Mariana, con 18 años ya tenía un club de fans. Una de esas fans, años después en redes sociales, contó algo que le pasó. Yo tenía 14 años. Ahorré para comprarme el cassete de fresas con crema. Lo escuchaba todas las noches antes de dormir. Y un día en un programa de televisión vi a Mariana cantar cosas del amor y pensé, “Yo de mayor quiero ser como ella, que se la viera bonita, pero no presumida, bonita, pero buena, que se podía hacer eso, que las dos cosas no eran incompatibles.
Eso me lo enseñó Mariana antes de saberlo yo. Bonita pero buena. Eso fue Mariana en los 80 para miles de niñas mexicanas de fresas con crema. Mariana saltó al cine, hizo películas chicas y en 1989 llegó la oportunidad que cambiaría su vida. Una telenovela, La pícara soñadora. Si naciste antes de 1980, esa telenovela la viste, aunque sea en reposiciones, aunque sea de chiquito en la cocina mientras tu mamá cocinaba, aunque sea 5 minutos por la noche cuando llegabas de la escuela.
La pícara soñadora se transmitió por las estrellas. Canal 2. Era la historia de una muchacha pobre, soñadora, que se enamora de un hombre rico. Lo de siempre. Pero Mariana le dio algo distinto al personaje, una ternura que no se podía actuar, una vulnerabilidad que el público sintió como propia. Quien trabajó con ella en aquellas grabaciones cuenta que Mariana llegaba siempre antes que nadie al set, que estudiaba sus textos toda la noche, que entre escena y escena se sentaba en una silla y leía libros. Mariana leía mucho, le gustaba
la poesía, le gustaban Octavio Paz y Pablo Neruda. Una vez, según contó un compañero del rodaje, una hora antes de grabar una escena de llanto, alguien la encontró en su camerino llorando de verdad. Le preguntaron qué le pasaba. Mariana contestó, “Nada, estoy entrando en la escena. Es la única forma, la única forma.
” Mariana, para llorar en cámara necesitaba llorar antes en su camerino. No le bastaba con actuar, tenía que sentirlo. Y a lo mejor por eso el público mexicano se la creyó tanto, porque Mariana, cuando lloraba en una telenovela, no estaba fingiendo, estaba acordándose de algo. La pícara soñadora fue un éxito gigante. La vio toda Latinoamérica en Argentina, en Colombia, en Bolivia, en Cuba, en Venezuela, en Centroamérica, en España.
Mariana Levi ya no era la hija de Talina, era Mariana Levi y por primera vez en su vida era ella sola. Talina, su mamá, lo dijo años después en una entrevista. La periodista le preguntó cuándo se había dado cuenta de que su hija era una estrella. Italina contestó, “El día que un señor en el supermercado se me acercó y me dijo, usted es la mamá de Mariana Levi, ¿verdad? Esa fue la primera vez que dejé de ser yo y empecé a ser la mamá de mi hija. ¿Y sabes qué? Me gustó.
Me gustó muchísimo. Pensé, “Por fin mi hija va a ser ella. Por fin mi hija va a ser ella.” Pero Mariana, esa felicidad de ser ella sola le iba a durar lo mismo que le dura a casi todas las mujeres del mundo del espectáculo, hasta que se enamoró del hombre equivocado. El primer hombre fue Ariel López Padilla.
Y aquí, presta atención al dato, porque luego cuando hablen de los tres hijos de Mariana, vamos a saber de quién es cada uno. Y porque la familia se enoja mucho hasta hoy, cuando alguien dice mal estas cosas, Mariana Levi se casó dos veces. La primera con Ariel López Padilla, actor mexicano. Hijo, dato curioso del legendario Hugo Stiglitz, aquel actor de cine de los 80.
Ariel y Mariana se conocieron grabando una telenovela. Era el año 1992. Mariana tenía 26 años. Se enamoraron rápido. Se casaron casi al año de conocerse. Mariana llevó vestido blanco. Talina lloró en la primera fila. Su hermano Coco la entregó al altar y muy poco después llegó la noticia. Mariana estaba embarazada.
La niña nació en 1994. Le pusieron María, una niña preciosa. Ojos grandes, mirada de mamá. Talina, la abuela, no salió de aquella habitación de hospital. Cuentan los que estuvieron ahí que Talina, esa mujer educada en el alemán, esa periodista experta que entrevistaba a Miss Universar, se puso a llorar como una niña cuando le pusieron a María en los brazos por primera vez.
