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Dolores del Río, la mexicana que le dijo NO a Hollywood, a Welles y al FBI.

María de los Dolores hace un solo  López Negrete. Aprendió a decir no antes que cualquier otra mujer mexicana de su generación y por aprenderlo demasiado pronto le costó tres veces lo mismo: la fama, el amor y la patria.  Tú la conoces como Dolores del Río. Su cara está en cuadros de Diego Rivera que hoy cuelgan en museos de medio mundo.

Frida Calo le pintó un desnudo y le mandó cartas pidiéndole dinero prestado. Orson Wells dijo hasta el último  día de su vida que ella había sido el gran amor que se le escapó. Y el FBI guardó un expediente sobre ella que nadie abrió hasta 16 años después de su  muerte. Pero antes de todo eso, fue una niña de 5 años que cruzó México en tren, huyendo de las balas de Pancho Villa.

Y a los 15 sus padres la entregaron a un hombre casi 20 años mayor para salvar el apellido. Llevo meses revisando cartas,  expedientes y entrevistas que casi nadie ha leído enteros. Y lo que sale de ahí no es la diosa intocable que cuentan los documentales,  es algo mucho más interesante. Es una mujer que cada vez que el mundo intentó ponerla en su sitio,  se levantó y se fue.

Lo que vas a escuchar en los próximos 50  minutos no es una biografía, es la historia de tres negativas a hombres poderosos  que cambiaron una vida entera y de una cuarta que se quedó escondida durante  años y que aquí vas a escuchar por primera vez. Porque si una  cosa quedó clara cuando se cerró la puerta de su habitación en aquella clínica de California en abril de 1983, fue que Dolores del Río se había llevado a la tumba  más de lo que jamás contó.

Para entender por qué aprendió a decir no tan pronto, hay que entender  de dónde venía. y de dónde venía no era un sitio cualquiera. Su padre, Jesús Asúnsolo, era el director del Banco  de Durango, uno de los hombres más ricos del norte de México. Su madre, Antonia López Negrete,  descendía de la nobleza colonial y era prima en segundo grado de Francisco  Madero, el presidente que iba a desencadenar la Revolución Mexicana.

La familia vivía en una hacienda enorme en las afueras de Durango, con servicio, caballos, biblioteca y todos los  lujos que el porfiriato repartió entre los suyos durante 30 años. Dolores nació allí en el verano de 1904. La llamaban Lolita. Era hija única y los primeros 5 años de su vida los pasó como las niñas de su clase.

Vestidos de encaje, clases particulares en casa, una nana indígena que la dormía cantándole en nawatl y la certeza absoluta de  que el mundo estaba ordenado. Y entonces estalló la revolución. Cuando Pancho Villa entró en Durango en 1911, las haciendas de los ricos eran objetivo prioritario. Villa odiaba a los terratenientes, los expropiaba, los humillaba, a veces los fusilaba.

La familia Asuno lo supo demasiado tarde. Una noche, Jesús reunió a su mujer y a su hija en el salón principal  y les dijo que tenían 2 horas para hacer las maletas. Lo dejaban todo,  la hacienda, los caballos, los muebles, la biblioteca, solo lo que  cupiera en un baúl. Antonia subió a Dolores a un tren con destino a Ciudad de México.

Padre  e hija no iban a volver a verse hasta meses después. Madre hija viajaron tres días  durmiendo sentadas, comiendo lo que la gente les pasaba, escondiéndose cuando el tren paraba en una estación tomada por los  villistas. Dolores tenía 5 años. Y aunque ella nunca habló mucho de aquel  viaje, una de sus secretarias contó décadas más tarde que Dolores no podía oír el silvato de un tren sin ponerse tensa.

Llegaron a la capital con poco  más que una maleta. La hacienda la habían quemado, el banco había sido confiscado y los Asunzolo,  que en Durango eran reyes, en Ciudad de México eran solo una familia más de refugiados con apellido ilustre y los bolsillos vacíos. Dolores entró interna en el colegio francés San José.

Allí pasó  los siguientes 10 años. Aprendió francés con acento perfecto, a tocar el  piano, a montar a caballo. Las monjas la describían como una niña callada y observadora que sus compañeras se encontraban demasiado seria. Y aquí viene  un detalle que cambia todo lo que viene después. Dolores creció convencida de que era  fea.

Lo dijo ella en una entrevista para la revista Novedades en 1976. Contó que las otras niñas del internado la llamaban la flaca de los ojos raros. que cuando se miraba al espejo veía una nariz demasiado grande, una boca demasiado ancha,  unos pómulos demasiado marcados y contó algo más que casi nadie ha repetido, que su madre le decía a menudo que tenía suerte de ser de buena familia  porque con su cara nunca se habría casado.

Esa frase se la dijo su madre durante años y a Dolores se le quedó dentro. Cuando cumplió  15, Antonia decidió que ya estaba lista. empezaron a presentarle pretendientes y entre todos los nombres que pasaron por el salón de los Asún solo en aquellos meses, hubo uno que le interesó especialmente a la madre.

Un hombre culto,  rico, abogado titulado, escritor aficionado, viajero. Un hombre que cuando la conoció le hizo una reverencia y le besó la mano como se hacía en las cortes europeas. Un hombre que tenía 33 años, Dolores tenía 15. Sus padres no lo dudaron ni un segundo.  Era el partido perfecto.

La pidieron en matrimonio. Ella dijo que sí, pero ese sí no fue  de Dolores. Fue de la niña a la que su madre le había repetido durante 10 años que con esa cara tenía suerte de tener apellido. Y lo que ni la madre ni el novio sabían entonces era que esa niña tardaría exactamente 5 años en aprender a decir lo contrario.

El matrimonio de oro y la tarde  del té. Aquel hombre se llamaba Jaime Martínez del Río y Viñet. Era abogado, escritor.  Había estudiado en Inglaterra. Hablaba cuatro idiomas. Conocía a media aristocracia europea. Entre sus bienes estaba el rancho La Hormiga, una finca enorme en las afueras de Ciudad de México  que décadas más tarde se convertiría en la residencia oficial de Los Pinos.

La boda se celebró el 11 de abril de 1921. Dolores tenía 16 años recién cumplidos. Jaime 34. Y al cuarto  día, los novios subieron a un barco con destino a Europa para empezar una luna de miel que iba a durar dos años enteros. Dos años. Eso te dice  todo lo que necesitas saber sobre la fortuna de los Martínes del Río en aquel momento.

Recorrieron Francia, Inglaterra,  Italia y España. Jaime le enseñó cómo se comportaba la nobleza europea de verdad.  la llevó a la ópera, le compró ropa en las casas de costura más caras del momento y en una parada en Madrid, en el verano de 1922 pasó  algo que merece la pena contar despacio.

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