Posted in

MÉXICO ESTÁ CONTIGO: LA DESPEDIDA A IRÁN QUE HIZO LLORAR AL MUNDO

Oye, ¿supiste que hoy se va a la selección de Irán? Sí. Dicen que están en el Mariot. Pues vamos a despedirlos, ¿no? Pobres, andan tan lejos de su casa. Órale, vamos, llevemos banderas. Y así, de esa manera tan sencilla, tan espontánea, tan mexicana, la gente empezó a organizarse sola, sin que nadie les pidiera nada, sin que nadie les pagara, movido solo por algo que los mexicanos llevamos en la sangre, las ganas de hacer sentir bien al que viene de fuera.

esa mañana de domingo, el lugar de quedarse en sus casas descansando, el lugar de irse a comer con la familia, el lugar de hacer cualquiera de las mil cosas que uno hace un domingo. Decenas de tijuanenses agarraron sus banderas, sus álgumes del mundial, sus playeras y se fueron rumbo al hotelot a despedir a unos hombres que ni siquiera conocían.

Llegaron temprano, mucho antes de la hora en que la selección saldría, porque sabían que iba a haber que esperar y estaban dispuestos a esperar lo que fuera necesario. Y ahí en la banqueta, frente al hotel, se fue formando una escena que nadie va a olvidar. Familias enteras, papás con sus hijos en los hombros, mamás cargando bebés, abuelitos con su bastón que a pesar de la edad quisieron estar ahí, jóvenes con sus celulares listos, niños emocionados, brincando, preguntando, “¿Ya van a salir?” aficionados de toda

la vida, de esos que viven y respiran fútbol y todos llevaban banderas. Pero aquí está el detalle que me rompe el corazón, mis hermanos. No llevaban solo la bandera de México, llevaban también la bandera de Irán, las dos juntas, la verde, blanca y roja de México y la de Irán, ondeando lado a lado en el viento de la frontera.

Piénsenlo, esa gente se tomó la molestia de conseguir banderas de Irán, de un país a miles de kilómetros, de otra cultura, de otra religión. ¿Por qué? Porque querían que esos jugadores al salir del hotel vieran su propia bandera hondeando con orgullo en tierra mexicana. Querían que se sintieran en casa. Querían decirles sin palabras, “Aquí tu bandera también es nuestra.

Aquí tu pueblo también es bienvenido.” Las horas pasaban, el sol pegaba, pero nadie se movía, nadie se quejaba. Esperaban con paciencia y con cariño el momento de ver salir a sus nuevos hermanos. Y entonces por fin empezó el movimiento. Se vio actividad adentro del hotel. La gente se emocionó. Ya van a salir, ya van a salir. Y comenzaron las porras.

Sí se puede, sí se puede, sí se puede. Coreaba la multitud con esa porra que en México es nuestro grito de fuerza, de aliento, de tú puedes contra todo. Y luego vino algo todavía más especial. La gente empezó a gritar, “Te Meli.” Deténganse a pensar en eso, mis hermanos. Esa gente de Tijuana, gente común y corriente, se había tomado el tiempo de aprender cómo los propios iraníes llamaban a su selección en su propio idioma.

Team Melitaron Irán nada más, gritaron el nombre de cariño, el nombre del corazón, el nombre que solo conocen los que de verdad quieren a ese equipo. Es como cuando alguien aprende a decir tu apodo, ese que solo usa tu familia. Es un gesto que dice, “Me importas tanto que me tomé el trabajo de conocerte de verdad.” Y entonces encima de todo eso vino el grito que se ha vuelto la mayor muestra de cariño que México le puede dar a un extranjero.

Irán, hermano, ya eres mexicano. Ese grito, mis hermanos, es magia pura, porque significa ya no eres de afuera, ya eres de los nuestros, ya te adoptamos, ya eres familia. Y se lo gritaron a un pueblo entero a través de esos jugadores. Irán, hermano, ya eres mexicano. Y entonces sucedió. Los jugadores empezaron a salir del hotel rumbo al autobús que los llevaría a su partido.

Imaginen el momento desde sus ojos. Salen de un hotel cansados, cargando todo el peso de su país en guerra, esperando irse en silencio sin que nadie los note, y de repente levantan la mirada y se encuentran con decenas de personas gritando su nombre, con banderas de Irán ondeando, con niños sonriéndoles, con familias enteras que vinieron solo para decirles a Dios y desearles suerte.

Y algo cambió en esos hombres en ese instante. Los jugadores que venían tan serios, tan cargados, empezaron a sonreír. Sonrisas de verdad, de esas que nacen de la sorpresa y la emoción. Saludaron con la mano hacia la multitud. Algunos se acercaron a la gente, otros, y esto es lo más conmovedor, sacaron sus propios teléfonos y empezaron a grabar la escena.

¿Entienden lo que significa eso? Esos jugadores estaban grabando a los mexicanos, estaban guardando ese momento para siempre, para mostrárselo a sus familias allá en Irán, para decirles, “Miren, miren cómo nos recibieron en México. Miren que no estamos solos. Miren que hay gente buena en el mundo. En medio de una guerra, en medio de tanto dolor, esos hombres iban a poder mandar a su tierra herida un video lleno de amor.

Un video que decía, “Aquí del otro lado del mundo nos están abrazando.” Eso, mis hermanos, vale más que cualquier gol. Entre toda esa multitud había una mujer, se llamaba Lucy, una tijuanense más, de esas personas que nunca salen en las noticias, que no buscan fama, que no piden nada, de esas personas que son de verdad el alma de este país.

Cuando le preguntaron por qué había ido, por qué estaba ahí parada bajo el sol, esperando horas para despedir a una selección de un país tan lejano, tan distinto al nuestro. Lucy contestó con una frase que solo pueden hacer del corazón mexicano. Claro que sí, porque los recibimos en nuestra casa. Mi casa es su casa. Estamos muy orgullosos de que estén aquí en Tijuana. Mi casa es su casa.

Quédense un momento con esas palabras, mis hermanos, porque ahí está todo. Ahí está la esencia completa de lo que somos como pueblo. Para Lucy, esos jugadores no eran extranjeros, no eran los de Irán, no eran de otra religión, ni de otra cultura, ni de un país en guerra del otro lado del planeta. Eran invitados, invitados en su casa.

Y en México, mis hermanos, al invitado se le trata como rey. Al invitado se le da lo mejor que uno tiene, aunque uno tenga poco. Al invitado se le abre la puerta de par en par y se le dice, “Lo que es mío es tuyo.” Estamos muy orgullosos de que estén aquí. Fíjense bien. Orgullosos. No molestos por el tráfico que causaron, no incómodos por tener extranjeros en su ciudad.

orgullosos, honrados, felices de que hubieran elegido Tijuana como su casa. Lucy no fue a pedir un autógrafo para presumir en redes. Lucy fue porque para ella esos hombres ya eran familia y a la familia uno la despide con cariño cuando se va de viaje. Y había otro hombre entre la multitud, se llamaba Edson Bautista, otro tijuanense de a pie.

Y él dijo algo que la verdad, mis hermanos, me partió el alma en dos. Edson explicó que había ido para hacerle sentir a los futbolistas el calor de México, pero luego dijo algo mucho más profundo, algo que va mucho más allá del fútbol. Después de tanta tristeza y de muchas cosas tristes para lo que vivimos aquí del día a día, una alegría como esto y sentir la copa del mundo creo que nos hace muy bien a nosotros, los tijuanenses y a México.

Read More