“Por fin”, dijo Talina, según contó después una enfermera. “Por fin tengo a alguien chiquito otra vez.” Mariana, recién parida, vio a su madre llorando con la nieta en brazos y según contó después una de las enfermeras de aquella habitación, Mariana le dijo a Talina algo que se quedó. Mami, ahora te toca a ti, que esta niña no tenga que preguntarte si la quieres.
Y Talina lo entendió. Talina lo entendió perfectamente y por eso durante los siguientes 11 años Talina fue para María lo que no había podido ser para Mariana, una abuela presente, una abuela que la recogía de la escuela, una abuela que le hacía la merienda, una abuela que se quedaba a dormir en su casa cuando Mariana grababa por las noches, una abuela que la metía en la cama y le contaba cuentos en alemán hasta que la niña se dormía.
Talina hizo con su nieta lo que no había podido hacer con su hija y por eso, después de aquel 29 de abril, cuando Mariana ya no estaba, Talina supo lo que tenía que hacer, sostener a María como fuera, como pudiera, aunque tuviera que tragarse el dolor por los siglos de los siglos. Pero ese matrimonio no duró. Ariel y Mariana se separaron a los 2 años del nacimiento de María.
Hubo problemas, hubo distancia, hubo cosas que Mariana hasta su último día no quiso contar a nadie. Ariel siguió con su carrera. Mariana se quedó con la niña y empezó una nueva fase de la vida de Mariana Levi, madre soltera, 30 años, una niña pequeña, una carrera que no daba para tanto y una mamá famosa cuyo apellido pesaba como una losa.
Si has sido madre soltera, sabes lo que es eso. Si te tocó vivir aquellos años cuando una mujer divorciada en México todavía cargaba con ese estigma callado en las casas, ¿sabes lo que pasó por la cabeza de Mariana? Mariana con 33 años, una niña de cinco y una carrera que empezaba a apagarse, quería a alguien, quería que alguien la cuidara también.
Y entonces apareció el segundo y desde el primer día las amigas se mosquearon. José María Fernández, apodo. El Pirru le ofreció a Mariana algo que ella necesitaba o eso parecía. Si me preguntas a qué se dedica el Pirru, te tengo que decir la verdad. ni la familia entera lo tiene del todo claro. Oficialmente es arquitecto.
Hay quien dice que también productor, hay quien dice empresario. Lo que sí está claro es que cuando Mariana lo conoció, el Pirru tenía dinero, mucho dinero, y casa en las lomas y coche grande, y los amigos de la mejor zona. Pero ese dinero, decían algunos en el medio, no se sabía muy bien de dónde venía. Algunos decían que era de familia, otros decían que de negocios que no se contaban y otros más callados decían algo peor.
Pero eso en el medio no se decía en alto. Mariana se enamoró igual. O quizás se enamoró por eso mismo, porque Mariana, esa niña que a los 5 años preguntaba si su mamá la quería, esa mujer que ya había aguantado un divorcio sola con una hija, esa cantante de fresas con crema que estaba viendo como su carrera empezaba a pagarse, necesitaba un sostén.
Necesitaba alguien que le dijera, “Tú no te preocupes, yo me hago cargo.” Y el pirru, eso se lo dijo. Pero las amigas desde el primer día vieron algo raro. Una de ellas, en una entrevista anónima muchos años después lo contó así. La forma en que él la miraba no era de amor, era de propietario, como cuando un hombre mira un coche que se acaba de comprar.
Esa forma de mirar, las mujeres la conocemos. Yo se lo dije a Mariana. Le dije, “Mana, ten cuidado.” Y ella me contestó, “No me digas eso. Déjame ser feliz. Déjame ser feliz.” Eso le dijo Mariana a su amiga y se casó con el Pirru en 1999. Lo que esa amiga contó después, lo que dejó dicho en la entrevista, fue lo que pasó en los primeros meses del matrimonio, que Mariana empezó a llamar menos, que canceló dos almuerzos seguidos, que cuando la veían en eventos era el Pirru quien hablaba por ella, que Mariana se reía un segundo después que
él, como si necesitara permiso. “Yo me di cuenta”, dijo la amiga. Yo me di cuenta el día de la boda. Cuando le tocó bailar, Mariana siempre había sido buena bailando. esa noche bailó como si tuviera miedo de equivocarse. Eso no era ella, esa no era Mariana. Y yo ese día me dije, “Aquí pasa algo.” Pero las cosas que pasan dentro de una casa, dentro de un matrimonio, las amigas no las ven del todo.
