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Nadie quería sus huaraches de cuero — Hasta que Pedro Infante los usó en su última película

 Eusebio [música] tenía 47 años ese año y había llegado a la ciudad desde Guanajuato con el oficio [música] completo y con la certeza de que en la capital habría más mercado para un trabajo bien hecho que en el pueblo donde había crecido. Esa certeza había durado aproximadamente 6 meses. Lo que [música] vino después no fue derrota, sino algo más lento y por eso más difícil de nombrar.

 Una especie [música] de ajuste gradual a la idea de que lo que él hacía tenía un valor que el lugar donde lo hacía no estaba preparado para reconocer [música] todavía. Todavía era la palabra que había usado durante años para no cerrar del todo una puerta que cada temporada parecía [música] más pequeña. Fue cerca del mediodía cuando el pasillo del mercado cambió de ritmo.

 No era inusual que hubiera movimiento a esa hora. La gente del centro bajaba a comer y algunos paseaban entre los puestos [música] con la calma que da el estómago lleno y el tiempo libre. Eusebio había aprendido a distinguir [música] al comprador del paseante sin necesidad de que ninguno dijera nada. Era algo en la forma de [música] caminar, en la dirección de los ojos, en si los pies se detenían antes de que la cabeza tomara una [música] decisión.

 El hombre que dobló la esquina del pasillo ese día caminaba con la naturalidad de quien [música] no busca nada específico, pero que tampoco pasa por ningún lado sin ver. Era alto, bien vestido, sin exageración, [música] con el tipo de presencia que ocupa el espacio sin necesidad de anunciarse. Eusebio lo vio desde lejos con la misma atención de siempre y no lo identificó [música] de inmediato porque no era el tipo de hombre que uno esperaba ver en ese pasillo un martes ordinario.

 El hombre [música] se detuvo frente al puesto sin que nada en su postura indicara que iba a detenerse. Fue un [música] alto limpio, sin dudar, como el de alguien que vio algo que su cuerpo reconoció antes de que [música] su mente lo procesara. miró el mostrador completo una vez de izquierda a derecha y luego tomó un par de los que estaban [música] al fondo, los de correa doble trenzada, los que Eusebio guardaba atrás precisamente porque sabía que la mayoría no llegaba hasta ahí.

 lo sostuvo con [música] las dos manos, revisó la suela, pasó el pulgar por la costura del ISLE, dobló ligeramente el cuerpo del guarache para ver cómo respondía [música] el cuero y luego miró el bordado lateral con una tensión que Ususebion no recordaba haber visto en muchos años de puesto. “¿Cuánto tiempo [música] le había llevado ese par?”, preguntó el hombre sin levantar la vista del bordado.

 “CO días”, [música] dijo Eusebio. El hombre asintió despacio, como quien recibe una información que confirma algo que ya sabía. Eusebio lo reconoció en ese momento, no cuando llegó ni cuando [música] tomó el primer par, sino en ese instante en que Pedro Infante levantó la vista del huche y lo miró directamente [música] con la sencillez específica de quien no necesita que nadie le diga quién es para comportarse como si lo supiera.

 Euserio no dijo nada. No había nada que decir que no sonara a menos de lo que era ese momento y [música] había aprendido con los años que el silencio a veces era la única respuesta que estaba a la altura de ciertas situaciones. Pedro preguntó [música] si tenía otros modelos. Eusebio dijo que sí y fue sacando los pares que no había [música] puesto en el mostrador, los que cargaba en una caja de cartón debajo de la mesa, porque el espacio no alcanzaba para exhibirlos todos.

Pedro los fue examinando [música] uno por uno con la misma atención, sin prisa, sin el gesto de quien está cumpliendo un trámite. Era la atención de alguien que sabe lo que está mirando [música] y que por eso se toma el tiempo que hace falta. Al final se paró tres pares y preguntó el precio de cada uno. Eusebio lo dijo. Pedro no negoció.

Eusebio [música] envolvió los tres pares con el papel de estrasa que usaba para todos los pedidos, doblando las esquinas con el mismo cuidado de siempre, aunque las [música] manos no le respondían del todo con la velocidad habitual. No era nerviosismo exactamente, era algo más parecido a la conciencia súbita de estar haciendo algo ordinario [música] en un momento que no lo era.

 Y esa combinación producía una especie de lentitud involuntaria [música] que Eusebion no podía explicar, pero que tampoco podía ignorar. Pedro estaba parado frente al mostrador sin [música] señales de impaciencia. Miraba los otros pares que habían quedado sobre la mesa con la misma atención tranquila [música] de antes, como si el tiempo que tardaba el envoltorio fuera simplemente parte del proceso y no algo que hubiera que acelerar.

 Cuando Userio terminó y puso los tres paquetes sobre [música] el mostrador, Pedro pagó el precio exacto sin comentario. Luego se quedó un momento [música] mirando los paquetes y entonces sacó una cantidad adicional del bolsillo y la puso junto a los otros billetes sobre la madera del mostrador. Eusebio [música] dijo que ya estaba pagado, que el precio era el que había dicho.

 Pedro dijo que sí, que el precio cubría los materiales y el espacio en el mercado, pero que 5co días de trabajo [música] por par eran 15 días en total y que entre el precio que había pagado y el tiempo que representaba había una diferencia que él consideraba parte del costo real. Eusebio no supo que respondiera [música] eso.

 Era la primera vez en 14 años que alguien le decía algo parecido y la frase era tan directa y tan poco [música] frecuente que no tenía una respuesta preparada para ella. tomó el dinero con las dos manos [música] y lo guardó sin contar, porque contar en ese momento habría sido un gesto equivocado para lo que acababa de ocurrir.

 Pedro tomó los tres paquetes y se los acomodó bajo el brazo con la naturalidad [música] de quien carga algo que considera valioso sin necesidad de demostrarlo. Luego miró [música] a Eusebio directamente y le dijo que el bordado lateral del tercer par era el mejor trabajo que había visto en ese tipo de correa [música] en mucho tiempo y que si alguna vez hacía algo similar con cuero de color le avisara.

le avisara cómo pensó Eusebio pero no lo dijo. Pedro sonrió como si hubiera [música] escuchado el pensamiento y entonces dijo su nombre completo y el nombre del hotel donde se estaba quedando esa semana [música] con la sencillez de quien da una dirección y no un privilegio. Eusebio lo repitió en voz [música] baja para no olvidarlo.

 Pedro extendió la mano. Eusebio la tomó y entonces Pedro salió por [música] el mismo pasillo por donde había llegado, con los tres paquetes bajo el brazo y el paso tranquilo de siempre. sin mirar atrás, sin ningún gesto que [música] indicara que lo que había ocurrido en ese puesto era distinto a cualquier otra cosa que hubiera hecho esa [música] mañana.

 Eusebio se quedó parado frente al mostrador vacío durante un momento que no supo medir lo que ocurrió en [música] los siguientes 20 minutos. Eusevio no lo organizó ni lo anticipó. simplemente pasó con la lógica propia de las cosas [música] que no necesitan ser dirigidas para moverse. Dos mujeres que habían visto a Pedro detenerse en el [música] puesto y que lo habían reconocido desde el pasillo se acercaron después de que él se fue.

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