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“¿Alguien Toca Guitarra?” Preguntó la Banda Cuando su Guitarrista Enfermó —Pedro Infante Se Adelantó

No prometemos nada, solo una noche de música honesta. El silencio que siguió duró lo suficiente para que Fernando desde su silla junto a la barra cerrara los ojos. Nadie iba a levantarse. Era martes por la noche en Monterrey, en un salón de cuarta categoría, y los hombres que estaban ahí habían venido a estar solos o a no pensar, no a subirle el ánimo a unos desconocidos. Beto miraba el suelo.

Rosario miraba el salón con esa expresión que tiene la gente cuando espera un milagro y sabe que los milagros no funcionan así. Fue entonces cuando la silla chirrió. Era una mesa del fondo, la más alejada del escenario, la más cercana a la puerta, un hombre que había estado sentado solo con una cerveza que casi no había tocado.

Llevaba ropa sencilla, pantalón oscuro y camisa de trabajo abierta en el cuello, sin sombrero, con el cabello peinado hacia atrás, de esa forma que tienen los hombres cuando salen sin arreglarse demasiado porque no tienen intención de que nadie los mire. Tenía cerca de 35 años, quizá más.

Con una complexión fuerte y esa manera de moverse que tienen ciertos hombres, sin prisa, sin demostración, como quien ya no necesita probar nada. se levantó despacio, caminó entre las mesas sin mirar a los lados, llegó hasta el borde del escenario y miró a Rosario directamente. “Sé tocar”, dijo simplemente.  “Si le sirve, aquí estoy.

” Rosario no supo qué decir durante un segundo. Beto dio un paso adelante y le tendió la mano. El hombre la estrechó con firmeza. Fernando abrió los ojos desde la silla y lo miró con la evaluación lenta de quien está agotado, pero todavía es músico. Había algo en la forma en que ese hombre miraba el escenario pequeño, no con la curiosidad de la amater ni con la indiferencia del profesional aburrido, sino con algo intermedio.

Atención, el tipo de atención que solo tienen quienes conocen muy bien lo que están mirando. La guitarra de Fernando estaba apoyada contra el amplificador.  El hombre la tomó, la sostuvo un momento calibrando el peso, afinó las seis cuerdas de oído con una velocidad que hizo que Fernando frunciera el ceño sin darse cuenta.

No fue la velocidad lo que llamó la atención, fue la precisión. Sin dudar, sin corregir, sin volver atrás. Seis cuerdas, seis ajustes.  Terminado. Rosario lo miró. Nos llaman los norteños del alba. ¿Conoce algo de corrido norteño? El hombre esbozó algo que podría haber sido una sonrisa, pero que se quedó a mitad del camino.

“Algo conozco”, dijo. Beto le pasó el cuaderno de Fernando abierto en la primera canción. El hombre lo leyó con calma. Repasó los acordes dos veces en silencio, los dedos moviéndose sobre las cuerdas sin producir sonido, memorizando. Luego asintió. Cuando quieran. La primera canción fue una prueba.

Nadie lo dijo, pero todos lo entendieron. Rosario entró con la voz con esa cautela de quien sabe que el suelo puede ceder. El hombre la siguió desde el primer compás con una limpieza que no era lo que nadie esperaba. No era que tocara bien, era que tocaba exactamente  bien, con la medida justa, sin adornos innecesarios, sin esa urgencia de los guitarristas inseguros  que llenan cada hueco con notas de más porque temen que el silencio los delate. Dejaba respirar la melodía.

Escuchaba la voz de Rosario y  la sostenía desde abajo como se sostiene algo que puede romperse con cuidado pero sin miedo. Y entonces ocurrió algo que Rosario no esperaba. Su voz encontró una capa que no siempre encontraba. No fue una decisión, fue una respuesta. El hombre detrás de ella tocaba con tanta atención, con tanta presencia, que Rosario sintió por primera vez en mucho tiempo que no estaba sola en el escenario, que alguien la escuchaba de verdad y respondía a cada matiz.

A cada pequeño giro que ella metía sin pensar,  su voz se abrió, no mucho, no de golpe, pero lo suficiente para que Beto levantara la cara del bajo y la mirara con una expresión que no le había visto antes. Cuando terminó la primera canción, Fernando, desde su silla junto a la barra tenía los ojos abiertos.

La segunda canción era la más difícil del repertorio. Tenía un puente donde la guitarra debía sostener sola durante ocho compases, sin voz, sin bajo, sin nada que la cubriera. Ocho compases donde el guitarrista quedaba completamente expuesto. Y la exposición siempre cobra lo que uno vale. Los que habían intentado esa canción antes dejaban los ocho compases planos  como quien atraviesa un terreno peligroso sin levantar los pies.

El hombre no hizo eso. Tomó los ocho compases y los convirtió en algo que no estaba escrito en el cuaderno, algo que fluía de las cuerdas con la naturalidad de quien no improvisa, sino que recuerda, como si esa melodía existiera desde antes y él solo la estuviera encontrando. Dos hombres en la mesa del frente dejaron de hablar entre ellos.

Una mujer que estaba sola en la mesa de la izquierda se giró completamente hacia el escenario y no volvió a girarse. Cisneros detrás de la barra apoyó los dos codos en la madera y ya no los movió. La tercera canción fue donde Rosario se quebró. No de tristeza, de algo más complicado. Había una estrofa en esa canción que Fernando había escrito pensando en su padre, en un hombre que trabajó toda su vida sin que nadie le dijera que valía la pena.

Rosario la había cantado decenas de veces sin que le hiciera nada especial, pero esa noche, con ese hombre detrás de ella tocando como tocaba, algo en esa estrofa la golpeó diferente. La voz le tembló en la segunda frase, no mucho, apenas un hilo de temblor que podría haber pasado desapercibido.

El hombre lo sintió antes de que terminara la frase. No paró, no cambió de compás, pero hizo algo con la guitarra en ese instante, algo tan sutil que después nadie pudo describirlo con exactitud,  una variación tan pequeña que duró menos de 2 segundos, como si pusiera la mano en el hombro de alguien sin tocarlo.

La voz de Rosario encontró el hilo de vuelta.  Lo encontró más firme que antes, como si el temblor hubiera costado algo y ahora ella supiera que ese algo ya estaba apagado. Fernando, desde la silla se limpió la cara con el dorso de la mano. La cuarta canción fue donde los nervios de los hombres del fondo se convirtieron en otra cosa.

El hombre tocaba con los ojos entrecerrados. Cuando los abría, había algo en su mirada que no pertenecía a ningún músico de salón. No tocaba para impresionar, tocaba con esa entrega total que solo tienen quienes llevan tanto tiempo haciéndolo que ya no existe separación entre el músico y la música. Fernando miraba las manos moverse sobre las cuerdas desde su silla y pensaba en algo que no conseguía nombrar, algo que le rozaba la memoria como una palabra que uno conoce pero no logra decir.

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