Las ven solo las paredes y los empleados. Mariana tenía 33 años, María, su hija mayor, tenía cinco. Y el Pirru en el altar le prometió a Mariana lo mismo que le promete cualquier hombre a una mujer que ya ha sufrido una vez, que esto iba a ser distinto. Y al principio lo fue. Al principio Mariana, los primeros meses, parecía contenta.
Las amigas la veían en eventos. Salía sonriendo del brazo del Pirru. posaba para las cámaras, hablaba bien de él en las pocas entrevistas que daba, pero las amigas más cercanas notaron pronto que algo había cambiado, que Mariana ya no llamaba como antes, que cancelaba almuerzos, que cuando llamaban a su casa era una empleada quien contestaba y cuando Mariana se ponía al teléfono, la voz le sonaba distinta, más callada, más rápida, como si tuviera prisa por colgar.
Una de esas amigas en la entrevista anónima de años después contó esto. Yo la llamé un día por su cumpleaños para felicitarla y al rato de hablar le dije, “Mana, ¿cómo estás de verdad?” Y se hizo un silencio, un silencio largo. Y al final ella me contestó, “Bien, estoy bien.” Pero esa fue la única vez en su vida que Mariana me contestó así, sin contarme nada, sin reírse, sin decirme nada de María.
Solo estoy bien. Yo colgué y le dije a mi marido, “A le pasa algo. A esta mujer le pasa algo.” Eso pensaron muchas amigas, pero ninguna pudo entrar a esa casa a comprobarlo. Porque cuando una mujer entra en una casa así, las amigas se quedan fuera. Y porque Mariana, además, hacía con ese matrimonio lo mismo que había hecho con su infancia.
No quería saber si una amiga le contaba algo que había oído en un set. Mariana cambiaba de tema. Si una empleada le decía que había visto algo, Mariana decía que no era nada. Si su mamá le preguntaba si todo iba bien, Mariana sonreía y decía que perfecto, no querer saber. Esa fue la forma de Mariana Levi de aguantar lo que le tocaba aguantar.
De ese matrimonio nacieron dos hijos. Paula, una niña, en el 2000, y José Emilio, un varón, en 2004, justo un año antes de la tragedia. Total, tres hijos, María de Ariel, Paula y José Emilio del Pirru. Recuerda este dato es importante porque las revistas en abril de 2005 lo iban a contar mal, pero hay otra cosa que importa más, que el público mexicano hasta hoy se sigue haciendo una pregunta sobre el Pirru, una pregunta que nadie ha contestado del todo, porque cuando ves las fotos de aquellos años, las fotos del Pirru con Mariana en eventos,
en estrenos, en la alfombra roja, hay algo que no termina de cuadrar. Las miradas. los gestos, la forma en que él se ponía siempre un paso por delante, la forma en que ella se le agarraba del brazo, casi como si estuviera pidiendo permiso. Una empleada doméstica que trabajó en esa casa durante los primeros dos años del matrimonio, le contó después a una periodista en una entrevista anónima.
La señora Mariana lloraba mucho de noche. Yo la escuchaba desde mi cuarto, pero al día siguiente bajaba arreglada y sonriendo. Como si nada, como si nada. Eso le pasaba a Mariana. Antes de seguir, una cosa rápida. Si has llegado hasta aquí es que esta historia te está tocando. Suscríbete en este canal cada semana te traigo una mujer que pagó un precio que tú también conoces.
La próxima ya la tengo lista y, créeme, te va a romper el corazón. También vuelvo y ahora viene esa tarde. 29 de abril de 2005, viernes. La mañana había empezado tranquila. Mariana se levantó temprano como todos los días. Le dio el biberón a José Emilio, el bebé. Despertó a Paula, le hizo una trenza, le preparó el lonche a María.
La mayor, la acompañó a la puerta de su escuela, le dio un beso en la frente y le dijo algo que la niña después contó mil veces. Hoy te recojo yo, mi reina, y nos vamos al parque. Pero esa mañana, según contaron después dos personas que estuvieron en la casa, hubo algo raro. Mariana llamó a su mamá Talina por teléfono.
Una llamada corta de pocos minutos. Talina después contó que la voz de Mariana esa mañana no era la de siempre. Estaba más bajita, más callada. Le preguntó por los nietos, por María, por Paula, por José Emilio. Le dijo que iba a llevarlos al parque esa tarde y antes de colgar, Talina recordó después.
Mariana le dijo una frase que Talina no entendió en ese momento. Mami, te quiero mucho. Por todo, por todo. Talina en una entrevista años después dijo que esa frase se le quedó, que Mariana nunca llamaba para decir esas cosas, que algo en esa llamada le sonó raro, pero que pensó, “Está cansada, ya se le pasará.” Pero hubo otra cosa esa mañana.
