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Chavela Vargas: El ASQUEROSO Destierro de su Familia… y Su Trágico AMOR PROHIBIDO.

Azcárraga  Milmo terminó en un veto que sepultó su carrera. Y cuarto, ¿por qué al morir en  2012, mientras sus amigos la cuidaban, su propia sangre peleaba por los restos de un legado que jamás supo amar? Guarda esta imagen, una niña encerrada en la oscuridad, porque cuando lleguemos al final vas a entender que Chabela nunca salió del todo de ese cuarto.

Todo comenzó en San Joaquín de Flores, Costa  Rica, 17 de abril de 1919. Una casa grande, una familia de apellido respetado, cafetales alrededor, paredes limpias, visitas elegantes, silencios bien puestos. Ahí nació María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lisano. Pero desde el primer día hubo algo que nadie quiso decir en voz alta.

Esa niña no encajaba.  No era la hija dulce que esperaban. No era la niña de vestidos impecables, muñecas en la mano y obediencia en los ojos. Era distinta, miraba distinto,  caminaba distinto, se revelaba sin saber todavía contra qué. Y en una familia donde la apariencia valía más que la ternura, ser diferente era casi una condena.

Su padre, Francisco Vargas, era un hombre de tierra, uniforme y autoridad. Se le describía como militar, propietario de cafetales, un hombre con nombre, pero también marcado por el alcohol y por ausencias que pesaban dentro de la casa. Su madre, Herminia Lisano, venía de un mundo donde las mujeres debían guardar con postura, bajar la voz, obedecer el mandato social, aunque el alma se estuviera rompiendo.

Entre esos dos mundos nació Isabel y ninguno supo abrazarla. Guarda esta imagen. Una niña enferma encerrada en una habitación escuchando desde adentro las voces de los invitados. Afuera  la familia sonríe. Adentro ella aprende una frase sin que nadie se la diga. Tu presencia estorba. Desde pequeña sufrió enfermedades que la marcaron. Se habló de poliomielitis.

Se habló de problemas graves en los ojos, de una infección que casi la dejó sin ver. Mientras otros niños corrían por los patios, ella conocía el dolor del cuerpo y la vergüenza ajena, porque en aquella casa no solo se padecía la enfermedad, se padecía ser mirada como un error. Y entonces aparece el primer elemento que más tarde explicaría a la Chabela adulta.

La niña no fue curada únicamente por médicos, según los relatos que ella misma alimentaría con el paso de los años.  En su memoria quedaron los chamanes, las limpias, los rezos antiguos, las manos indígenas, los talismanes. Años  después, cuando el mundo la llamara la chamana, muchos creerían que era solo un apodo artístico.

No venía de ahí, de una infancia donde la ciencia no bastaba, la familia no abrazaba y lo invisible parecía más misericordioso que la sangre. Pero la enfermedad no fue lo peor. Lo peor fue la humillación.  Isabel no quería jugar a ser la niña que otros habían imaginado. Rechazaba los gestos delicados impuestos por la época.

Tenía una energía áspera,  frontal, considerada masculina. Y eso en la Costa Rica conservadora de aquellos  años era imperdonable. Sus padres sentían vergüenza. Cuando llegaban visitas, preferían esconderla como si fuera una mancha, como si fuera una prueba viviente de que algo en esa familia perfecta había salido mal.

Piensa en eso un momento. Antes de que México la escuchara cantar con una botella de tequila en la voz, antes de Frida Calo, antes de los escenarios, antes del poncho rojo y la pistola,  Chabela fue una niña a la que su propia casa le enseñó que Amar podía doler. Después vino la ruptura familiar. El matrimonio de sus padres se quebró y con  él se quebró también la poca estabilidad que le quedaba.

fue enviada con parientes. Allí no encontró consuelo. Encontró trabajo, cansancio, obediencia forzada. Según los relatos que rodean su infancia, llegó a cosechar miles de naranjas en un solo día,  5,000. Una cifra brutal para una niña que ya cargaba demasiadas heridas. Y luego la iglesia. Ese lugar que debía ofrecer refugio también le  cerró la puerta.

La diferencia que su familia no toleraba fue vista con sospecha por quienes hablaban en nombre de Dios. La expulsaron del espacio religioso. Primero la casa, luego la fe, después el país entero. A los 17 años, Isabel entendió algo definitivo. Si se quedaba en Costa Rica,  iba a morir sin morirse. Así que se fue a México sola, pobre, rabiosa, con una herida abierta y una decisión que lo cambiaría todo.

María Isabel tenía que desaparecer para que naciera Chabela Vargas. México no la recibió con alfombra roja, la recibió con hambre, cantinas, humo, hombres que creían mandar sobre  todo y mujeres que debían pedir permiso hasta para respirar. Pero Chabela hizo algo  peligroso. En vez de esconder su diferencia, la convirtió en armadura.

Se puso pantalones, fumó, bebió.  Cantó canciones de hombres como si fueran suyas. Se paró frente al machismo y le robó el lenguaje. La niña, encerrada en la oscuridad aprendió a ocupar el centro del escenario. Pero no te confundas, la herida no sanó, solo aprendió a cantar. Y cuando una persona crece creyendo que nadie la va a elegir, a veces empieza a buscar amor de la forma más peligrosa posible.

Ahí empieza el verdadero incendio. México, principios de los años 40. La ciudad olía a polvo, gasolina, sudor y promesa. Chabela Vargas todavía no era leyenda, no tenía carne guijol, no tenía homenajes, no tenía a Pedro Almodóar pronunciando su nombre como si fuera una oración. Tenía una guitarra, hambre, una voz rota antes de tiempo y una herida que venía desde Costa Rica.

Cantaba donde la dejaran, en cantinas pequeñas, en reuniones de artistas, en esquinas donde nadie preguntaba de dónde venía esa mujer vestida como hombre, con los ojos duros y la tristeza atravesada en la garganta. Y aquí hay algo que debes guardar en tu memoria. Chavela no buscaba solo aplausos, buscaba que alguien por fin  no la escondiera.

Porque cuando una niña crece creyendo que su presencia avergüenza, de adulta puede confundir el  amor con la conquista. Puede querer ser elegida con tanta furia que ya no le basta una caricia. Quiere una prueba, quiere una rendición.  Quiere que alguien lo arriesgue todo por ella. Y entonces apareció Frida Calo, la casa  azul, Coyoacán, un lugar donde las paredes parecían guardar secretos, donde entraban pintores, escritores, políticos,  exiliados, amantes, borrachos, genios y fantasmas.

Diego Rivera caminaba por esos salones como un gigante acostumbrado a que el mundo girara alrededor de su nombre. Pero esa noche, según los relatos que después alimentarían el mito, Chabela no vio primero a Diego, la vio a ella. Frida no era solo una pintora, era una mujer partida por el dolor y aún así vestida como una aparición.

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