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Donald Trump le pregunta a Mujica: “¿Se puede vivir en paz?” — su respuesta los deja sin palabras

Tenía todo. Torres con su nombre grabado en letras doradas, cuentas bancarias que superaban los 3000 millones de dólares, propiedades en todos los continentes, un avión privado que era más lujoso que muchos hoteles de cinco estrellas. Había sido presidente de la nación más poderosa del mundo.

 Había construido un imperio desde cero, o al menos eso decía él. Su marca personal valía cientos de millones. Tenía poder, fama, riqueza, pero no tenía paz. La noche anterior, en su suite del hotel For Seasons de Montevideo, Trump había hecho algo inusual. Había buscado en YouTube videos de José Mujica.

 No sabía exactamente por qué. Quizás fue el comentario que escuchó en una cena diplomática meses atrás, cuando un embajador europeo mencionó al expresidente uruguayo como el hombre más libre del mundo. Trump había reído entonces con esa risa sarcástica que usaba cuando algo lo incomodaba. ¿Cómo podía ser libre alguien que vivía en una chakra destartalada y conducía un Volkswagen escarabajo de décadas de antigüedad? Pero esa noche, solo en la oscuridad de su habitación iluminada apenas por la pantalla del iPad, algo cambió.

 Vio el discurso de Mujica en la ONU del 2013. Escuchó sus palabras sobre el tiempo y el consumismo, sobre cómo la verdadera pobreza no era tener poco, sino necesitar mucho, sobre cómo el consumismo era una trampa que esclavizaba a las personas. Y por primera vez en décadas, Donald Trump sintió algo parecido a la vergüenza.

 No era que Mujica le cayera bien. En realidad todo en ese viejo exguerrillero lo irritaba profundamente. Representaba todo lo que Trump despreciaba: la izquierda, el socialismo, la austeridad forzada. Pero había algo en sus ojos, algo en la forma en que hablaba, una certeza tranquila que Trump jamás había conocido.

 Mujik parecía en paz consigo mismo y Trump, con todo su oro y sus edificios no lo estaba. El convoy giró hacia las afueras de Montevideo. Los edificios comenzaron a espaciarse dando paso a campos verdes y caminos de tierra. Trump sintió un nudo en el estómago. Su jefe de seguridad le había advertido que la chakra de Mujica no tenía las condiciones de seguridad adecuadas.

 No había perímetro fortificado, ni sistema de vigilancia sofisticado, ni refugio blindado. Era simplemente una casa pequeña en medio del campo, rodeada de plantas y tierra cultivada. Mientras avanzaban por el camino rural, Trump observaba el paisaje. Los campos se extendían en todas direcciones. Vacas pastaban tranquilas.

 Un niño en bicicleta los saludó cuando pasaron. Era un mundo ajeno al que Trump conocía, un mundo donde las cosas importantes parecían ser diferentes. En sus propiedades todo estaba diseñado para impresionar, para demostrar poder. Pero aquí nadie parecía necesitar impresionar a nadie. La gente simplemente vivía. Cuando la limusina se detuvo frente a la propiedad, Trump permaneció inmóvil durante largos segundos.

 A través de la ventana podía ver la casa, pequeña y pintada de blanco con un techo de tejas rojas. La pintura se descascaraba en algunos lugares. Las ventanas eran simples. Un Volkswagen escarabajo azul, oxidado y viejo, estaba estacionado bajo un árbol. Gallinas picoteaban libremente en el patio.

 Un perro de tres patas se acercó curioso al convoy moviendo la cola. Trump había crecido en mansiones. Había vivido en penhouses con vistas panorámicas de Nueva York. Había construido la torre Trump con mármol italiano y baños en chapados en oro. Y ahora estaba aquí mirando una casa que probablemente costaba menos que el reloj que llevaba en la muñeca.

 El agente del servicio secreto abrió la puerta. El aire fresco del campo uruguayo golpeó el rostro de Trump trayendo consigo el olor a tierra húmeda y flores silvestres. Era un aroma que no había experimentado en años, quizás décadas. En Maralago todo olía a dinero. Perfumes caros, cuero fino, comida gourmet.

 Aquí olía a vida simple. José Mujica salió de la casa. Llevaba una camisa a cuadros arrugada, pantalones de trabajo y sandalias. Su cabello blanco estaba despeinado y su rostro curtido mostraba las marcas de 89 años de vida intensa. No se apresuró. caminó despacio con esa parsimonia de quien no tiene ninguna prisa porque entiende que el tiempo es lo único que realmente posee.

 Trump observó cada detalle de la aproximación de Mujica. El viejo caminaba encorbado, pero con dignidad. No había en él obsequiosidad alguna. Era simplemente un hombre saliendo de su casa para recibir a un visitante. Esto desconcertó profundamente a Trump. Estaba acostumbrado a que la gente intentara impresionarlo, adularlo, conseguir algo de él.

 políticos, empresarios, celebridades, todos tenían un ángulo, una agenda, pero Mujica caminaba hacia él como si fuera el cartero o el vecino de al lado. Trump bajó del auto. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió incómodo con su propio atuendo, su traje brioni de $000, su corbata de seda roja, sus zapatos italianos lustrados hasta el brillo.

Todo parecía ridículamente ostentoso en este contexto. Era como llevar un diamante a una reunión de poetas. Se sintió como un niño que se había disfrazado con la ropa de su padre y ahora se daba cuenta de lo absurdo que se veía. Los dos hombres se miraron durante un momento eterno. Uno representaba el poder del dinero, la acumulación, el imperio.

 El otro representaba la austeridad, la sencillez, la libertad a través del desprendimiento. Eran polos opuestos del espectro humano y sin embargo, allí estaban frente a frente en una chakra uruguaya. Mujica extendió su mano. No era la mano suave de un político de salón. Era una mano trabajada, con callos y manchas de tierra bajo las uñas.

 Trump la estrechó y sintió esa rudeza como un reproche silencioso. Bienvenido a mi casa, señor Trump, dijo Mujica con voz pausada. No había reverencia en su tono, pero tampoco hostilidad. Era simplemente una bienvenida sincera y directa. Trump intentó sonreír con esa sonrisa que había perfeccionado para las cámaras, pero le salió torcida.

“Gracias por recibirme, señor expresidente”, respondió en un español básico que había ensayado con su traductor. Mujica hizo un gesto hacia la casa. Pase, pase. No es el tagmaal, pero tiene techo y un mate caliente. Su humor era suave, sin burla, solo constatación de hechos. Mientras caminaban hacia la casa, Trump notó el jardín.

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