La nana de los niños, la mujer que llevaba años trabajando en esa casa, contó después algo que pocos recogieron. que Mariana esa mañana cuando le entregó al bebé para vestirlo, se quedó un momento parada mirando al José Emilio como si lo estuviera viendo por primera vez. “Cuídamelo bien hoy”, le dijo Mariana a la nana.
La nana le contestó que sí, que claro, que como todos los días, pero Mariana, según la nana, tardó un segundo más de lo normal en soltar al niño. Y antes de salir de la casa, antes de irse a recoger a María a la escuela, Mariana hizo algo que tampoco hacía nunca. Se paró delante del espejo del recibidor, se miró y se quedó así, mirándose casi un minuto entero.
La nana la observaba desde la cocina. No dijo nada. No le pareció el momento de decir nada. Mariana se ajustó el vestido floreado, se subió las gafas de sol a la cabeza y salió. Eso fue lo último que la nana vio de ella. Era viernes. Era el último día de clases antes del puente de mayo.
Mariana había planeado el día desde la semana anterior, llevar a sus tres hijos a Six Flags, el parque de diversiones que estaba en el sur de la ciudad, pasar la tarde, volver a casa. El pirruno las acompañó. estaba trabajando o eso le dijo a Mariana. Cuando llegó la hora de salir de la escuela, Mariana estaba ahí en la camioneta blanca. María subió.
Pasaron por la guardería de Paula. La niña salió corriendo cuando vio a su mamá y al final pasaron por la casa a recoger al bebé. La nana lo entregó, le dio un beso y la familia salió hacia Six Flags. Esa tarde fue durante muchas horas, una tarde normal. Una mamá con tres hijos en un parque comprándoles palomitas, subiendo con la mayor a la rueda de la fortuna, cuidando que el bebé no se asustara con los ruidos.
María, la mayor, se acordaba de eso después. Le dijo a un periodista años más tarde llorando. Mi mamá esa tarde estaba feliz. Yo me acuerdo. Estaba feliz. Pero hubo un momento, contó María después, un momento muy pequeño en el que su mamá dejó de estarlo. Fue cuando estaban subiendo a la rueda de la fortuna. Mariana sacó el teléfono, miró algo y se quedó un segundo en silencio mirando la pantalla.
Después se guardó el teléfono y siguió con los niños, pero ya no era la misma. María, con 11 años lo notó, pero no dijo nada. Porque las niñas de 11 años no preguntan esas cosas. Hubo otra cosa también que María contó años después, un detalle pequeño que ella durante mucho tiempo no entendió. Cuando ya estaban arriba en la rueda de la fortuna, en lo más alto, con todo six flags abajo, su mamá se puso a llorar despacio, sin ruido, solo dos lágrimas.
María le preguntó, “Mami, ¿qué te pasa?” Y Mariana, según María, se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Sonrió y le contestó, “Nada, mi reina, es que estoy muy contenta. A veces se llora también de eso. A veces se llora también de eso.” Y siguieron bajando. Pero María esa tarde se quedó pensando, “Porque las mamás no lloran de felicidad sin más.
” Y porque su mamá, cuando le contestó, no la había mirado a los ojos. Eso María lo recordó muchos años después y le sirvió para entender ya de adulta que su mamá esa tarde sabía algo o sospechaba algo o cargaba con algo que no había podido contar. Pero entonces, con 11 años María no le dio importancia.
Cuando empezaba a caer el sol, Mariana decidió que era hora de volver. Los niños estaban cansados. El bebé empezaba a llorar. pagaron en el estacionamiento, salieron de Six Flags y enfilaron hacia el norte, hacia su casa en Lomas de Chapultepec. Iban subiendo por una de las calles del fraccionamiento, una calle interior cerca de Prado Norte.
Las revistas después dijeron que fue en Avenida Reforma. Mentira, fue en una calle interior de Lomas. Lo dijo después la propia familia. Por eso es tan importante que estos datos se cuenten bien. Eran las 4:20 de la tarde. La radio del coche estaba puesta. Sonaba Luis Miguel. Mariana cantaba bajito. María, la mayor miraba por la ventana.
Y entonces, según los testimonios que la propia María dio años después en una entrevista con la periodista Berenice Ortiz, ocurrió. Tres hombres salieron de no se sabe dónde. Se acercaron a la ventanilla del lado del pasajero. Uno de ellos llevaba algo en la mano. María vio como su mamá miraba para ese lado.
