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Enrique Peña Nieto: La Farsa Presidencial… El ASQUEROSO Saqueo de su Dinastía.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, la Casa Blanca de Sierra Gorda, valuada en millones de dólares y el nombre del contratista que convirtió el lujo privado en sospecha nacional. Segundo, el matrimonio con Angélica Rivera, la boda en Toluca y el caso del sacerdote José Luis Salina Saranda, cuya vida quedó atrapada en una batalla religiosa que muchos  prefirieron callar.

Tercero, la ruta del dinero desde la estafa maestra hasta las declaraciones de Emilio Lozoya sobre Odebrecht, Luis Videaray y los presuntos millones usados para comprar poder. Y cuarto, el final más incómodo, Baldelagua, España, una residencia ligada a inversión, transferencias por más de 26 millones de pesos y una familia bajo la sombra de la UIF.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes tienes que mirar el origen, porque esta historia no empezó en Madrid, empezó en Atlacomulco,  donde el poder se heredaba como apellido. Todo comenzó en Atlacomulco, no en Madrid, no en Los Pinos, no en la Casa Blanca de Sierra Gorda,  Atlacomulco, Estado de México, un lugar que durante décadas fue más que un municipio.

Fue una cantera, fue una sombra, fue una escuela silenciosa donde el poder no se pedía, se heredaba. En 1940, según la leyenda política que todavía se cuenta en voz baja, Francisca Castro  Montiel reunió a los hombres fuertes de la región y soltó una profecía que parecía delirio, pero terminó sonando como programa de gobierno.

De esa tierra saldrían seis gobernadores del Estado de México y uno de ellos llegaría a la presidencia de la República. Piensa en eso un momento. Antes de que Enrique Peña Nieto aprendiera a sonreír frente a una cámara, antes de que Televisa lo convirtiera en galán de  campaña, ya existía una historia escrita alrededor de su cuna política.

A ese mito le llamaron Grupo Atlacomulco. Sus miembros más importantes siempre negaron que fuera una organización formal, pero los apellidos estaban ahí. Isidro Fabela, el arquitecto inicial, Carlos Hank González. El hombre que entendió que la política y los negocios podían dormir en la misma cama.

Arturo Montiel Rojas, el padrino que preparó el camino, y después Enrique Peña Nieto, el muchacho de traje impecable que parecía haber nacido para cumplir la profecía. En sus años de mayor influencia se decía que esa red tocaba buena parte de los cargos del centro del país. No hacía falta anunciarse. Bastaba con estar. En 2003 entró como diputado local por el distrito 13.

Dos años después, en 2005, llegó al gobierno del Estado de México. Tenía juventud, apellido,  respaldo, sonrisa, todo lo que una cámara necesita para fabricar destino. Los periódicos lo presentaban como renovación. La televisión lo acariciaba como promesa. El PRI veía en él una máscara perfecta para regresar al poder sin parecer el mismo monstruo de siempre.

Pero detrás de esa imagen había un  hueco y el hueco se vio. En diciembre de 2011, en la feria internacional del libro de Guadalajara, le pidieron nombrar tres libros que hubieran  marcado su vida. Tres, nada más tres. Durante casi 4 minutos, el candidato más producido de México se perdió frente al micrófono. Mencionó la Biblia, confundió  autores, titubió, sonrió, buscó una salida y no la encontró.

Ese día no se cayó una campaña,  se cayó una máscara. Guarda esta imagen en tu memoria. Un hombre entrenado para verse seguro, paralizado por una pregunta sencilla, porque volverá a pasar con una casa, con una esposa, con millones, con una nación entera. Pero el  vacío intelectual no era el único fantasma.

En 2007 murió Mónica Pretelini, su primera esposa. La tragedia familiar dejó preguntas, rumores, silencios. Y en marzo de 2009, cuando un periodista le preguntó por la causa exacta de la muerte, Peña Nieto volvió a quedar atrapado en sus propias  palabras. No fue una respuesta clara, fue una escena incómoda.

Un hombre que podía repetir discursos de campaña, pero parecía no encontrar el centro de su propio dolor. Desde entonces quedó claro algo terrible. La prioridad no era la verdad, era la imagen. La sonrisa debía seguir  intacta. La telenovela del poder tenía que continuar. Y para llegar a 2012, Peña Nieto necesitaba algo más que Atlacomulco.

Necesitaba una familia perfecta, una mujer perfecta, una boda perfecta. Ahí apareció Angélica Rivera y con ella el secreto que iba a manchar hasta el altar. Para llegar a 2012, Enrique Peña Nieto no necesitaba solamente votos,  necesitaba una historia, una imagen, una familia que pudiera caber en una portada de revista y en una escena de telenovela, porque el viejo PRI sabía algo que México había aprendido durante décadas frente al televisor.

A veces una emoción bien fabricada convence más que un discurso político. Y entonces apareció Angélica Rivera. No era una mujer cualquiera, era la  gaviota, el rostro que millones habían visto llorar, amar, sufrir y triunfar en las pantallas de Televisa. Una actriz famosa, querida,  reconocible, el tipo de figura que podía convertir a un gobernador frío en un hombre cercano, a un político de Atlacomulco en un esposo romántico, a una campaña presidencial en una historia de amor nacional.  Piensa en eso

un momento. Un país cansado de corrupción, violencia y promesas rotas, viendo como el candidato perfecto abrazaba a la actriz  perfecta. Las cámaras estaban ahí, las revistas estaban ahí, los programas de espectáculos estaban ahí. Todo parecía calculado para que nadie mirara demasiado detrás del telón.

La sonrisa debía seguir intacta. La telenovela del poder tenía que continuar. El 27 de noviembre de 2010, la escena llegó a su punto más alto. Catedral de Toluca. Traje impecable, vestido blanco,  flores, cámaras, aplausos. Un gobernador camino a la presidencia casándose ante Dios con la mujer que la televisión había convertido en símbolo de ternura popular.

Era una boda perfecta, demasiado perfecta, pero detrás de esa luz había una sombra que casi nadie quería tocar. Angélica Rivera ya había estado casada con el productor José Alberto Castro. En 2004,  según reportes, habían celebrado una boda religiosa en la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima,  en la Ciudad de México, y después una ceremonia en Acapulco.

Para la Iglesia Católica eso no era un detalle menor. Si ese matrimonio era válido, ella no podía volver a casarse por la iglesia sin una anulación. Y una anulación  para cualquier persona común puede tardar años, puede costar dinero, puede romper familias, puede dejar a la gente esperando en oficinas donde nadie contesta.

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