Era a Rashid. Señor Iglesias, su alteza está esperando su respuesta. ¿Hay algún problema con la oferta? Julio sonríó. El problema es que tengo un concierto programado esa fecha. Tendría que cancelarlo. Eso me costaría mucho dinero y mucha reputación. Rashid hizo una pausa. ¿Qué necesita para cambiar sus planes? Julio lanzó su anzuelo, 55 millones y un avión privado para mí y mi equipo. Ida y vuelta desde Miami.
Pensó que el jeque rechazaría, pensó que negociarían, pero Rashid solo dijo, “Aceptado, recibirá los detalles mañana.” Y colgó. Julio se quedó mirando el teléfono. Acababa de ganar 55 millones de dólar en una llamada de 3 minutos, pero algo no se sentía bien. ¿Por qué habían aceptado tan rápido? ¿Por qué no negociaron ni un centavo? Julio sacudió la cabeza.
Son árabes, pensó. El dinero no significa nada para ellos. No sabía lo equivocado que estaba. Dos semanas después, un Boeing 747 privado aterrizó en Miami. No era un avión cualquiera, era el avión personal del jeque Abdula, interior de oro, asientos de cuero blanco, azafatas que hablaban seis idiomas, champán de 10,000 la botella.
Julio subió con su equipo cuatro músicos, dos técnicos de sonido, su manager y su asistente personal. El vuelo duró 14 horas. Cuando aterrizaron en Abu Dhabi, Julio vio algo que nunca olvidaría. Una caravana de 20 Rolls-Royce esperándolos en la pista. Todos blancos, todos con banderas doradas. Un hombre con túnica blanca se acercó.
Señor Iglesias, bienvenido al reino. Su alteza lo espera. Julio subió al Rolls-Royce principal y comenzó un viaje de 2 horas hacia el desierto. Al principio había ciudad, rascacielos, centros comerciales, autopistas, pero poco a poco todo desapareció. Solo quedó arena, dunas infinitas y un sol que quemaba todo lo que tocaba.
Julio empezó a sentirse incómodo. ¿A dónde vamos exactamente? El conductor sonríó. Al palacio de las milches, Señor. El hogar privado de su alteza está en el corazón del desierto, lejos de todo. Lejos de todo. Sí, Señor. No hay nada en 200 km a la redonda, solo el palacio. Julio miró por la ventana. Arena, solo arena.
Y un pensamiento cruzó su mente. Si algo sale mal aquí, nadie me encontrará jamás. Después de 2 horas de desierto, apareció el palacio de las 1 noches. Julio había visto mansiones, había estado en castillos, había cantado en palacios europeos, pero esto, esto era otra cosa. Era como si alguien hubiera construido una ciudad entera solo para una familia.
Cúpulas doradas que brillaban bajo el sol, fuentes de agua cristalina en medio del desierto, jardines verdes que desafiaban la lógica, estatuas de leones de oro macizo y en la entrada cientos de sirvientes formados en fila. Esperando a julio, el jeque Abdula, salió a recibirlo personalmente. Era un hombre de unos 60 años, barba blanca perfectamente recortada, ojos negros profundos y una sonrisa que no revelaba nada.
Señor Iglesias, dijo en perfecto español, es un honor tenerlo en mi hogar. Julio estrechó su mano. El honor es mío. Su alteza, el jeque lo miró fijamente. Esperado este momento durante muchos años. Mi hija, ella creció escuchando sus canciones. Usted es su artista favorito. Cuando le dije que cantaría en su boda, lloró de felicidad. Julio sonríó. Espero no decepcionarla.
El jeque no sonríó. No lo hará, señor Iglesias. Estoy seguro de eso. Había algo en su tono, algo que Julio no pudo identificar. Era una promesa o este una amenaza. Julio fue llevado a sus aposentos, una suite el tamaño de su casa en Miami, cama con sábanas de seda, baño con grifos de oro, un balcón con vista al desierto infinito.

Pero Julio no podía relajarse. Algo estaba mal, no podía explicarlo. Era solo una sensación. Esa noche decidió explorar el palacio. Caminó por pasillos interminables, habitaciones vacías, salones abandonados y entonces escuchó algo. Llantos venían de una habitación al final del pasillo. Julio se acercó, la puerta estaba entreabierta, miró adentro y vio a una mujer joven vestida de blanco llorando desconsoladamente.
Era Fátima, la novia. Julio iba a retroceder cuando ella levantó la vista. lo vio y sus ojos sus ojos estaban llenos de terror. “Por favor”, susurró. “Ayúdeme.” Julio se quedó paralizado. “¿Qué? ¿Qué pasa?” Fatima miró hacia la puerta con pánico. “No quiero casarme, me están obligando. El hombre con el que me caso, él”, se escucharon pasos.
Fatima palideció. Váyase, por favor. Olvide lo que vio. Julio retrocedió. Dos guardias aparecieron en el pasillo. Señor Iglesias, está perdido. Permítanos escoltarlo a su habitación. No era una pregunta, era una orden. El día de la boda llegó. 5,000 invitados. Los hombres más ricos del mundo árabe, príncipes, jeques, ministros.
Un despliegue de riqueza que desafiaba la imaginación. Mujeres cubiertas de diamantes, hombres con relojes de millón de dólares. Y en el centro de todo, Fátima, vestida como una reina, con una sonrisa falsa y ojos muertos. Julio no podía quitarle la vista de encima. “Ayúdeme”, había dicho ella. “¿Pero qué podía hacer?” Él estaba en medio del desierto, rodeado de guardias, en un país donde él no tenía ningún poder.
Llegó el momento de cantar. Julio subió al escenario. Los 5,000 invitados guardaron silencio. El jeque Abdulah lo miraba desde la mesa principal, a su lado Fátima, y al otro lado el novio. Un hombre de unos 50 años, gordo, sudoroso, con ojos de serpiente. Julio entendió todo en ese momento. Fátima tenía quizás 20 años. La estaban vendiendo como ganado a un hombre que le triplicaba la edad.
Julio tomó el micrófono y algo dentro de él se quebró. Había cantado para dictadores, había cantado para criminales, había cerrado los ojos muchas veces, pero esta vez no pudo. Miró a Fátima. Ella lo miraba con ojos suplicantes. Y Julio tomó una decisión, la decisión más peligrosa de su vida. Julio comenzó a cantar, pero no cantó lo que estaba programado.
No cantó, “¡Hey, ni me olvide de vivir, ni de niña a mujer.” Cantó algo diferente, una canción que había escrito hace años. Una canción que nunca había grabado. Una canción sobre una mujer atrapada, una mujer obligada a casarse con un hombre que no amaba, una mujer que soñaba con ser libre. La letra era clara, demasiado clara.
Los invitados empezaron a mirarse qué estaba haciendo. Estaba hablando de la novia, el jeque Abdulla se puso rígido. Sus ojos se clavaron en julio como dagas. Pero Julio no se detuvo. Siguió cantando y mientras cantaba, miraba directamente a Fátima. Le estaba cantando a ella, solo a ella.