Vio cómo se le caía la mano izquierda del volante. Vio cómo se llevaba la mano derecha al pecho. Vio cómo abría la boca para decir algo. Y oyó la última palabra que su mamá dijo en su vida, una palabra de una sola sílaba. Ay, solo eso. Y se desplomó. María empezó a gritar. Paula, la de 5 años, despertó del aturdimiento y empezó a llorar.
El bebé, José Emilio, lloraba sin saber por qué. Los tres hombres, al ver lo que estaba pasando, salieron corriendo. No tocaron a Mariana, no tocaron a los niños, no se llevaron nada, solo se fueron. Vecinos de la zona oyeron los gritos. Un señor que regaba el jardín fue el primero en acercarse. Vio a la mujer caída sobre el volante.
Vio a los tres niños llorando atrás. Llamó a una ambulancia y luego se acercó a la ventanilla del lado de la conductora. Señora, ¿está usted bien? Mariana no contestó. El señor abrió la puerta del coche, le tocó el cuello, buscó el pulso y se quedó callado. Mientras esperaban la ambulancia, María, la mayor, se bajó del coche, se subió al asiento del copiloto, le tomó la mano a su mamá y le dijo, según contó después, llorando con esa voz que tienen las niñas de 11 años cuando intentan ser adultas.
Mami, despierta. Por favor, mami, despierta. Pero Mariana ya no la oía. La ambulancia tardó 10 minutos. Cuando llegó, la trasladaron a una clínica cercana. A una clínica cercana, no al Hospital Ángeles del Pedregal. Como tantas crónicas contaron mal después, lo dijo la familia. En esa clínica, los médicos hicieron lo que se podía hacer: reanimación, inyecciones, adrenalina, masaje cardíaco, pero ya no había nada que hacer.
El corazón de Mariana Levi, ese corazón de 39 años se había detenido en mitad de la calle. Paro cardíaco fulminante, dijo el certificado de defunción. Causa probable. El susto del intento de asalto. Eso fue lo que le contaron a México. Pero México, en voz baja, en las cocinas, en los salones de belleza, en los taxis, en las llamadas largas entre amigas, empezó a darle vueltas a algo, a varias cosas en realidad.
¿Cómo se le para el corazón? Así, sin avisar, a una mujer sana de 39 años, una mujer que hacía ejercicio, que comía bien, que llevaba una vida normal de mujer joven con tres hijos, que no tenía enfermedades del corazón documentadas. Un susto. Las amigas se miraron en el funeral y bajaron la mirada. ¿Y por qué tres hombres que se habían acercado a esa camioneta para asaltarla no se llevaron nada y desaparecieron sin dejar rastro? La policía investigó, habló con los vecinos, buscó testigos, revisó las cámaras de la zona y nada. Tres hombres,
una mujer muerta, cero pruebas y luego lo más incómodo, lo que las amigas susurraron en el funeral, lo que México entero pensó cuando semanas después vio una foto en una revista, una foto del Pirru saliendo de un restaurante con otra mujer, una mujer rubia, cantante famosa, Ana Bárbara. Si no la conoces, te explico.
Ana Bárbara es una cantante grupera mexicana, famosa, popular, con su propia carrera, bonita, rubia, con esa cara de muñeca que tienen las cantantes mexicanas que vienen de Monterrey en el año 2005. Ella era ya una estrella consolidada del género grupero, llenaba palenques, sacaba discos, salía en revistas y según contaron las revistas en aquel mismo año 2005 entre Ana Bárbara y el Pirru había habido cercanía desde antes.
¿Cuándo empezó esa relación? Antes de que Mariana muriera después, ¿sabía Mariana? Esas preguntas las contestó el público mexicano, cada uno como pudo, pero en alto nunca se contestaron. Lo que sí pasó, y eso es un dato concreto, es que el Pirru y Ana Bárbara empezaron una relación pública pocos meses después de la muerte de Mariana.
Vivieron juntos, tuvieron hijos, estuvieron varios años, después se separaron en escándalo. El público mexicano hizo entonces sus cuentas. Si el Pirru y Ana Bárbara empezaron a salir en revistas en julio o agosto de 2005, eso quiere decir que se conocían desde antes. Y si se conocían desde antes, quiere decir que mientras Mariana estaba viva, esa relación ya existía o al menos ya estaba empezando.
Y eso el público mexicano lo entendió perfectamente. Una de las amigas más cercanas de Mariana, en una entrevista anónima que dio años después lo dijo claramente. Mariana sabía. Yo se lo había dicho. Yo le había contado lo que decían en los sets y ella me dijo, “No quiero saber. No me cuentes más.” Esa fue su forma de aguantarlo.
