice todo sobre lo que Rocío representaba en aquella España de 1962. No era una canción de amor, no era una canción de desamor, era una canción de juventud, del tiempo de ser joven, de ese periodo específico en que todo está por pasar y en que el mundo parece lleno de posibilidades que todavía no tienen
nombre. Y Rocío lo cantaba con esa cara que todo el mundo reconocería para siempre, la cara de Marieta, de la niña de cuatro caminos, de la que el abuelo llevaba en secreto a los concursos de radio porque había algo en esa voz que no podía quedarse entre las cuatro paredes de su casa. Pero hay algo más en esta historia que me parece importante antes de terminar. Rocío Durcal.
Años después, cuando se le preguntaba por sus películas de aquella época, las llamaba Películas Pastel. Ella misma las llamaba así, con esa ironía suave de quien sabe que lo que hizo tiene valor, aunque no sea exactamente lo que hubiera elegido hacer con su vida artística completa. Películas pastel, dulces, fáciles, cinaristas, con finales felices.
Rocío las hacía y el público las amaba, pero Rocío sabía que había algo más dentro de ella que esas películas no podían mostrar del todo. una voz que podía hacer cosas que las comedias musicales de los años 60 no pedían. Una presencia que podía sostenerse en escenarios más exigentes, un artista que podía ser más de lo que España le pedía que fuera en aquella época.
Y por eso, cuando llegaron los años 70 y el cine cambió y el mundo cambió, Rocío no se quedó anclada en las películas pastel, las dejó ir y buscó otra cosa. Esa búsqueda la llevaría a México. Y en México encontró a Juan Gabriel y con Juan Gabriel encontró las rancheras. Y con las rancheras encontró la versión de sí misma que el mundo entero recordaría para siempre.
la española más mexicana, la reina de las rancheras, la artista que vendería más de 100 millones de discos, la que sería la única extranjera en el top 10 de los discos más vendidos en la historia de México. Todo eso vino después de canción de juventud, mucho después, pero el principio de todo fue en el barrio de Cuatro Caminos de Madrid con un abuelo que trabajaba como conserge y que llevaba a su nieta en secreto a los concursos de radio con un padre que no lo veía bien, con una niña que desde los 3 años ya sabía que ese era su sitio. Hay algo en esta historia
que me parece el cierre más perfecto posible. El abuelo que llevaba a Marieta en secreto, el padre que no quería que su hija anduviera por todas partes como artista y Marieta, que años después era la artista más querida de España y luego de México y luego de toda América Latina.
El abuelo no vivió para ver todo lo que su nieta llegaría a hacer, pero vio lo suficiente. Vio a Marieta convertirse en Rocío Durgal. vio a esa voz que él comparaba con el rocío de la mañana llenar los cines de España. Vio que tenía razón desde el principio, que había algo en esa voz que no podía quedarse entre las cuatro paredes de su casa y que cuando el mundo la escuchó, supo exactamente lo que el abuelo había sabido desde siempre.
Canción de juventud, El principio de todo. La primera piedra de una carrera que duraría cuatro décadas, que llevaría a Marieta desde el barrio de Cuatro Caminos de Madrid hasta los escenarios de México y de toda América Latina. Todo empezó con un abuelo y un secreto y un mapa y una niña que desde los 3 años ya sabía que ese era su sitio.
¿Cuál es tu artista favorito? Cuéntanos en los comentarios. Por cierto, ¿sabes la historia de la frase más brutal de la música latina y lo que Juan Gabriel vio en un viaje a Toluca que lo puso a escribir? La historia está aquí arriba porque la música siempre tiene una historia y las mejores historias son las que nadie te ha contado. No.