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El olor a pimentón ahumado, aceite de oliva virgen extra y ajo asado había sido el alma del callejón de Sant Domènec

El olor a pimentón ahumado, aceite de oliva virgen extra y ajo asado había sido el alma del callejón de Sant Domènec durante más de un siglo. Pero esa noche, en el corazón del Barrio Gótico de Barcelona, aquel aroma familiar y reconfortante fue brutalmente estrangulado por el hedor acre del humo, la gasolina y el odio.

El primer adoquín atravesó el escaparate principal a las nueve y cuarto de la noche. El cristal, una obra de arte modernista con cien años de antigüedad que había sobrevivido a la Guerra Civil, estalló en mil pedazos con un estruendo que hizo temblar los cimientos de “La Tasca de los Abuelos”.

—¡Asesino! ¡Envenenador de mierda! —bramó una voz desde la oscuridad de la calle, amplificada por el eco de los estrechos muros de piedra medieval.

Dentro, Don Mateo, un hombre de setenta y ocho años cuyas manos nudosas habían alimentado a cuatro generaciones de barceloneses, cayó de rodillas. El impacto del pánico le robó el aliento. Un segundo proyectil, esta vez una botella de cristal pesado, impactó contra la barra de caoba maciza, derribando hileras de botellas de vino de Rioja y Ribera del Duero. El líquido rojo oscuro se derramó por el suelo de baldosas hidráulicas, mezclándose con los cristales rotos como si fuera la sangre del propio establecimiento.

—¡Sal de ahí, viejo cabrón! ¡Sabemos lo que le hiciste a esa chica! —El rugido de la turba era ensordecedor.

Eran decenas. Cientos, tal vez. Iluminados por las luces estroboscópicas de los teléfonos móviles que grababan la escena para las redes sociales, sus rostros estaban contorsionados por una furia ciega, una indignación prefabricada y letal. En sus pantallas brillaba un hashtag que había sido tendencia número uno en España durante las últimas cuatro horas: #TapasAsesinasBCN.

Don Mateo, con el delantal blanco cubierto de salpicaduras de vino y polvo, intentó ponerse en pie, pero sus piernas temblaban sin control. Sus ojos, nublados por las cataratas y las lágrimas de una incomprensión absoluta, miraban las ruinas de su vida. Su abuelo fundó aquella tasca. Su padre murió defendiéndola. Y ahora, él la estaba perdiendo en medio de una pesadilla incomprensible.

—¿Qué pasa? —susurró el anciano, con la voz quebrada, alzando unas manos temblorosas hacia la multitud enloquecida que ya empezaba a derribar la puerta de hierro forjado—. ¡Por el amor de Dios, parad! ¡Aquí solo hacemos comida! ¡Solo damos de comer!

Pero la multitud no escuchaba. Alguien arrojó un paquete a través de la ventana rota. Aterrizó justo a los pies de Mateo. Era una caja de raticida industrial, de color verde fosforescente, con una calavera negra impresa en el cartón.

—¡Eso es lo que le das a tus clientes, desgraciado! ¡Matarratas en las patatas bravas!

El shock fue tan físico como un golpe en el pecho. ¿Raticida? ¿En su cocina? La mente de Don Mateo empezó a dar vueltas a una velocidad vertiginosa, el corazón le latía contra las costillas como un pájaro atrapado. Horas antes, el servicio de mediodía transcurría con la normalidad de siempre. Hasta que una joven rubia, sentada en la mesa siete, empezó a convulsionar de repente, echando espuma por la boca, gritando que la comida le quemaba las entrañas. En cuestión de minutos, antes de que llegara la ambulancia, el local se había llenado de supuestos inspectores de sanidad que “casualmente” pasaban por allí y de “periodistas” ciudadanos con sus cámaras encendidas. Encontraron una caja vacía de veneno para ratas detrás del horno. Mateo no la había visto en su vida.

Fue una ejecución pública, rápida y sin piedad. Un montaje perfecto.

—¡Fuego! ¡Quemad el nido de ratas! —gritó un joven encapuchado, encendiendo una bengala roja que tiñó la tasca de un color infernal.

Fue entonces cuando la puerta trasera de la cocina se abrió de golpe y una figura irrumpió en el salón. Era Carmen, la nieta de veintiséis años de Mateo. Había corrido desde su apartamento en el barrio de Gràcia al ver el linchamiento en directo por Instagram.

—¡Abuelo! —El grito de Carmen desgarró la cortina de ruido. Se abalanzó sobre el anciano, cubriendo el cuerpo frágil de Mateo con el suyo propio justo cuando otra lluvia de piedras entraba en el local. Los cristales le rasgaron la chaqueta de cuero y le hicieron un corte superficial en la mejilla, pero ella no sintió el dolor. Solo sentía el temblor espasmódico del cuerpo de su abuelo debajo de ella.

—Carmen… mi niña… yo no fui… te juro por tu abuela que yo no fui… —sollozaba Don Mateo, un llanto ronco, primitivo y desgarrador. Las lágrimas del anciano le caían por el rostro arrugado, mezclándose con el polvo del suelo. Era el llanto de un hombre al que no solo le estaban quitando su medio de vida, sino su honor, su nombre y su dignidad.

—Lo sé, abuelo, lo sé. Cierra los ojos. No mires.

Las sirenas de la policía antidisturbios de los Mossos d’Esquadra empezaron a aullar en la distancia, pero llegaron demasiado tarde. La turba, cobarde en el fondo, comenzó a dispersarse ante la inminencia de la autoridad, dejando tras de sí una tasca destrozada, paredes manchadas con grafitis de “ASESINO” y el corazón de un buen hombre roto en mil pedazos.

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