No querer saber. No querer saber. Otra vez. Como cuando era niña y no quería saber por qué su mamá llegaba tarde. Como cuando se casó con el Pirru y no quiso saber por qué las amigas le advertían. Como cuando bajaba sonriendo al día siguiente después de las noches de llorar. Como cuando esa mañana del 29 de abril cogió el teléfono, miró algo y siguió como si nada en la rueda de la fortuna con sus tres hijos.
A veces cuando una mujer empieza a no querer saber es porque ya sabe. Y a veces cuando llevas toda la vida no queriendo saber llega un día en que ya no puedes seguir aguantando lo que no quieres saber y se te para el corazón. Pero esa amiga nunca dijo su nombre y Mariana, por supuesto, ya no podía contar nada. Y el Pirru hasta hoy no ha hablado del tema.
El funeral de Mariana Levi se celebró dos días después, el primero de mayo de 2005, domingo. Se hizo en una funeraria del sur de la ciudad llena de flores blancas, las que su mamá Talina había escogido. Mariana siempre dijo en alguna entrevista que cuando muriera quería flores blancas. Como las novias, dijo una vez, como las novias.
Y ahí estaba vestida de blanco en una caja blanca con flores blancas alrededor. Talina llegó muy temprano antes que nadie. Cuentan que entró sola, sin escolta, sin familia. se acercó a la caja, se quedó mirando a su hija un rato largo y empezó a hablarle en voz baja. Una empleada de la funeraria, que la observaba desde lejos, contó después que Talina le decía cosas a Mariana, cosas en alemán, cosas que la mujer no entendía, pero que le parecieron muy tristes.
Y al final, antes de que empezara a llegar la gente, Talina se inclinó y le dio un beso en la frente. “Ya nos veremos”, dijo Talina en español esta vez. Ya nos veremos, hija mía. Y se fue a sentar en la primera fila. Esa imagen se quedó. Talina sola en la primera fila con un pañuelo blanco en la mano.
La señora más respetada de la televisión mexicana, esperando a que entrara la gente a despedir a su hija, la esperaba con la espalda recta, como su madre alemana le había enseñado. Una señora no se rompe en público, pero por dentro, según las amigas que la abrazaron después, Talina temblaba. Temblaba como si tuviera fiebre. Empezó a llegar la gente, compañeros del medio, productores, actrices, cantantes que habían trabajado con Mariana y Ariel López Padilla, su primer marido, el padre de María.
Ariel llegó con María de la mano. La niña, vestida de negro, con el pelo recogido, llevaba una flor blanca pequeña. Cuando se acercaron a la caja, María soltó la mano de su papá. caminó sola los últimos pasos, se asomó a la caja y puso la flor sobre el pecho de su madre. No lloró. Una de las amigas de Mariana, que estuvo ahí, contó después.
Esa niña no lloró y yo en ese momento supe que esa niña se había hecho mayor en cuestión de tres días, que ya nunca iba a volver a ser una niña como las demás. Después llegó el Pirru, llegó solo, vestido de negro, con cara de circunstancias, saludó a Talina con un beso en la mejilla. Talina lo recibió, pero según los testigos, no dijo nada, no le dio el pésame, no lloró sobre su hombro, no le agradeció estar ahí, solo aceptó el beso y se quedó mirando al frente.
Esa imagen, la detalina recibiendo al Pirro en silencio. La recordaron muchos y la interpretaron cada uno como pudo. El Pirru se acercó a la caja, miró a Mariana y según contaron después dos amigas que estaban detrás, el Pirru estuvo ahí 2 minutos, solo 2 minutos. Después se dio la vuelta, se fue a sentar en la segunda fila y no volvió a acercarse.
Una de esas amigas, años después, en una entrevista anónima, dijo, “Yo lo vi. Yo estaba ahí.” Y le digo una cosa, ese hombre no estaba triste. Ese hombre estaba nervioso. Hay diferencia. La tristeza es lenta. El nerviosismo es rápido. Y él estaba rápido. Y luego pasó lo que pasa en los funerales mexicanos. La gente se puso a hablar en voz baja en los rincones, mientras se servía el café, mientras se pasaban las galletas.
¿Y dónde está Ana Bárbara?, preguntó alguien. Calladita, contestó otra. No vino, pero ya la has visto en las fotos. ¿Tú crees que Mariana lo sabía? Yo creo que sí. Yo creo que por eso estaba bajando tanto de peso. Por eso andaba como ida estos últimos meses. Pobre, pobre, pobre, pobre. Y entre ese murmullo, esa frase que después se repitió en muchas entrevistas anónimas, en muchas tertulias de café, algo aquí no me cuadra, algo no cuadraba, pero nadie lo iba a investigar.
