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Infanta Cristina: La Hija del Rey Juan Carlos Que Cayó Por Amor a un Hombre

Cristina creció siendo la hija mediana. Elena era la mayor, dos años mayor. Felipe era el menor, 3 años menor. Cristina era la del medio, la discreta, la estudiosa, la que sacaba las mejores notas, la que jugaba al tenis y a la vela con su padre los fines de semana en el palacio de Marient, en Mallorca. Su personalidad, según la describirían sus profesores en sus años escolares, era la de una niña tímida, seria, ligeramente solitaria.

Le encantaban los caballos, le encantaba leer libros de historia, le encantaba hablar con su abuela Federica, exreina de Grecia, que vivía con la familia en Madrid hasta su muerte en 1981. Y según testimonios de sus amigas de infancia, Cristina era la única hija de la familia real que prefería pasar las tardes en su habitación leyendo a hablar con la prensa.

Hay un episodio de la infancia de Cristina que ella misma contaría décadas después en una entrevista privada que dio a una periodista francesa en 1999. Cristina tenía 11 años. Estaba en Mallorca con su familia en el palacio de Marivent. donde la familia real pasaba los veranos. Una tarde, una multitud de turistas se agolpó frente a las verjas del palacio, gritando, “Reina Sofía, reina Sofía”, esperando ver a su madre.

Cristina, esa tarde le preguntó a su madre por qué la gente gritaba. La reina Sofía le contestó con una frase que Cristina recordaría toda su vida. le dijo, “Hija mía, esa gente no nos quiere a nosotros como personas, nos quiere como símbolos. Nunca te confundas. El día en que dejes de ser un símbolo útil para España, esa misma gente que hoy grita tu nombre te olvidará en una semana.

” Cristina, con 11 años no entendió completamente esa frase, pero la guardó. Noter. Y 40 años después, cuando los mismos españoles que la habían adorado en los Juegos Olímpicos de 1992 empezaron a insultarla en las calles de Barcelona durante el escándalo Nos. Cristina recordaría exactamente las palabras de su madre y comprendería dolorosamente que la reina Sofía tenía razón.

Esa timidez natural, esa preferencia por el silencio sobre las apariciones públicas iba a ser una de las razones por las que durante los años del escándalo Nos Cristina iba a parecer fría o distante cuando aparecía ante las cámaras. La gente que no la conocía pensaría que estaba ocultando algo, pero los que la conocían sabían que era simplemente su naturaleza.

Cristina, desde niña, no sabía ser cálida con los desconocidos, solo sabía ser cálida con su familia más cercana. Y dentro de su familia más cercana había una persona en particular a la que Cristina adoraba sobre todas las demás, su padre, el rey Juan Carlos. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios.

Nos encanta saber desde qué país nos siguen. La relación entre Juan Carlos y su hija Cristina durante toda la infancia y adolescencia de la infanta era de una complicidad especial, diferente de la que el rey tenía con su hija Elena, más extrovertida y rebelde, diferente también de la que tenía con su hijo Felipe, que era el heredero designado y, por lo tanto, el centro de toda la atención educativa.

Juan Carlos llevaba a Cristina a las regatas de vela en Mallorca. Le enseñaba a manejar barcos a partir de los 12 años. Le hablaba de política, de monarquía, de los años que él mismo había pasado en el exilio cuando era joven. Y le decía, según se cuenta, una frase que iba a marcar el resto de la vida de Cristina. Le decía, “Tina, en esta familia las mujeres siempre han pagado el precio de los hombres.

Tu bisabuela Victoria Eugenia, tu abuela María Mercedes, tu madre la reina Sofía. Las cuatro reinas de España del siglo XX fueron mujeres traicionadas por sus maridos. Tú, hija mía, tienes que casarte con alguien que de verdad te merezca. Solo así romperás esa maldición. Esa frase, romper la maldición de las mujeres traicionadas se la repitió Juan Carlos a Cristina.

Muchas veces durante los años 80, lo irónico, lo cruel, lo casi profético es que sería precisamente Juan Carlos quien iba a perpetuar esa maldición. Primero con sus propias infidelidades a la reina Sofía durante décadas, después con el escándalo de Corint Larson en 2012 y finalmente con su exilio voluntario a Abu Dhabi en agosto de 2020.

Y Cristina, a pesar del consejo de su padre, también iba a vivir esa maldición. Su matrimonio, como el de su madre, iba a terminar con la traición pública del marido por una mujer mucho más joven. Pero antes de eso, antes de la traición, antes del escándalo, antes de la caída, Cristina vivió 15 años de luz absoluta, 15 años en los que parecía la persona más afortunada de España.

En 1982, a los 17 años, Cristina empezó a estudiar ciencias políticas y sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Fue la primera infanta de España en estudiar en una universidad pública española. Iba a clase como una estudiante normal. Tomaba el carro al campus universitario, comía en la cafetería con sus compañeros y según sus profesores sacaba notas brillantes en historia, sociología, filosofía.

No era una alumna privilegiada por su título, era una alumna seria, comprometida, trabajadora. Después de graduarse en 1989, Cristina decidió continuar sus estudios en el extranjero. Se fue a Nueva York. Ingresó en la Universidad de Nueva York para ser un máster en relaciones internacionales. Pasó 2 años en Manhattan viviendo en un departamento modesto en el Upper West Side, sin escolta visible, casi anónima.

Para muchos de sus compañeros americanos, Cristina era simplemente una chica española que sacaba mejores notas que todos. Cuando volvió a Madrid en 1991, ya con el máster terminado, Cristina empezó a trabajar en la Fundación La Caixa una de las instituciones financieras más grandes de España, en su programa de cooperación internacional.

Por primera vez en la historia de la realeza española, una infanta tenía un trabajo de oficina con un salario, con horarios fijos, con un jefe. Y paralelamente a su carrera profesional, Cristina tenía otra pasión, una pasión que la había acompañado desde la infancia, la vela. Cristina era una velerista de élite.

Había sido entrenada por su padre, el rey Juan Carlos, que era él mismo un velerista olímpico. Y en la primavera de 1992, Cristina recibió una invitación que iba a cambiar su vida. El Comité Olímpico Español la invitó a representar a España en los Juegos Olímpicos de Barcelona esa misma temporada en la categoría de vela. Cristina, después de meses de duda aceptó.

Y entonces, en julio y agosto de 1992, la infanta Cristina se convirtió oficialmente en deportista olímpica. España vivió esos Juegos Olímpicos como una explosión nacional. Era la primera vez en la historia que España organizaba unos Juegos Olímpicos. Barcelona se transformó. Las imágenes de la inauguración con Kobe, la mascota oficial, dieron la vuelta al mundo y en medio de todos los deportistas españoles que competían, había una mujer joven, alta, con el cabello rubio recogido en una cola de caballo con un traje de neopreno azul. Era la infanta Cristina

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