Lo que pasó después de aquella tarde, ya lo conoces a Merias, María, la mayor, se fue a vivir con su padre Ariel López Padilla. Talina la siguió cuidando como si fuera suya. María creció, estudió, trabajó desde joven. Hoy es una mujer adulta de poco más de 30 años. Talina, antes de morir, dijo de ella en una de sus últimas entrevistas.
María trabaja como bestia, estudia, es una tipasa. Yo creo que me lo heredó. Es lo único bueno que ha quedado de toda esta historia. Lo único bueno. Esas palabras de Talina las recordamos. Paula y José Emilio, los dos pequeños, los hijos del Pirru, se quedaron con su padre. Crecieron en una casa donde apareció después Ana Bárbara. Después la madrastra se fue.
Después llegaron otras mujeres. Después salieron en revistas. Después dejaron de salir. Hoy son dos jóvenes adultos. No suelen hablar con la prensa. Mejor Italina, la madre de Mariana, la dama del buen decir, no volvió a ser la misma después de aquel 29 de abril. Sus amigos cuentan que en los meses siguientes a la muerte de Mariana, Talina dejó de salir, dejó de trabajar, dejó de hablar con la energía que la había hecho famosa.
Decía que no podía, que tenía que cuidar de María, su nieta, pero que algo dentro de ella se había quedado en aquel coche. También hubo un momento en los primeros meses que las amigas de Talina pensaron que se la iban a perder, que Talina no iba a aguantar. Una amiga muy cercana en una entrevista posterior contó esto.
Yo iba a verla a su casa cada semana y la encontraba sentada en la misma silla, la misma, con la mirada perdida. Yo le hablaba y ella no me contestaba, solo me miraba. Y a veces, sin venir a cuento, decía, “No tenía que haber muerto antes que yo. Eso no estaba en el plan. No estaba en el plan.
Esa frase la dijo Talina muchas veces, según esa amiga, como si se hubiera roto un orden natural que ella no podía aceptar, como si la ley del mundo se hubiera trastocado. Tardó años en volver a la televisión y al volver ya no era la misma. quien la conoció en aquellos años, cuenta que Talina en privado lloraba por todo, que cualquier canción de la radio le recordaba a Mariana, que cualquier niña que veía en la calle con esa edad le hacía pensar que podía ser su hija.
Una vez, en un programa de televisión le pidieron que cantara una canción cualquiera, una de las que se ponían en los 80. Talina sonrió, dijo que ella no cantaba, que la cantante era su hija y se lebró la voz. Esa fue la primera vez que México vio llorar a Talina Fernández en directo.
Después vino otra y otra y otra. Una vez una periodista le preguntó si había aceptado ya la muerte de Mariana. Talina contestó, “¿Aceptarla?” Yo nunca la voy a aceptar. Solo aprendí a vivir alrededor de ese hueco. Otra vez, en una entrevista con Jordi Rosado en su podcast, ya muy mayor, Talina lloró frente a la cámara cuando habló de Mariana.
Después se secó las lágrimas con un pañuelo, sonrió como si nada y le dijo a Jordi, “Perdóname, hijo. Es que cuando hablo de ella no puedo después de 20 años. No puedo. Después de 20 años?” No podía. Talina nunca volvió a dormir igual. Sus amigos cuentan que dormía con una luz encendida, que tenía pesadillas, que se despertaba a las 4 de la mañana, justo a la hora del intento de asalto, gritando el nombre de Mariana.
Una vez, según contó una empleada que dormía en la casa, Talina se levantó de madrugada, fue a la cocina y se quedó sentada en una silla mirando una foto de Mariana niña. Mariana con 5 años, aquella niña que le había preguntado si la quería. La empleada le preguntó si quería un té. Talina contestó, “No, solo quiero estar aquí un rato, hija.
Dile a mi nieta que ya estoy bien si se despierta.” y se quedó así hasta el amanecer mirando la foto. Esas cosas las contaron las empleadas mucho después, cuando Talina ya estaba muerta, porque nadie se atrevía a contarlas mientras ella vivía. Pero Talina, por fuera seguía siendo Talina. Salía a la televisión cuando podía.

Daba entrevistas con la sonrisa de siempre. Hablaba de Mariana con dignidad. Nunca acusó a nadie, nunca señaló al Pirru, nunca dijo en alto lo que sospechaba, solo dejaba caer frases, frases sueltas en entrevistas distintas que el público fue juntando como si fueran piezas de un rompecabezas. Hay cosas que prefiero llevarme a la tumba. Yo amaría, si pude protegerla.
Eso ningún hijo y ninguna hija deberían pasar. Tantas cosas saldrán a la luz cuando yo me muera. Esa última frase, esa la dijo poco antes de morir. Tantas cosas saldrán a la luz, pero 20 años después no han salido. En el 2023, Talina Fernández murió de leucemia. Tenía 78 años. Antes de irse le dijo a un periodista una frase que pocos recogieron: “He enterrado a una hija.
Voy a enterrar a un hijo si no me toca primero a mí. Eso ningún padre debería pasar.” Tenía razón. Su hijo Patricio Levi, conocido como Pato, el menor de los tres hermanos Levi, murió un año después que su mamá, en junio de 2024, tenía 53 años. Los médicos dijeron que fue por problemas del corazón, los pulmones y la diabetes.
Murió mientras dormía. De los tres hijos de Talina, hoy queda solo Coco Levi, el productor, el último Levi. Y de los tres niños que iban en aquella camioneta el 29 de abril de 2005, hoy son dos mujeres y un hombre adultos, que no han contado del todo lo que vieron, que probablemente nunca lo contarán.
María, la mayor, una vez dijo a una amiga, según contó esa amiga después en una entrevista, una frase que se queda contigo cuando la oyes. Yo todavía oigo a mi mamá decir, ay. Solo eso. Ay. Y luego nada. 20 años después. 20 años durmiendo con esa palabra en la cabeza, 20 años escuchando cada vez que cierra los ojos ese único sonido que hizo su mamá antes de irse.
Una vez, según contó una persona cercana al Pirru, José Emilio, con seis o 7 años, le preguntó a su papá, “¿Por qué se murió mi mamá?” Y el pirú, según esta persona, le contestó, “Porque alguien le dio un susto muy grande, hijo, pero ya no pienses en eso. Ya pasó, ya pasó, pero no pasó.
Porque las cosas que les pasan a los niños cuando son chiquitos no se van. Se quedan ahí esperando a que el niño crezca para que pueda hacerse las preguntas que de chiquito no podía hacerse. Y ahora esos tres niños del coche ya son adultos y se hacen las preguntas. Si te ha tocado esta historia, escríbeme abajo. Me acuerdo de ella porque seguro que sí.
Porque si te tocó vivir aquellos años en cualquier casa de México, en cualquier parte de Latinoamérica donde llegaba la televisión mexicana, viste a Mariana en la pícara soñadora. La oíste cantar en fresas con crema, la saludaste en una revista del puesto de la esquina, la conociste antes de aquella tarde y cuando te enteraste de cómo murió, dijiste lo que decimos todos cuando una mujer joven se va así.
Pobre, solo pobre. Cuéntame en los comentarios qué te pareció a ti todo esto, qué piensas que pasó esa tarde, si crees que fue un susto, si crees que algo más, si te acuerdas dónde estabas tú cuando salió la noticia, yo voy a leer cada comentario uno por uno, como hago siempre, que las historias de estas mujeres también son las nuestras y aquí tenemos sitio para todas.
La última frase que dijo Mariana Levi, según su hija mayor fue, “Ay, no adiós, no perdón, no el nombre de sus niños, ni siquiera Pirru. Solo hay la sorpresa en ese último segundo de saber que se iba y de saber quizás por qué.” Esa fue la última palabra de la hija de Talina Fernández, la cantante de fresas con crema, la pícara soñadora, la madre de María, de Paula y de José Emilio.
Una mujer de 39 años, sana, bonita, con tres hijos a los que adoraba, casada con un hombre del que el público nunca terminó de fiarse, hija de la mujer más querida de la televisión mexicana. Y este, este fue el precio de ser Mariana Levi, hay algo que 20 años después. Sigue sin encajar.
Y no es el susto, no es el, es todo lo que vino antes, lo que Mariana no quiso ver y lo que nadie ha querido contar. Eso es lo que pesa. Y eso es lo que cuando cierra los ojos María por las noches todavía oye en una sola sílaba. Ay. Y luego, silencio. Si te quedaste hasta aquí es porque entendiste algo. Suscríbete a El precio de Ser y déjame contarte la próxima historia, la próxima mujer que te va a tocar tan adentro como esta.
Una mujer que también pagó, una mujer cuya historia como la de Mariana se contó a medias. Hasta hoy, cuídate. Hasta la próxima.